Libro 2: El viento que mece las hojas.
Veamos...¿Dónde lo deje? Ah, sí. El viejo y yo marchándonos de Calimport, dejando atrás a mi madre y a todo cuanto conocía. La verdad es que en lo más profundo de mi ser siempre he tenido la duda de si hice bien yéndome. En fin, como diría mi mentor: "El destino siempre nos depara cosas que nuestro intelecto no alcanza a comprender".
A estas alturas creo que es necesario que presente a mi maestro: Xiao-Jin Fu. Aunque siempre le he llamado "Viejo" o "Viejo Fu". Al principio no se lo tomaba bien y me regañaba, pero acabó cogiéndole cariño al mote.
Mientras viajábamos, el viejo me explicaba historias de gente con habilidades asombrosas, maestros de la disciplina combativa; gente que manejaba las espadas como si de un baile se tratara. Guerreros que hacían de sus armas parte de si mismos. Consiguió causarme un sentimiento que jamás había tenido:
Esperanza.
Dijo que allá donde nos dirigíamos, yo también podría llegar a ser uno de esos honorables luchadores. Pero sólo si era capaz de entrenar
tan duro como me fuera posible. Esas palabras quedaron grabadas a fuego en mi.
Tras unas cuantas lunas de viaje, por fin llegamos a nuestro destino. El sitio al que a partir de entonces llamaría hogar; aunque creo que eso ya lo he dicho.
El lugar en cuestión era un monasterio construido a los pies de una enorme cascada. A nuestro alrededor se extendía un largo bosque que con los años conocería como la palma de mi mano. Al monasterio acudían tanto monjes como guerreros a perfeccionar y pulir sus artes de batalla bajo la instrucción de los maestros kensai discípulos del Õ-Sensei (Gran Maestro) Xiao-Jin "Lee Wuang" Fu.
Se en que estáis pensando. ¿Por qué iba el gran maestro de un monasterio perdido del resto del mundo a acoger a un triste bastardo de las calles de Calimport? Yo tampoco lo supe hasta que di por terminado mi adiestramiento. No obstante esa historia ya será revelada más adelante.