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Aric Von glick

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Niño sin padres ni hospicio
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DESCRIPCIÓN FïSICA
Chico de 18 años. Tiene cabello castaño y largo, le llega a la altura de los hombros. Sus ojos oscuros.Mide 1,70 de altura, siendo de constitución fuerte. Y muy olvidadico sobretodo con los nombres.

Raza: Humano
Clase: Guerrero
Alineamiento: Neutral autentico
Carisma base: 10
Deidad: Helm

SU PASADO :

Nunca podré olvidar el rostro blanco de mi madre cuando aquella noche abrió la puerta. Miró al hombre que tenía enfrente, como si un fantasma hubiera regresado del pasado para atormentarla y con una voz débil dijo: Mi señor ¿Puedo ayudarle en algo?
El caballero, un hombre alto, de cabellos castaños, y de aspecto noble, se quitó el sombrero de ala ancha y bajo la mirada, como si le avergonzase el trabajo que tenía por delante y las palabras no quisieran ser pronunciadas en su garganta.
- Mi señora… El señor Lars desea… desea ver al chico.
- ¿Qué pasa? – quise saber. Aún estaba medio dormido, despertado al escuchar cómo alguien había llamado a la puerta de casa. Mi madre alzó la vista e intentó sonreírme, pero sus ojos se oscurecían por momentos.
- No pasa nada cielo, vuelve arriba a dormir.
- Lo siento Leonord – dijo el hombre dolorido -. Debo llevármelo, compréndelo.
- P-pero es mi hijo, ¡no puedes llevártelo!
- Por favor… - el hombre se acercó a mi madre y se habló en voz baja. Mi madre negaba mientras él parecía tan afectado como ella, hasta que finalmente mi madre se llevó las manos al rostro. El hombre le puso una mano sobre el hombro y con un abrazo y susurró algo al oído. Yo estaba perplejo en las escaleras, sin comprender nada de lo que pasaba. No me gustaba que un hombre abrazase a mi madre, pero no sabía qué hacer. Así que permanecí quieto hasta que mi madre asintió y se volvió hacia mí. Sus ojos estaban enrojecidos por las lágrimas, y corriendo bajé las escaleras para abrazarla.
- Escúchame mi pequeño hombrecito – me dijo recibiendo mi abrazo al tiempo que se arrodillaba -. Tienes que irte con este señor.
- ¿Por qué? – quise saber.
- Tu… tu padre – dijo con un esfuerzo -. Quiere conocerte. Es un hombre noble, y quiere que vivas con él un tiempo.
Por aquel entonces no comprendía lo que mi madre me estaba intentando explicar; Que aquel hombre a quién debería llamar “padre”, no había conseguido tener hijos legítimos con su esposa, solo un bastardo nacido hace cuatro años por parte de una criada, concebido una noche en que la bebida le había convertido en poco más que un animal, y que al morir esta, yo era su único hijo.
- Pero yo no quiero irme – le dije.
- Este hombre tan amable se llama Paul, es un buen amigo mío, y cuidará de ti. ¿De acuerdo? No será por mucho tiempo, solo ves y pasa unos días con él. ¿Lo harás por mi?
Asentí crédulo, sin saber que aquello que debían ser unos pocos días, se convirtieron en dekhanas, meses e incluso años sin volver a ver a mi madre. Unos horribles y tortuosos años, rodeado de la hipocresía de la alta y baja nobleza de Amn, donde cada palabra pronunciada parecía tener un significado oculto, y donde cada gesto era más de lo que parecía a simple vista.
Pero la mente de un niño de cuatro años es fácilmente maleable, y no tardé en olvidarme de la granja en que me crié y de mi madre, fascinado por todo aquel mundo lleno de color y comodidades. Colchones rellenos de plumas de oca, comida caliente todos los días y en abundancia, ropa suave, ¡y criados! Montones de criados que te calentaban el agua para la bañera o limpiaban el hogar. Era difícil resistirse a aquel mundo que Paul me mostraba cada día siguiendo las órdenes de mi padre, un hombre serio, de pelo encanecido y muy orgulloso y altivo. Le gustaba el buen vino y las fiestas de la sociedad, donde intentaba aparentar más de lo que se era, y a mi me presentaba - como su heredero, aunque esto hacía que las mujeres mirasen de reojo a las demás damas y cuchicheasen –
- No sabía que Lars tuviera un hijo – dijo uno de los chicos de la fiesta. Se llamaba Richard, y era un muchacho alto y rubio, con unos pómulos demasiados marcados para su edad -. ¿Cómo dices que te llamabas?
- Aric Von Glick – recite cortésmente tal como me habían enseñado.
- Richard Mc Gonahan, encantado de conoceros – respondió al saludo, tal como a él le habían enseñado.
Parecía un chico agradable, de sonrisa rápida y gestos suaves. Lástima que antes de que acabase esa noche, su agradable sonrisa acabara con el labio partido y un moratón en el ojo. Por fortuna para él, Paul estaba cerca y rápidamente me separó del joven.
- ¡Déjame! ¡Voy a matarlo! – grité. Los músicos dejaron de tocar, los invitados comenzaron a mirarnos, y mi padre… mi padre parecía convocado del muro de los herejes cuando llegó a donde estábamos. Me soltó una bofetada sin preguntar qué ocurría y me agarró del brazo sacándome de la fiesta camino el jardín. Paul nos siguió de cerca, alejándose del murmullo de la fiesta.
- ¡¿Qué crees que estás haciendo?! – y me arreó otra bofetada.
- Ese chico me llamó bastardo, y dijo que mi madre era… era… - no pude pronunciar la palabra.
- Me importa poco lo que dijera de tu madre, ahora mismo entrarás y te disculparás.
- ¡Me niego!
Otra bofetada y el sabor de la sangre me inundó la boca.
- Lo harás – sentenció. Paul miraba horrorizado la escena, pero se mantuvo en todo momento al margen. Entonces mi padre giró sobre sus talones y yo tuve que ir tras él, donde tras disculparme con Richard en la fiesta y con los anfitriones marchamos a casa.

