Novedades

Bautismo de Sal

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
Registrado
8/7/19
Mensajes
1,364
Edad
30
ea829011fe1994eb798811e7bc6e7cd7.png
122bdfaa9acf6b4a10135204abaf85cf.png
1158df19580e87a0ab45a6481f75dbb7.png
Mis ojos, escocían. Cada segundo consciente desde aquella noticia, los cegadores haces de luz que serpenteaban desde mis paredes, quemaban por completo mis retinas. No quiero lagrimear, pero sé lo que debo hacer —y es por ello que estoy aquí hoy, ayer, convirtiéndome en una mejor mujer. Mañana seré una mejor mujer, porque estaré un paso más cerca de olvidarle; un corte más cerca de pulverizarle. Mañana seré una mejor mujer, porque aunque es hoy mi sangre la que desborda mi diestra; ayer he muerto, así que hoy estoy un paso más cerca de olvidarle. Odio el Mar, pero comienzo a acostumbrarme al salitre y a las tiras de piel que abandonan mis hombros cada mañana.

e649727688f52a0f6c0886e471cbe9bc.png
Cuando escribí aquella misiva lo hice con el mentón alzado, dejando que fuera él quien guiase cada una de las florituras. «Me arriesgo a solicitar una oportunidad para pertenecer a esta organización y hundirme en sus aguas porque poseo absoluta seguridad de que seré capaz de ofrecer un beneficio que compensará con creces el riesgo de cubrir mis espaldas» ¿El mismo beneficio que le ofrecí al Maestro, causando su destierro? Lo cierto es que siempre se nos dio bien ganar dinero, y el sufrimiento. Padre nunca se equivocó en eso, claro. Pero la cuestión es que sus manos guiaban mis palabras, las del Maestro, las del Maestro que prefiere oscurecer sus ropajes y castañear su sombría dentadura.

«En cuatro días la Glotona estará atracada en el puerto», la Glotona, menudo nombre. Cuando el capitán se burló de mi peso, pude sentir cómo Ruina crujía sus guantes. Sabe Talona que él adora el crujir de mis costillas, pero también sabe esta que le preocupa su presencia en mi cuerpo —los años no me han hecho envejecer, me han hecho empalidecer y marchitar. Amoratarme, encogerme, y perder miembros; pero no tantos como aquellos que los morosos han de perder si carecen de las mil monedas de oro que le deben al Krákenar. Sabe también Talona, que pagarán con libras de su carne, independientemente de sus súplicas. Sabe Talona, que nuestro gélido abrazo es más maternal que ningún otro; y el Krákenar sabrá, lo que es que realmente velen por uno.

daee56a510e0a150ca2b2f189355b549.png
El barco era una tartana, húmeda y desquebrajada. Pensaba que jamás viajaría en peores condiciones que cuando lo hice con Snorri, pero me equivocaba. Las esquinas estaban tan roñosas, que ni mis insectos ni el Maestro osaban emplearlas para danzar; y el hedor a comida pútrida, suscitó en mí unas nauseas que me hicieron anhelar la marea y el embarazo. Pero no vomité, no vomité demasiado aquella vez, ¿o quizás sí? La noche captó mi atención, porque la Madre Noche había decidido saludarnos; cegándonos. Branquias comenzó a encender pequeñas hogueras, a convertir aquel ataúd que malamente flotaba en un entorno algo más acogedor —como una mesa apartada en la Jarra Adamantina.

Forajido, mi pobre Forajido, detestaba los pequeños farolillos. Se mantenía a mi vera, pero no como solía hacerlo nuestro querido Arieden; él se escondía bajo nuestra capa, para velar por nosotras. El drow, lo hacía más como un niño asustadizo —y aunque ladraba como ninguno cuando alguien me faltaba el respeto, se enredaba en mí como ninguno de mis ahijados lo había hecho jamás. Justo cuando ajustaba su sombrero, le olí; olisqueé al beshabita, y todos los rostros comenzaban a tornarse sembianos. El capitán había tomado más de un litro de ron, volviendo sus labios pegajosos y difuminando el sudor de sus ropajes. Bebía, bebía tanto y se tambaleaba tanto que no podía evitar acariciar el ostentoso amuleto que Justias me había regalado.

