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Calim Bocanegra

Illuminati

Niño sin padres ni hospicio
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23/12/12
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Harto y pesado se hace ya escuchar a viajeros con sus penas y sufrimientos en el pasado. Infancias duras que han marcado caracteres, cuerpos, almas y mentes. Intentan justificar lo que son o serán, por ese pasado ya monótono en su poca originalidad. He viajado mucho y he acompañado a muchos aventureros de todo tipo y condición y creedme que en ocasiones quisiera mutilarme los tímpanos y no oírles, por no desear sacarles las tripas y acabar con lo lúgubres de sus historias.

Mi pasado, mi infancia, mis comienzos, fueron diferentes.
Yo nací en una cama caliente y atendido por varias mujeres y matrona. Mi madre era una buena mujer y de buena posición. Bien educada y cuidada, amable y hermosa. Casada con un comerciante natural de Tezhyr, de una aldea cercana a las Montañas Estriral. Mudado en juventud a Calimshan, Calimport en el Barrio de las Esmeraldas, donde poco a poco logró ganarse un buen nombre entre los comerciantes joyeros de la opulenta zona.
En nuestro hogar nunca fue problema el oro, y el hambre o los pesares jamás vinieron a visitarnos. Me he criado entre exquisitos cuidados y me he educado con buenos maestros de esta capital.

Destinado a atender la joyería familiar y a heredar como único hijo la fortuna de mis progenitores, pronto me educaron en el arte de la venta y sus matices. No llegué a especializarme en la artesanía de piedras preciosas ni nada parecido. No fue necesario ya que aprendí a vender lo que fuera a quien fuera y como fuera. Si había que convencer a damas indecisas, jóvenes doncellas, futuros prometidos o maridos arrepentidos, ahí estaba yo; que a mis quince años logré convencer a un emisario del Sultán, para que comprara en la tienda de mi padre y no en la del mal encarado Donier. Su tienda era más afamada y grande que la de mi familia, su codicia y ansia de riquezas, como buen Calishita, no tenían límites… y quiso terminar con esa disputa por ser la mejor joyería del barrio.

A nuestra casa llegaron unos emisarios del Gran Suma de Altoazul, conocido comerciante de esclavos y telas por igual. Propusieron a mi padre el trato de que ellos apañarían lo que fuere necesario para arruinar a Donier el joyero y a cambio él me enviase a mí, recién cumplidos los diecisiete, para adiestrar a sus vendedores de telas en el arte de la palabra. Aclaro que mi suerte no estaba en saber usar palabras hermosas sobre cosas que no lo fueran, si no en el arte de saber que decir en el momento exacto a esa persona que quiere hacerse con la mercancía y aun no lo sabe. Es posible vender sin ni siquiera haber hablado de las existencias.
No necesitábamos más riquezas y no necesitábamos entablar pelea con Donier, el tiempo lo arrastraría con su negocio hasta el fondo de la ruina y el desconocimiento. Pero mi padre llevaba mucho tiempo en Puerto Calim y ya pensaba como los habitantes de allí. No le odio, pero no perdonaré que me hiciera viajar con los emisarios del telero para ayudar a sus vendedores hacia el desierto mágico de Calim.

No sé si habéis estado alguna vez en el desierto, pero se asientan los de vida nómada entre tiendas pequeñas, rodeando a una tienda a modo de mansión, donde se guarda el señor de la avanzada. Al mismo centro me llevaron y he que allí encontré al gran Suma de Altoazul… y no estaba solo. A su izquierda sonreía Donier el joyero, quien pagaba con un cofre lleno de las mercancías de su tienda, mi secuestro y su traición. Un semiorco a mi espalda, al que sentí respirar amenazante hasta casi dejarme sordo, me invitó a no intentar nada por escapar, y creedme que jamás tuve el valor de hacerlo.

