Imperator Furiosa
La más cara de las máscaras de Máscara
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Siempre se encabeza este tipo de mensajes con los habituales "no suelo pasarme mucho por aquí, pero...", "no soy de utilizar este subforo ni de avisar ausencias breves, pero..." y creo que yo no voy a ser la excepción.
No sé cuánto tiempo voy a estar ausente, si una semana, un mes...realmente no lo sé. La vida te prepara para muchas cosas, pero no para una como esta. En estos momentos he de estar con mi familia y probablemente no saque tiempo ni estómago para otras cosas o quién sabe, tal vez sí, y buscar un poco de frivolidad y distracción me venga bien.
Para gestionar un poco lo que está sucediendo he sentido la necesidad de escribir. La verdad es que no busco exactamente consuelo ni condolencias, sino hacer un último regalo a mi hermano. Esto no es más que un pequeño acto de amor, insustancial, dulce, triste. Me hubiera gustado poder ofrecerle algo más.
PARA MIGUEL
He intentado dormir algo, a pesar de que yo misma me he empeñado en autosabotearme las horas de sueño. He llegado a sentirme culpable por poder pegar ojo, aunque sólo fueran dos horas, imaginándote en aquella cama de hospital, solo, a 800 kms. de mí.Tendría que estar llorándote y, a pesar de que lo deseo con todas mis fuerzas, todavía no me lo he permitido.
Asi que he dormido un poco, despertada por la culpa, narcotizada por la necesidad y el racionalismo doloso de haber asumido que ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar.
Me he despertado pronto, he llamado al trabajo para arreglar los asuntos más burocráticos, mirado los billetes para el viaje, he estado haciendo tareas domésticas...¡hasta me he puesto a boxear! Todavía no he empezado con los mensajes a amigos y familiares porque, claro, he asumido que ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar.
Saldré a votar, con desgana. Eso, en realidad, no es ninguna novedad, siempre lo hago con desgana. Hace un calor asqueroso. Es 23 de julio y, hoy, a las 17 horas, desconectarán el soporte vital que aún te mantiene atado a la vida.
Tal vez, entonces, cuando esta espera llegue a su fin, me vendré abajo, no lo sé. "Soy muy fuerte", me encanta repetir eso como un mantra. Pienso en mis padres, en tus padres, y me digo que no tengo derecho a venirme abajo. Te preparas para la muerte de tus abuelos, de tus padres, incluso creo que un padre, por muy dolorosa e injusta que sea la muerte de un hijo, baraja esa posibilidad, esa preocupación, desde el mismo momento en que decide traernos al mundo. Pero ¿cómo asume una hermana la pérdida de su hermano pequeño? Has crecido a mi lado, y aunque ya te habías convertido en un hombre adulto, aún soy capaz de recordar la dulzura del timbre de tu voz de niño y tus preciosos, enormes y oscuros ojos almendrados de ciervo.
Puede parecer una frivolidad pero, ahora mismo, mientras los médicos discuten con papá y mamá qué hacer con tus órganos y yo me encuentro a 800 kms. de esa cama de hospital en la que, según Carmen, "reposas con una expresión plácida" y a mí sólo me queda esperar he querido sentarme a escribirte estas palabras. Pudiera parecer que escribo sobre mí porque, al fin y al cabo, soy la que sigue despierta en este mundo pero no, hermano, quisiera que mi ego desapareciera mientras te dedico estas palabras, convirtiéndome en un mero recipiente de tu recuerdo. Y por eso deseo inmortalizarte con estas líneas.
Te has ido sin avisar, un poco a lo loco, haciendo lo que te ha salido de los cojones, de un día para otro. Ese ha sido siempre tu estilo. Y lo aceptábamos. Porque tu generosidad, afecto y vulnerabilidad también han sido grandes. Eras demasiado joven, y eso me hace pensar en todas las cosas que ya nunca podrás hacer. No dejas atrás pareja, ni hijos, ni hipotecas, ni grandes logros. Con el tiempo que se te ha sido concedido te has dedicado a pasarlo en grande, que no es una mala opción. Pero me atormenta la idea de que no vayas a dejar huella en este mundo. Bueno, en realidad, pocos lo harán. Yo seguramente no lo haga pero no estamos hablando de mi sino de ti ¿verdad?
Quiero ser la guardiana de tu memoria. Quiero preservarte aquí, tal vez de manera egoísta, porque publicarte es, de algún modo, conservarte. No creo en la otra vida pero sé que mientras conserve mi cabeza en sus cabales una pálida versión de ti vivirá feliz en mis recuerdos.