de9fe4ddb26697e8da0cee15838a57f3.png
El Padre Limacus me acepta, como nadie jamás me ha aceptado; tanto, que a veces siento que él y yo somos dos piezas de un mismo cuerpo. Sin embargo, cuando las voces no ordenan su intervención, a veces temo que algún día huya despavorido —si llega a conocer lo distante que soy, realmente, a sus ideales. Espero que me acepte, tal y como soy. Aquel día, cuando apareció en la cubierta, sentí el mismo calor en mi pecho que sentí la primera vez que me cobré una vida. Corté su garganta, con un único corte, y sostuve su cuerpo. Lo apreté, con fuerza, y accidentalmente apliqué presión en su herida —le mantuve con vida, murió lentamente y sufrió más. Pero lo hice porque se sentía bien, arroparle con mis brazos. Justias me hace sentir igual.

Ruina no tardaba en advertir que, frente a nosotros, un extraño navío avanzaba a gran velocidad. El capitán, ya había cambiado su apellido por Lugosi, y a penas podía desparramarse sobre el timón. Afortunadamente, pude acercarme a él y verter sobre sus oídos el veneno que más agradable resulta para los hombres; la mentira. «He visto como envenenaban vuestra botella. Por suerte, soy talonita, y sé que podéis salvar la vida si vomitáis de inmediato», murmuré, y el horror empalideció su rostro. Poco a poco, dejaba de ser beshabita. Poco a poco, volcaba sus entrañas en el cubo y ya ni si quiera era sembiano.

258e95155c8deddae03d5c9fec31e3dc.png
El pánico volvía a invadir su pecoso rostro, desaliñado y envuelto en mechones caoba, cuando observaba la abisal visión que mis hombres llevaban minutos señalizando. Nunca se me dio bien nadar, así que empapé su rostro e intenté obligarle a cambiar su travesía. Nunca se me dio bien nadar, así que he de reconocer que las tripas comenzaron a danzar en mi interior —tanto, que podía sentir el hígado solapándose entre mis pulmones. Busqué a Ruina con la mirada, porque incluso si cada mañana deseo cercenarle la lengua, su espalda tiene el tamaño perfecto para esconder mi silueta por completo aún con la prótesis. Le busqué, quizás porque en cierto grado no me agradaría olvidarle a él también.

No me gusta hablar de temor, pues más allá de aquel que le debo a Talona rara vez experimento miedo. Todos mis miedos, uno a uno, se han ido cumpliendo; perdí hogares, perdí hijos, perdí amados y perdí naciones. No he podido olvidar aún, todo lo que ha congelado mi cuerpo de tal modo. No lo he podido olvidar, como aún no he podido olvidar aquel extraño sentimiento que ese dichoso navío gestaba en mí. El capitán entraba en pánico y se escondía, siendo acertadamente encerrado por Branquias poco después —mis hombres, callaban, atendiendo a aquel sombrío navío que se antojaba inerte. Tampoco veía al Maestro en aquellas sombras, y eso, me daba miedo ¿navegaban, los insepultos?

b33bce11e002a0cf81628bd2d4782251.png
 
Última edición:

Grifo

Apilador de Muros de Fuego
Registrado
9/6/21
Mensajes
258
header.png

2.png

[tab=60]Aquel barco desprendía un aura entrañable, era cómodo, podría decirse incluso que era un buen barco. El suelo pegajoso era señal de que habían concertado grandes festejos y el tablón desgastado, que habían terminado como debían de terminar.

[tab=60]Una vez acomodado, ni corto ni perezoso apoyé el espinazo contra el mástil mayor y empecé a afilarme los dientes con la Matafaunos, sabe Úmberli que esa daga es mi ojito derecho. Puse cara de agrado cuando sentí las esquirlas de esmalte dental me cayeron sobre las papilas gustativas, pero para mi disgusto, cuando alcé la vista tuve que ver a cuatro lelos mirándome como pasmarotes, como los árboles, que no saben hacer otra cosa salvo estar ahí plantados. No iba a explicarles qué estaba haciendo, porque tampoco sentí que hubiera ninguna necesidad de hacerlo, la líder parecía conforme con el modus operandi que había estado utilizando todo este tiempo, así que mi política de hacer lo que me saliese de los huevos marchaba como el aceite sobre el pan.

