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Orco del Desolado
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-Vamos con cuidado… No sabemos cuantos son- dijo el enorme Tauro, no era típico que uno de su raza dirigiera una patrulla de reconocimiento, pero el así lo había pedido al Emperador, éste no tuvo problema en concedérselo, después de todo, si moría, era solo un Minotauro tullido, y la patrulla no era de mas de 10 hombres, entre grandes trasgos y osgos.
Habían recibido el aviso de los exploradores hacia menos de unas pocas horas. Solo sabían que unos cuantos mercenarios se habían adentrado en territorio murannita.
Al parecer se dirigían a una pequeña granja fronteriza, pero que pagaba sus tributos al imperio, la mitad de todo lo que recogían en cada estación. No es que el Emperador tuviera especial interés en que fuesen protegidos, pero para Ibiraug si era importante, Muran recibía parte de la comida que esa granja recolectaba de sus propios campos, a cambio de protección. Así funcionaba una sociedad civilizada, los pequeños alimentan al grande, y el grande protege a los pequeños, así debe ser, un pacto sencillo por el que ambas partes ganaban.
-Oye…Ibiraug… tampoco hace falta que muramos por salvar a esos humanos… ¿no? – El enorme minotauro dirigió una furibunda mirada al gran trasgo que se había atrevido a soltar aquellas palabras- Es decir…solo son humanos… aunque paguen al Imperio…solo…
La enorme bestia le dirigió una poderosa mirada con sus brillantes ojos violetas.
-Guerrero… otras palabras como esas, y te arrancaré la columna vertebral de un tirón… ¿comprendido? –El gran trasgo tragó saliva y asintió- Ellos alimentan la ciudad, y es la ley proteger a los hijos del Imperio, ese fue el trato por el que el Emperador les permitió seguir viviendo en sus tierras… Y créeme… vamos a cumplir la palabra del Emperador- dijo el Tauro en tono peligroso.
Los pasos de la bestia que dirigían la pequeña patrulla eran atronadores, aunque tenían un ritmo peculiar. Se apreciaba con claridad el motivo. La cojera por la que todos le podían reconocer hacia que andara renqueante, el sonido del gran escudo al chocar contra la roca no pasaba desapercibido, un gran escudo de escamas de dragón rojo, que el astado usaba como muleta en cada momento.
El pequeño grupo estaba lleno de contrastes, la patrulla estaba compuesta por cinco grandes trasgos, todos con armaduras de cuero, espadas cortas y escudos pequeños, no eran ni mucho menos soldados de Élite, pero era lo único que había. Los otros cinco eran osgos, estos ya con corazas, por lo que hacían mas ruido. Iban armados con hachas de batalla, sangrientos y fieros, listos para el combate en todo momento.
Demasiado para el gusto de Ibiraug
Quien dirigía la expedición era el más grande del grupo, un minotauro de cerca de tres metros, aunque no llegaba a esa altura por poco. Lo más característico de él era que llevaba una portentosa armadura negra sobre carmesí, que le faltaba la punta del cuerno izquierdo, sus brillantes ojos y su cojera.
