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Caminando bajo la Luna

Sariel

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Los días pasaban, y cada vez que abría los ojos al despertar, la noción de que otras diez vidas de hermanos y creyentes habían sido segadas caía sobre su conciencia como un martillo golpeando un yunque al forjar una espada. De hecho, antes de incorporarse, solía mantener los ojos cerrados unos minutos, dejando que la idea calara hondo, sin anestesia. Caras conocidas, habituales del templo, se aparecían en su mente mientras permanecía en la oscuridad de sus párpados. Algunos habían reído con ella, otros habían llorado a su lado. Todos estaban ya fuera de su alcance.

Evidentemente, terminaba por levantarse -no quedaba otra opción-. Quizá ella podría quedarse entre pieles todo el día, pero el tiempo no se detenía por nadie. Miraba hacia un lado y contemplaba a la semielfa durante unos segundos, su respiración tranquila, el rostro relajado por el descanso, aquello le arrancaba una sonrisa. Se incorporaba con cuidado, procurando dejarla bien arropada para que pudiera dormir cuanto considerara necesario.

Se acercaba al soporte de su armadura y comenzaba a prepararse con calma. El crujido del cuero al ceñirse sobre el gambesón marcaba el inicio del día. Luego, las placas. Después, las correas, aferrándose al metal con firmeza. Al final, todo el conjunto pesaba más de treinta kilos, una carga que conocía bien, como si su cuerpo ya no supiera moverse sin ella. La sacerdotisa lo soportaba como tantas otras cosas.

Salió de la tienda con sumo cuidado, cerrando la lona tras de sí. Al hacerlo, el murmullo lejano del campamento se volvió más claro: un eco constante de guerra y resistencia. Caminó entre tiendas, dedicando alguna sonrisa ocasional, ya fuera a elfos, enanos, selûnitas o guardianes del bosque. Todos compartían ese espacio, todos tenían sus diferencias, y sin embargo allí estaban, en la misma lucha.

Tomó una manzana de una cesta que se cruzó en su camino y comenzó a mordisquearla con calma. En el campamento podía oírse de todo: el golpear de los herreros trabajando el metal, partidas de dados, risas, gritos, discusiones. Las peleas eran inevitables, demasiadas almas, demasiadas heridas abiertas. Algún enano placaba a un bárbaro en mitad de un forcejeo, algún selûnita mal perdedor soltaba cuatro gritos de frustración por una mala tirada. Nada fuera de lo normal.

Ese ruido, esa amalgama de voces y vida, fue apagándose a medida que se alejaba del corazón del campamento y se adentraba en los límites del bosque. Finalmente, el sonido del río se hizo más fuerte, más limpio. Y allí, junto a sus aguas, se detuvo.

Nunca se había parado a observar con atención la inmensidad de aquel río. Ladeó la cabeza, pensativa, y retomó en silencio lo que llevaba días intentando. Sacó un trozo de madera del zurrón y, sentándose en una roca, comenzó a tallarlo con calma. Quería darle forma de flor. Se notaba que era más que novata en ello: las líneas eran toscas, las curvas inexactas.

-Una gardenia -pensó en voz baja.

Miró lo que llevaba hecho y suspiró. Dar gracias si aquello se parecía a una flor, como para esperar que alguien pudiera saber qué flor era. Aun así, se quedó. Tallando, pensando, dejando que el tiempo pasara. Desechaba intento tras intento, trozos astillados de lo que no funcionaba. Y volvía a empezar. Mientras tallaba, se mordía la lengua sin darse cuenta, sacada por pura concentración.

El sol ya se encontraba alto cuando dejó caer al suelo otro intento fallido. Una viruta más entre muchas. Observó su pequeña colección de fracasos a los pies de la roca y soltó una risa seca, apenas un suspiro. Acarició con el pulgar la pieza que aún sostenía, la menos torpe, y se dijo que, por hoy, era suficiente.

-Con suerte, alguien verá una flor aquí.

Guardó la figura de madera en su bolsa. No porquesariel flor.PNG estuviera satisfecha. Lo hizo porque era lo que había podido hacer ese día ni más ni menos. Y mientras lo hacía, una verdad pesada se abrió paso en su pecho: llevaba años intentando cosas, muchas cosas. Caminos distintos, personas distintas, misiones, promesas, palabras. Había puesto el corazón en cada uno de esos intentos. Y la mayoría no habían salido bien.

Fracasos. Algunos pequeños, otros lo bastante grandes como para marcarla para siempre. Cada tallado fallido parecía una repetición de todo aquello: un símbolo, una forma que quería ser algo pero no lo lograba. Una flor que no florece. Como ella. Como casi todo lo que había tratado de construir a lo largo de su vida.

Y aun así, no podía parar. Porque algo dentro de ella, por pequeño, cansado o roto que estuviera, seguía empujándola a intentarlo una vez más. A tallar otra flor. A caminar otro día. A no rendirse del todo.

Contempló el río en silencio. El agua corría serena, sin preocuparse por los errores humanos ni por los nombres que ya no estaban. Había algo en su constancia que dolía, pero también algo que sostenía. Una promesa sin palabras: seguir, como lo hacía el agua de su caudal, imparable, siempre en movimiento.

Finalmente se puso en pie, con el peso del metal acompañándola como un eco de todos sus días pasados. El campamento comenzaba a sonar de nuevo a lo lejos: voces, risas, hierro, vida. La envolvían paso a paso, como si le recordaran que aún había sitio para ella allí, aunque no supiera bien para qué.

Quizá mañana volvería a intentarlo. Quizá la flor sería menos tosca. Quizá, con el tiempo, también ella.

Y por ahora, con eso bastaba.
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Sariel

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En tiempos de guerra

Una vez más, la sacerdotisa contemplaba el río, pero esta vez no estaba calmado: las aguas se arremolinaban, el asedio se intensificaba. Catapultas, balistas, torres de asedio se apostaban frente a la muralla; gritos de dolor, tanto de enemigos como de aliados, resonaban por doquier. El puerto estaba completamente tomado por el avance de la Alianza, mientras los conjuros de comunicación informaban de la caída de las puertas principales.

Desde la lejanía, en la orilla del río, Sariel observaba todo aquello. Aún no había llegado su momento. Las manos le sudaban y el nerviosismo se apoderaba de ella. Pronto les tocaría actuar. Comenzó a respirar de forma agitada, tragó saliva y se llevó una mano al rostro. Sabía perfectamente que lo que estaba haciendo era lo correcto, pero la sola idea de perder a su gente la aterrorizaba.

Y de pronto, algo -o más bien alguien- la abrazó por detrás.

No necesitó siquiera darse la vuelta. El olor de la mestiza era ya para ella inconfundible. Ese mero abrazo calmó su respiración, aunque el temblor seguía en su pecho. Terminó apoyando una mano en las que la rodeaban por el vientre, pues la mestiza era algo más alta que ella. Bajó la mirada y observó aquellos tonos bronceados en su piel. Finalmente, giró un poco el rostro para contemplar el suyo.

-¿Estás bien, mi estrella?

La sacerdotisa necesitó unos segundos para responder. Debía mantenerse fuerte para los suyos, pero ante ella… toda esa fachada de dureza, seriedad e impasibilidad solía venirse abajo.

-Tengo miedo, mi luna.

-¿Temes nuestro fracaso?

-No. Temo que no volváis.

-¿"Que no volváis"? Querrás decir: que no volvamos.

Un silencio, quizá algo incómodo, quedó en el aire.

-No he tenido, ni tengo miedo a que Selûne me recoja entre sus brazos. En cierto modo, lo deseo cada día de mi vida. Pero esa es una decisión que solo ella puede tomar. Mientras esté aquí, seré un instrumento de su voluntad y sus deseos.

Entonces, la mestiza guardó silencio por un momento. Y de pronto, pellizcó con fuerza la mejilla de la peliblanca, tirando de ella en señal de castigo.

-Sariel Shade -dijo con tono firme y severo; parecía realmente molesta-, deja de decir estupideces. Hemos pasado por demasiado para tener esa mentalidad ahora. Iremos, mataremos a esa criatura y terminaremos lo que hemos empezado.

Tras ello, soltó su mejilla, que Sariel se frotó con la mano.

-Pero si os pierdo… nada de esto habrá merecido la pena. De nada me sirve un mundo donde no puedo compartir tiempo con los míos.