[tab=60]C
9.png
uando terminé de dejarme los colmillos como los de un cachorro, caí en que probablemente ninguno de ellos supiera nadar, y era mucho menos probable aún que supieran que el agua de mar no se bebe. Me preparé para la catástrofe, y sabiendo que éramos como un boquerón en la playa, decidí añadirle algo de chispa al asunto. Con un candil viejo encendí las luces de babor y estribor, y de pronto nos volvimos una luciérnaga en la noche brumosa. Si alguien decidía venir a tocar la moral a unos tripulantes lo bastante locos como para ir llamando la atención, debía de estar en peores circunstancias que nosotros, y si por el contrario, eran capaces de aplastarnos, por lo menos no seríamos recordados como gusanos escondidizos.


[tab=60]—¡Reina de los Mares, danos protección o muerte sobre tus olas, pero sobre todo, brinda dolor y destrucción a todo el que ose atacarnos!— me ungí de agua de sal en la frente y la yema de los dedos, y en efecto, dos de los encapuchados volvieron a mirarme como si fuese gilipollas. Ni hablemos del capitán, que además de ser un tío muermo era un charlatán, aunque no adelantemos los acontecimientos.

[tab=60]—¿Se puede saber qué estás haciendo?— el capitán, un botarate del tres al cuarto con las vestiduras finas y la cara de un payaso alcohólico no parecía demasiado conforme con que hubiese convertido su nave en un ritual. —¡Vamos a morir todos por tu culpa, por tu miserable culpa!— faltó tiempo para que el capullo dejase de gritar, y luces tenues asomaron en el horizonte, en dirección a la nave.

[tab=60]Dicen que una botella abierta le suelta la lengua a un hombre, lo que nunca dicen es que una botella reventada es capaz de recogérsela en un segundo. Le estampé en la coronilla la botella de ron semibarato con la que había empinado el codo desde el principio, mi compañero, el arquero misterioso, me echó una mano para encerrarlo en el cuarto dónde habíamos dejado la escupidera y el barril de las heces.

[tab=60]—¡No podéisbghn hacedme ehsto soy vuehstro capdn…!— la voz se le iba diluyendo del miedo y de la cogorza, pero la cuestión es que en compañía de las ratas que comían de la letrina ya no iba a molestar a nadie.

[tab=60]F
7.png
ueron momentos de tensión, cada cuál con sus motivos, en mi caso, la sola idea de que el barco enemigo pudiera estar repleto de buenos pedazos de carne me hacía temblar los dedos de los pies. Entre la incertidumbre, apareció un barbudo de aspecto sospechoso en la misma cubierta, dejando tras de sí una nube semiespesa de humo morado. No saludó, y si lo hizo yo no lo oí, y tras de una breve charla pude caer en la cuenta de que no sólo estaba rodeado de tarugos, sino también de completos dementes. La líder propuso echar a pique el barco enemigo con una plaga de insectos, sus dos compañeros planeaban asaltar antes de que nos asaltaran y el barbudo quería meterle fuego, o algo así. Como el mar premia a los valientes a poco estaba terminando la conversación me lancé al barco enemigo arpón en mano, y en el salto de apenas un metro que dí hacia su baranda, el rostro se me deshizo de alegría. Los tripulantes enemigos eran gente destrozada por el loto, niños y ancianos, gente débil a la que abusar, a la que poder disfrutar matando.


[tab=60]Qué equivocado estaba, varios de esos cabrones llevaban bombetas incendiarias con las que empezaron a prenderle fuego al barco a poco que empecé a comerme a mordiscos los niños, la gente de hoy en día es demasiado sensible. La madera prendía con facilidad pasmosa, como si aquellos imbéciles se hubieran dedicado a encerarla esa misma tarde, pero supimos sobrepasar la situación, puede que nos llovieran flechas en la espalda, y puede que nos quemásemos más de la cuenta, también, pero después de un poco de alboroto y bastantes litros de sangre, el capitán enemigo salió de su camarote a recibirnos mientras el nuestro gritaba temeroso de carbonizarse. Ah sí, olvidaba decir que nuestro barco, estaba por aquel entonces volviéndose una masa de cenizas, alguno de los enemigos debió de tener un momento de lucidez y decidió quemar nuestro barco en vez de el suyo propio.