Esa noche Paul me visitó en mi habitación. Preocupado por los golpes que mi padre me había dado al llevar a casa, y mientras me examinaba los moratones, no pude evitar preguntarle sobre mi madre. Paul suspiró.
- Tu madre era sirvienta aquí, hace años – explicó -. Era la mujer más guapa que había visto. Amables con todos, siempre sonriente… Ayudaba a la difunda esposa del Señor, y a todos quienes lo requerían – y sonrió -. Era demasiada buena para trabajar aquí. Pero tuvo la desgracia de tropezarse con el Señor una noche que llegó borracho.
- Entonces… es cierto que soy…
- Eres el hijo de la mujer más buena que conozco – terminó la frase.
Entonces comprendí todo. Paul amaba a mi madre. Siempre la había amado. Quizás incluso… mi madre también le hubiera amado a él.
- Paul, quiero irme a casa, ya no quiero ser heredero – dije.
- No puedes, el Señor no lo permitirá.
- No me importa – dije resuelto. Me levanté y me deshice de todas las joyas o lujos que portaba encima -. Que se busque otro hijo, yo solo quiero volver con mi madre.

Esa noche escapé ayudado de Paul, quien convencí para que me acompañase, y estuvimos toda la noche cabalgando, lejos de los caminos, hasta llegar a la granja donde mi madre vivía. Mi madre apenas se podía creer que hubiera vuelto con ella, y me abrazó tan fuerte que me dejó sin respiración, repitiendo que nunca más me dejaría marchar. De esa forma, regresé a mi hogar, y con el tiempo Paul se convirtió en un padre para mi, y un esposo para mi madre. ¡Y debo de confesar que era toda una caja de sorpresas! Paul consiguió espantar a los 5 hombres que mi “padre” había mandado para llevarme de vuelta con una simple espada de madera, haciendo uso de las técnicas de lucha, las cuales me enseño años mas tarde.