Tras decir aquello, volvió la mirada a la ciudad. Un proyectil cayó especialmente cerca de su orilla, el cual la sacerdotisa observó impasible. Luego se dio la vuelta, aún dentro de aquel abrazo, y se perdió en los ojos ambarinos de la mestiza.

-Solo prométeme que tendrás cuidado. Si las cosas se ponen especialmente feas, prométeme que huirás. No es de cobardes vivir para poder luchar otro día.

-Sariel... Entiendo lo que quieres decir, pero no eres un mártir, ni debes hacerlo todo sola. No soy la joven que llegó temerosa hasta del viento. Tú misma me has nombrado sacerdotisa, y cumpliré con mi misión y mi papel, como tú has hecho durante tanto tiempo.

En ese momento, la peliblanca observó a la mestiza fijamente. Un pequeño brillo emergió de sus ojos celestes, y solo pudo sonreír.

-Has crecido tanto en tan poco tiempo...

Extendió la mano y acarició su mejilla con el dorso, sin apartar la mirada. Un momento íntimo que solo se vio interrumpido por el extravagante aterrizaje de Chandra, la fiel montura y compañera de Sariel, que sin cuidado alguno metió el hocico entre ambas, casi en un gesto de celos, aunque había mucho cariño en ella. Se frotó contra el rostro de Sariel y el de la mestiza hasta quedar satisfecha, luego se tumbó junto a un árbol, al cobijo de sus ramas, observándolas.

Aquella escena arrancó una sonrisa a ambas.

-Mi estrella... desata todo lo que eres. Enséñales que no se juega con los nuestros. Muéstrales que la Dama de Plata no es solo bondad. Recuérdales quiénes somos y pongamos fin a todo esto. Te cubriré. Os cubriré a todos. Y te haré entender que hoy por hoy, puedo luchar a tu lado, mano a mano.

La expresión de la peliblanca se tornó seria una vez más. Sin previo aviso, se puso de puntillas para salvar la diferencia de alturas entre ambas, tomó su mentón y le robó un beso breve.

-Juntas. Hasta la victoria… o hasta la muerte. Juntas con nuestros hermanos y hermanas, traeremos la desdicha a esa serpiente y haremos que todo vuelva a su cauce.

Luego relajó los talones, volvió a su altura habitual y acarició por última vez su rostro antes de colocarse su habitual máscara de metal.

-Convoca al resto. Que se preparen. Partimos en una hora. Terminaremos lo que hemos empezado por el bien de todos. —dijo, con la vista fija en la ciudad.

-Sea, Alta Sacerdotisa. Cumpliremos con nuestra misión.

Y la sacerdotisa Gwenaelle ando con ligereza hacia el campamento a la orilla del río a la vez que Sariel emitiese u
na palabra en celestial que hizo a Chandra incorporarse, sacándola de su letargo. La grifo se acercó a Sariel y se inclinó, casi como si hiciera una reverencia, facilitándole el ascenso. Otra palabra, también en la lengua de los cielos, bastó para que se pusiera en pie una vez la sacerdotisa estaba acomodada en su grupa, con los pies en las estriberas.

Entonces, Chandra se lanzó al río. Y justo antes de tocar el agua, aleteó con fuerza, alzando el vuelo con Sariel a lomos.

Desde el aire, y a una distancia prudente, la sacerdotisa contempló la situación de la ciudad. Sí… todo iba tal y como habían planeado.

Offtopic :
Con permiso y conformidad de Gwenaelle para rolear su personaje
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Sariel

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Fe entre llamas

Era la hora señalada. Había que concluir lo que antaño se comenzó. Unidos, avanzaron los suyos junto a otros muchos: soldados de la División de la Nube, enanos, hombres de armas y cruzados consagrados a Selûne, a quienes Sariel dedicaba apenas una leve inclinación de cabeza al pasar por su lado mientras los creyentes le devolvian el gesto. Habían tomado tierra en el puerto, y el grupo al completo se aprestaba ya a cumplir con su cometido.

Y entonces apareció ella, la dorada.

Alta, magnífica, imponente. Su hermosura no era de este mundo, pero su mirada era seca como los vientos del invierno. Cruzó la plaza sin apartar la vista del frente, mientras los estandartes ondeaban sobre el gentío reunido. Sariel le dedicó un escueto cabeceo. Siempre la había respetado por cuanto hiciera por las gentes del Norte, mas jamás la consideró superior. Para ella, no era más que un miembro más del consejo, como todos los demás, y creía firmemente que la dragona lo sabía. Su corazón, su fe y su lealtad pertenecían solo a una: la Dama de Plata.

No obstante, agradecía cada gesto noble que la Dorada hubiera tenido a lo largo del camino, incluso sus palabras justas y amables.

-Sarynthallys... ¿harás lo que te pedí? -dijo la sacerdotisa, firme-. Tan solo cinco segundos. Dadnos eso, y acabaremos con la dragona azul.

La dragona asintió sin vacilar. Sus labios apenas se movieron cuando pronunció:

-Lo haré.

Una cola dorada, vasta como una lanza de justas, surgió de su espalda. Poco a poco fue tomando la imponente forma del gran dragón dorado. Con un par de aletazos se elevó en el cielo, directa al combate… hasta que ocurrió lo impensable.

El oro se tornó sangre.

Las escamas, otrora resplandecientes, adoptaron el color de la guerra y la traición. El aire se tornó pesado. Nadie comprendía lo que había sucedido… hasta que la verdad se impuso, cruel y nítida: habían sido engañados. Y cuantas sospechas existieron antaño, todas ellas vagas, quedaron finalmente consumidas.

La sierpe roja rugió con una risa que podría ser confundida con el mayor trueno que Sariel hubiese escuchado en su vida, y una lluvia de fuego descendió como castigo divino sobre la plaza, sin diferenciar amigos de enemigos, gente del Norte, de Crimmor, thayinos, selûnitas, ladrones de las sombras, enanos, soldados.

El pueblo huyó como pudo. Sariel alzó su escudo para proteger a los suyos, arrastrando consigo a Gwenealle y a Lekin tras un muro de piedra. Cuando el humo se disipó apenas un poco, vio lo poco que quedaba de su escudo: el metal, deformado por el calor, le abrasaba la piel. Con rabia, soltó las correas y lo arrojó a un lado. Pronto se dio cuenta de que si estaban a salvo era más bien por que Gwenaelle cubrío a todos con bendiciones para soportar aquel calor más que por su propio escudo.

La sacerdotisa apretó los dientes. La mestiza curaba su brazo con las bendiciones de la Dama, y Sariel golpeó con el puño la tierra húmeda, maldiciendo en silencio.

El rojo no solo mostraba su auténtico ser, sino también su propósito. Había venido a dar muerte a la azul, y Sariel no dudaba ni un instante que así sería. Nombrar a Bálagos era hablar de poder en otro plano diferente, otro nivel, incluso frente a la cruel tirana de escamas eléctricas.

Mas no permitirían que quedase impune.

Se alzó, recogió el escudo caído de un desdichado y se lo ciñó al brazo zurdo. Alzó la vista justo cuando vio descender a Puñomaza montado en su grifo, y al gigantesco Arconte de la azul irrumpiendo en la plaza como si el mismísimo Averno lo hubiese soltado.

Sariel miró a los suyos. Asintió. No hacían falta palabras. Cada uno sabía su parte en lo que estaba por venir.

Desenvainó su hoja. Silbó. Desde los cielos, descendió Chandra como un relámpago alado para aterrizar a su lado. La grifo se inclinó ante ella. Esta vez, no hubo oración, ni cariño, ni promesa de un mañana, la criatura sabia tan bien como la sacerdotisa que iba a ocurrir.

Sariel montó, ciñó su armadura y clavó la mirada en Lekin.

-Traedlo. Hoy, mataremos a dos dragones -dijo con un tono firme.

El artífice comprendió. No hacía falta más.

Espoleó a Chandra con suavidad, y se internó en la plaza, sabiendo que los suyos caminaban con ella, a su lado. Dos dragones habrían de caer, sí... pero antes, darían muerte a aquel que se hacía llamar el Arconte.