[tab=60]E
8.png
l capitán enemigo era un gordo demasiado desafiante para ir vestido como un bebé adulto. Tenía unas babuchas con remaches dorados, la cara alegre y el gesto arrugado como un trapo. Su voz era como la de una morsa permanentemente disconforme y su chulería era el lacito que completaba su ridícula presencia. Pidió mi cabeza a cambio de negociar la paz, como si la paz se negociase mientras que el enemigo se bebe la sangre de los grumetes que contrataste a cambio de unas perlas que no tienes. Entre todo, la líder, Cercenadora, aaah sí, la vi paladear la idea de hacer honor a su mote conforme el tío se estiró la entrepierna mientras que hablaba. A más hablaba el capitán rival, más cariño le cogía a nuestro patán personal, así que con la inestimable ayuda del arquero, Ruinas, o algo así, regresamos al barco ardiente y lo trajimos de vuelta mientras que su homónimo trataba de mantener la compostura frente al barbudo, que lo miraba como si en cualquier momento fuese a transformarlo en un cirio multicolor.


[tab=60]Al final, allí estábamos todos, en un barco más grande y menos quemado. Unidos, como una familia, si no fuera porque la sangre de los muchachitos me había llegado hasta los calzones habríamos estado para que nos hicieran una pintura al óleo al estilo cormyriano. Qué decir, ninguno de esos dos capitanes me hacía especial gracia, pero ya se encargaría el mar de darles el final que merecían. Por otro lado, la líder agradeció mi intervención y yo agradecí la suya, aún quedaba noche, así que nos dedicamos a estrechar lazos hasta el alba. Le conté cómo había decapitado a un fauno y a una dríada en una laguna consagrada a Eldat y ella me contó cómo le rajó la lengua a un bocazas con aspiraciones de caballero oscuro genérico, já, pobre diablo...

end2.png


 

Grifo

Apilador de Muros de Fuego
Registrado
9/6/21
Mensajes
258
header.png

11.png

[tab=60]Tenía las greñas raídas como si las ratas le hiciesen de barbero, la túnica de harpillera meada y manchada de ron, pero lo cierto es que aquel vagabundo tenía razón cuando me decía que me cuidase de los cantos de las sirenas.

[tab=60]E
12.png
ra una noche apacible, no podía ser de otra forma teniendo en cuenta la provechosa matanza que habíamos consagrado a la Reina de los Mares antes de que cayese el sol, y el camarote en el que había logrado colarme, como cuando un zorro se cuela en un gallinero, tenía aún mejor aspecto que la cubierta del barco que había quedado hecho astillas. En las esquinas, Cercenadora había dejado sujetas de unos ganchos en forma de tentáculo, unas velas lilas que desprendían un olor como a melaza, tan embriagador como pestilente, pero nada a lo que no pueda acostumbrarse un hombre que ha visto a gente cagarse encima en el cadalso. Para mi sorpresa, todo estaba ordenado, y el armario de madera de bronce, junto con un relicario de oro y jade apuntaban a que alguien había sacado una buena tajada de la Guerra de Maztica, cabe decir, que todos estos tesoros eran demasiado para lo que zurumbático del capitán podría reclamar por su fuerza, probablemente algún afín los robaría para congraciarse con él, aunque a estas alturas de poco importaba, porque tras del abordaje debía de estar afinándose el acordeón o recibiendo una sarta de garrotazos por parte de algún tripulante, por cagalindes y por rendido.


[tab=60]Me escabullí en pelotas, y una vez en pie brinqué buscando la salida, no sin antes girar el espejo polvoriento que reflejaba mis pelotas en contraste a la luz de la luna que se colaba por el ventanuco redondo que coronaba el portón del camarote. El aire olía a victoria y a la sangre de los niños, que aún a las cuatro de la mañana estaba limpiando Arrecife con su mocho improv…

[tab=60]—¿¡Se puede saber qué cojones haces despierto a estas horas!?— Le di un grito a Arrecife que debió de haberle sacado el son de la cabeza, y cuando levantó la vista del suelo y vio tal y como Úmberli me dejó al nacer.

[tab=60]—¡Aghj, joder, me hicieron quedarme a fregar por que me dijeron que si lo hacía el viejo encapuchado me ayudaría a comprender mis poderes!— El petímetre miró para otra parte para disimular el antojo y me dio tiempo de margen hasta que me había puesto la coraza y las perneras.

[tab=60]L
13.png
a mirada que le dediqué al brujo fue lo bastante aclaratoria como para mandarlo a callar, por lo menos hasta que cantase el gallo, y junto a él y su maldito mocho empecé a hacer inventario de todas las armas con las que tenía pensado aniquilar a todo ser viviente que se levantase sobre dos patas en la isla que asomaba ya en el horizonte.


