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Caalan, la Llama de Odalin

duBal

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CAALAN, LA LLAMA DE ODALIN
Exordium Maledictio
Historia de origen



Fue a través de la temblorosa llama de la atalaya de Odalin bajo la montaña de Scarsiir en los Picos de las Nubes que Caalan, entonces un niño, comprendió lo que era la esperanza. Su grupo se había separado del grueso de bárbaros reghed que había tomado el oeste y en su errar se vieron sorprendidos por el crudo invierno. Por el acoso de una ventisca su senda escogida quedó emborronada y la nieve cuajaba tanto y tan deprisa que los padres se vieron obligados a cargar con sus hijos, y entre el chillar de un viento salvaje -cuyo flujo se aceleraba al colarse por los cuerpos escarpados de las laderas- y los gritos de quienes iban quedando rezagados, la situación se tornó caótica. Pero allí estaba el fuego de Odalin para guiarlos, siempre encendido por los penitentes de Torm que habían hecho de las ruinas su cenobio.

Eran viejos y estaban cansados, o más bien agotados por su sufrimiento autoinfligido. Desde sus primeros días habían elegido la reclusión por sus faltas cometidas tomando en extremo la Penitencia del Deber dictada por los dogmas de su fe. Allí, a la sombra de Scarsiir, el telar de la magia era inestable y el tejido de la realidad se resquebrajaba, atrayendo con ello monstruos y calamidades además de males de otros mundos. Era su misión final recomponerlo y alumbrar a los desorientados, a los que, víctimas de los peligros de los Picos de las Nubes, de las tribus orcas y del caprichoso tiempo, suplicaban por su salvación. Gracias a esto que pudieron tomar a tiempo la mano de los refugiados reghed, poniendo punto y aparte a su azaroso viaje.

Les dieron comida, agua y calor, así como también la iluminación de la civilización por medio de sus enseñanzas. Aunque los adultos veían con malos ojos la intromisión de los tormitas, especialmente en lo referente a la educación de sus menores, no se opusieron frontalmente a ello. En cambio con el pasar de las semanas, convertidas luego en meses, acabaron mostrando una inclinación notoria por el conocimiento que atesoraban en Odalin y por el saber local obtenido de su estadía en las montañas. La mano fuerte de los reghed se perfiló como el instrumento que los penitentes necesitaban para ver satisfechas sus metas, en la ilusión de que una nueva alianza sería el broche a su redención, y tal vez por eso ignoraron la traición que se estaba gestando contra ellos.

No fue una ayuda genuina la que los bárbaros les estuvieron prestando. Tampoco se trató, en origen, de una llamada de socorro o al menos no de una que fuera fruto de la penuria. El corazón de los reghed se había ennegrecido primero de poner un pie en Odalin pues otra entidad los había auxiliado antes del ofrecimiento de los tormitas. Una entidad ultraterrena que ansiaba extender su voluntad fuera de los límites de su prisión. Siguiendo las órdenes de caballeros infernales del archidiablo Levistus, señor de Estigia, los insurgentes reghed rastreaban la ubicación de la legendaria espada Ghazir, la cual se creía perdida en las Tierras de la Intriga y en cuya historia dichos caballeros depositaban la creencia de que pudiera servir para quebrar el hielo en el que su patrón llevaba una eternidad encerrado. Tal y como si de una búsqueda griálica se tratara su marcha los llevó a encontrar la atalaya, dando lugar al inevitable enfrentamiento con sus moradores.

La lucha entre los servidores del Quinto Infierno y los sagrados penitentes de Torm fue encarnizada. Aun con el peso de la edad los tormitas suplieron su falta de vigor con su experiencia y, si bien sufrieron las primeras bajas, supieron conducir a los bárbaros por el terreno angosto en el que estaba situada la atalaya librando con acero y magia una resistencia inesperada. El ambiente se reflejó cataclísmico en el cielo, demostrando que la destrucción no distingue luz de oscuridad. Así como el último destello mágico brotó del torreón la construcción se vino abajo, regando el suelo con cadáveres de uno y otro bando. Después, solo brisa y polvo. Cual parásito que abandona a su huésped los reghed restantes renunciaron a las ruinas, abrumados por el elevado coste de su traición pero conformes con haber eliminado a un enemigo. Quizá debido a eso fue posible que alguien sobreviviera.