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Inepta

Ya habían pasado seis años… casi siete, desde su llegada a Amn. Años llenos de claroscuros, de días en los que el sol parecía brillar con fuerza y otros en los que la sombra se cernía sobre su alma. Había conocido personas increíbles, forjado amistades sinceras, de esas que se graban a fuego en el recuerdo. Incluso había probado un tipo de cariño que jamás antes creyó merecer, uno que la sorprendía en las noches frías y le arrancaba, aunque fuera por un instante, el peso del pasado.

Pero no todo había sido virtud y bondad. También había visto lo peor del corazón humano: gentes de palabras suaves y sonrisas encantadoras, cuya alma estaba tan oscurecida como los callejones más sórdidos de Athkatla. Agentes de las sombras, siervos del mal, hábiles en el engaño, escondiendo sus intenciones tras títulos, riquezas y falsa cortesía. Y, lo más triste, es que nadie los enfrentaba. Nadie… salvo unos pocos, muy pocos.

Porque su espíritu no conocía la indiferencia. No era de las que podían cerrar los ojos y fingir que no veía. No era de las que dejaban que la injusticia pasara desapercibida, ni de las que se doblegaban ante el miedo o la conveniencia.

Seis años… y los rostros de los que partieron seguían grabados en su mente. Algunos se fueron porque Amn quebró su voluntad; otros, porque las garras de la muerte fueron más veloces que sus pasos. Cada vez que evocaba sus nombres, una punzada helada se clavaba en su pecho. Recordaba las cicatrices y piel ebano de aquella que fue su mejor amiga, las miradas marcadas por la vida y la guerra que le dedico antes de marcharse, la piel ébano de otra de ellas, guerrera y hermana en las penumbras. Recordaba a otra, de su misma raza y preocupaciones, a aquella que veneraba al Guardián de los Muertos y marchó de igual forma, aquella pelirroja que entregó su existencia sin dudarlo para detener al culto profano. Todos partieron, cada uno por un motivo… pero todos se habían ido, dejando tras de sí un vacío que ni el tiempo lograba llenar.

Y ella… ella seguía allí. Y cada noche se preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué ella, entre tantos? ¿Para qué? Seis años… casi siete de sacrificio, de luchas constantes, de lanzarse al abismo tantas veces que ya había perdido la cuenta. Cada gesto, cada palabra, cada batalla, las había entregado pensando en el bien común, en los suyos, en la ciudad. Su manera de obrar no siempre fue la más diplomática, lo sabía. Nunca temió la confrontación. No otorgaba respeto por simple edad o jerarquía, sino por los actos, por las verdades mostradas, por lo que cada alma demostraba en los días difíciles, le daba igual la raza, las religiones, todo, solo prestaba atención a las intencines y los actos de los demás, hacía oídos sordos a la codicia y orgullo de cada raza, desde la menos a las más longevas, al final, la gran mayoría eran iguales, se consumian en su orgullo, daba igual si hablaba de orcos, elfos, humanos, medianos, enanos, celestiales, gigantes, todos se regían por un patrón similar.

Y sin embargo, todo aquello que trato de hacer tanto tiempo parecía en vano.

Había entregado los mejores años de su vida a una tierra corrupta, gobernada por hipócritas engalanados de oro y vanidad. Comerciantes de sonrisas huecas, mercaderes de almas, nobles encaramados en sus tronos de mentiras. Y aun así, ella lo había hecho de corazón, por aquellos que no eran así. Por el niño que le ofreció un mendrugo de pan cuando no tenía nada, por la anciana a la que ayudó a regresar a su hogar con sus compras, por los hombres y mujeres que caminaron a su lado por decisión propia. Ellos, los que tantas veces le arrancaron del abismo cuando no veía salida, cuando la oscuridad la envolvía y el eco del fracaso resonaba en su mente.

Pero ahora… ahora solo quedaba un pensamiento, seco, afilado, como una daga en el pecho.

Apenas supo lo que ocurría cuando escucho la voz de la gondita en su cabeza, se teletransportó a las afueras de la ciudad. Y lo que sus ojos contemplaron… la quebró por dentro.

La ciudad que tantos años había protegido. La que su Maestra defendió incluso antes que ella. Aquella urbe llena de vida, de risas, de intrigas, de comercio y miseria… ya no existía.

Ante ella, solo quedaban ruinas y cenizas. Columnas de humo se elevaban como fantasmas al cielo ennegrecido. Las calles, antaño bulliciosas, eran ahora un campo desolado cubierto de escombros y cuerpos. El fuego devoraba las últimas estructuras que quedaban en pie, y el olor a carne y madera quemada saturaba el aire como un veneno invisible.

Pero lo peor aguardaba en las alturas.

Con temor, alzó la vista hacia el risco donde se alzaba Hydcont, y sintió que su corazón se detenía. El templo… su templo, el templo de sus hermanos y hermanas, la abadía de paredes blancas que fue su refugio, su escuela, su hogar… ahora ennegrecida por el hollín, desfigurada por las llamas.

Un silencio sepulcral lo cubría todo. Ni un grito, ni un susurro, solo los gemidos lejanos de bestias y los lamentos de los muertos. A lo lejos, distinguió figuras arrastrándose entre los escombros: insepultos, abominaciones envueltas en las armaduras y túnicas de aquellos que en otro tiempo fueron sus hermanos, sus camaradas.

Allí, de rodillas, su mente se vació. Incapaz de sostenerse, se arrastró bajo la sombra de un árbol retorcido, aunque la noche era tan oscura que ni la luna se atrevía a iluminar ese rincón de muerte, se llevo una mano al pecho su respiración de agitaba y notaba que no podía respirar, hacia grandes esfuerzos por tomar un aire que parecia no llegar a sus pulmones mientras el desasosiego y la ansiedad se apoderaban de ella.

Allí lloró. Lloró en silencio, sin fuerza ni aliento para romper el luto. La rabia la invadía a ratos, deseando cargar sola contra los restos de la ciudad. Pero la tristeza, inmensa y devoradora, la sumía en un pozo más profundo que el anterior a cada minuto.

Le habían negado todo. Había tratado de advertirles. A los suyos, a los dirigentes, a la Primera Iniciada. Nadie la escuchó. Pocos partieron con ella al Norte. La misión fue un desastre: los dragones se retiraron, sí, pero el precio pagado fue lo que algunos diría insostenible, y el peligro no había desaparecido del todo. Ni siquiera pudo morir junto a los suyos, ni siquiera eso se le permitío.

Quizá, solo quizá, si hubiera estado allí, todo habría sido distinto… o quizá no. Pero el sabor amargo del fracaso la ahogaba. Una vez más. Otra más. Como tantas antes.

"Inepta. Inútil. Incapaz."

Las voces de muchos parecian resonar en su cabeza mientras se llevaba ambas manos a los oídos para tratar de silenciarlas. Y así, pasaron horas, horas que para ella parecieron años.

Agotada y exahusta, observó su propia mano, manchada de polvo y sangre relativamente reciente del desembarco, y quiso entonar una letanía, invocar los dones que antaño le ofrecía su fe… pero no pudo. No se sentía digna. No era digna.

Había decepcionado a muchos. Lo peor: se había fallado a sí misma. Ya no quedaban fuerzas. Ni para luchar, ni para hablar, ni siquiera para levantarse.

Se dejó caer de lado, los ojos entornados, mientras la tenue luz de la luna competía en vano con el resplandor anaranjado del incendio que devoraba su hogar. La tierra estaba fría y húmeda bajo su cuerpo, pero ya no importaba.

Cerró los ojos, deseando no pensar. Ignoró los peligros, las bestias, los muertos. Nada de eso le importaba ya.

No quería continuar. No podía.

Allí quedó, inmóvil, hasta que el agotamiento la venció y, entre lágrimas secas, el sueño o el olvido la arrastraron hacia la oscuridad.separador-luna.png
 
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El tiempo y las dekhanas transcurrían con calma. Todo parecía, poco a poco, hallar su cauce, como el río tras la tormenta. Las pérdidas sufridas por la Fe eran, sin duda, incuestionables; más aun así, aquella Fe era vasta como los cielos estrellados, y no era la primera vez que se veía probada. Para desdicha de algunos, pero regocijo de muchos más, la llama de Selûne aún brillaba con fuerza en todo Faerûn, incluso en aquellos lugares donde su nombre era pronunciado en susurros, o negado por decreto.