No me llevaron a enseñar a nadie, y menos a conocer sus telares. Creo que el semiorco asentía a la orden de ejecución que le deba el Gran Suma para mí, cuando intervino un hombre alto, delgado y pordiosero reclamándome, pensé que para esclavizarme. Me encerraron en una tienda bajita y estrecha en la que dudo que pudieran dormir más de tres hombres. No pasaron dos días y se presentó ese pordiosero al que dejó entrar mi “protector” semiorco sin oponerse un instante. Era un hombre con ropas viejas y roídas, que en cambio parecían limpias y olían a caldo y a mujer caliente. Su rostro no era hermoso pero si atraía a mis ojos que no podían dejar de admirarle. En el momento que se cercioró de que estábamos solos y a salvo de ojos vigilantes, me dedico una sonrisa cruel y una mirada de deseo, que hizo que me paralizase y casi cayera desmayado a causa de una sensación suave y tenue, prima hermana del terror.

Me contó que viajaban a Tezhyr y que realmente se dedicaban totalmente al esclavismo y su negocio. Que él, era el sanador que atendía a los hombre del Gran Suma, después de las salvajes batallas en las que capturaban nuevos esclavos. Me dijo que pidió mi vida para ayudarle a sanar a los hombres, ya que las últimas batallas fueron muy poco beneficiosas hablando en costes y no vendría bien seguir perdiendo hombres por pocas atenciones. Le dijo también que me había visto vender a las gentes de la capital y que podría ser yo quien vendiera a los esclavos más difíciles de sacar.
El Gran Suma accedió y yo me encontré antes de mis dieciocho, heredero de gran fortuna y gran futuro lleno de opulencia y bien estar, tratando a asesinos y bastardos de sus heridas de noche, y vendiendo esclavos por el día.

Por suerte esto era más fácil para mí que la misma joyería. Aprendí a darle a cualquier comprador casi cualquier esclavo. Al que nos quisiéramos quitar de en medio, lo enseñaba y alababa hasta casi emocionar al comprador que acababa deseándole y pagando por él; el doble de su valor inicial. El Gran Suma me vio como una fuente de ingresos y sus tratos hacia mí mejoraron en demasía. Yo no desaproveché la oportunidad y viajé durante los siguientes cinco años por toda la costa hasta Muran, haciendo crecer las arcas de mi señor a costa de la suerte de unos indeseables que capturábamos. Daba igual su raza o su posición, casi todo se podía secuestrar y casi todo era vendible y lo que no… podría servir para saciar las ansias sexuales de los hombres o como pienso para las bestias.

Aprendí mucho del sanador, quien no solo me enseñaba su arte sobre la curación, si no que amenizaba mi existencia cada noche, con historias sobre personajes y batallas épicas de todo Faerun. Me dijo que él también era preso del Suma y que llevaba diez años arrastrándose por el desierto sin intentar escapar. También me dijo que el final de su viaje llegaría en breve y que regresaría por fin con su señor, más allá del Mar de la Luna y antes de llegar a la Costa de la Espada. Al Alcázar Zhentil.
Llevaba un gran diario consigo en todo momento, lo escribía cada noche y cada noche me miraba mientras lo hacía. Dibujaba y memorizaba y escribía y escribía. Pensaba que estaba durmiendo o no, pero supe que no tendría que preguntarle por él y así no tener problemas.
Puedo considerarle como mi mentor y mi guía inicial más allá de sus sanaciones, pues aprendí con él y memoricé los iconos de muchos dioses. Los lugares donde encontrar sus templos. Me habló durante años de los dogmas de muchos de ellos también. He que así aprendí a pedir a Tymora cuando me aventuraba en cada peligro, que supliqué a Waukin por sus favores al vender en cada gran ciudad y que si a una dama la comparas con un solo cabello de Selune, será capaz de rasgar sus ropas en la noche cerrada, deseosa de tenerte. Así lo hice con más de una decena de dioses casi cada día.

