Sariel
Enano sin acento ruso
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Los días pasaban, y cada vez que abría los ojos al despertar, la noción de que otras diez vidas de hermanos y creyentes habían sido segadas caía sobre su conciencia como un martillo golpeando un yunque al forjar una espada. De hecho, antes de incorporarse, solía mantener los ojos cerrados unos minutos, dejando que la idea calara hondo, sin anestesia. Caras conocidas, habituales del templo, se aparecían en su mente mientras permanecía en la oscuridad de sus párpados. Algunos habían reído con ella, otros habían llorado a su lado. Todos estaban ya fuera de su alcance.
Evidentemente, terminaba por levantarse -no quedaba otra opción-. Quizá ella podría quedarse entre pieles todo el día, pero el tiempo no se detenía por nadie. Miraba hacia un lado y contemplaba a la semielfa durante unos segundos, su respiración tranquila, el rostro relajado por el descanso, aquello le arrancaba una sonrisa. Se incorporaba con cuidado, procurando dejarla bien arropada para que pudiera dormir cuanto considerara necesario.
Se acercaba al soporte de su armadura y comenzaba a prepararse con calma. El crujido del cuero al ceñirse sobre el gambesón marcaba el inicio del día. Luego, las placas. Después, las correas, aferrándose al metal con firmeza. Al final, todo el conjunto pesaba más de treinta kilos, una carga que conocía bien, como si su cuerpo ya no supiera moverse sin ella. La sacerdotisa lo soportaba como tantas otras cosas.
Salió de la tienda con sumo cuidado, cerrando la lona tras de sí. Al hacerlo, el murmullo lejano del campamento se volvió más claro: un eco constante de guerra y resistencia. Caminó entre tiendas, dedicando alguna sonrisa ocasional, ya fuera a elfos, enanos, selûnitas o guardianes del bosque. Todos compartían ese espacio, todos tenían sus diferencias, y sin embargo allí estaban, en la misma lucha.
Tomó una manzana de una cesta que se cruzó en su camino y comenzó a mordisquearla con calma. En el campamento podía oírse de todo: el golpear de los herreros trabajando el metal, partidas de dados, risas, gritos, discusiones. Las peleas eran inevitables, demasiadas almas, demasiadas heridas abiertas. Algún enano placaba a un bárbaro en mitad de un forcejeo, algún selûnita mal perdedor soltaba cuatro gritos de frustración por una mala tirada. Nada fuera de lo normal.
Ese ruido, esa amalgama de voces y vida, fue apagándose a medida que se alejaba del corazón del campamento y se adentraba en los límites del bosque. Finalmente, el sonido del río se hizo más fuerte, más limpio. Y allí, junto a sus aguas, se detuvo.
Nunca se había parado a observar con atención la inmensidad de aquel río. Ladeó la cabeza, pensativa, y retomó en silencio lo que llevaba días intentando. Sacó un trozo de madera del zurrón y, sentándose en una roca, comenzó a tallarlo con calma. Quería darle forma de flor. Se notaba que era más que novata en ello: las líneas eran toscas, las curvas inexactas.
-Una gardenia -pensó en voz baja.
Miró lo que llevaba hecho y suspiró. Dar gracias si aquello se parecía a una flor, como para esperar que alguien pudiera saber qué flor era. Aun así, se quedó. Tallando, pensando, dejando que el tiempo pasara. Desechaba intento tras intento, trozos astillados de lo que no funcionaba. Y volvía a empezar. Mientras tallaba, se mordía la lengua sin darse cuenta, sacada por pura concentración.
El sol ya se encontraba alto cuando dejó caer al suelo otro intento fallido. Una viruta más entre muchas. Observó su pequeña colección de fracasos a los pies de la roca y soltó una risa seca, apenas un suspiro. Acarició con el pulgar la pieza que aún sostenía, la menos torpe, y se dijo que, por hoy, era suficiente.
-Con suerte, alguien verá una flor aquí.
Guardó la figura de madera en su bolsa. No porque
estuviera satisfecha. Lo hizo porque era lo que había podido hacer ese día ni más ni menos. Y mientras lo hacía, una verdad pesada se abrió paso en su pecho: llevaba años intentando cosas, muchas cosas. Caminos distintos, personas distintas, misiones, promesas, palabras. Había puesto el corazón en cada uno de esos intentos. Y la mayoría no habían salido bien.Fracasos. Algunos pequeños, otros lo bastante grandes como para marcarla para siempre. Cada tallado fallido parecía una repetición de todo aquello: un símbolo, una forma que quería ser algo pero no lo lograba. Una flor que no florece. Como ella. Como casi todo lo que había tratado de construir a lo largo de su vida.
Y aun así, no podía parar. Porque algo dentro de ella, por pequeño, cansado o roto que estuviera, seguía empujándola a intentarlo una vez más. A tallar otra flor. A caminar otro día. A no rendirse del todo.
Contempló el río en silencio. El agua corría serena, sin preocuparse por los errores humanos ni por los nombres que ya no estaban. Había algo en su constancia que dolía, pero también algo que sostenía. Una promesa sin palabras: seguir, como lo hacía el agua de su caudal, imparable, siempre en movimiento.
Finalmente se puso en pie, con el peso del metal acompañándola como un eco de todos sus días pasados. El campamento comenzaba a sonar de nuevo a lo lejos: voces, risas, hierro, vida. La envolvían paso a paso, como si le recordaran que aún había sitio para ella allí, aunque no supiera bien para qué.
Quizá mañana volvería a intentarlo. Quizá la flor sería menos tosca. Quizá, con el tiempo, también ella.
Y por ahora, con eso bastaba.

















