Los Salones de la Luna, otrora heridos, se hallaban casi restaurados por entero. El esfuerzo conjunto de enanos y medianos fue piedra angular en dicha empresa. Dos pueblos nobles, que salvo mínimas disidencias, mantenían lazos firmes con la fe lunar, colaborando con franca entrega, como era costumbre. Así como la guerra, cual sombra, iba disipándose, la vida retomaba su curso: los guardianes volvían a vigilar los caminos, los sacerdotes a impartir sus homilías, y el comercio a respirar por las arterias de las ciudades.

Cada quien obró según dictó su conciencia. Ella no hallaba razón para juzgar más allá de ciertos actos que no podrían ser absueltos. Algunas cosas podrían ser pasadas por alto en aras del bien común, sí, pero nunca se perdonaría a quienes alzaron insepultos contra sus propios hermanos. Lo único que verdaderamente lamentaba era no haber estado al lado de los suyos en el sur, pero las órdenes eran ordenes, y ella, como siempre, había seguido la palabra de la Pontífice, aunque ciertamente esta vez fue a regañadientes. Algunos hablaban de derrota, más lo acaecido no lo fue por no tomar Crimmor —pues en verdad, nadie en el Norte codiciaba tal cosa—, sino por no ver caer a la Dragona Azul.

Y sin embargo, incluso en eso hallaron victoria. La traición del Rojo selló su propio destino, y tanto él como ella se alejaron del campo heridos de muerte. Y en lo más profundo de su alma, eso bastaba. El verdadero propósito estaba cumplido: expulsar a la tirana de Amn. Si con ella se desvanecía también la amenaza del traidor, podía considerarse una bendición. Pero aún la perseguía aquella mirada escarlata, el último aliento de la bestia herida cuando abordaban las embarcaciones, y su voz, profunda como una grieta en la tierra, resonando en su mente.

Recordaba las palabras susurradas bajo la apariencia de Sanrynthalys, en aquella ilusión del templo derruido. Recordaba el ofrecimiento, aquel obsequio velado, y cómo, al conocer su verdadera naturaleza, lo aceptó con gratitud aun sabiendo que venía de una criatura deleznable. Sabía que sería necesario... y pronto.

Mientras tanto, la capilla en el Bosque de Alandor se alzaba día tras día, como el alba tras la noche. Pasaba largas horas contemplando el trabajo de los fieles, viendo madera sobre madera, piedra sobre piedra, erigirse en honor a la Luna. Era, sí, una obra de la Iglesia, pero también algo más íntimo, un gesto que reconocía sus años de servicio. Un presente del capítulo, y uno que hacía brotar su sonrisa a menudo.

Recordaba con ternura los días de su llegada a Amn: una joven de fe inquebrantable, esperanzas brillantes como luceros. Siete años habían pasado, y aunque el mundo apenas había mudado su piel, ella... ya no era la misma. Comprendía ahora a Selise, sus preocupaciones, su celo protector. Recordaba cómo aquella mujer de cabellos del color del zafiro había velado por ella, le había enseñado a moverse entre la maquinaria sagrada y las sombras diplomáticas. Incluso cómo tratar con entidades de naturaleza más... delicada.

Y ahora, el peso de aquel rol materno caía sobre sus hombros. A veces por desacuerdos, otras por palabras lanzadas con la pasión de la juventud. Mas las reconciliaciones eran pan de cada día, como lo son en toda familia verdadera. Al fin y al cabo, con ocho hermanos, sabía bien que hasta por un mendrugo de pan podían encenderse guerras de carcajadas y rabietas. Rezos a Selûne llenaban su hogar natal, pero también Garagos, por vía de su padre —un mercenario que no temió a la muerte hasta que abrazó a su descendencia por primera vez—, tenía su lugar en los murmullos de fe. Aquel dios había velado por los suyos en la Columna del Mundo durante generaciones. Y aun así, era ahora la luz plateada de su madre la que guiaba su senda.

Sus pensamientos se vieron quebrados por el sonoro golpe de un mazo, seguido del grito de un trabajador que clamaba por más mármol para el interior de la capilla. La interrupción, lejos de molestarla, avivó de nuevo su sonrisa. Apoyó el mentón en su mano, el codo sobre la rodilla, y una vez más, se dejó llevar por las aguas calmas de su divagar.



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Sariel

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Cayeron. Cayeron a la más honda oscuridad, sepultados por aquellas arenas. La sacerdotisa sintió primero la presión del mundo sobre sus pies; alrededor, sus compañeros forcejeaban como marionetas contra un destino que olía a muerte. Ella, sin ver más que la tierra que la engullía, puso la fe por delante y se dejó llevar. La tierra los tragó y, cuando por fin volvieron a abrir los ojos, estaban en un lugar indescifrable: una torre que parecía guarida de un arcano poderoso. Guardas mágicos enfilaban los corredores, y arcos y portales extraños chisporroteaban con luz que Sariel no alcanzaba a comprender.

Se sacudió la arena de la cota y alzó la vista. Comprobó, con un escudriño rápido y sereno, que todos continuaban de pie: Gwenaelle, Kriell, Kastan; el par de esmeraldas, Radix y Enma; y el trío de elfas que las acompañaba. Todos, al menos a simple vista, parecían a salvo. Soltó un suspiro que fue más breve que una plegaria.

Lo que siguió fue una prueba por la supervivencia: trampas urdidas con la malicia de una mente retorcida. Una cámara pretendió ahogarlos; otra vomitó un gas que nubló la vista y embotó la razón. Por doquier, engendros y artificios destinados a quebrar carne y voluntad.

Pero lo peor no fueron las trampas, sino quienes las pertrecharon. Al verlos, el corazón de la sacerdotisa dio un vuelco. Su rostro, hasta entonces paciente, se endureció; si quedaba en él un ápice de piedad, aquel se evaporó. Eran seguidores de la Pérfida, la traidora; habían intentado matar no solo a sus compañeros, sino a sus hermanos. No habría clemencia aquella noche -no de su mano-; si alguien debía perdonarlos, sería Selûne, no ella.

Se sucedieron varios encuentros con la secta. Avanzar fue cuesta arriba: aquellos no eran cualquier bandada de fanáticos. Entre sus filas había clérigos que blandían poderes que Sariel apenas conocía; y eso volvió la contienda más áspera. Bajo lluvias de ácido, truenos y relámpagos, el grupo fue abriéndose paso. Fatigados, llegaron por fin a una sala con una inmensa piscina negra; la oscuridad parecía beberse la estancia. Un jadeo interior empujó a Sariel a querer ofrecer una segunda oportunidad, a parlamentar como su diosa mandaría, mas sabía que no siempre era posible.

Quien parecía mandarlos -un sacerdote ceñido en pesada armadura, que presidía un altar consagrado a la Pérfida- alzó la vista y recorrió con desprecio al grupo antes de vociferar improperios a su propia gente:

-¡Inútiles! ¿Cómo podéis seguir vivos? ¡Tendré que hacerlo yo mismo!

Los pasos y los golpes se multiplicaban desde varios flancos. El sacerdote desenfundó una enorme maza y la señaló hacia Sariel con un ademán de certeza:

-A esa la mataré yo.

Sariel inclinó apenas la cabeza y, en voz baja, como quien invoca a la luna misma, murmuró:

-Selûne, llena de tu gracia a tu hija; guía mi espada. Hoy más que nunca debo ser avatar de tu poder.

En un parpadeo la refriega comenzó en serio. El grupo, desplegado y acorralado, frenó a tantos adversarios que Sariel perdió la cuenta. Cada cual cumplía su papel: Radix segaba desde lo alto de su hipogrifo acompañado por la paladina de la diosa felina, Enma; Kriell sostenía la moral de los suyos y socavaba la de los rivales; Kastan alzaba su enorme escudo para proteger a la joven Nyvara, quien sufría la crudeza de su primera gran prueba; Aelindar, curtida y estoica, resistía con el valor que su corazón le prestaba; Dainn y Ewann llovían virotes, danzando de un escondite a otro; y Gwenaelle mantenía en alto sus plegarias, secundadas por Sylwen para que nadie cayera con heridas de muerte.

Sariel, entera en el combate, midió al sacerdote. Infundida por los dones que le confirió Selûne, se volvió rival digno: acero contra acero, escudo contra escudo. Las hojas se mellaron y el ruido del choque de metal competía con el fragor de la batalla. Finalmente, una estocada certera alcanzó el vientre del hombre. Sariel lo miró unos instantes, y la lástima -pura, amarga- le rozó el pecho. ¿Merecía la pena? ¿Valía seguir a Shar tanto para acabar así: devorado por el odio, por el placer de matar, por la pena?