-----------------------------------------
Al poco de caminar, cerca de dos horas, llegaron a su destino, la Torre del Vigilante no quedaba lejos, y se oía el arrullo del agua cercana, señal de que el río no estaria a mas de unos pocos minutos a pie. El líder de la patrulla envió a dos de los grandes trasgos a explorar, necesitaba saber cuantos eran, donde estaban y que habían hecho. Ibiraug temió lo peor, si esa familia de granjeros había muerto, sería como si la palabra del Imperio fuera puesta en entredicho, no habrían cumplido con lo pactado… sería una deshonra…
El Minotauro negó para si, no debía pensar en aquello, con algo de suerte podría salvar a esa gente. Ese pensamiento cruzó como un rayo su mente, a lo que le sobrevino una pregunta. ¿Por qué actuaba así? Supuso que por honor, por cumplir con los designios honorables de Erathis en pos del sueño de civilización ¿Sus hermanos harían lo mismo? No, sin duda, es probable que mataran a los bandidos, con suerte, pero no pelearían por unos humanos, nunca…
¿Por qué él si? ¿Tan distinto era? Esa idea le arrancó una sonrisa que el osgo que le miraba no llegó a comprender. Claro que era distinto, maldita sea, era un engendro para los suyos, tullido de nacimiento, deshonrado cuando perdió su cuerno, y además protegía a unos humanos, ¿Qué clase de Minotauro era? La ira inundó su ser, rechazado por su clan nada mas nacer, había vivido Siempre por y para el Imperio cuando Gagdush lo recogió siendo solo un cachorro. Entonces le vino a la mente todo lo que había hecho por su Imperio… cosas terribles, pero respetadas por los suyos. Si, el era un minotauro extraño… pero la historia del mundo está escrita con las andanzas de seres extraños… Eso era… lo decidió en aquel instante…el no sería un engendro para los minotauros, el no sería un paria… el sería el minotauro que cambiaria el mundo para los suyos…
Los exploradores volvieron. Se trataba de unos veinte humanos, repartidos por toda la zona. Eran demasiados… Seguramente sus guerreros morirían, no podía permitirlo alguien debía volver para informar, si morían todos allí no serviría de nada salvar a esos humanos, tomó la decisión muy rápido, no fue la mas acertada, pero era la única posibilidad de vencer y que no hubiera bajas… había pocas posibilidades… pero las había…
-Guerreros… volved a Muran, e informad. Yo me ocuparé solo. Estos humanos invasores serán castigados, avisad a la guardia de Osgos, que envíen refuerzos.
Los miembros de la patrulla no se mostraron muy reticentes, asintieron y echaron a correr. Vaya un orgullo… El minotauro solo pudo alzar la vista exasperado, si quería cambiar el mundo… le quedaba aún mucho trabajo.
No tardó en ponerse en marcha.
Los humanos hablaban entre si, algunos bromeando, otros orinaban cerca de unos arbustos y otros simplemente descansaban, estaban a unos doscientos metros de la granja, parecía que el trabajo había acabado y se estaban tomando un descanso.
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-Dama Erathis… ocúltame a ojos de estos invasores para impartir tu sagrado castigo…- nada mas decir esto, el cuerpo de Ibiraug se volvió transparente, poco a poco, hasta ser invisible. En cuanto no pudo verse sus propias manos, el minotauro comenzó su andanza, los humanos debían morir, y el sería quién se encargaría de enseñarles el nuevo estado al que debían llegar.
Tres bandidos estaban orinando cerca de unos arbustos, a mitad de la faena, todos oyeron unos fuertes pasos cerca, se miraron nerviosos, no sabían de donde provenían exactamente, pero estaba cerca, eso seguro. No podían parar de mear, en cuanto los arbustos en los que estaban desahogándose se movieron violentamente, como si alguien los hubiera pateado, intentaron guardarse el miembro en los pantalones, aunque las aguas menores no cesaban. De la nada, aunque acompañado de aquellos poderosos pasos y el rechinar de los pliegues de la gran armadura, apareció en un instante la enorme mole con cuernos. Su arma era un gran mangual de dos cabezas de acero con lacadas puas, una oscura y rojiza, otra clara y azulada, que reventaban las cabezas de los pobres desgraciados que no habían aun acabado de evacuar.
El sonido de los cráneos rompiéndose y los sesos esparciéndose por la tierra alertaron a sus compañeros. Algo atemorizados por su enemigo, impresionaron a Ibiraug al lanzarse al ataque aún con el rostro contraído por el miedo.