[tab=60]De haberlo sabido al día siguiente, no me habría llevado ninguna, pues cuando quise darme cuenta, era la tarde del día siguiente, y por si la lluvia cálida no me hubiese tocado lo suficiente la moral, un suculento niño me llevó a una trampa. La tripulación parecía una bandada de gansos cuando se trataba de matar, desde luego no era un espectáculo de artes marciales shou, pero suelen salir vivos, que es más de lo que pueden decir los que se nos cruzan.

[tab=60]Tras de mucho acuchillamiento y algo de borrado de rostro a mazazos, nos desclavamos las flechas que nos habían disparado una retaguardia de mujeres sin sentido del peligro. De entre todas las mártires a las que les ablandamos los huesos, una tuvo la osadía de conservar la vida, aunque no las ganas de hablar, cosa a la que encontramos fácil solución cuando Cercenadora le comió la oreja de forma metafórica para que entendiese que yo le comería el corazón de forma más literal. Una mandíbula menos y empezó a cantar como los ruiseñores acerca del origen de su tribu de rebeldes sin causa y de cuánto daño les han hecho las actitudes expansionistas de los amnianos. Enternecedor.

[tab=60]G
14.png
racias a su disposición a colaborar dejamos vivir a la rehén, que partió con un soplagaitas lo bastante inteligente como para abstenerse a disparar cuando advirtió que acabábamos de matar a todos sus amigos de la infancia.


[tab=60]Felicité a Príncipe, Forajido y Ruina por su eficacia como rastreadores, aunque jamás me devolvieron los elogios porque, al igual que hago siempre que valoro positivamente los esfuerzos de alguien, lo hice solo mentalmente. Con las arengas pertinentes ya hechas y una indeseable caminata fangosa, pusimos finalmente nuestras pezuñas en una playa de arena fina por la que los caracoles paseaban contentos. Besé los guijarros en señal de agradecimiento y herví la felicidad de aquellos cangrejos en la cazuela para quitarme el hambre, aunque no el deseo de comer. Con el yelmo a un lado y las brasas fulgurando al atardecer puse la vista en la líder de la tropa, y no pude sino relamerme y lamentarme a la vez por no haberla decapitado la noche anterior. Putas sirenas.

end3.png
 

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
Registrado
8/7/19
Mensajes
1,364
Edad
30
ea829011fe1994eb798811e7bc6e7cd7.png
5e1fc4f2d824f1b404f924ded7605f70.png
Escuchaba sus voces, pero no era capaz de verlas. El vaivén del oleaje contra las placas de aquel extraño marinero, que no dejaba de jactarse de compartir mi camarote, me hacía recordar —me hacía recordar, tanto, que podía sentir el acero en mi rostro y la piedra contra mis rodillas. Aún recuerdo, vívidamente, cuando las aguas del Alandor lo engulleron. Todo se volvió oscuro, quizás porque era incapaz de pestañear; todo se volvió oscuro, hasta que llegué al Regalo del Mar. Me tendió la mano y su sonrisa brilló a la luz de las velas, brilló más que ninguna estrella —con tanto fervor, que cada diente se formaba ante mí al pisar aquella escondida orilla.

35167cb2b6482d94b1ba078b6fcd23ec.png
Muchos son incapaces de comprender el por qué un velo es un buen complemento. A mí me gusta, pues es una forma de que la tela conquiste armónicamente las barreras de torso y hombros. Es fácil de combinar, y fácil de enjoyar; es perfecto para forjar elegancia y anonimato a la par. Pero lo que más me gusta del velo, es que resguarda y seca —con efímeras caricias— mis lágrimas. Mis labios se movían y era mi voz la que los abandonaba, no la de Martirio, sino la mía. Las palabras danzaban, pero en lo único en lo que podía concentrarme era en aquella visión que guiaba mis pasos. Desterrada la humedad de la selva, mis pestañas seguían aglomeradas; conteniendo la más pura alegría que un líquido podía albergar. Vestía de blanco, aquel día, vestía de blanco.