Respiró hondo. Con un movimiento breve y preciso, extrajo la hoja del cuerpo herido y, para abreviar el suplicio, le sesgó la cabeza. El torso cayó y la cabeza rodó, embistiéndose contra la superficie de la poza negra hasta hundirse, como si la misma deidad a la que servían reclamara aquella alma por derecho.

Un resplandor inundó el cuerpo de Sariel. La luz se posó en su sien como una corona tenue. Alzó los ojos para comprobar que sus compañeros seguían en pie, y, absorta, siguió aquella luminiscencia que la guiaba hacia un banco de piedra. Allí, bajo la losa, había una caja. La abrió con manos que ya no temblaban. Dentro reposaba la hoja más pura y bella que sus ojos hubieran contemplado: un acero que prometía cortar la sombra con la misma facilidad con que una estrella raja la noche.

Al tocarla, Sariel se iluminó por dentro; la hoja cantó una nota clara en su sangre. Pero, insegura, comprendió que no era aún tiempo para deleites ni para contemplaciones. El templo crujía y se venía abajo; la misión por la que habían venido aún no terminaba; su cometido materializado en aquel lugar había sido cumplido, sí, mas la huida era inminente. Con gesto decidido devolvió la hoja a la caja que cargó con ella: no era momento de atesorar ni de reclamar trofeos. Había que abandonar el lugar antes de que la torre, y todo lo que contenía, consumiera a los suyos.

Y así, con la oscuridad todavía oliendo a peligro y la promesa de la luna colgada en el recuerdo, Sariel reunió a los suyos. No habría indulgencia para la secta aquella noche; pero la clemencia, la última palabra, quedaba para Selûne.

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Offtopic :
Muchísimas gracias a @DM Caotica y a todos los que me habeis soportado tanto tiempo, para bien y para mal, la escena estuvo genial incluso con contratiempos que se escaparon a las manos de todos y el final tanto del malo maloso, como con cierto bichejo, fue genial.
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Sariel

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Cuando Todo se Quiebra

Caminaba sin rumbo por los pasillos del templo, sintiendo que cada paso la alejaba más de sí misma. Las palabras de Gwenaelle no dejaban de resonar: su sacrificio, su calma, la convicción con que aceptaba la muerte como precio, la había visto antes, la había visto... en si misma, pero verla en ella la provocaba un dolor insoportable. Era una certeza que le había perforado el alma, y sin embargo, no podía obligarla a cambiar. La libertad era un don sagrado… y al mismo tiempo, la condena más cruel. Recordaba sus propias súplicas, la voz rota, el temblor de sus manos al intentar retenerla. Pero Gwen la había mirado con esa serenidad imposible, y en ese contraste descubrió lo terrible: mientras ella se sentía hecha ruinas, Gwenaelle parecía inquebrantable.

El dolor de imaginar un mundo sin ella era insoportable: noches vacías, mañanas sin risa, batallas en soledad. Cada imagen era un filo que se clavaba más hondo. Y sin embargo, en medio de la devastación, una idea comenzó a abrirse paso: ¿y si no era tan definitivo? Gwenaelle hablaba como si todo estuviera escrito, pero los destinos nunca eran tan simples. Sariel conocía las grietas que podía tener un profecía, las medias verdades de los ritos, los secretos escondidos en la sombra. Quizá el precio no era exactamente el que todos asumían. Esa posibilidad era mínima, pero suficiente para sostenerla de pie.

Se apoyó en una columna, buscando aire, y en la penumbra cerró los ojos. Por un momento la oscuridad que le ofrecieron sus parpados pareció darle algo de paz, no quería abrir los ojos, hacerlo suponía enfrentarsea a la realidad de nuevo "Quizá esto solo sea un mal sueño, no puede ser que esto ocurra ahora, despues de haber peleado por tanto, despues de haber sufrido tanto, despues de haberlo dado todo durante meses, años.", pensó. Tal vez también esperaba, que aquel silencio la diese una idea, que alguien la hablase, que alguien, fuese quien fuese, encontrase otra solución.

El dolor seguía ahí, aplastante, y con él la tentación de odiar: odiar a los dioses por pedir tanto, odiar a Gwenaëlle por aceptar tan rápido. Pero no podía. El amor siempre vencía a la rabia, y lo único que quedaba era llorar en silencio. Alzó la vista hacia una vidriera rota por donde la luna entraba en un rayo plateado, abriendo finalmente los ojos. “Si escuchas, Selûne… muéstrame un camino, guía a tus hijas, no puedo entenderte, no puedo creer que quieras dejar partir así a una de tus más leales siervas, no puedo creer que quieras que otra de ellas sufra de esta manera, dame una respuesta, por favor...”, susurró. No pedía anular el sacrificio, solo que no exigiera la vida de quien era su mundo. La luna, pensó, nunca muestra todo de una vez; siempre guarda secretos en su rostro oculto. Quizá ahí estaba la respuesta.

Con esa plegaria no llegó alivio, solo un peso distinto en el corazón. Sariel comprendió que no aceptaría el final en silencio, pero tampoco halló fuerza para creer que pudiera cambiarlo. No arrebataría a Gwenaelle su libertad, aunque quisiera gritar, encadenarla al mundo y romper el destino con sus propias manos. Apenas podía prometerse que lo intentaría, sabiendo que sería inútil. Podía arrastrarse entre libros polvorientos, suplicar a dioses mudos o perseguir rumores en las sombras, pero si los sabios y poderosos nunca habían hallado una salida, ¿qué podía esperar ella? El tiempo se desmoronaba como arena entre sus dedos, y cada segundo solo confirmaba lo inevitable. Era un intento condenado, y lo sentía en lo más profundo de sus huesos. No porque creyera que la salvaría, sino porque no sabía cómo seguir respirando si no lo intentaba.

En esa contradicción ya no había sostén alguno: no quedaba esperanza, solo un hueco inmenso que se disfrazaba de ella para seguir atormentándola. Se sentía rota, despedazada hasta un punto en que ya no reconocía su propio rostro interior. El sacrificio se alzaba ante ella como una muralla inevitable, y aquel espejismo de salvación era solo una herida más, un recordatorio cruel de lo que nunca tendría. Bajo la luz fría e inmisericorde de la luna aquella noche comprendió, con un dolor punzante, que quizá todo acabaría con la muerte de quien más queria y con el derrumbe de todo lo que ella era. Lo supo con la certeza amarga de quien mira un abismo que no tiene fondo.

Sin embargo, seguía en pie, Se sostenía únicamente porque su cuerpo aún respiraba, porque las lágrimas que le caían eran la última prueba de que todavía estaba allí. No había milagros en su horizonte, ni promesas, ni siquiera una plegaria verdadera: solo un acto reflejo de seguir caminando mientras se deshacía por dentro, con la esperanza de que quizá aquella visión que hubo en el azur fuego de Selûne, fuese solo una opción de tantas.

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Lágrimas de Plata



Cuando fue convocada al templo, las salas se hallaban envueltas en un silencio sepulcral. El eco de sus pasos resonaba con inusitada fuerza por los mármoles del pasillo, como si el mismo aire temiese quebrar la calma sagrada del lugar.

Sariel avanzó con paso solemne hasta internarse en la Capilla de los Salones, tan vasta y resplandeciente como siempre. Al fondo, la luz plateada de los ventanales bañaba la figura de su maestra. Una sonrisa se dibujó en su rostro y, sin pensarlo, apresuró el paso hasta llegar frente a ella.

Mas la Suma Sacerdotisa se volvió hacia ella con semblante severo, más de lo habitual, y aquello bastó para que la joven Iluskana mudase también su expresión. Algo malo presagiaba. Las palabras brotaron de su boca antes de poder detenerlas.

- ¿He hecho algo malo...?

La aasimar la contempló en silencio unos segundos. Su rostro, grave pero melancólico, denotaba un peso en el alma. Finalmente, habló con voz firme y serena.

- Sariel Shade, escucha mis palabras con la mente abierta y el corazón dispuesto. ¿Sabes por qué te he llamado?


Sariel negó lentamente, apretando los labios. Nunca había visto a su maestra tan seria con ella.

