Aksriel
Enano con acento ruso
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Zafiro blanco.
Era una aldea sin nombre, una de las tantas que se perdían entre los bosques de La Marca Argéntea, por la que no pasaban comerciantes y nadie conocía su existencia, sus gentes eran tranquilas, pero llenas de miedo, un miedo que les hacía hacer cualquier cosa, pues raro no era el día que un orco acechaba las inmediaciones, alguna bestia mágica como un huargo pasaba por ahí o incluso cosas peores. Era una aldea con una simple regla, si eras una amenaza para los habitantes de esta, te tirarían a los bosques a buscarte tu vida. Así comenzó la aventura de Auria.
Era una noche fría y oscura, la luz de la luna brillaba con fuerza en la fría nieve, y los espesos árboles de bamboleaban con lentitud a causa del peso de los copos en sus hojas. El viento gélido se paseaba entre los finos cristales de su habitación, y allí estaba ella, con sus mechones rojos como el fuego, suaves y largos, metida en la cama con mala cara. Su piel, pálida de naturaleza, tendría un color poco sano, y un sudor frío recorría su frente.
Era huérfana, pues nadie sabía que había pasado realmente con la chica. Los rumores se paseaban entre los labios de los aldeanos… “Nació del bosque” decían algunos, “Es un engendro mágico” decían otros. Pero nunca sabrían la verdad, ya que solo ella la sabía. Tan solo llevaba allí una semana, y era odiada por su llegada. Llegó llena de heridas del bosque, agotada y sin fuerzas, con un camisón que había sido quemado por ambas mangas, y sus ojos, grises tan claros como la nieve, brillando entre los árboles.
Estuvieron a punto de matarla, pero solo era una niña de 15 años recién cumplidos. Para la mayoría eso no suponía ningún impedimento, pero un hombre, un sacerdote, no podía decir que no a salvar una vida que podría ser inocente. La cuidó durante las dos semanas que estuvo en cama, enferma con fiebre y otros males que no podía saber. Ella era consciente de vez en cuando, y le agradeció los cuidados al sabio sacerdote.
“Selune está contigo, Auria, mira la luna cada noche antes de dormir, y te sentirás arropado bajo su manto.” Le decía cada noche el sacerdote de Selune a Auria, mejorando su estado cada noche, tal vez por sus plegarias, tal vez por simplemente, el paso del tiempo.
Las voces se hacían más espesas cada mañana, los aldeanos, cada vez confiaban menos en la niña que llegó del bosque, cada vez más asustados, cada vez más alejados del dogma de Selune. En sus mentes, no había deidad, solo miedo a morir. Hasta que llegó esa noche tan fría.
Abrió lentamente sus ojos, y miró la oscura habitación, que solo estaba iluminada por la luna. Se sentía sola, y débil, pues tenía tanto miedo como cualquiera en esa aldea. Sus pies frágiles como la porcelana acariciaron la madera del suelo al bajar de la cama, y sus cabellos largos se deslizaron por el camisón grisáceo que le había dado el hombre. Pisaba con cautela, pues no veía más luz bajo el hueco de la puerta, y se acercó a esta haciendo el menor ruido posible. El pasillo, lleno de oscuridad, le daba más miedo aún, pero conocía el camino así que cerró los ojos con fuerza, con miedo a ver algo horrible asomando en las tinieblas.
Llegó a la puerta que deseaba, y entró con el mismo sigilo que antes. Ahí dormía el afable sacerdote de Selune, iluminado por la luz de la luna. Ella no pudo evitar sonreír un poco al verlo, y se acercó a la cama para verlo mejor. Lo miró durante un rato, pensativa, sin llegar a entender por qué había gente con tan buen corazón, pero agradecida por haber sido encontrada por uno de ellos. Se sentó en una silla de mimbre que había junto a la cama, y simplemente se dejó llevar por su cansancio, durmiendose.
Un grito lo empezó todo.
Era tarde, pues había amanecido y el sol empezaba a esconderse de nuevo, el sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando el cadáver del hombre afable. Una mujer, que era allegada de él, había encontrado el cadáver en su cama, y pensó lo que todos pensaron. Fue ella, la niña pelirroja de ojos de zafiro blanco, la había matado mientras dormía, eso pensaron, y eso sentenciaron.