Isen el Silencioso, antiguo bibliotecario de la Ciudad Santa de Elturel en los tiempos de Thavius Kreeg, contempló con mezcla de pesadumbre y resignación el escenario de la devastación. Durante su vida había presenciado fracasos, mas ninguno como aquel. En los de años pasados hubo insinuación de culpa y en consecuencia oportunidad de absolución. Sin embargo con la caída de Odalin, la aniquilación de sus hermanos y el cese de su cometido, solo quedaba el pesimismo más absoluto. Con rabia contenida golpeó con su báculo la superficie mientras sus ojos se mantenían firmes ante la columna reghed que se alejaba, y allí lo vio: un niño de cabello vivo como el trigo bañado por el sol, de rostro sucio y expresión desencajada, pero con pureza en la mirada. Mientras ambos estudiaban las intenciones del otro Isen se negó a dudar de nuevo. Alzó otra vez el báculo y se dispuso a segar la vida del reghed, y solo entonces recordó el camino que lo llevó a exiliarse en los Picos de las Nubes. Algo lo detuvo, algo que encogió su espíritu e hizo vibrar su ajado corazón. Puede que fuera su cuerpo sintiendo de nuevo el valor, el poder de la fe abriéndose paso o simplemente un atisbo de esperanza. El reghed no era solo uno más. Había algo extraño en él, una luz que no necesitaba de palabras para ser manifiesta.

Cuando Isen se acercó regresó una pregunta a su mente. El niño habría de llevar sin duda la mancha diabólica en su alma, la esquirla de corrupción de quienes, como él, soltaron su humanidad a las aguas del Estigia. ¿Qué debía hacer, pues, sino mantener una confianza ciega? Teniendo claro que ninguna respuesta contaba con la ventaja de ser la definitiva, posó sus dedos sobre aquel que lo observaba e indagó sobre su presencia allí, solo para descubrir que se había quedado voluntariamente atrás al percibir Odalin su hogar. Conmovido, Isen juzgó cierto su testimonio y decidió acogerlo.

Su nombre, Caalan, devolvió al ortodoxo tormita a la senda del deber. Era a partir de ese momento responsabilidad suya instruirlo y prepararlo para lo que estuviese por venir. Y de este modo abandonaron juntos aquello de lo que ya nada quedaba. De ahí en adelante Isen esgrimió frente a otros una verdad enmascarada, la de que el muchacho se trataba de un superviviente de los masacrados en Odalin. Y este secreto que ambos conocían permaneció oculto, pero no de manera innecesaria, pues Isen alumbró al joven con su sabiduría e hizo que portara el fuego de los justos.



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La Marca del Príncipe

El Adagio de la Pureza gélida

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aalan es conocedor de cuál es la fuente de su mal pero ignora los detalles de cómo se originó. De lo que está seguro es de que no se trata de una maldición al uso, pues ningún conjuro ha servido para librarle de sus efectos. Lo que incluso él mismo deduce es que su tribu pactó durante su éxodo con Levistus o con alguno de sus subordinados, vinculándose a través de algún acto de gran malevolencia -como sacrificios de sus congéneres- o simplemente con una promesa colectiva de entrega de almas a cambio de su salvación.

Por alguna razón Caalan no sucumbió a la marca del frío estigio y mantuvo su independencia y voluntad, quedando sin embargo el embrión de la corrupción del Príncipe Helado oculto en su interior. Si alguna vez cediera ante los placeres carnales, ante el deseo de venganza o la tentativa de poder del Quinto Infierno, el hielo se ramificaría como en una metástasis y él terminaría contando con un nuevo patrón.

Mientras mantiene a raya esta influencia, se dan los siguientes efectos:

- Un -2 a las TS en las tiradas para resistirse a los intentos de posesión diabólica.

- Las Pesadillas del Estigia: en cada descanso completo le atormentan visiones de las Tierras Heladas. Se ve a sí mismo recorriendo el río Estigia o vagando por el páramo glacial siguiendo el arrullo de sus vientos, transformados en una melodía que invita a abandonarse y dejarse llevar. En ocasiones donde se ve atrapado por una violenta tempestad, el cielo pasa a cubrirse con miles de abishai a los que debe enfrentar hasta el agotamiento. Otras veces son lobos devorando su cadáver, el desafío de las erinias o la aparición de amnizus que le enseñan el camino hacia el Salón de los Vencidos.