- He observado tus actos con paciencia -prosiguió la aasimar-, esperando que el tiempo, la madurez y la reflexión corrigieran tus errores... pero desde arriba no me confieren más tiempo.

Siguió entonces una larga charla, donde la Suma Sacerdotisa recordó a la Iluskana sus faltas pasadas. Algunas graves, otras leves, y otras tantas fruto de diferentes maneras de entender el deber. Recalcó su modo de actuar, pues en ocasiones sus decisiones habían puesto en riesgo al propio clero.

- Lo que quiero que entiendas, Sariel -dijo la aasimar-, es que nuestra obligación es proteger a quienes no pueden defenderse, y solo después enfrentarnos al mal.

Sariel bajó la mirada. Su forma de pensar siempre había sido distinta: golpear a las sombras antes de que éstas hiriesen a los inocentes, prevenir antes que sanar.

- Tu impulso, Sariel, eclipsa tu juicio -continuó la Suma Sacerdotisa-, y tu conducta no puede ser ignorada. Dominante, impositiva... priorizas tu ambición sobre el bien común.

Cada palabra fue como un puñal hiriendo el corazón de la sacerdotisa. Las piernas le temblaron y por un momento creyó que caería al suelo.

- El verdadero servicio de Selûne no se mide por el poder que posees, Sariel. De ti depende la guía y la protección de muchos, de nuestra fe. Por ello, tu actuar ha quebrantado la confianza del clero, y por la autoridad que me confiere la Dama de la Luna, desde hoy te es revocado el título de Alta Sacerdotisa. Volverás a tus orígenes, guiarás a los fieles bajo un voto de humildad y aprenderás a escuchar antes que proclamar.

Sariel la miró en silencio, incapaz de pronunciar palabra. No porque su mente estuviese vacía, sino porque el torrente de pensamientos la ahogaba.

- Colaborarás antes de imponer -prosiguió la aasimar-. Tómalo como una prueba. Te seguimos sin dudar durante la Gran Guerra, poniéndonos de tu lado contra el gobierno de Amn. Pero debemos seguir algo más grande que nuestras batallas personales, Sariel. Nosotros servimos a la fe, y no ella a nosotros. Es importante que retornes a tus raíces, hasta que vuelvas a demostrar tu valía.

El temperamento de la Iluskana brotó, quebrando el silencio.

- Nunca jamás he buscado dañar a nadie o a la fe. Cuando hablo, lo hago en nombre de mi capítulo. Pero si aun habiendo sangrado, luchado y estado dispuesta a morir por los nuestros no es suficiente... lo aceptaré.

La aasimar sostuvo su mirada, con la misma serenidad dolida.

- Es suficiente, Sariel. Todas sabemos perfectamente lo que habéis hecho, también lo bueno. Yo misma he luchado por tus virtudes mucho tiempo. Puedes seguir pensando que es un complot de cuantos te rodean, sin aceptar, ni ver, ni escuchar. Solo deseo que recapacites, que vuelvas a abrir los ojos y escuches la verdad... que te calmes.

Las palabras se clavaron más hondo que el acero. Sariel apenas pudo murmurar:

- N-No... no os he acusado de ningún complot, os he escuchado y acepto el juicio que habéis emitido. ¿Qué... ocurrirá con el capítulo?

- El capítulo es vuestra obra -respondió la Suma Sacerdotisa-. Os seguirán, porque es en ti en quien creen. Esa es vuestra virtud. Espero que sepáis usarla para guiarlos por buen camino. Rezaré por ti, Sariel. Puedes marchar.





La joven la miró unos segundos más, con los ojos vidriosos. Bajó la mirada, entre pena y vergüenza. La aasimar, aun severa, dejó ver el dolor en su rostro.

Entonces Sariel se dio la vuelta con un esfuerzo titánico. Sus pasos, vacilantes al principio, se tornaron en zancadas. No se marchaba... huía.
Nunca antes había huido así, ni ante dragones, ni demonios, ni muertos sin reposo. Jamás había sentido tanto miedo.

Corrió por los pasillos hasta su habitación, cerró la puerta y se dejó caer contra ella, hundiéndose en el suelo.

Allí, lloró con el alma, como una niña reprendida por su madre. Se frotaba los ojos con torpeza, los sollozos la ahogaban, los mocos le corrían por la nariz. Temblaba, hipaba, y entre balbuceos, sus pensamientos giraban una y otra vez:

"¿De verdad lo he hecho tan mal? ¿De verdad no soy suficiente? ¿De verdad esto me ayudará...?"

Pasaron horas, días quizá. No comió ni bebió. Permaneció oculta bajo las sábanas, como una adolescente que ha perdido su primer amor.

Hasta que, encogida sobre sí misma, fijó la vista en la pared. Allí pendía el collar de su padre, una rueda catalina con cinco brazos que sostenían cinco espadas.
Lo tomó con manos temblorosas y lo contempló largo rato. Recordó la herrería, las risas, las horas entrenando con la cimitarra.
Pero pronto una imagen se impuso a todas: su padre, luchando contra un grupo de bandidos, segando vidas con furia hasta caer mortalmente herido.

Corrió hacia él, siendo ahora apenas una niña de once años. Intentó mover su cuerpo, y al lograr voltearlo, un grito heló su garganta: no era su padre quien yacía allí, sino ella misma.

La visión habló con voz hueca:

- Esto es lo que eres, Sariel Shade: muerte y sangre, perdición para tus enemigos, perdición para tu propia gente, la Luna Sangrienta.

Sariel lloró desconsolada, hasta que un par de brazos cubiertos con telas blancas la rodearon con ternura.




- Sssh, shh... mi niña, mi dulce, dulce niña... mi pequeña Sariel...

La niña alzó la vista. No podía ver el rostro de la mujer, pero su silueta irradiaba una luz serena, no solo sus palabras la reconfortaban, su propia presencia llenaba de paz su corazón.

- ¿M-Mamá...?

La figura la estrechó con suavidad.

- Tengo miedo, mamá. ¿Me convertiré en algo así? -dijo, mirando de reojo el cadáver que mostraba el propio rostro de la sacerdotisa ensangrentado.

- ¿Crees que eres así? -respondió la mujer-. Tú, mejor que nadie, sabes que la Dama de Plata nos da libertad, nos deja aprender, nos deja cambiar. ¿Cuándo aceptaste tanto la violencia? ¿Tanto te ha consumido la guerra?

Sariel sollozó.

- L-Lo sé... nunca he querido ser así, pero la muerte de Erin, la ida de Zilvra, yo solo quería defenderlos, protegerlos a todos. Necesitaba ser alguien en quien pudiesen apoyarse...

La mujer sonrió, dulce y comprensiva.

- Mi dulce Sariel, ya has hecho cuanto debías. Han crecido, como tú lo has hecho. Si necesitan acudir a ti, lo harán cuando llegue el momento.

- ¿Mamá... realmente eres tú...?, hace tanto que no te veo...

La figura la abrazó una última vez y sin confirmar ni desmentir, susurró en su oído:

- Siempre serás mi hija, Sariel.

Entonces, la sacerdotisa despertó sobresaltada en su cama. El hambre y la sed la consumían, y una jaqueca punzante le nublaba el juicio. ¿Había sido un sueño, o una visión? No importaba.
Por algún motivo, le había devuelto la paz.

Se incorporó con esfuerzo y se colocó la armadura. Antes de partir, posó la mirada sobre la mesilla. Allí descansaban dos colgantes: la rueda catalina y los ojos rodeados por siete estrellas.

Los observó unos instantes y sonrió.

- Gracias...

Tomó el símbolo de la Dama de Plata, lo besó con ternura y lo colgó de su cuello. Luego, abrió el cajón y dejó en él la rueda catalina.

- Gracias por todo lo que me enseñaste, padre... pero ese no es mi camino.

Giró sobre sus talones, acomodó la capa y salió. Si debía aprender de nuevo, lo haría.

Ya no era la Luna Sangrienta, sino lo que siempre había sido:

Sariel, sacerdotisa al servicio de Selûne, al servicio de la Iglesia, al servicio de los desamparados y los necesitados. La puerta se cerro con un sonido hueco, como si la propia madera al crujir, estuviese cerrando un capítulo de su vida.