Asustada y sin entenderlo, corrió fuera de la casa al ser amenazada por la mujer, pero las ventanas eran finas, y tanto el viento como los sonidos se colaban entre el fino cristal. Cuando Auria estaba llegando a la salida, un corpulento aldeano tiró la puerta abajo y la cogió del cuello para evitar que huyese, levantandola del suelo. Auria, asustada, pronunció unas palabras rápidamente y no pasó nada. Al menos eso parecía, ya que una rata salió del a camisa del hombre, empezando a morder su cuello con fuerza, cosa que hizo soltar a la muchacha y tirarla al suelo, gritando horrorizado.
Corrió descalza hacia afuera, y los aldeanos la rodearon, todos ellos, que no serían más de veinte personas. Por la puerta, se podía ver al hombre corpulento forcejeando con la rata de su cuello, con miedo a que le cortase la yugular, mientras la otra mujer le miraba asustada sin saber qué hacer, con el paso cortado por el hombre.
No era rápida, ni nunca se había visto en una situación así como para saber que hacer, así que fueron más rápidos que ella. Una mujer alta y un hombre la sujetaron, mientras un hombre escuálido le rodeó cada brazo con unas cadenas, uniéndolas a un aro típico para dirigir a las vacas y demás animales de granja. Tiraron de ella con fuerza y la obligaron a caer al suelo, al vitoreo de los aldeanos, deseando la muerte de la joven como venganza.
Ella imploraba clemencia, ya que no sabía que había pasado con el hombre, pero no les importó y la arrastraron con fuerza desmedida para una joven tan frágil, llevándola al centro de la aldea. Cuando llegaron allí, uno de ellos sacó su roñosa espada. Auria miró las caras de todos, estaban enfadados, querían justicia, pero también vió alguna sonrisa y miradas de lujuria.
El miedo podía con ella, sus ojos brillaban tornandose blancos de una manera intensa ante un grito de desesperación, la urdimbre que corría por sus venas inundaba su corazón palpitante, y empezó a conjurar. Sus palabras hicieron que de sus dedos saliese ácido, haciendo que soltase su mano izquierda rápidamente. Su confusión y su miedo, no hizo más que acrecentarse al darse cuenta de que era capaz de hacer tal cosa, lo que la hizo sonreír levemente, y cuando levantó la mirada, la mitad de los aldeanos huían a sus casas.
Solo quedaron seis hombres, y una espada. La niña, que ya no parecía una niña, intentaba pronunciar las mismas palabras que antes, sin saber cómo hizo para conjurar el ácido, ya que ella solo sabía hacer una cosa de verdad. El miedo a morir la llenaba por dentro, pero también una incesante sensación de placer al ver que se había liberado de al menos una de sus manos gracias a su magia. Los hombres, que se habían echado para atrás, empezaban a avanzar al ver que no era capaz de conjurar más. Así que recurrió a lo único que sabía. Pronunció unas palabras y sus manos empezaron a crear un fuego descontrolado, empezando a andar hacia ellos, desafiante, confiada en que si eso no funcionaba, moriría.
Pero el miedo estaba asentado en esa aldea. Los hombres huyeron tirando la espada al ver su magia, y ella empezó a gritar, no por placer, no para asustarlos, si no de dolor. Las cadenas de su brazo derecho, ahora al rojo vivo, empezaron a quemar su carne rápidamente pero no podía dejar de mostrar sus llamas hasta que huyesen y ella estuviese lejos.
Corrió del claro, gritando mientras las llamas descontroladas caían por el césped, dejando un rastro de pequeñas llamas que se extinguirían solas por la humedad helada de la nevada nocturna. Y cuando dejó las llamas, cuando nadie la veía, se echó al suelo de rodillas, agotada, quitándose las cadenas al recordar más tranquila sus palabras. Su brazo, había sido marcado de por vida, y también ella, pues cuando levantó la cabeza entre lágrimas, abatida y sola… vio la luna brillar.