--------------------------------------------
La casa ardía, el crepitar de las llamas llegaba a ser ensordecedor, la ceniza inundaba el aire como la primera nevada del invierno, suave y silenciosa. Sin embargo, el hedor que dejaba testimonio del paso de fuego inundaba todo el aire. El minotauro llegó al lugar cojeando como siempre, con unas cuantas heridas que liberaban hilillos de sangre que se colaban traviesos entre los pliegues de la armadura. Llegaba tarde…
La enorme bestia no pudo más que emitir un poderoso rugido de impotencia. Le había fallado a su Emperador, su promesa había quedado en entredicho, no pudo proteger a los humanos a los que su señor había prometido protección, y el no había sido capaz de salvarles.
Miró los cadáveres que rodeaban la zona, los había matado a todos, los había castigado. Seguramente fue Amn quien los envió…o tal vez fueran simples bandidos…no podría saberlo nunca. Ya no importaba, el crimen había sido cometido, y el castigo aplicado. Todo había terminado. Y él no había llegado a tiempo…
-Mi señora… no he podido salvar a los humanos a los que el Emperador juró poner bajo su protección, no he sido lo bastante fuerte… Perdóname Dama Erathis…
Nada más pronunciar esas palabras, un sonido le llegó de dentro de la casa en llamas. Algo extraño, algo que no debía oírse, y algo que nunca había llegado a los oídos del Minotauro.
Llanto.
El llanto de un humano…. Un bebé.
¿Cómo era posible? Habían muerto todos, era imposible que hubiera alguien vivo. ¿Sería una señal…?
Abrió con fuerza los ojos. Eso debía ser, su señora le perdonaba, le ofrecía una oportunidad, si había aun alguien vivo, debía ser la forma de mantener la promesa de su señor. Erathis ordenaba que el bebé fuera salvado.
Con toda su fuerza derribó la puerta. El calor que reinaba dentro de la granja en llamas era insoportable, impedía respirar, no dejaba aire que pudiera llegar a los pulmones del murannita. Rugió de nuevo, esperando que eso ayudara a que el bebé siguiera llorando. No hubo esa suerte.
-Mi señora…protégeme contra el fuego para que pueda cumplir con tu voluntad- Erathis pareció responder a su llamada, pues al instante una brillante luz rodeó al Minotauro, impidiéndole al fuego llegar hasta él.
Derribó varias puertas hasta que lo encontró. Una cuna, intacta, a pesar de que toda la habitación ardía. Era un milagro, sin duda. Erathis la había protegido por algún motivo. Ibiraug estaba plenamente convencido.
Con su gran garra, cogió al bebé, no delicadamente, pero tampoco como su fuera una piedra. La protegió en sus brazos y salió de allí por donde había venido a trompicones, pues su gran escudo lo llevaba a la espalda para poder coger a la criatura.
Al final, en el exterior, alzó al bebé ante sus ojos. Este dormía tranquilo, era increíble, después de todo lo ocurrido, parecía que nada perturbaría su sueño. Ibiraug no sabía que hacer, que dirían sus gentes. ¿Qué debía hacer con el bebé? La respuesta llegó al instante…
Cuídala Ibiraug… críala, para que ella te ayude a cumplir el sueño de civilización para tu gente… ella comprenderá que no todos sois monstruos… críala, y ella os ayudará.
Ibiraug se quedó paralizado, aquella voz en su mente, mostraba un poder eterno e inconmensurable. El poder de un dios… Y aquellas palabras fueron su designio.
Miró a la niña un instante, pues su diosa le había revelado su género.
Lanzó un resuello que la despertó, pareció reírse al notar el aire del resuello en la cara.
-Humana… tú serás la que aprenda de nuestra raza… y de las demás, te enseñaré, como ordena mi diosa. Aprenderás y trasmitirás al resto del mundo que los minotauros no somos monstruos, que podemos ser una civilización orgullosa y noble. Tú y yo demostraremos al Mundo que las razas no han de luchar entre si, que podemos convivir en paz y avanzar juntos. Y así, crearemos un nuevo capitulo en la historia del Mundo…
El Minotauro se dirigió a Muran, había mucho que hacer… más ahora que era padre… por designio de una Diosa.