Ahora todo parecía estar en orden.
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Niño sin padres ni hospicio
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Parte 2:


Era de noche. Una noche oscura y tormentosa. La lluvia arreciaba fuerte. Caminaba por los bosques cercanos a Purskul, de forma apresurada con un abrigo rojo. El agua me había empapado completamente. Estaba asustado. No había nadie por el camino, solo estaba yo y mis miedos. Recordaba las historias que había oído, sobre otros chicos, jóvenes como yo, que aparecían muertos, mutilados y con una expresión en sus caras de profundo terror.
Nadie decía nada de quien era el causante. Pero la gente sabia la verdad, aunque no se atrevían a decirlo por el pánico que produce el sólo hecho de oírse a sí mismo. Ha sido el Vampiro, el Señor de la noche, ella es su aliada, a él sirve. Es un ser inmortal, existe sin vida a través de los tiempos, alimentándose de la sangre de los humanos, jugando con ellos, disfrutando con su sufrimiento. Gobierna el mundo en las sombras.

Tenía la sensación de que alguien me observaba. Mi corazón palpitaba con fuerza, la respiración se volvió agitada, me mordí el labio haciéndolo sangrar, todo mi cuerpo se agitaba tembloroso. La sensación de sentirme observado podía con mis nervios. Corre…, mi corazón se había desbocado por el pánico, parecía querer salir a través de mi pecho. Apenas pude respirar, no por el esfuerzo físico, el miedo me hacía respirar tan apresuradamente, que me dolían los pulmones. Sentí un sabor ácido en su boca, no sabía su origen, en ese momento no conocía el auténtico terror. Mis pupilas se dilataron, mi cara se volvió blanca como la nieve. Corre…, llore aterrado. En mi carrera tropecé y caí. Mi mandíbula golpeo brutalmente el suelo. Llorando levante lentamente la cabeza.
Un rayo cayó entonces, iluminando en la oscuridad, observe la silueta de mi casa. Saque fuerzas de todos los músculos de mi cuerpo, salí corriendo. Corre…, en cuestión de minutos ya me hallaba en el umbral de mi casa. Gire el picaporte, pero este no quería ceder a mi voluntad. Estaba muerto de terror, escuche el sonido de mi fatal destino, como se acercaba. Cerré lo ojos. Ya me había hecho a la idea de que iba a morir. La Muerte, esa leal compañera que nunca me abandonaría hasta el final de los tiempos.
De repente una mano me introdujo dentro de la estancia. Abrí los ojos y observe el rostro de la mujer que me había traído al mundo. Instintivamente la abracé con todas mis fuerzas, el calor que emanaba de su cuerpo me conforto. Estoy a salvo.
Esa noche no pude dormir, mis pensamientos estaban puestos en el bosque y las criaturas que lo habitaban. Y lo efímero de la vida.

Este es el relato de una noche que aun en día me atemoriza, solo con el mero hecho de pensar en ella. Tenía 15 años.
 

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Parte 3:

