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Bastian Clay

Deiffmaster

Adorador de Eduardo
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29/1/16
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Un gran disgusto se llevaron el señor y la señora Clay cuando sus dos hijos les comunicaron, con prudencia, pero sin falta de firmeza, que no iban a dedicar su vida al negocio de los ladrillos. La señora Clay gritó y amenazó, y el señor Clay se hundió en un torbellino de pesar y decepción, pero ni Bastian ni Cornelia cedieron.

Sabían que sus padres amaban a su negocio de fabricación de ladrillos de arcilla como a un hijo, pero su progenie biológica no estaba dispuesta a aceptar a ese tercer retoño metafórico en la ecuación. No habían necesitado ni siquiera un año en la Universidad de los Oficios para darse cuenta de qué no querían dedicar su vida a ningún… oficio.

— ¿Pero de qué se supone que vais a vivir, eh? ¿Cómo os vais a ganar el pan?
— Mamá— el tono de Bastian intentaba ser razonable y conciliador— ya sabes que soy un buen escultor de hierro, y en la ciudad…
— ¡Ah! ¡Con qué ahora vas a sobrevivir en la Ciudad de la Moneda como un artistilla!— dijo su madre con desprecio.
— ¿Pero tu te oyes a ti mismo, hijo? ¡Te morirás de hambre!— dijo su padre.
— Mamá, papá, no seáis dramáticos, nosotros…
— ¿Y tú qué, Cornelia?— la señora Clay atacó inmediatamente por el otro flanco—. Y espero que no me digas nada sobre marionetas.

La hermana mayor miró a un lado y a otro antes de asentir.

— Pues esa es mi intención, mamá, y desde luego voy a…
— ¡Cornelia! Pero qué decepción… ¡qué gran decepción!— el señor Clay se llevó las manos a la cabeza—. Estáis apunto de tirar por la borda todo para lo que hemos trabajado durante estos años… ¡Es vuestro deber continuar con el negocio familiar!
— ¡No solo es vuestro deber, también es vuestra obligación!— gritó su madre, demostrando una vez más un elevado sentido literario.

Bastian y Cornelia se cruzaron de brazos.

— Papá— dijo la hermana mayor mirando al delgado hombre pelirrojo de manos fuertes—. Mamá— esta vez miró a la mujer de gruesas cejas y grandes senos— no tenemos ningún deber ni ninguna obligación con ningún negocio familiar. Bastian y yo hemos tomado una decisión sobre nuestro futuro y nada podrá hacernos cambiar de opinión.

Ambos progenitores parpadearon un segundo antes de fruncir sus respectivos ceños.

— ¡¡Marchaos de casa inmediatamente y no volváis nunca más!!

Aquella fue la esperada sentencia, pronunciada a gritos por su madre y confirmada con graves asentimientos por su padre. Por suerte, los dos hermanos conocían a sus padres lo suficiente como para ya tener la maleta hecha. Bastian llevaba consigo un número escaso de piezas de ropa, sus herramientas de herrero y escultor, y una bolsita con algunas monedas que había conseguido ahorrar.

Cornelia, por su parte, había llenado el petate con también pocas prendas de vestir, sus herramientas de curtidora, una madeja y una fina aguja, y sus marionetas más queridas: Emiliana Zapato y la Cerdita Waukinita. Su bolsa de oro era igual de ligera
que la de su hermano.

— Adiós mamá, adiós papá— dijo Bastian en un tono apenado antes de cruzar el umbral.
— Adiós— repitió Cornelia, con el mismo tono, cerrando la puerta tras ella.

Pero, cuando estuvieron lejos de la mirada de sus padres y los rayos de sol les iluminaron en aquella calle del distrito del Puente, Bastian y Cornelia se miraron, sonrieron y emprendieron el camino hacia los llanos exteriores a la ciudad.
 

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