-Vamos con cuidado… No sabemos cuantos son- dijo el enorme Tauro, no era típico que uno de su raza dirigiera una patrulla de reconocimiento, pero el así lo había pedido al Emperador, éste no tuvo problema en concedérselo, después de todo, si moría, era solo un Minotauro tullido, y la patrulla no era de mas de 10 hombres, entre grandes trasgos y osgos.
Habían recibido el aviso de los exploradores hacia menos de unas pocas horas. Solo sabían que unos cuantos mercenarios se habían adentrado en territorio murannita.
Al parecer se dirigían a una pequeña granja fronteriza, pero que pagaba sus tributos al imperio, la mitad de todo lo que recogían en cada estación. No es que el Emperador tuviera especial interés en que fuesen protegidos, pero para Ibiraug si era importante, Muran recibía parte de la comida que esa granja recolectaba de sus propios campos, a cambio de protección. Así funcionaba una sociedad civilizada, los pequeños alimentan al grande, y el grande protege a los pequeños, así debe ser, un pacto sencillo por el que ambas partes ganaban.
-Oye…Ibiraug… tampoco hace falta que muramos por salvar a esos humanos… ¿no? – El enorme minotauro dirigió una furibunda mirada al gran trasgo que se había atrevido a soltar aquellas palabras- Es decir…solo son humanos… aunque paguen al Imperio…solo…
La enorme bestia le dirigió una poderosa mirada con sus brillantes ojos violetas.
-Guerrero… otras palabras como esas, y te arrancaré la columna vertebral de un tirón… ¿comprendido? –El gran trasgo tragó saliva y asintió- Ellos alimentan la ciudad, y es la ley proteger a los hijos del Imperio, ese fue el trato por el que el Emperador les permitió seguir viviendo en sus tierras… Y créeme… vamos a cumplir la palabra del Emperador- dijo el Tauro en tono peligroso.
Los pasos de la bestia que dirigían la pequeña patrulla eran atronadores, aunque tenían un ritmo peculiar. Se apreciaba con claridad el motivo. La cojera por la que todos le podían reconocer hacia que andara renqueante, el sonido del gran escudo al chocar contra la roca no pasaba desapercibido, un gran escudo de escamas de dragón rojo, que el astado usaba como muleta en cada momento.
El pequeño grupo estaba lleno de contrastes, la patrulla estaba compuesta por cinco grandes trasgos, todos con armaduras de cuero, espadas cortas y escudos pequeños, no eran ni mucho menos soldados de Élite, pero era lo único que había. Los otros cinco eran osgos, estos ya con corazas, por lo que hacían mas ruido. Iban armados con hachas de batalla, sangrientos y fieros, listos para el combate en todo momento.
Demasiado para el gusto de Ibiraug
Quien dirigía la expedición era el más grande del grupo, un minotauro de cerca de tres metros, aunque no llegaba a esa altura por poco. Lo más característico de él era que llevaba una portentosa armadura negra sobre carmesí, que le faltaba la punta del cuerno izquierdo, sus brillantes ojos y su cojera.