Uno de mis mayores recuerdos de la infancia, el cuál me gustaría poder llevar a cabo en un futuro con mis hijos – si Helm así lo quiere -, es contar las hazañas y aventuras que mi buen padrastro y maestro Paul me relataba en aquellas noches frías en que yo permanecía sentado al lado del cálido y ardiente fuego de la chimenea de piedra, siendo una de mis favoritas las aventuras de dos valientes jóvenes, cuyas hazañas me llevaban con ellos a vivir aventuras fantásticas llenas de emociones y peligros.
Recuerdo especialmente una que ocurría tras una noche demasiada movidita, dónde las jarras de cerveza y el Hipocrás se habían bebido por doquier, y los soldados de Amn yacían en tierra luchando por respirar entre la embriaguez del alcohol y la cena copiosa. Sólo unos cuantos soldados, los menos afortunados, habían tenido que hacer guardia viendo cómo sus compañeros se divertían, sin saber por entonces, que entre la penumbra de la noche, un pequeño grupo de mercenarios los acechaban.
- Shhh…- estamos cerca. Susurró Lucius.
Lucius era el capitán de aquel grupo de mercenarios, un grupo variopinto, cuyos componentes eran hijos de la fortuna. Había un enorme hombre apodado Goliat, tan grande como un oso y con una fuerza descomunal, también había una mujer, alta, delgada, cuyos movimientos eran gráciles como los de un felino, y con una sonrisa capaz de desarmar al más hábil oponente, y así como ellos, habían otros tantos hombres y mujeres, todos aguerridos guerreros, pero entre todos ellos, habían dos muchachos jóvenes que destacaban, y no por su lucha, ni por su inteligencia, sino por si ingenio y su arrojo a la hora de desconcertar al enemigo. Se apodaban Zipi y Zape.
Lucius hizo una señal para que todos se agacharan. La mayoría de los soldados dormían en el campamento, con un par de hogueras encendidas para calentar a los vigías de aquella noche y unas cuántas mujeres que habían calentado el lecho de los soldados.
…Realmente, no había sido una noche justa….
- Hay 40 soldados y cinco vigías.
- Parece que el hipocrás que les regalamos esta mañana ha dado sus frutos – rió entre dientes Goliat.
- Podíais habernos dejado probarlo… - susurró algo decepcionado Zipi. Pero una mirada de Lucius acalló cualquier réplica posterior.
- Bien, ya sabéis cuál es el plan – prosiguió Lucius -. Goliat y Xelo vendrán conmigo a por los Vigias, el resto deberéis acabar con la tropa, evitad que den al alarma y no habrá problema. En cuanto a vosotros – dijo mirando a los dos jóvenes -. Ya conocéis vuestra misión…
Los mercenarios asintieron a las órdenes, y tras ultimar unos pocos detalles más, se prepararon para entrar en acción. Goliat fue el primero en encargarse de uno de los guardias, mientras que Xelo acabó con la vida del siguiente vigía. Pero entonces sonó por todo el campamento el sonido de un cuerno que se elevaba hasta el cielo. Alguien había dado la alarma, y los soldados se despertaron sobresaltados, cogiendo sus espadas y saliendo de las tiendas.
¡A por ellos! – se escuchó gritara Lucius. Entonces comenzó una lucha encarnizada, donde el sonido de las espadas chocando llenaron el silencio de la noche y el olor a sangre comenzó a impregnar en aire.
Zipi y Zape aprovecharon aquella confusión para moverse por el campamento, evitando luchar o perder tiempo. La misión que les había otorgado Lucius era demasiado importante, y el castigo sino lo conseguían demasiado alto. Zape sabe que no soportaría la idea de tener que volver a manejar y remendar los calzones de los mercenarios… sobre todo el de Goliat… ¡¡ Antes la muerte!!
Con aquella idea en sus mentes, divisaron el objetivo a conseguir; la bandera enemiga, un preciado tesoro que minaría la moral de la tropa de Amn y dejaría en ridículo a su señor.
- ¡Debemos darnos prisa! – gritó Zape por encima del bullicio de la batalla.
- ¡Voy detrás de ti! – respondió Zipi.
Un soldado presintió las intenciones de los dos muchachos al verles a todo correr por el campamento, y dejando la lucha, corrió tras ellos, dispuesto a darles muerte. Pero estaba demasiado lejos, y eran demasiado rápidos.
Zape llegó el primero, cogiendo la bandera con fuerza entre sus manos. Estiró para sacarla de la bala de paja, con la sorpresa añadida, que la bandera había sido atada de tal forma que no se podía extraer.
El miedo recorrió la mente de los chicos, y los calzones remendados pasaron a ocupar la peor de sus pesadillas.
- ¡No puedo sacarla!
- ¡No me jodas Zape! – gritó aterrado Zipi.
En un momento de desesperación, al ver qué nada podía hacer, hizo lo único que todo hombre haría en aquel momento. Llevarse la bandera con la bala incluida… Zipi intentó ayudarle, golpeando en la carrera la bala para que se soltase.
Finalmente la bala de paja cedió, y los muchachos siguieron corriendo hacía fuera del campamento, con la bandera bien alta. El soldado que les vio intentó derribar a Zape, pero la juventud y el horrible castigo que les esperaba sino sacaban la bandera de allí, eran más fuerte que cualquier intento de derribo. Zape esquivó el golpe y Zipi le clavó la espada, dejándole moribundo en el suelo.
Lucius dio la orden de retirarse ante el desconcierto de los soldados: Su bandera, el orgullo de su nación, estaba siendo robada delante de sus narices, y la mitad de sus soldados estaban luchando en calzones, o estaban muertos…

Aric, con la boca abierta escuchando el relato aguantó la respiración, esperando la continuación del mismo. Pero Paul simplemente le sonrió, bajando su estoque con el que le había estando mostrando cómo habían luchado los mercenarios.
- ¿Y qué pasó? – quiso saber Aric.
- Eso es un final que ya te contaré otro día. Ahora es hora de irse a dormir.
Aric protestó, pero finalmente obedeció, y cuando el pequeño dormía plácidamente en su cama, Paul miró hacia la guardilla de la granja, donde dentro de un baúl, una bandera del ejército de Amn, permanecía guardada desde mucho tiempo atrás.

