Tuliosoyyo
Barril de Khaof
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Acababa de ponerse su mundo del revés, un abrazo, tan solo abrazarse, abrazarle en ese instante y sentir su corazón latir junto al suyo, la respiración tranquila sobre ese cuello que tantas veces había besado ya, un abrazo que era la mayor promesa hecha a si misma, la promesa de abrirse en cuerpo y alma totalmente .Por fin el calor de un abrazo...
Allí en la Puerta del Alandor y en mitad de una ciudad convulsionada, Astrid quedó quieta, como atada a la tierra, como echando raíces a marcha forzada, no sonreía, no decía nada. En su cabeza aun estaba escuchando el final de un poema, el primero improvisado para ella y el primero no cobrado ni obligado-
Escuchó en el ruidoso silencio de su interior como algo muy, muy, muy pesado caía y caía en un estruendo parte del muro construido piedra a piedra. Una sobre otra en el ocaso de hacía ya treinta y dos años dos estaciones y seis horas. De repente al resonar el estallido en mil pedazos de la piedra nació de sus entrañas, después de tantos y tantos años, abrazar a alguien y quedarse en ese refugio durante largo rato. Una capa de hielo se desprendió a la par de su alma, resquebrajada hacía casi una década cuando se enamoró perdidamente del Kossuita.
Treinta y dos años dos estaciones y seis horas atrás unas manos extrañas y ensangrentadas sacaban a la pequeña del sarcófago que hacía las veces de baúl donde su madre la escondió. Tiraron del pequeño brazo despojándola del improvisadoescondite de madera. Una muñeca de trapo quedaba en su interior quizá buscando las flechas del carcaj que la identificaba como una arquera. En su pequeña mano izquierda encerraba algunas cuentas de colores por entonces vivos. A su derecha ,sobre cubierta, vio el cuerpo inerte de ella, de su madre, alguien le había rasgado el manto a petición de un tercero. Más allá sobre la madera ensangrentada del barco vio el arco de su padre, lo último que hicieron juntos fue que la pequeña , enfurruñada y caprichosa, se negase a darle un abrazo ante el no ceder a otorgar algún capricho . Si hubiese sabido de alguna manera que sería el último, quizá la rabieta no habría existido y quizá solo quizá, no se habrían quedado por el camino los abrazos de Lire, de Made, de Azalea o de cualquiera sin que hubiese nada más que ese contacto. Astrid jamás abrazaba a nadie por el simple hecho de abrazar, incapaz de saber el porqué. Cada vez que alguien lo intentaba sus músculos se tensaban rechazando esa muestra de apego. Con el paso del tiempo, quienes eran sus verdaderos amigos habían dejado de hacerlo, no se lo tenían en cuenta pues donde no hay engaño no hay culpa ni cargo en la conciencia.
Obedeció a su madre y no lloró, ni gritó, ni pataleó. Mamá se lo había pedido y mamá le pidió por todo cuanto la amaba, que en esa ocasión fuese obediente y tras hacerlo comenzó aquella canción mientras que la pequeña la acompañaba a la par quedando al poco cantándola sola. Y cantó, cantó con su voz infantil cada estrofa que ella le enseñó mientras aquel que se convertiría en su padre, palidecía. Mucho tiempo después conoció cada razón; atisbó muy levemente como cada línea del destino había estado mezclándose y jugando con el suyo.
Ese hombre que palidecía reclamó de los hombros de su dueña el trozo de manto que quedaba aún sobre aquel cuerpo inerte en la cubierta, aun caliente cubrió a la pequeña. La nombró para siempre como Astrid y le otorgó el apellido de su propia madre, Minstreltides; y desde entonces fue Astrid Juglar de Mareas y desde entonces nadie la volvió a llamar por el que le dieron al nacer , y desde entonces a nadie permitió borrar el sonido de la voz de su madre llamándola así por ultima vez.
Todo cuanto tenía valor infinito quedó encerrado en otro pequeño sarcófago de madera , solo en ocasiones unía alguna cosa encerrándola junto a las demás bajo las piedras que alzaban un muro, su propio muro . Entre sus únicos y preciados tesoros estaba ese trozo de manto descolorido por el paso del tiempo. Y a él recurría cuando todo se le derrumbaba , y cantaba aquella canción infantil y abrazaba aquel trozo de manto y tomaba entre los dedos cada piedra sin valor, y su alianza de bodas que tiempo atrás dio comienzo a la destrucción de el muro que ella había levantado.