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Al poco de caminar, cerca de dos horas, llegaron a su destino, la Torre del Vigilante no quedaba lejos, y se oía el arrullo del agua cercana, señal de que el río no estaria a mas de unos pocos minutos a pie. El líder de la patrulla envió a dos de los grandes trasgos a explorar, necesitaba saber cuantos eran, donde estaban y que habían hecho. Ibiraug temió lo peor, si esa familia de granjeros había muerto, sería como si la palabra del Imperio fuera puesta en entredicho, no habrían cumplido con lo pactado… sería una deshonra…
El Minotauro negó para si, no debía pensar en aquello, con algo de suerte podría salvar a esa gente. Ese pensamiento cruzó como un rayo su mente, a lo que le sobrevino una pregunta. ¿Por qué actuaba así? Supuso que por honor, por cumplir con los designios honorables de Erathis en pos del sueño de civilización ¿Sus hermanos harían lo mismo? No, sin duda, es probable que mataran a los bandidos, con suerte, pero no pelearían por unos humanos, nunca…
¿Por qué él si? ¿Tan distinto era? Esa idea le arrancó una sonrisa que el osgo que le miraba no llegó a comprender. Claro que era distinto, maldita sea, era un engendro para los suyos, tullido de nacimiento, deshonrado cuando perdió su cuerno, y además protegía a unos humanos, ¿Qué clase de Minotauro era? La ira inundó su ser, rechazado por su clan nada mas nacer, había vivido Siempre por y para el Imperio cuando Gagdush lo recogió siendo solo un cachorro. Entonces le vino a la mente todo lo que había hecho por su Imperio… cosas terribles, pero respetadas por los suyos. Si, el era un minotauro extraño… pero la historia del mundo está escrita con las andanzas de seres extraños… Eso era… lo decidió en aquel instante…el no sería un engendro para los minotauros, el no sería un paria… el sería el minotauro que cambiaria el mundo para los suyos…
Los exploradores volvieron. Se trataba de unos veinte humanos, repartidos por toda la zona. Eran demasiados… Seguramente sus guerreros morirían, no podía permitirlo alguien debía volver para informar, si morían todos allí no serviría de nada salvar a esos humanos, tomó la decisión muy rápido, no fue la mas acertada, pero era la única posibilidad de vencer y que no hubiera bajas… había pocas posibilidades… pero las había…
-Guerreros… volved a Muran, e informad. Yo me ocuparé solo. Estos humanos invasores serán castigados, avisad a la guardia de Osgos, que envíen refuerzos.
Los miembros de la patrulla no se mostraron muy reticentes, asintieron y echaron a correr. Vaya un orgullo… El minotauro solo pudo alzar la vista exasperado, si quería cambiar el mundo… le quedaba aún mucho trabajo.
No tardó en ponerse en marcha.
Los humanos hablaban entre si, algunos bromeando, otros orinaban cerca de unos arbustos y otros simplemente descansaban, estaban a unos doscientos metros de la granja, parecía que el trabajo había acabado y se estaban tomando un descanso.
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-Dama Erathis… ocúltame a ojos de estos invasores para impartir tu sagrado castigo…- nada mas decir esto, el cuerpo de Ibiraug se volvió transparente, poco a poco, hasta ser invisible. En cuanto no pudo verse sus propias manos, el minotauro comenzó su andanza, los humanos debían morir, y el sería quién se encargaría de enseñarles el nuevo estado al que debían llegar.
Tres bandidos estaban orinando cerca de unos arbustos, a mitad de la faena, todos oyeron unos fuertes pasos cerca, se miraron nerviosos, no sabían de donde provenían exactamente, pero estaba cerca, eso seguro. No podían parar de mear, en cuanto los arbustos en los que estaban desahogándose se movieron violentamente, como si alguien los hubiera pateado, intentaron guardarse el miembro en los pantalones, aunque las aguas menores no cesaban. De la nada, aunque acompañado de aquellos poderosos pasos y el rechinar de los pliegues de la gran armadura, apareció en un instante la enorme mole con cuernos. Su arma era un gran mangual de dos cabezas de acero con lacadas puas, una oscura y rojiza, otra clara y azulada, que reventaban las cabezas de los pobres desgraciados que no habían aun acabado de evacuar.
El sonido de los cráneos rompiéndose y los sesos esparciéndose por la tierra alertaron a sus compañeros. Algo atemorizados por su enemigo, impresionaron a Ibiraug al lanzarse al ataque aún con el rostro contraído por el miedo.