//Historia basado en un hecho real: 0:40-2:40.
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Parte: 4

- Aric, ¿estás seguro de quieres continuar? Podemos dejar la clase para mañana.
Levanté la vista del suelo y miré a Paul. Apenas acabábamos de empezar el entrenamiento, pero ya podía sentir cómo los primeros síntomas de cansancio hacían estragos en mi atención y voluntad. Aún así me obligué a permanecer de pie, agarrando con fuerza el mango de la espada. No iba a ceder al cansancio ni a sucumbir ante aquel profundo sueño casi inhumano. Cogí aire y asentí.
- Sí, estoy bien – mentí. Lo cierto es que habíamos estado toda la noche buscando a Selena en el bosque, desde que llegué a mi casa huyendo de aquella misteriosa presencia que nos había estado acechando entre las sombras, hasta el amanecer cuando la encontramos tumbada sobre el húmedo suelo. Recuerdo que al hallarla, el sentimiento de culpabilidad que me había estado atenazando el corazón durante toda la noche, no desapareció, sino que se incrementó al verla en su estado.
Y fue ese mismo sentimiento el que me empujaba a no querer descansar, sino a mantenerme despierto y seguir entrenando, queriendo ser más fuerte, queriendo poder proteger a quienes me rodean… Cogí con más fuerza el mango, sintiendo como los nudillos se me ponían blancos, y le lancé un tazo a Paul, quien ágilmente me lo paró y con un suave movimiento me “estrechó” la hoja y me propinó una estocada en un costado. Acto seguido hice un revés, el cual paró fácilmente y cogió con su guante el filo de mi espada.
- Se acabó – sentenció -. Estás demasiado distraído. Ves a casa y descansa.
- No estoy cansando – me quejé. Liberé la espada de su agarre y le miré desafiante, delatando por completo mi estado de ánimo. Pero Paul no respondió a ese desafió, nunca lo hubiera hecho. Me puso la mano en el hombro para reconfortarme y dijo:
- No fue tu culpa – dijo adivinando mis pensamientos -. El pasado no vas a poder cambiarlo, pero siempre puedes aprender de tus errores para que no se repita.
Bajé la cabeza avergonzado, casi derrotado. Quizás sí que necesitaba descansar… pero en ese instante escuchamos el grito de una mujer procedente del camino.
- ¡Ayuda ladrones! ¡Que alguien me ayude!
Ni siquiera recuerdo en qué momento me lancé a correr hacia el camino, solo que la adrenalina corría por mis venas y esta hacía que mis músculos se olvidaran del cansancio acumulado de toda la noche. Eso, junto a mi insensatez, produjo que poco a poco me alejara de Paul, quien gritaba que me parara. Al llegar al camino pude observar como un rufián asaltaba a una pobre campesina, momento en que cogí la espada con dos manos y le lancé un tajo, después una estocada, un tajó... una estocada… otro tajo… y aquel ladrón las esquivaba con una tremenda facilidad. Pero no era debido a su agilidad, sino a que me volvía más torpe y más descuidado por momentos. Entonces lancé un “violento” a su cabeza, pero golpee la espada contra el suelo, incapaz de volver a levantarla para protegerme. Entonces procedente de mi espalda escuché a Paul:
- ¡Aric esquiva!
Pero ni mi mente ni mis músculos respondieron a aquella orden, y solo fui capaz de mirar cómo un garrote se dirigía hacia mi rostro.

Días más tarde me desperté en mi habitación, conmocionado y dolorido. Me toqué el rostro, sintiendo un vendaje que cubría parte de este, y cuando pregunté qué había ocurrido, Paul me explicó que gracias a mi valor, aquel ladrón no había podido robar a la chica, y que él había podido desarmarlo y llamar a las autoridades, pero que el precio que yo había tenido que pagar era demasiado alto, pues por el golpe recibido, uno de mis ojos perdió la visión, y nunca más podría recuperarlo.

