DM Faith
Llanero del brasero
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Todo empezó con un incendio.
Pero no fue un incendio cualquiera. Fue un fulgor. El cielo ardía. Un mar de llamas cayó sobre el bosque como un manto abrasador, calcinando todo a su paso. Los árboles centenarios prendieron como antorchas, y el aire se llenó del crujir de la madera quebrándose y el lamento de las criaturas atrapadas en la vorágine.
Después, unos poderosos aleteos levantaron una nube de ceniza y hojarasca. La estela de dos dragones carmesíes se alejó, dejando atrás un infierno llameante donde antes había verdor y esplendor. Emisarios de una muerte roja.
Y vino el silencio. Un instante de vacío antes de que el horror cobrase forma. Desde la tierra quemada y las tumbas olvidadas, un amasijo de huesos comenzó a moverse. Unas garras descarnadas emergieron de la ceniza. Cientos de cráneos astillados volvieron a ensamblarse y sus cuencas vacías se iluminaron con un resplandor antinatural.
La muerte había despertado. La muerte roja.
Los espectros del pasado marcharon de nuevo sobre el bosque, caminando sobre la tierra calcinada. Esqueletos, en su mayoría, de orcos con hachas oxidadas. Algunos, no obstante, eran también de elfos que habían encontrado su fin en el conflicto reciente o que fueron víctimas del Mal Amarillo. Pero todos ellos, indudablemente, habían sido reducidos a huesos que avanzaban sin prisa, sin miedo.
Sin alma.
Las llamas devoraron la maleza. Algunas criaturas que habían logrado huir en la primera oleada ahora yacían entre las brasas, asfixiadas por el humo o alcanzadas por las garras de los resucitados. El olor a muerte y ceniza cubrió el bosque.
Cuando los dragones rojos se alzaron de nuevo en los cielos y se perdieron en la distancia, tan solo quedaba la devastación. La tierra ardía, el aire era ceniza y la esperanza había quedado enterrada bajo la sombra de la muerte.
El bosque estaba siendo atacado por una nueva horda. Pero esta jamás se detendría, salvo que alguien tomase cartas en el asunto.
Sin alma.
Las llamas devoraron la maleza. Algunas criaturas que habían logrado huir en la primera oleada ahora yacían entre las brasas, asfixiadas por el humo o alcanzadas por las garras de los resucitados. El olor a muerte y ceniza cubrió el bosque.
Cuando los dragones rojos se alzaron de nuevo en los cielos y se perdieron en la distancia, tan solo quedaba la devastación. La tierra ardía, el aire era ceniza y la esperanza había quedado enterrada bajo la sombra de la muerte.
El bosque estaba siendo atacado por una nueva horda. Pero esta jamás se detendría, salvo que alguien tomase cartas en el asunto.