Te quiero, Miguel.
No sé cuánto tiempo voy a estar ausente, si una semana, un mes...realmente no lo sé. La vida te prepara para muchas cosas, pero no para una como esta. En estos momentos he de estar con mi familia y probablemente no saque tiempo ni estómago para otras cosas o quién sabe, tal vez sí, y buscar un poco de frivolidad y distracción me venga bien.
Para gestionar un poco lo que está sucediendo he sentido la necesidad de escribir. La verdad es que no busco exactamente consuelo ni condolencias, sino hacer un último regalo a mi hermano. Esto no es más que un pequeño acto de amor, insustancial, dulce, triste. Me hubiera gustado poder ofrecerle algo más.
PARA MIGUEL
He intentado dormir algo, a pesar de que yo misma me he empeñado en autosabotearme las horas de sueño. He llegado a sentirme culpable por poder pegar ojo, aunque sólo fueran dos horas, imaginándote en aquella cama de hospital, solo, a 800 kms. de mí.Tendría que estar llorándote y, a pesar de que lo deseo con todas mis fuerzas, todavía no me lo he permitido.
Asi que he dormido un poco, despertada por la culpa, narcotizada por la necesidad y el racionalismo doloso de haber asumido que ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar.
Me he despertado pronto, he llamado al trabajo para arreglar los asuntos más burocráticos, mirado los billetes para el viaje, he estado haciendo tareas domésticas...¡hasta me he puesto a boxear! Todavía no he empezado con los mensajes a amigos y familiares porque, claro, he asumido que ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar.
Saldré a votar, con desgana. Eso, en realidad, no es ninguna novedad, siempre lo hago con desgana. Hace un calor asqueroso. Es 23 de julio y, hoy, a las 17 horas, desconectarán el soporte vital que aún te mantiene atado a la vida.
Tal vez, entonces, cuando esta espera llegue a su fin, me vendré abajo, no lo sé. "Soy muy fuerte", me encanta repetir eso como un mantra. Pienso en mis padres, en tus padres, y me digo que no tengo derecho a venirme abajo. Te preparas para la muerte de tus abuelos, de tus padres, incluso creo que un padre, por muy dolorosa e injusta que sea la muerte de un hijo, baraja esa posibilidad, esa preocupación, desde el mismo momento en que decide traernos al mundo. Pero ¿cómo asume una hermana la pérdida de su hermano pequeño? Has crecido a mi lado, y aunque ya te habías convertido en un hombre adulto, aún soy capaz de recordar la dulzura del timbre de tu voz de niño y tus preciosos, enormes y oscuros ojos almendrados de ciervo.
Puede parecer una frivolidad pero, ahora mismo, mientras los médicos discuten con papá y mamá qué hacer con tus órganos y yo me encuentro a 800 kms. de esa cama de hospital en la que, según Carmen, "reposas con una expresión plácida" y a mí sólo me queda esperar he querido sentarme a escribirte estas palabras. Pudiera parecer que escribo sobre mí porque, al fin y al cabo, soy la que sigue despierta en este mundo pero no, hermano, quisiera que mi ego desapareciera mientras te dedico estas palabras, convirtiéndome en un mero recipiente de tu recuerdo. Y por eso deseo inmortalizarte con estas líneas.
Te has ido sin avisar, un poco a lo loco, haciendo lo que te ha salido de los cojones, de un día para otro. Ese ha sido siempre tu estilo. Y lo aceptábamos. Porque tu generosidad, afecto y vulnerabilidad también han sido grandes. Eras demasiado joven, y eso me hace pensar en todas las cosas que ya nunca podrás hacer. No dejas atrás pareja, ni hijos, ni hipotecas, ni grandes logros. Con el tiempo que se te ha sido concedido te has dedicado a pasarlo en grande, que no es una mala opción. Pero me atormenta la idea de que no vayas a dejar huella en este mundo. Bueno, en realidad, pocos lo harán. Yo seguramente no lo haga pero no estamos hablando de mi sino de ti ¿verdad?
Quiero ser la guardiana de tu memoria. Quiero preservarte aquí, tal vez de manera egoísta, porque publicarte es, de algún modo, conservarte. No creo en la otra vida pero sé que mientras conserve mi cabeza en sus cabales una pálida versión de ti vivirá feliz en mis recuerdos.
Te quiero, Miguel.