Elegí al Padre Limacus porque nunca duda en llenarse la boca de títulos religiosos, tanto para envolverse a sí mismo, como para envolverme a mí —«mis objetivos en Amn pasan por convertirte en el máximo exponente de la fe de Talona» ¿No son sus palabras, la más hermosa declaración de amor? Llora, Sune, llora; pues puedo desterrar vuestro manto y aún así arrebatar la calidez de vuestro dominio. Me encanta, cuando intenta hacerme llorar. Le elegí a él, porque me encanta el hedor de sus túnicas cuando incomodidad y salitre le invaden —así que tomé su brazo y le regalé mi mejor sonrisa. Olvidé, sin embargo, que no es el hombre más discreto; no por incapacidad, sino por orgullo y convicción, pues él es Justias Limacus y el mundo debe rabiar ante su sonrisa.

ce46ae2276e121204106065f76a381ac.png
Cuando mencionó nuestro propósito, el vigilante titubeó y fingió no escuchar. Cuando mencionó nuestro propósito, supe que debía hacer que el Maestro se sintiese orgulloso de mí. Mis filos no eran los mejores, ni mis danzas. Pero el Maestro había reconocido potencial en mí, pues él escuchaba —desde mi temprana edad— la armónica melodía del veneno velado que mis labios escupían. «Ya veo, así que así honras a tu Diosa, emponzoñando el corazón de hombres y mujeres; subalternos y rivales», concedía, y ante tal recuerdo sólo podía desear sentir sus dedos en mi barbilla. «Quiero que seas mi Reina en las Sombras», confesó tiempo atrás, y en aquel momento le iba a demostrar por qué era digna.

Mis labios se movían y era mi voz la que los abandonaba, no la de Martirio, sino la mía. Las palabras danzaban, pero en lo único en lo que podía concentrarme era en el humo negro que se gestaba a mi espalda. Quizás no vestía de blanco, aquel día, quizás no vestía de blanco. Me estaba muriendo, así que mañana estaré un paso más cerca de olvidarle; porque era una mejor mujer, una mujer mejor que cuando pisé por primera vez aquel islote. Ya no me sentía mejor tomando el brazo del Padre Limacus, así que me separé —conocedora de que estaba rodeada, de asesinos y aspirantes, que serpenteaban las sombras en busca de una ocasión ideal para hundir sus filos. Mentí, mentí tanto, que ni mi propia mente podía desenredar mis palabras.

02a87f927bb664f0746119f62efb9afc.png
El castigo, es importante; pero el dinero, para un nuevo amo, también lo es. El Loto Negro sale más barato si lo cultivan los niños, lo recuerdo, porque me lo dijo el Maestro Bocazas. El Loto Negro sale más barato si lo cosechan los niños, lo recuerdo, porque el maestro alquimista no quería pagarles lo mismo que a los adultos —y quería darles horas, que un hombre consciente jamás aceptaría. Pero un niño sí. Recordando esto supe que no todos debían morir aquella noche, que no todos debían pagar el peso de su deuda en libras de carne. El líder, sabría cómo explotar la mina. El líder, sólo necesitaba una lección que aprender; así que le hicimos temer, y confesar. Sin embargo, es importante recordar las lecciones —pero los libros se pierden, y se desmenuzan en el agua. La carne no.

Siempre me gustó Al'Rath, por muy difícil que se haya tornado en ciertas edades. No tuve que haberle encargado secuestrar a aquel infante, aún así, pues aún escucho en mis tímpanos cómo lloró y gritó la última vez que mandé uno a matar. Me ablandé, porque cuando la conocí ella también era como un bebé —frágil, asustadiza e impertinente. Siempre he sentido que, en cierto modo, Rata y yo la criamos; y no puedo evitar ver, en la quebrada porcelana de su máscara, ecos nítidos de la vida que llevaba en Náshkel ¿Por qué me abandonó, tras la peor parte? ¿tanto le asustó, la mente de la que se enamoró? Ella es lo único que me queda de aquel futuro mundano, insuficiente para el Maestro y la Madre, pero igualmente tentador y acogedor —irreal, e imposible.

b61e07780cf4d6dcc1519a1c694e76e3.png
Quiero ser la mujer perfecta, para aquel hombre anónimo de caligrafía apuesta, que me había concedido una promesa de protección. No quiero ser su esposa, pues de colocar un anillo en mi dedo el infortunio se libraría de él —quizás algún día, cuando no me sea de utilidad; para enterrarlo prematuramente y sin restos de dulce veneno en mis ropajes. Pero hoy no quiero ser su esposa, sólo quiero que desee mi trasero en su reposabrazos para poder dosificar veneno en sus oídos. Anhelo poder culpabilizar una cadena en mi cuello de todos mis males, una que no rasgue mi piel, como lo hacía la de Cabello Rojo. Anhelo recibir una recompensa externa por cada despliegue de brutalidad.