Alfonsus , el viejo y tuerto guardián custodiaba con su vida aquel pequeño cofre . Cuando la trovadora lo tomaba y lo abría, significaba que algo iba mal para ella. El viejo macaco, tomaba del interior el manto dejándoselo sobre las manos y era entonces cuando Astrid se recostaba acunándolo muy cerca de si, y era entonces cuando desobedecía a mamá...era entonces cuando arrancaba en llanto encerrando después cada lágrima de nuevo en el pequeño sarcófago de sus secretos.
Algo se resquebrajó una madrugada en la sala de reliquias del Teatro de la Alegría, lo que comenzó en risa acabó en llanto amargo, sin la protección del secreto, sin sentir la calidez de la voz maternal, quizá fuese un regaño, quizá fuese la conciencia hecha recuerdo la que le decía que debía resolverlo sola, sin sus recuerdos, sin secretos, ni bajo un muro de roca viva. Logró hacerlo. Un mes después, aquella grieta se hizo más grande y la pared de roca viva empezó a caer a sus pies cuando tras finalizar el primer poema improvisado para ella dio un paso e inesperadamente le rodeó con los brazos quedándose ahí. Y otras rocas cayeron cuando de aquella boca que era prosa y verso asomó un deseo
-Nada deseo ...acaso oir de tu voz algún día decir que me amas… ese día será completa mi dicha.
Para un poeta, la importancia de las palabras era superlativa, siempre las palabras, siempre como sentencias.
-¿Acaso importa? ¿No lo demuestro lo suficiente? -Dijo Astrid sonriendo de lado dispuesta a irse una vez más
-Solo cuando estés preparada o así lo quieras- Adelantó a decir mientras que ella ajustándose los guantes se despedía
Hasta pronto...estaré cerca del Teatro- tras el primer paso, paró y girando el cuerpo hasta quedar de lado dejó escapar a media voz – Ah...sí... te amo, claro que te amo mi precioso y maldito poeta
Y al resto de preciados tesoros, se añadió uno más, un mechón de cabellos como las espigas de trigo ya maduras.
Allí en la Puerta del Alandor y en mitad de una ciudad convulsionada, Astrid quedó quieta, como atada a la tierra, como echando raíces a marcha forzada, no sonreía, no decía nada. En su cabeza aun estaba escuchando el final de un poema, el primero improvisado para ella y el primero no cobrado ni obligado-
Escuchó en el ruidoso silencio de su interior como algo muy, muy, muy pesado caía y caía en un estruendo parte del muro construido piedra a piedra. Una sobre otra en el ocaso de hacía ya treinta y dos años dos estaciones y seis horas. De repente al resonar el estallido en mil pedazos de la piedra nació de sus entrañas, después de tantos y tantos años, abrazar a alguien y quedarse en ese refugio durante largo rato. Una capa de hielo se desprendió a la par de su alma, resquebrajada hacía casi una década cuando se enamoró perdidamente del Kossuita.
Treinta y dos años dos estaciones y seis horas atrás unas manos extrañas y ensangrentadas sacaban a la pequeña del sarcófago que hacía las veces de baúl donde su madre la escondió. Tiraron del pequeño brazo despojándola del improvisadoescondite de madera. Una muñeca de trapo quedaba en su interior quizá buscando las flechas del carcaj que la identificaba como una arquera. En su pequeña mano izquierda encerraba algunas cuentas de colores por entonces vivos. A su derecha ,sobre cubierta, vio el cuerpo inerte de ella, de su madre, alguien le había rasgado el manto a petición de un tercero. Más allá sobre la madera ensangrentada del barco vio el arco de su padre, lo último que hicieron juntos fue que la pequeña , enfurruñada y caprichosa, se negase a darle un abrazo ante el no ceder a otorgar algún capricho . Si hubiese sabido de alguna manera que sería el último, quizá la rabieta no habría existido y quizá solo quizá, no se habrían quedado por el camino los abrazos de Lire, de Made, de Azalea o de cualquiera sin que hubiese nada más que ese contacto. Astrid jamás abrazaba a nadie por el simple hecho de abrazar, incapaz de saber el porqué. Cada vez que alguien lo intentaba sus músculos se tensaban rechazando esa muestra de apego. Con el paso del tiempo, quienes eran sus verdaderos amigos habían dejado de hacerlo, no se lo tenían en cuenta pues donde no hay engaño no hay culpa ni cargo en la conciencia.