Offtopic :
Gracias a @DM Kapillo por la escenilla. Aunque breve, fue agradable y me ha servido para poder dar un enfoque al personaje que llevaba tiempo buscando poder darle.
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Fuego y calma


Estaba sentada en el distrito del puerto, en una de sus plazas principales. Observaba el ir y venir de la gente, los mercaderes que voceaban sus productos y los transeúntes que apresuraban el paso con el rumor del mar como fondo. Decían que era un barrio peligroso, y no les faltaba razón; pero en el fondo seguía siendo eso, un barrio. Un trozo de ciudad que aún respiraba humanidad.

El olor a pan recién horneado embriagaba el ambiente, y los gritos de los niños llenaban la plaza mientras una pelota rebotaba de un lado a otro. El juego parecía simple, hasta que la pelota golpeó un frasco colocado sobre una piedra, que al caer sonó con un claro “PLONK”.
Las quejas del equipo perdedor se alzaron en coro, mientras los vítores del grupo vencedor cubrían sus protestas con júbilo desbordante.

La sacerdotisa observaba en silencio. Había dejado atrás la armadura y ahora permanecía allí, bajo una túnica blanca —o más bien grisácea por el polvo del camino—, encapuchada, con el colgante de la Dama de Plata colgando suavemente sobre su pecho.
Sus ojos seguían la pequeña trifulca que se había formado entre los niños, y entre ellos destacó una jovencita: fina, no muy alta, pero con una convicción que haría temblar al más valiente de los guerreros.

A su lado, un muchacho más tímido la acompañaba. Sus manos, entrelazadas nerviosamente, delataban un carácter sumiso y temeroso. Caminaba tras la joven, que con paso firme se encaró al grupo vencedor.

—¡Eso es trampa! ¡Sois más y mayores que nosotros! ¡Abusones! —exclamó la niña, con la frente alta y los ojos encendidos.

El grupo contrario, visiblemente mayor, se volvió hacia ella. El más grande, un tal Tom, dio un paso al frente con aire de superioridad.

—¿Algún problema, Sofía? —dijo con una mueca burlona—. ¡Sois vosotros los que habéis venido a jugar en nuestra plaza! Aceptad las consecuencias.

La niña, con fuego en la mirada, le dio un empujón. Tom retrocedió apenas un paso; la diferencia de tamaño no permitía más.

—¡Eres un imbécil, Tom! ¡Solo te enfrentas a nosotros porque somos más pequeños!

Tom no dudó. Parecía acostumbrado a los conflictos, y de un derechazo derribó a la niña. Sofía cayó al suelo, pero lejos de amedrentarse, lo miró con furia. Una de sus manos se llevó a la mejilla golpeada, y sus ojos —más severos de lo que Sariel había visto en mucho tiempo— brillaban con rabia contenida.

—¡E-eres un…! —comenzó, lanzando un torrente de improperios mientras se abalanzaba sobre el muchacho.

La sacerdotisa tuvo el impulso de levantarse, pero se contuvo. Observó. La niña golpeaba con torpeza, una y otra vez, aunque sus golpes poco efecto tenían. Tom, cansado del asunto, le dio un fuerte empujón que la hizo caer de espaldas, varios pasos atrás. Sofía rompió en llanto, impotente, mientras el grupo se reía y se alejaba, con Tom a la cabeza.

El niño tímido, Caleb, se acercó enseguida y trató de ayudarla a levantarse, pero Sofía le apartó la mano con brusquedad.

—¡Esto es tu culpa, Caleb! —sollozó—. Eres un cobarde, siempre tengo que defenderte de todo y de todos.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras intentaba mostrarse fuerte. Herida en el cuerpo… y en el orgullo. Caleb, sin saber qué decir, apenas murmuró un “Lo siento” antes de alejarse, cabizbajo.

Sariel la observó durante un largo instante. La niña seguía en el suelo, maldiciendo su debilidad, su impotencia, su incapacidad para cambiar las cosas. Fue entonces cuando algo se quebró en el corazón de la sacerdotisa. Se puso en pie, caminó hacia ella y se arrodilló a su lado, tendiéndole la mano con una sonrisa tenue.

—Lo he visto todo, pequeña. Has sido muy valiente.

Sofía alzó la vista. Sus ojos se abrieron ligeramente al ver a la mujer de cabellos níveos, pero enseguida se sonrojó y apartó la mirada, sin tomar la mano que le ofrecían.

—Y no has hecho nada mientras veías cómo abusaban de nosotros.

Sariel se sentó a su lado, abrazando sus piernas en un gesto sencillo, casi melancólico.

—Lo siento —respondió con voz suave—. Pensé que si lo hacía, te habrías molestado. Eres toda una guerrera, me recuerdas a alguien, pero, si me lo permites, quisiera darte un consejo.

Sofía bufó como un gato y dio una patadita a una piedra cercana.

—Claro, mientras no me quieras cobrar por ello.

La encapuchada rió con suavidad.

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—Lástima… pensaba sacar unas monedas —dijo, divertida, antes de volver a mirarla con serenidad—. Como te decía, me recuerdas a alguien cercano: valiente, impetuosa, con fuego en los ojos… deseando hacer lo que es justo, proteger al indefenso. Pero dime, ¿te diste cuenta de que, en tu fervor, lo heriste?

Sofía bajó la mirada, sorprendida y dolida a la vez. En el fondo, sabía que había algo de verdad en aquellas palabras.

—Yo… lo hago por su bien. Si no madura, si no se hace más fuerte, abusarán de él… y no quiero que le pase nada malo. —Sus lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas una vez más.

Sariel apoyó una mano cálida en su hombro.

—A veces creemos hacer lo correcto, pero si lo hacemos sin escuchar, sin entender qué quieren los demás, corremos el riesgo de herirlos, incluso cuando nuestro corazón solo desea protegerlos.

Sofía resopló, con el ceño fruncido.

—Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?

Sariel la miró con calma. La brisa del puerto agitó el borde de su túnica, dejando ver un reflejo de plata en su cabello.

—A veces creemos que el mundo se sostiene porque lo empujamos —dijo en voz baja—. Pero el mundo sigue girando, aun cuando no estemos para detenerlo. No es nuestro deber librar todas las batallas.

—¿Entonces debo quedarme mirando? ¿Dejar que sigan burlándose de Caleb, que le peguen, que le digan cosas horribles? ¡No puedo! —replicó Sofía, con la rabia entremezclada con el llanto.

Sariel suspiró, sonriendo con una dulzura triste.

—No hablo de quedarte mirando. Hablo de saber cuándo mirar… y cuándo actuar. Hay una gran diferencia entre la valentía y la temeridad, Sofía. La primera cambia el mundo; la segunda solo lo hiere más.

La niña apretó los puños.

—Pero si no hago nada, me siento cobarde.

—El miedo no siempre es cobardía —respondió Sariel, serena—. A veces el miedo es la voz que te recuerda que aún tienes algo que perder. Que hay otras formas de luchar, no siempre con los puños, ni con la ira.

Sofía la miró con cierta desconfianza, aunque en sus ojos ya se asomaba la curiosidad.

—Hablas como si lo supieras por experiencia.


Sariel bajó la vista y sonrió con melancolía.

—Lo sé… porque una vez creí que podía salvar a todos con la fuerza de mi fe y de mi espada. —Guardó silencio unos segundos—. Pero cada vez que lo hacía sin escuchar, alguien terminaba sufriendo. A veces mis enemigos… otras, los que más amaba.

El gesto de la niña se suavizó.

—¿Y ahora? ¿Ya no peleas?

—Claro que peleo —respondió Sariel—. Pero no contra todos. Peleo contra lo que me arrebata la calma, contra lo que me empuja a actuar sin pensar. —Tomó su colgante con los dedos—. Aprendí que incluso la luz puede cegar, si brilla demasiado cerca de los ojos.

Sofía guardó silencio.

—Yo solo quería protegerlo… —susurró.

—Y lo hiciste —dijo Sariel—. Pero proteger no siempre significa interponerse. A veces significa enseñarle a levantarse solo, incluso si duele verlo caer.

Sofía alzó la vista, con lágrimas aún temblando en sus ojos.

—No sé si podré hacer eso.

Sariel le tendió la mano, con una sonrisa leve. Esta vez, la niña la tomó.

—No tienes que poder hoy —dijo la sacerdotisa, ayudándola a levantarse—. Solo recuerda que el poder no está en vencer, sino en elegir cuándo hacerlo.