De todas formas, aunque aquel día perdí un ojo, encontré mi camino en la vida: Protegería al más débil aunque ello me costara la vida…

….Que Helm me ayude….



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Muchas gracias, Hanny XD
 

Krystäl

Multa de Rox sin firmar
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//Si es que correr hacia el peligro le viene desde pequeñín xD
 

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// jajajaja. Pobres ovejitas, aun sigo siendo igual de insconsciente XD
 

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Ya empezaba a notar las primeras bendiciones de Lathánder sobre mi rostro. Pasó a pasó, el angosto camino me dirigía hacia mi querido hogar; una pequeña aldea de granjeros, cuyo valor más preciado era la lluvia en primavera y la buena cosecha en verano. Sonreí, el cansancio tras el largo viaje y los peligros del camino comenzaron a quedarse atrás, sustituyéndose por recuerdos alegres junto con mis seres más allegados en Purskul, como aquella vez que estuvimos en el rio cazando ranas, o la vez que, inocentes de nosotros, intentamos espiar a las chicas de la aldea mientras se bañaban en un largo cercano hasta que una de las ancianas del pueblo nos descubrió.
… Aún me duele el trasero al recordarlo….

Crucé el túnel enano, sin molestarme en regatearle el precio del peaje: La cabezonería de los enanos tiene fama por algo. Entonces me dirigí con paso firme a la granja donde me crié, con una mochila al hombro y un sentimiento de calor que iba creciendo dentro de mi con cada nuevo paso.

En el umbral de la casa se encontraba Paul, cortando unos leños de abeto para poder encender el fuego con el cual, mi madre, podría hacer la deliciosa comida casera que yo tanto echaba de menos.
Saludé con una sonrisa y un gesto amistoso, pero Paul ha sido siempre la única persona a la que no he podido engañar, y en cuanto me vio, sabía que algo me pasaba.
- ¿Cómo te encuentras zagal?
- Bien… - le respondí sin ser muy convincente.
Paul me miró durante unos momentos en silencio. Me puso una mano al hombro y me dijo:
- Venga, vamos dentro y me cuentas qué tal van tus aventuras.

Accedí y entré con el adentro, saludando a mi madre con un beso y unas dulces palabras para que no entreviera en mi, ningún gesto de preocupación. Pero eso no es algo que como he dicho, funcionase con Paul. Con gesto paternal me llegó al salón principal, me hizo sentarme en una modesta silla de madera hecha a mano por él mismo y, sentándose en otra frente de mi, se dispuso a saber qué era aquello que le estaba ocultando.
- Entonces. ¿Todo bien?
- Sí, claro – respondí -. La vida me trata bien. Tengo amigos, tengo trabajo…
- Ahá – replicó mirándome atento, haciendo un gesto con la mano para que continuase.
Comencé a ponerme nervioso.
- ¿Sabes que he vuelto a ver a Selena? Ya sabes esa niña que desapareció en los bosques…
Paúl asintió. Seguía sin hablar, y eso solo hacia acrecentar mi nerviosismo.
- Ahora se ha convertido en una gran clérigo y ahora viajamos mucho con ella..
- Me alegro que le esté saliendo todo bien – respondió afable -. Pero aún estoy esperando que me cuentes aquello que no quieres contarme.
Dudé.
- No escondo nada Paul, de verdad.
Pero el seguía mirándome, esperando. Suspiré y me recliné, bajando un poco la mirada. Me volvía a sentir como un niño.
- No es nada, solo que… que creo que me equivoqué.
- ¿Te equivocaste respecto a qué?
- Creo… que fue un error haberme ido a Athkatla.
- ¿Por qué dices eso?
- No siento que permanezca a ese lugar. No sé… Intento comportarme como el caballero que debo ser, pero no lo consigo.
- ¿Caballero? ¿Desde cuándo Helm te ha hecho caballero pequeño Zagal? – parpadeé sin comprender a qué se refería. Echó una risotada al aire y se inclinó hacia delante -. Escúchame Aric, por muy sangre noble que puedas tener, los caballeros no nacen se hacen, y desde que te conozco siendo así de pequeño – detalló alzando la mano a una altura conveniente para un niño de unos cinco años -. Has sido uno de los más granujas y descarados niños con los que me he cruzado. Así que explícame desde cuándo has decidido comportarte como un caballero y porqué.
- Bueno… es lo que se esperaba de mi ¿no? – le respondí -. Me fui en busca de mi sueño para convertirme en un gran caballero y luchar por una gran idea. Debía comportarme como tal…
- El mundo está lleno de nobles caballeros que yacen en lecho de prostitutas con sábanas de seda y camas de oro. ¿También piensas ser de ese tipo de caballeros?
- No, claro que no. Solo qué…
- ¿Entonces dónde está ese granuja que hace un tiempo salió por esa puerta con una mochila llena de sueños y esperanzas? Deja de comportarte como crees que debes hacerlo y compórtate como lo que eres, Aric Von Glick, hijo bastardo de un noble señor y una sirvienta.
Me quedé blanco. No podía creer que me hubiera dicho eso a la cara. Me levanté sin mediar palabra, mientras él seguía retándome a contradecirle con esa mirada. ¿Pero cómo contradecirle algo que era cierto?