Aquella noche, aquel hombre menudo volvió a colarse en mi cama, ¿le había cogido gusto, a temer ser desgarrado por mi garfio cada vez que me remuevo sobre las sábanas? Se nota que es un hombre de mar, pues apesta a pescado y tan pronto como la brisa marina trae consigo el frío su cuerpo irradia más calor que mil chimeneas —no me hace falta rozar su piel, para percibirlo. El letargo siempre es tardío, para aquellos que nunca dejamos de escuchar y ver, ¿y si el granjero de Púrskul se ha disfrazado de aquella mujer a la que llaman “Silenciadora”? Una nunca puede estar segura, incluso si ello conlleva eventualmente a caer en el solipsismo. Pero Branquias, es un hombre feliz, y tan pronto como toca la superficie cae rendido —¿con qué sueñan, los caníbales?

cf026e89a599874a825249c478665e3f.png
 
Última edición:

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
Registrado
8/7/19
Mensajes
1,364
Edad
30
ea829011fe1994eb798811e7bc6e7cd7.png
23abf27b4e031b7f380b47efbc7a5f52.png
Aquella noche, soñé con él otra vez. Mis entrañas, dejaban de ser mías o de mi Diosa —y sus manos, desgarraban mis carnes desde dentro. Me miraba a los ojos, llorando, como un crío asustado. Me miraba a los ojos, llorando, y anudaba mi garganta. Le pedía perdón, porque debía de olvidarle; debo de olvidarle. Hundía una decena de manos en sus cuencas, perforándolas, y suplicándole a Talona que le buscase un hogar cálido en sus pantanos. Mis ojos, lloraban, pero yo no sentía nada. Ni amor, ni familiaridad —nada ¿Cómo podía distinguir, la vigilia del sueño? Quizás lo que intenta hacerme ver el Maestro, es que la realidad que comparto con Mesías es falsa. Quizás lo que intenta hacerme ver el Maestro, es que sólo yo existo.

1d063bc1cd4f3c74a8f08545effdbcbb.png
Quería despertar, pero no era capaz. Quería despertar, pero las palabras del Maestro se difuminaban con las de Martirio y sólo podía suplicar que me dejasen clavar mis dedos más allá de mi cráneo. Entonces, finalmente, desperté —desperté, pero no vi aquel ojo cristalino que jamás descansa. Entre la piel del umberlino y mi garfio, yacía Príncipe, desnudo y salivante; derrochando la misma confianza con la que serpenteaba su mano hacia mi cintura en Manshaka. No obstante, Branquias también había despertado, sintiendo la trayectoria de su mano bloqueada por los rígidos glúteos del talonita. Tomaba su brazo, con fuerza, haciéndolo volar fuera de la cama y desvelando —para desgracia del encadenado propietario— que él también estaba desnudo.

Les observé correr por la habitación, con escasas palabras, dispuestos a apuñalarse mutuamente ¿Cuando les había permitido yo, tales confianzas? Últimamente me olvido de tantos fragmentos que a veces siento que ya no sé quién soy. No pude evitar encogerme contra el espaldar, ignorando las advertencias de Auríl y repasando ciertos acontecimientos ¿Le había cortado yo la lengua a Darnn? Probablemente, quizás. Lo cierto es que no lo sé, pero debo de suponer que si me teme es por algo, ¿no? Debería de cortársela al mediano, al menos, por unas dekhanas —quizás eso me acerque más al Padre Limacus. No recuerdo cómo cambió nuestra disposición para dormir aquella madrugada, pero nos equipamos en algún momento. Y fuimos a la mina, claro.

d78778881e6c11f7577a29d02708172a.png
Desbordar la mina era un buen plan, no había duda posible en un plan propuesto por Mesías, ¿qué sentido tendría entonces? Sin embargo, si que es cierto que no poseíamos los recursos para abrir un portal en mitad del Mar. Pero orquesté una alternativa, una que no llegamos a llevar a cabo, pero una que hubiese estado bien. Me hubiese gustado haber inundado la mina. Me hubiese gustado haberle visto contento. Desgraciadamente, acabamos descendiendo por aquel lugar de pasillos angostos y rocosos —aquellos pasillos, que me hacían volver a un hogar que no quería recordar. Trato de centrarme en quien es mi verdadero padre, pero lo cierto es que cuesta olvidar.

