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Arenas de Plata

ELLOESO

Perro de Dan
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Cambio, adaptabilidad, flexibilidad; durante años había creído poder adaptarse al mundo, cambiar con este y seguir con sus creencias, pero esta definición por si misma era una contradicción. ¿Cómo podía pretender ser flexible y mantenerse férrea en sus creencias?

Una lasca se había clavado en su subconsciente y ahora, tras ser consciente de la misma, se daba cuenta de su principal problema; era rígida como una piedra, su decisión, tomada tantos años atrás no era más que una entelequia que le traía sufrimiento y le impedía avanzar. Elegir posicionarse, tomar una decisión; eso la había convertido en un pilar inamovible, un árbol afianzado de manera testaruda al suelo donde había elegido plantar sus pies.

El mundo cambiaba. las personas cambiaban, los hechos que sucedían la desgarraban; pero la desgarraban por su inmovilidad y rigidez, destrozando la corteza del árbol que era, zarandeada por la tormenta que era el mundo y susceptible a que la partiera en dos por su mera tozudez y su incapacidad de ver más allá.

Tanto predicar con cambiar las cosas cuando ella era la única incapaz de cambiar. Sus convicciones no estaban erradas, pero ella si. Sin la capacidad de ver el mundo con un prisma más amplio, no sería capaz de sobrevivir al mismo ni de entender sus mecanismos, mucho menos de cambiarlo.

Estaba atrapada en una jaula de ideales y convicciones, con el amargor y la bilis en el paladar de aquella incapaz de aceptar el movimiento del mundo, contrariada por lo vivido tantos años, sin la capacidad para asimilar los golpes y moverse ante las potentes corrientes, ser flexible para evitar la rotura en mil pedazos.

Los ideales son una losa en la que firmar un epitafio si te los atas al cuello y te lanzas a un mar embravecido.


- El mundo, mi pequeña, es cambiante como el desierto; donde el paisaje oscila constantemente, sin repetirse jamás, adaptándose a los caprichos del viento, pero ¿acaso no sigue siendo el mismo desierto?

Las palabras de su padre resonaron en su cabeza como un tañido de una campana. El hombre curtido por el sol que viajó a Luskan y formó allí una familia; aquel que, junto a su madre, dieron todo lo que tenían para que su pequeña fuese una imposibilidad con piernas.

Sacó su pequeño espejo y se miró en él; más bien, clavó la mirada en sus propios ojos, aquellos que le devolvían la mirada, esos ojos con el tono gris y frío del Norte, esos ojos con el verde exótico del Sur.

Ver el mundo con otros ojos. No, sus ojos y ella misma eran del Norte y del Sur, era hora de abrazar las raíces que se extendían más allá de Amn, atravesando Tezhyr. Las arenas del Desierto dictarían sentencia.
 

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