Obedeció a su madre y no lloró, ni gritó, ni pataleó. Mamá se lo había pedido y mamá le pidió por todo cuanto la amaba, que en esa ocasión fuese obediente y tras hacerlo comenzó aquella canción mientras que la pequeña la acompañaba a la par quedando al poco cantándola sola. Y cantó, cantó con su voz infantil cada estrofa que ella le enseñó mientras aquel que se convertiría en su padre, palidecía. Mucho tiempo después conoció cada razón; atisbó muy levemente como cada línea del destino había estado mezclándose y jugando con el suyo.
Ese hombre que palidecía reclamó de los hombros de su dueña el trozo de manto que quedaba aún sobre aquel cuerpo inerte en la cubierta, aun caliente cubrió a la pequeña. La nombró para siempre como Astrid y le otorgó el apellido de su propia madre, Minstreltides; y desde entonces fue Astrid Juglar de Mareas y desde entonces nadie la volvió a llamar por el que le dieron al nacer , y desde entonces a nadie permitió borrar el sonido de la voz de su madre llamándola así por ultima vez.
Todo cuanto tenía valor infinito quedó encerrado en otro pequeño sarcófago de madera , solo en ocasiones unía alguna cosa encerrándola junto a las demás bajo las piedras que alzaban un muro, su propio muro . Entre sus únicos y preciados tesoros estaba ese trozo de manto descolorido por el paso del tiempo. Y a él recurría cuando todo se le derrumbaba , y cantaba aquella canción infantil y abrazaba aquel trozo de manto y tomaba entre los dedos cada piedra sin valor, y su alianza de bodas que tiempo atrás dio comienzo a la destrucción de el muro que ella había levantado.
Alfonsus , el viejo y tuerto guardián custodiaba con su vida aquel pequeño cofre . Cuando la trovadora lo tomaba y lo abría, significaba que algo iba mal para ella. El viejo macaco, tomaba del interior el manto dejándoselo sobre las manos y era entonces cuando Astrid se recostaba acunándolo muy cerca de si, y era entonces cuando desobedecía a mamá...era entonces cuando arrancaba en llanto encerrando después cada lágrima de nuevo en el pequeño sarcófago de sus secretos.
Algo se resquebrajó una madrugada en la sala de reliquias del Teatro de la Alegría, lo que comenzó en risa acabó en llanto amargo, sin la protección del secreto, sin sentir la calidez de la voz maternal, quizá fuese un regaño, quizá fuese la conciencia hecha recuerdo la que le decía que debía resolverlo sola, sin sus recuerdos, sin secretos, ni bajo un muro de roca viva. Logró hacerlo. Un mes después, aquella grieta se hizo más grande y la pared de roca viva empezó a caer a sus pies cuando tras finalizar el primer poema improvisado para ella dio un paso e inesperadamente le rodeó con los brazos quedándose ahí. Y otras rocas cayeron cuando de aquella boca que era prosa y verso asomó un deseo
-Nada deseo ...acaso oir de tu voz algún día decir que me amas… ese día será completa mi dicha.
Para un poeta, la importancia de las palabras era superlativa, siempre las palabras, siempre como sentencias.
-¿Acaso importa? ¿No lo demuestro lo suficiente? -Dijo Astrid sonriendo de lado dispuesta a irse una vez más
-Solo cuando estés preparada o así lo quieras- Adelantó a decir mientras que ella ajustándose los guantes se despedía
Hasta pronto...estaré cerca del Teatro- tras el primer paso, paró y girando el cuerpo hasta quedar de lado dejó escapar a media voz – Ah...sí... te amo, claro que te amo mi precioso y maldito poeta
Y al resto de preciados tesoros, se añadió uno más, un mechón de cabellos como las espigas de trigo ya maduras.