Siempre que duerma ha de superar una tirada de voluntad de CD 15 por defecto. En caso de fallarla se dan tres supuestos determinados por 1d3.​
  • Resultado de 1: presa de un frío extremo queda paralizado durante un tiempo. Un conjuro de quitar parálisis o de disipar magia pueden anular este efecto. De lo contrario está incapacitado para continuar.​
  • Resultado de 2: sufre de entumecimiento y de lesiones nerviosas temporales que se traducen en una penalización al movimiento. No puede correr. Solo un conjuro de libertad de movimiento puede devolverle esta capacidad.​
  • Resultado de 3: queda turbado a causa del esfuerzo psíquico. Siente dificultad para concentrarse y sobrelleva los efectos con un penalizador de -2 a concentración y -2 a las pruebas de sabiduría.​
- Su aliento es visible, especialmente en climas cálidos, en los que dicha condición resulta más llamativa.

- Percibe la comida siempre fría, no encuentra placer o alivio tomando sopas o guisos y eso le hace tender a preferir alimentos que se sirven naturalmente a baja temperatura.​


DESCRIPCIÓN FÍSICA Y PERSONALIDAD

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Su aspecto es evocador. Tanto la belleza serena de su rostro, tan virginal que parece así mismo distante, como su porte amable y señorial y su armadura reluciente, refuerzan la idea de estar ante una efigie de la virtud y la santidad. Sus cabellos son de un rubio enérgico y su piel, aunque clara, posee un tono cálido. Va siempre afeitado y su aroma es un soplo de frescura, limpio y nítido, con una nota mineral. Concordando de manera natural con su presencia su voz es de tono largo y pausado, capaz de proyectar con su énfasis profunda calma y calidez pero también fervoroso frenesí, incluso, de darse, melancolía.

Pero hay algo más. Algo en su mirada del azul glacial o quizás en sus líneas de expresión revela una pesada carga, tal vez sea una sombra ignorada o puede que solo la ira durmiente del paladín.

En su indumentaria destaca el símbolo de la palma de una mano derecha, extendida y armada en un guantelete.​
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La personalidad de Caalan no está definida únicamente por la naturaleza de su ser sino también por los estándares que él mismo se impone. Es genuino y claro, amable y valiente, benevolente e idealista, aunque con la severidad propia de quien está apegado fuertemente al orden. Su carácter pío se encuentra íntimamente ligado a su idea civilizatoria y a su servicio ejemplificador. Tomando esto como referencia, no es alguien que se deje arrastrar por la ingenuidad o la imprudencia en cuanto a sus obras. Quizá a veces sí anteponga la belleza de las cosas a lo estrictamente pragmático.

Dado que en su interior anida la sombra corruptora de Levistus entiende, mejor que nadie, que ha de resistirse a los impulsos. Como si de una coraza espiritual se tratara se protege con la moderación, la responsabilidad, la paciencia, la observación y la reflexión. A veces tanta introspección parece marcar distancias con su talante cercano. Son dos almas gemelas conviviendo dentro del mismo cuerpo. Unas veces tendente a la soledad, otras a la calidez de lo humano.

La palabra que más lo representa es sacrificio. No solo como deber moral sino también como necesidad del alma. Esto lo lleva a explorar los límites de la ambición, buscando siempre mejorar para afrontar su lucha interna y los desafíos del futuro virtuoso que ha jurado perseguir.
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PERSONAJES DE INTERÉS

Isen el Silencioso
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A Isen, seguidor de la ortodoxia tormita, se le empezó a conocer como el Silencioso por su dedicación plena en el estudio y registro de todo conocimiento que pasaba por la biblioteca principal de la Ciudad Santa de Elturel. Por su trabajo de bibliotecario mantuvo un permanente contacto con Thavius Kreeg, el Alto Observador de su tiempo, a quien ayudó de forma directa. Cuando este condenó a Elturel al Averno, descubriéndose como servidor de la archidiablesa Zariel, Isen lamentó profundamente su ceguera. A ojos suyos fue uno de los responsables de la traición de Thavius, al ignorar sus desmanes en supuesto beneficio de la teocracia.

A pesar de que trató con todas sus fuerzas de enmendar sus errores colaborando en el regreso de Elturel a Faerûn, la culpa le siguió carcomiendo y decidió aislarse voluntariamente en la cordillera de los Picos de las Nubes, en un exilio compartido con otros de sus compañeros. Cerca del monte Scarsiir hallaron las ruinas de Odalin y trabajaron en su reconstrucción -y en el replanteamiento de su función- hasta la batalla que destruyó por completo aquel proyecto.​
 
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