Tuve la oportunidad de haberle olvidado, cuando fui a la cárcel del Valle. Me sentía sola, a pesar de saber que mi ahijado lideraba la comitiva —me sentía sola, a pesar de agarrar las túnicas del Padre Limacus cada vez que decidíamos ocultarnos. Jamás lo admitiré ante mis hombres, pues es el manto de la Madre Noche el que más favorece nuestro oficio predilecto. Jamás lo admitiré ante mis hombres, pues debo de mantenerme conciliadora y firme; debo de ser una apuesta segura. Pero es difícil, distinguir qué es real y qué no en la oscuridad. Veía esquinas, en la piedra, en sus cuerpos, en sus armas. Veía esquinas, cada vez más cerca de mí como si estuviese encerrada en aquella despensa.

e79c2fd671835b8b3828d2b259f9ea1c.png
Podía olisquear las galletas que mi madre jamás nos hizo. Podía olisquear el cuero del cinturón de aquel hombre que me crió ¿Le darían miedo, al Padre Limacus, esas cicatrices? Era difícil no ser más comedida de lo habitual —me aferré al Maestro, porque es lo único que podía hacer. Necesito recurrir al Maestro, no es tan difícil de entender. Recurrí a él, y traté de pensar a futuro, a pesar de que sólo podía sentir el pasado a mi alrededor. Avanzamos, aún así, llegando a una zona tan angosta que podía escuchar sus rezos de hereje. Echo de menos, el pantano. Continuamos, hasta que un sonido me arrastró a la misma ilusión en al que suelo deambular —«clack, clack, clack.» Como uñas sobre hielo, como una espada sobre mármol.

Aquella araña era enorme, de tantas espinas en sus patas que parecían rosas encalladas en su gordo torso. Danzaba, en la oscuridad, hacia nosotros —sabía que habíamos llegado, y ni si quiera recurría a alzar nuestros mentones para recibirnos. Se plantó delante de los batidores, fascinando con su sombrío aspecto a Al'Rath. Se plantó delante de los batidores, y aguardó, como si fuese capaz de aspirar la melodía de sus almas —pero cuando llegó el momento, atacó. Desde atrás, poco pude sentir el néctar que emanaba de sus fauces; pero observé su obra en su máximo esplendor, cuando uno a uno, paralizaba a todos aquellos que rozaban con acero su cuerpo. «Clack, clack, clack.» Fue lo último que hizo, antes de morir.

6c6959a92e855b4ee195c21a499255ae.png
Uno de nuestros novatos, el arcano, parecía completamente hipnotizado por la criatura —por su herencia, quizás. A pesar de todo, sus hermanas no nos supusieron problemas para avanzar hasta toparnos con un reptil humanoide; uno, que parecía tan asustado de aquellos insectos como el miserable Juban. Traté de engañarle, a pesar de no compartir lengua, mostrándole mano y garfio. Cerré, incluso, mi prótesis —y aún así se asustó. Marchó, marchó y se escondió entre enredaderas, dispuesto a sisear en busca de los suyos. Quizás hubiesen sido esclavos potenciales, de hablar khondanzano. Quizás hubiesen sido útiles en un sentido más propio del Maestro, que a modo de futuro puchero.

He de confesar que quizás me distraje, observando cada pequeña rama y las grietas que creaban en la piedra que conquistaban. Me distraje, lo suficiente, como para no percatarme de que Branquias había comenzado a guardar su tridente y su escudo. El tiempo apremiaba, y ese salvaje lo sabía muy bien —tan bien, que de la nada, desenfundaba una de esas espadas shou que tan bien cortan el hueso. Cubriéndola de unas llamas que me hacían temer por las posibles fugas de la mina, despedazaba la pequeña barrera sin respeto alguno; dedicándole una mirada a aquella lagartija que posiblemente le alertaba de que aquel hombre menudo era mucho más “monstruo” que él. Así comenzaba, nuestra limpieza —creo.

f2443c80c797313b305de4627f8b25ff.png
 
Última edición:
Arriba