nukenin81
8º Nombre extraño de Onyxia
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En la cumbre más alta de la cadena de los Dientecillos, el joven Arkhan se sienta a escuchar las enseñanzas de su padre.
El fuego y el viento vienen del Cielo, de los Dioses del Cielo, pero nuestro Dios es Baphomet, el Rey Astado, que vive en el Abismo.
Antes los gigantes vivían en la Tierra, y en la oscuridad del Caos, los hombres les arrebataron el Enigma del Acero. Baphomet se irritó, ¡y la Tierra tembló!
El fuego y el viento derribaron a gigantes y hombres y arrojaron sus cuerpos a las aguas. Pero en su ira, los dioses olvidaron el Enigma del Acero y lo dejaron en el campo de batalla.
Nosotros lo encontramos. Sólo somos bestias; ni hombres, ni Dioses.
Y el Secreto del Acero siempre ha llevado consigo un misterio. Por eso tienes que aprender su valía, Arkhan, tienes que aprender su disciplina; porque en nadie de este mundo puedes confiar: ni en un hombre, ni en una mujer, ni en un animal.
Señala el filo de su espada.
En esto sí puedes confiar.
El fuego y el viento vienen del Cielo, de los Dioses del Cielo, pero nuestro Dios es Baphomet, el Rey Astado, que vive en el Abismo.
Antes los gigantes vivían en la Tierra, y en la oscuridad del Caos, los hombres les arrebataron el Enigma del Acero. Baphomet se irritó, ¡y la Tierra tembló!
El fuego y el viento derribaron a gigantes y hombres y arrojaron sus cuerpos a las aguas. Pero en su ira, los dioses olvidaron el Enigma del Acero y lo dejaron en el campo de batalla.
Nosotros lo encontramos. Sólo somos bestias; ni hombres, ni Dioses.
Y el Secreto del Acero siempre ha llevado consigo un misterio. Por eso tienes que aprender su valía, Arkhan, tienes que aprender su disciplina; porque en nadie de este mundo puedes confiar: ni en un hombre, ni en una mujer, ni en un animal.
Señala el filo de su espada.
En esto sí puedes confiar.
Arkhan el minotauro bajó de la cumbre de la montaña hasta el valle donde su clan se reunía alrededor de la Piedra de Manada. Ese monolito era el centro de su civilización. Inscrito en él, en el idioma sagrado, figuraba la historia de su pueblo así como los designios de su dios. Además, la magia del Caos era muy fuerte en ella. Atraía las armas de metal con tanta fuerza que, si alguna llegaba a tocar La Piedra, nadie tenía fuerza suficiente para despegarla. La montaña estaba hueca por dentro, de tal suerte que una intrincada red de túneles serpenteaba por su interior. Así, el valle se comunicaba desde la misma cumbre hasta tierra firme y más abajo aún, allá donde no hay más que oscuridad. Aquél día, en compañía de su padre, decidieron descender por los túneles cuando escucharon algo inusual. En las cuevas retumbaban una mezcla de sonidos que se superponían unos a otros; el trote de muchas patas corriendo de forma errática a la vez, bramidos de ira y rugidos de angustia, y el inconfundible entrechocar del acero. No había duda, el olor a sangre lo confirmó todo: se estaba desarrollando una batalla.
Cuando Arkhan y su padre salieron de los túneles a la claridad del valle, vieron con horror como una horda de gnolls estaba asaltando su Piedra de Manada. Arkhan quedó en shock. Su clan estaba siendo diezmado. Sus hermanos, sus primos; todos sus parientes y amigos, habían sido masacrados por una piara de apestosas hienas.
Arkhan miró a su padre, que desenfundó su arma, así que él hizo lo mismo. Ambos minotauros soltaron toda su furia con un bramido que retumbó en todo el valle, prestos para dar la vida en combate. Sin embargo, antes de que pudiera cargar contra sus enemigos, Arhkan notó como sus pezuñas se levantaban del suelo. Su padre lo acababa de coger del pescuezo con una sola mano. El joven minotauro no entendía nada.
-No puedes morir hoy, hijo mío. Hazte más fuerte. Encuentra el Secreto del Acero, y vuelve aquí a reclamar lo que es tuyo por derecho.
Y sin añadir más, el padre de Arkhan lo lanzó al interior del túnel por el que vinieron y derrumbó la entrada de un solo cabezazo.
Arkhan estaba fuera de sí por la furia y la congoja. Su padre le había salvado la vida, sí, pero sólo para condenarlo al exilio y la vergüenza.
Pasaron semanas en las que el joven minotauro vagabundeó por la red cavernosa de la montaña sin rumbo fijo. Aunque siempre tuvo un excelente sentido de la orientación ahora pisaba terreno desconocido para él. Nunca había vivido fuera del valle, y desde luego que era imposible explorar en su totalidad el interior de la montaña. Pero una vez entendió que debía poner su espíritu y su destino en manos de su Dios y del Acero, alcanzó una meta inesperada.
Cuando el minotauro volvió a salir al exterior y la luz del sol bañó su pelaje una vez más, se encontraba muy lejos de su valle. Se encontraba a las puertas de la primera ciudad que había visto jamás. Una ciudad de gigantes y hombres.
Arkhan había llegado a Murann.

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