Fue así que pensé que Tyr no estaba presente en ese día injusto donde terminaba mi vida actual y me lanzaba al vacío de un futuro que me atemorizaba. Que Beshaba había ganado la batalla y la fortuna ennegreció todo lo que hubo y que los dioses son dioses y nosotros no!!
Me desperté ese mal día antes de amanecer y algo que me impedía respirar encima de mi pecho y arrojé al suelo, resultó ser el diario de mi mentor. Mire a su cama y no estaba. Corrí a la zona de los esclavos y había varias caravanas y sus barrotes rotos. Corrí ahora casi volando al dormitorio inmenso de los guardias y… los cadáveres de guardias, por llamar así a esos asesinos despiadados, y cuerpos sin vida de esclavos casi impedían pisar el suelo. Es que corrí metiendo los pies entre charcos de sangre y miembros mutilados, cayéndome varias veces y llenando de sangre mis ropas y mi cuerpo. Llegué a la alcoba principal del asentamiento y me encontré a varios hombres armados de pie rodeando dos cadáveres en el mismísimo centro. Uno era el Gran Suma de Altoazul y otro mi mentor y maestro… al que decapitaban justo en ese momento.
Quiso acabar con el Suma y no escapar directamente, imagino que por imposible hacer lo segundo sin lo primero. Al ver el golpe final que separaba su cabeza de sus hombros, un grito afeminado y agudo se escurrió sin permiso de mi garganta llamando la atención de los asesinos del Suma. De la mirada que me lanzaron comencé a temblar y al ver que empezaron a caminar hacia mí, me oriné encima y casi me resbalo. Esperé la muerte pidiendo a Kelemvor que me acogiera y justo en ese momento en mis manos algo empezó a temblar. El diario.

Tembló con tanta fuerza que me despertó como de un sueño y me infundió no valentía si no instinto de supervivencia. Cuanto más fuerte lo apretaba a mi pecho más miedo sentía pero algo en mi más despertaba. No he conocido jamás gacela que corra a la velocidad que me empujó mi cobardía esa mañana ya amanecida. Los cuerpos de los muertos ya no me entorpecieron y casi sin posarme en ellos atravesé las tiendas hasta llegar a los establos.
Me agarré subiéndome al caballo más grande que vi y galopé sin descanso hasta que el caballo exhausto nos detuvo a día y medio de viaje y murió fatigado sin que yo pudiera hacer nada.
No nos siguieron y supe que estábamos lo bastante lejos de ellos como para poder tomarme un descanso. No pude dormir porque la intriga me desvelaba deseosa de ver el diario de mi único amigo.
Al sacarlo de la tela que lo envolvía, mi cuerpo temblaba entremezclando miedo y deseo de descubrir que guardaba.
La primera hoja me nombraba, el primer párrafo me saludaba y decía: “Yo no llegaré a ver a mi señor de nuevo en este mundo, pero sé que hay un lugar para ti a su lado Calim. Reúnete con él y honra mi memoria para que pueda llegar mi alma a su mundo y no le haga esperar perdida y sola, en el reino de Kelemvor el ladrón”.
El ladrón? Me pregunté. Pasé rápido y por encima las primeras hojas y describían un viaje hasta el Estrecho del Dragón. Había dibujos y nombres de personas a los que pedir ayuda durante el viaje. Así que sin más, sin poder aun dormir, comencé mi senda a descubrir los secretos que me guardaba mi maestro al final de este viaje terrenal y místico.

Los guardias del Suma me castigaban para que recordase mi pasado y mi desdicha. Odiaba como lo hacían pues para ello me llamaban Calim, de allí de dónde vengo.
Mi nombre era Lanshor Piedradulce, pero es que desde que leí Calim en la caligrafía de mi maestro, no quiero ser otra persona. En su memoria guardo su renombre “Lenguanegra”, entre los suyos y por supuesto: difundo su palabra.

Calim lenguaNegra acababa de nacer...






DESCRIPCIÓN

Humano de cabello y barba negros. La piel morena como la de los hombres que se oscurecen por el viento del desierto. Recién pasada la treintena de inviernos cumplidos y con todo su secreto y su fuerza, residiendo en el don de la palabra y su… enredo. Poco más de metro ochenta de alto y complexión corriente aunque curtida. Mantiene una sonrisa leve y respira un aire altivo contantemente, que no le roban ni un trozo a su trato amable ni a su mirada firme y dorada como los ámbares entre los que se crió. Obviamente no es la misma máscara la que todos ven ni el mismo aire el que todos tragan.
 
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