ET Faker
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A los falsos Profetas escondidos tras su cobardía
La Cúpula de la Supremacía, erigida como un bastión de orden en un mitad del caos, dominaba Athkatla desde su posición elevada. Sus bóvedas de ónice brillaban bajo el mortecino resplandor de un sol que parecía opacado por la mera presencia del templo, mientras estandartes negros bordados con el puño cerrado de Bane ondeaban en el aire frío.
En el corazón de este lugar de devoción se alzaba la Guantelete Negro de Perdición: Agarathea Narteha. La semielfa, anciana pero imponente, emergió del umbral interior como una sombra hecha carne, su figura envuelta en una túnica negra bordada con filigranas de hierro plateado que parecían formar cadenas. Su rostro era la viva imagen de la autoridad; los años habían marcado su piel con líneas que hablaban de batallas y victorias, pero también de una voluntad férrea que desafiaba al tiempo.
A medida que avanzaba hacia el balcón, los pasos de Agarathea resonaban como el tañido de campanas fúnebres. Cuando llegó a la balaustrada posó ambas manos enguantadas en ella. La misma piedra bajo su tacto parecía temblar. Desde las alturas, observó con contención a la multitud que se había reunido abajo, sus fieles y los curiosos, atraídos como insectos a la llama.
Cuando habló, su voz era un trueno controlado, resonante y cortante, que perforaba el silencio con la precisión de una hoja afilada.
"¡Gentes de Athkatla! ¡Hijos e hijas de la moneda, de la lucha y de la supervivencia misma!
Mirad lo que os rodea: una ciudad que se desmorona bajo el peso de sus propios pecados. Los callejones infestados de hambre y desesperación; los ricos escondidos tras puertas de oro y plata, ajenos a vuestro sufrimiento. ¿Y quién se atreve a llamarse vuestro protector? ¿La Alta Sacerdotisa de Selûne, esa diosa lunar cuyas promesas son tan insustanciales como los edictos de sus falsos profetas? ¿Sariel Shade, a quien sus propios hermanos de fe han desautorizado públicamente? ¿Ella, que ha puesto el bienestar de los orcos por encima del vuestro propio? ¿Que mediaba por su perdón mientras desviacionistas y asesinos mataban a vuestros hijos, a vuestros padres?
¡Selûne os predica amor y compasión mientras os abandona a los horrores que acechan más allá de estas murallas! ¿Dónde estaba Selûne cuando las aberraciones orcas descendieron de las montañas para quemar vuestros campos? ¿Dónde estaba cuando los elfos, con su arrogancia eterna, cerraron sus bosques y os negaron refugio? ¡Esas criaturas os ven como inferiores! Os desprecian y os abandonan a vuestro destino, pero yo os veo. Mis soldados os ven.
Mientras ellos perdían el tiempo en el bosque hablando en favor de aquellos que os masacraban, nosotros estábamos aquí, ayudando a contener las bajas que causaba la neglicencia de su idealismo infantil.
¡No os llaméis a engaños, pueblo de Athkatla! El Tirano no promete dulces mentiras. No somos débiles ni sumisos. Nosotros forjamos el orden dentro del caos, no nos rendimos a él; tomamos lo que nos pertenece y aplastamos a quienes nos niegan nuestra dignidad. ¡Perdición es fuerza! ¡Bane es justicia! Y yo, Agarathea Narteha, su voz y su puño, os ofrezco una verdad que nadie más os dará:
Athkatla no necesita sacerdotisas de la luna ni sus susurros cobardes. Necesita acero. Necesita fuego. Necesita líderes fuertes que no tiemblen ante orcos, bestias ni ante la podredumbre que crece en nuestras propias calles. ¡Uníos a mí! ¡Uníos al Tirano! Juntos forjaremos un nuevo Athkatla; uno donde los débiles no solo sean protegidos, sino fortalecidos para que puedan valerse por sí mismos. Y los traidores, aquellos necios que se atreven a pronunciar el nombre de Perdición con desprecio, castigados y doblegados; donde la moneda signifique poder y no esclavitud. No para nosotros. No para quienes la acuñan y esgrimen.
¡Haced vuestra elección! Continuad siendo esclavos de dioses que no os ven, o seguidme y luchad por una revolución que cambiará vuestro destino. ¡Athkatla no se inclinará! ¡Athkatla no temerá! Bajo el puño negro de Bane, esta ciudad resurgirá como una fuerza que el mundo entero temerá.
Pronto, muy pronto, celebraremos una Cumbre. ¡Venid a mí, guerreros, mercaderes y mendigos! ¡Tomemos lo que es nuestro! ¡Por Bane, por la fuerza y por la gloria que merecemos!
La Guantelete Negro de Perdición desplegó una última y mucho más grande bandera de la Mano Negra que cayó ondeando desde lo más alto de la balaustrada hacia el gentío incendiado. Durante este día y los siguientes, caballeros y sacerdotes iban y venían de un lado a otro portando sus estandartes y colgando carteles que hacían eco de las palabras de Narteha. Todo aquel que estuviera interesado en tomar las riendas de su propio destino y dejar de ser manipulado por falsos Dioses y líderes cobardes, podría acudir a la Cumbre y escribir su nombre en el inicio del cambio; el comienzo de La Ascensión.
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Más información próximamente.