…Mi nombre era Aric …

…Mi madre fue una sirvienta…

…Mi padre un noble…

…Y yo un bastardo…

Me acerqué a la cocina, sin escuchar bien qué me preguntaba mi madre. Cogí una botella de vino de las que se guardaba para las ocasiones especiales y bebí un trago.
…Bastardo… Me había llamado bastardo a la cara….
Volví otra vez al asiento, con la botella aún en mi mano. Levanté la mirada y se la mantuve.
- Quizás tengas razón y deba dejar de actuar cómo se espera de mi – reconocí. Le miré y di otro largo sorbo a la botella -. Pero si vuelves a llamarme bastardo… dejaré de respetar a las canas y tendré que darte una lección…

Paúl soltó otra sonora carcajada.
- El muro de los infiernos ser helará antes de que eso pase – respondió con una gran sonrisa. Cogió la botella de vino, una copa de cristal y se sirvió un poco.

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“Bastardo… aún seguía sin poder creérmelo…”
 

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La gente cree que en la guerra, en ese momento, uno piensa en la patria, la gloria y otras estupideces semejantes. Nunca conocí a ningún soldado cuyo único pensamiento no fuese: Espero regresar con la misma salud con la que salgo. Y ese fue también siempre mi pensamiento. Ir, hacer mi trabajo y volver en razonable estado físico.
Muy pronto comprendí que las banderas no eran sino trapos tejidos por los reyes para colmar sus ambiciones. Y también que quienes más agitan las banderas en alto son quienes más lejos están de los lugares donde se están produciendo la batalla. En realidad, la mayor parte de los camaradas que conocí luchamos por nosotros mismos: por saciar nuestra hambre, nuestra ambición y nuestro afán de aventuras. Y al cabo, todos nosotros, por nuestra reptación. Si algo define a los soldados de mis tiempos es que supimos combatir y morir fieles a nuestra reputación. Ese, en realidad, ha sido siempre mi único patrimonio.
Las guerras son lugares terribles. Pero tiene algo bueno: son toda una escuela de lucidez. En ellas ves al ser humano capaz de la de lo mejor y de lo peor. He visto a camaradas violar, matar y saquear, y jugarse la vida por proteger a un anciano o salvar a un niño. Todo eso en el mismo día.
Mi patria es todo aquel lugar con un clavo en la pared donde poder colgar mi espada.
Las banderas nunca me inspiraron nada extraordinario, excepto un inmenso respeto por los hombres que se hicieron matar creyendo de buena fe en ellas. Solo en esos momentos la bandera significa algo para mí. No os convirtáis es un soldado más que malgasto su vida por un noble ideal, esas cosas solo salen bien en los cuentos de hadas. Aric.
De repente la habitación se quedó en silencio. Paul y yo continuamos bebiendo nuestros vasos de vino en un rotundo silencio, casi sepulcral. Bajo el cálido calor que emanaba del fuego de la chimenea, mis pensamientos daban vueltas a lo dicho por Paul, en el fondo de mi ser, sabía que él tenía razón. Di un trago a mi copa y deje que pasara el tiempo.
 

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