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Apotecaría Delacroixe: Notas al margen

AreeluVorlesh

El que aplaude en los discursos Zhent
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15/12/22
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I. La Corona de Cobre

Cuando Odile llegó al campamento junto a la capilla de Ilmáter, la reyerta ya había terminado y solo quedaban sus consecuencias: seis muchachos bajo unos toldos, dos barriles de agua y el inconfundible olor del meado de gato al que la Corona de Cobre llamaba licor. Eclipse había mandado aviso desde el sur del Río con el pago por adelantado, confiando así sus vidas en ella.
Dejó la mochila gastada sobre una mesa, se cambió los guantes por unos limpios y recorrió las camillas con la mirada de quien tasa un género aún desconocido.

—Los que puedan caminar, que se sienten. Los que no, que dejen de fingir que pueden, aquí no hay nadie a quien impresionar. Y que nadie toque mis instrumentos.

Empezó por el de la ceja abierta. Le limpió la sangre con agua hervida y enfriada y cerró el corte en tres puntadas con tres lloriqueos lastimeros.

—Si sigue quejándose, le coseré también la boca —el muchachó avergonzado bajó la mirada y guardó silencio. Odile amusgó una sonrisa en los labios y no dijo más.

Después fue de camilla en camilla sin dar explicaciones. Caléndula para la ceja. Miel y cera de abeja sobre gasa para los nudillos, que su dueño miró con demasiado interés, oliendo y relamiéndose.

—No es para comer, mon ami.
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—Huele bien.

—Mais oui, pero no se deje engañar; sabe como los dedos de una meretriz después de una larga noche de trabajo.

Dejó las risas pueriles a su espalda. Manzanilla templada para enjuagar el labio partido. Aloe en las rozaduras de los antebrazos. Llantén, bien filtrado, en la raspadura de un hombro. Al de las contusiones no le puso nada: compresas frías y reposo.

Mientras vendaba, repasaba las razones una por una. La ceja era un corte limpio y recién cerrado, el terreno ideal para saber qué hacía la caléndula sobre una herida que no tenía nada que corregir. En los nudillos había astillas, tierra y piel levantada, por lo que allí hacía falta una barrera que conservara la humedad sin sellar la suciedad dentro; de ahí la miel con la cera. El labio pedía algo suave que pudiera tragarse sin daño por la acidez. Las rozaduras y el raspón eran casi iguales, superficiales y extensas. Y precisamente por eso las trató con aloe y llantén. Dos lesiones comparables, dos remedios, una sola pregunta.

No pensaba decírselo a ellos. Un paciente que sabe que lo observan deja de contar lo que siente y empieza a contar lo que cree que quiere oír.

El del costado fue otra historia. Sangraba demasiado y respiraba con dificultad. Odile dejó los tarros y no volvió a pensar en sus estudios hasta que la herida estuvo limpia y vendada, sin presión excesiva y sin señales claras de que hubiera llegado a la cavidad, aunque no podía jurarlo. Dejó órdenes precisas al joven y sus secuaces. Reposo, vigilancia y que fueran a buscarla si subía la fiebre o respiraba peor.

—El jefe querrá que esté en pie mañana.
—Pues eso debería haberlo pensado antes de hacer el idiota. Si alguien le dice que mañana puede volver a las calles, mande que venga a explicármelo a mí.

Después abrió el cuaderno y anotó cada preparado, la cantidad, la hora, el color de la piel y el estado de los bordes. No preguntó quién había empezado la pelea, ni por qué, ni en nombre de quién. Como siempre decía, una nueva herida era una nueva oportunidad de aprender.

Dos días después

La ceja cerraba limpia. Los nudillos se movían casi sin dolor. Y el muchacho del aloe lucía una irritación roja justo donde se lo había aplicado.

—¡Et voilà! —Exclamó Odile, y lo anotó con la satisfacción seca de quien por fin sabe algo. Un resultado malo seguía siendo un
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resultado. Tachó el preparado con dos líneas firmes y escribió al margen: Descartar para piel lesionada.

Del herido del costado, en cambio, nadie quiso hablar. Estaba segura de que no habría podido marcharse por su propio pie, entre la herida y la medicación pautada. Pero nadie quiso soltar prenda. Era normal. Odile llevaba poco más de un mes en las tierras de la intriga. Y al sur del río la confianza era más difícil de conseguir que el propio oro.

Recorrió los alrededores de La Corona de Cobre y habló con los de siempre. Nadie le había visto.

Una herida así podía dar una buena noche gracias a sus remedios y aún así llevarse al paciente al amanecer. Ella lo sabía mejor que nadie, porque no había experimentado con esa nueva fórmula. Hasta ahora. No obstante, asumir que había fallado era tan temerario como pensar todo lo contrario. Al fin y al cabo, no tenía un cuerpo ni nada que pudiera llamarse prueba; solo el mismo silencio en diferentes bocas.

Esa noche, bajo un farol, repasó las páginas. El nombre del muchacho seguía en el cuaderno, junto a la descripción de su herida. Escribió debajo: Sin seguimiento. Posible fallecimiento. Sin confirmar.

—Mais enfin... —murmuró en su marcado acento de aquel dialecto cormanthano, cerrando el cuaderno de un golpe seco—. Todavía queda mucho por aprender.​

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