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La casa ardía, el crepitar de las llamas llegaba a ser ensordecedor, la ceniza inundaba el aire como la primera nevada del invierno, suave y silenciosa. Sin embargo, el hedor que dejaba testimonio del paso de fuego inundaba todo el aire. El minotauro llegó al lugar cojeando como siempre, con unas cuantas heridas que liberaban hilillos de sangre que se colaban traviesos entre los pliegues de la armadura. Llegaba tarde…
La enorme bestia no pudo más que emitir un poderoso rugido de impotencia. Le había fallado a su Emperador, su promesa había quedado en entredicho, no pudo proteger a los humanos a los que su señor había prometido protección, y el no había sido capaz de salvarles.
Miró los cadáveres que rodeaban la zona, los había matado a todos, los había castigado. Seguramente fue Amn quien los envió…o tal vez fueran simples bandidos…no podría saberlo nunca. Ya no importaba, el crimen había sido cometido, y el castigo aplicado. Todo había terminado. Y él no había llegado a tiempo…
-Mi señora… no he podido salvar a los humanos a los que el Emperador juró poner bajo su protección, no he sido lo bastante fuerte… Perdóname Dama Erathis…
Nada más pronunciar esas palabras, un sonido le llegó de dentro de la casa en llamas. Algo extraño, algo que no debía oírse, y algo que nunca había llegado a los oídos del Minotauro.
Llanto.
El llanto de un humano…. Un bebé.
¿Cómo era posible? Habían muerto todos, era imposible que hubiera alguien vivo. ¿Sería una señal…?
Abrió con fuerza los ojos. Eso debía ser, su señora le perdonaba, le ofrecía una oportunidad, si había aun alguien vivo, debía ser la forma de mantener la promesa de su señor. Erathis ordenaba que el bebé fuera salvado.
Con toda su fuerza derribó la puerta. El calor que reinaba dentro de la granja en llamas era insoportable, impedía respirar, no dejaba aire que pudiera llegar a los pulmones del murannita. Rugió de nuevo, esperando que eso ayudara a que el bebé siguiera llorando. No hubo esa suerte.
-Mi señora…protégeme contra el fuego para que pueda cumplir con tu voluntad- Erathis pareció responder a su llamada, pues al instante una brillante luz rodeó al Minotauro, impidiéndole al fuego llegar hasta él.
Derribó varias puertas hasta que lo encontró. Una cuna, intacta, a pesar de que toda la habitación ardía. Era un milagro, sin duda. Erathis la había protegido por algún motivo. Ibiraug estaba plenamente convencido.
Con su gran garra, cogió al bebé, no delicadamente, pero tampoco como su fuera una piedra. La protegió en sus brazos y salió de allí por donde había venido a trompicones, pues su gran escudo lo llevaba a la espalda para poder coger a la criatura.
Al final, en el exterior, alzó al bebé ante sus ojos. Este dormía tranquilo, era increíble, después de todo lo ocurrido, parecía que nada perturbaría su sueño. Ibiraug no sabía que hacer, que dirían sus gentes. ¿Qué debía hacer con el bebé? La respuesta llegó al instante…
Cuídala Ibiraug… críala, para que ella te ayude a cumplir el sueño de civilización para tu gente… ella comprenderá que no todos sois monstruos… críala, y ella os ayudará.
Ibiraug se quedó paralizado, aquella voz en su mente, mostraba un poder eterno e inconmensurable. El poder de un dios… Y aquellas palabras fueron su designio.
Miró a la niña un instante, pues su diosa le había revelado su género.
Lanzó un resuello que la despertó, pareció reírse al notar el aire del resuello en la cara.
-Humana… tú serás la que aprenda de nuestra raza… y de las demás, te enseñaré, como ordena mi diosa. Aprenderás y trasmitirás al resto del mundo que los minotauros no somos monstruos, que podemos ser una civilización orgullosa y noble. Tú y yo demostraremos al Mundo que las razas no han de luchar entre si, que podemos convivir en paz y avanzar juntos. Y así, crearemos un nuevo capitulo en la historia del Mundo…
El Minotauro se dirigió a Muran, había mucho que hacer… más ahora que era padre… por designio de una Diosa.