Sofía se quedó de pie frente a ella, con el rostro aún enrojecido, la mirada perdida en algún punto del suelo. Durante un momento, ninguna habló. El viento del puerto arrastraba el olor del mar y el sonido distante de los astilleros, como si el mundo entero respirara entre ambas.

—¿Y si me equivoco? —preguntó al fin la niña, en un hilo de voz—. ¿Y si espero demasiado y ya es tarde?

Sariel la miró con ternura.

—Todos nos equivocamos, Sofía. La Dama de Plata enseña que incluso la luna se oscurece, pero nunca deja de volver a brillar. Errar no es perder; es aprender el camino de regreso a la luz.

La pequeña asintió lentamente, aunque aún con el ceño fruncido.

—Caleb no lo entenderá. Me dirá que no hice nada, que lo dejé solo.

—Tal vez —respondió Sariel—. Pero el tiempo pondrá en sus manos la oportunidad de demostrar que aprendió de ti. Si todo lo haces tú, ¿cuándo aprenderá él a valerse por sí mismo? La protección no debe ser una jaula, sino un escudo que se retira cuando el otro aprende a blandir el suyo.

Sofía la observó en silencio. En sus ojos había todavía rebeldía, pero también una chispa nueva: la comprensión que nace de las palabras que calan sin imponerse.

—Mi madre solía decir que el mundo no es justo —murmuró la niña—. Que si uno no lucha, se lo arrebatan todo.

Sariel sonrió, con esa tristeza serena que solo nace de la experiencia.

—El mundo no siempre es justo, es cierto. Pero eso no significa que debas convertirte en su reflejo. La justicia verdadera no nace del impulso… sino de la compasión. Y la compasión requiere paciencia, incluso con aquellos que no la merecen.

El silencio volvió a envolverlas. Un grupo de gaviotas sobrevoló la plaza, y el eco de sus graznidos se mezcló con la risa lejana de los niños que aún jugaban más allá, como si nada hubiese ocurrido. Sariel levantó la vista, y en su mirada se reflejó un resplandor plateado y grisaceo, tenue pero constante.

—Ven mañana al amanecer —dijo finalmente—. Si deseas, puedo enseñarte algo sobre la calma antes de la tormenta. Es una lección que yo tardé años en aprender, y quizá te ahorre más de una cicatriz.

Sofía la miró, sorprendida, y luego asintió con una timidez que no le era habitual.

—¿De verdad me enseñarías?

—Claro —respondió Sariel con una sonrisa suave—. Todos necesitamos a alguien que nos muestre el camino cuando la noche es demasiado larga.

La niña se alejó unos pasos, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Se volvió una última vez hacia Sariel, que aún la observaba, inmóvil, envuelta en la luz dorada del atardecer.
Por un instante, Sofía creyó ver algo en ella: no solo una mujer cansada, sino una llama tranquila, la promesa de que incluso las sombras pueden albergar esperanza.

Sariel la vio marcharse por una calle que ascendia lindando el mar, y cuando desapareció tras los puestos del mercado, cerró los ojos. El murmullo del puerto se hizo un canto lejano, y en su mente resonaron sus propias palabras.

“Elegir cuándo luchar…”

La sacerdotisa sonrió con cansancio. Tal vez, pensó, aquella niña había venido a recordarle una lección que ella misma aún necesitaba aprender.


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Maestra y amiga

La entrada al templo, se le hizo particularmente pesada. Atabiada con la túnica blanca que recubria su armadura, le costo especialmente dar los primeros pasos hacia la zona de la inmensa capilla, Atkhatla se había convertido en su hogar, aunque el frío del norte siguiese corriendo por sus venas, pero la prueba que tenía ante ella, estaba siendo más compleja de lo que pensaba, era... cambiar su forma de ver las cosas, tarea nada fácil para nadie que hubiese obrado años así, pero en contraparte, estaba viendo cierto encanto en la calma y la comprensión que ofrecia a algunos, no tardo mucho tiempo en sentir que alguna que otra vez, esas palabras de sosiego habian sido utiles a algunas personas, sobretodo a aquellas más aquejadas por la vida, que desde que frecuentaba el puerto, era quienes más observaba y cuidaba.

Uno, dos, tres... los pasos de7561a143-b5b1-4bc6-9199-e7dc24c7800e.png la sacerdotisa la hicieron sumergirse en la profundidad del templo hasta poco a poco terminar delante del enorme altar. Ya no recordaba cuantas homilias, ascensos, cuantos de sus hermanos había consagrado allí, cuantos de ellos pudieron llegar a morir por alguna de sus decisiones, o simplemente cuantos de ellos lo hicieron.

Cerro los ojos y suspiro, ese pensamiento llevaba robandole el sueño días y era incapaz de sacarselo de la cabeza, como diariamente hacia en su cuarto, hincó la rodilla en el suelo, pero esta vez no fue en su cuarto, si no ante aquel altar ante el que tanto había vivido, ante la atenta mirada de su diosa, junto sus manos y miro un instante hacia atrás, era tarde y la capilla parecia vacia, así, comenzo a pronunciarse, cerrando los parpados hasta quedar en una completa oscuridad y silencio.

- Dama de Plata, espero estar obrando correctamente. Espero que mi decisión de optar por la calma, nunca ponga en peligro la vida de mis hermanos. Pero sobretodo, espero que hacerlo, no me haga fallarte a ti. He vivido, vivo y viviré para servirte, en la vida y en la muerte, hasta que decidas que llegado el día mi alma acuda a tu lado...

El chirrido tenue de la puerta del templo se deslizó por la nave, rompiendo por un instante la quietud. La figura que cruzó el umbral no buscó ocultarse; sus pasos, firmes pero tranquilos, resonaron entre los bancos. Un leve crujido de madera acompañó el momento en que se sentó, y un olor fresco a cítrico empezó a mezclarse con el incienso.

La sacerdotisa no abrió los ojos. Su respiración se mantuvo constante, su plegaria inquebrantable, como si la presencia ajena no perturbara el vínculo entre su voz y su fe. Continuó, sin titubeos:

- Si esta en tu hacer, concedeme la oportunidad de redimirme si así consideras que debe ser, pues solo ante tus ojos es ante quien debo mostrarme servil y entregada, dejame servirte, si no es con acero, con palabra, pero no me quites lo único para lo que he nacido, lo único que se hacer, ser un instrumento de tu voluntad. Quienes me llaman fanática, no entienden mis motivaciones, mis vivencias, lo que siento, pero se que algún día sabrán que cuanto obre, fue solo pensando en el futuro de todos, de los que estan, de los que vendrán.

Un mordisco sonó en la penumbra, seco y claro, seguido del aroma aún más intenso de la fruta. El intruso permaneció en silencio, observando. La sacerdotisa, ajena o consciente, mantuvo su postura, su voz baja pero firme, terminando su oración con la misma serenidad con que la había comenzado.

Cuando por fin calló, el silencio se adueñó de nuevo del lugar, pesado y reverente, solo interrumpido por el suave crujido del banco y el perfume cítrico que, por alguna razón, ya no le resultaba una intrusión, sino una respuesta.

Al terminar la oración, Sariel se puso en pie; solo aquel olor ya la había hecho reconocer la presencia de aquella a la que tantos años había llamado maestra. Viró sobre sus talones y la observó unos segundos y se sento a su lado.

- Lamento haberte molestado.

La aasimar extendió su diestra, ofreciéndole a la peliblanca un gajo de limón.

- No lo hacéis. Este templo es de todas, y es común venir en busca de guía, Sariel.

Captura de pantalla 2025-11-01 180924.pngSariel miró el gajo, arrugando la naricilla ante la costumbre de Selise, pero finalmente hizo un ejercicio de voluntad para acercarse, tomarlo y llevárselo a la boca.

- Lo es, pero ha sido mucho tiempo de... problemas, incluso sin poder guarecernos en estos muros.

La aasimar se llevó otro gajo de limón a la boca, masticándolo de forma impasible y calmada.

- Sí... hacía tiempo que no tomaba la maza para repartir humildad entre no-muertos y siervos del mal...

Sariel terminó de tragar el limón, luchando contra sí misma para no agriar el rostro, y un pequeño escalofrío recorrió su espalda.

- Es normal. A fin de cuentas, optaste por hacer algo que yo no he podido hacer. El trabajo aquí es tan importante como el trabajo de campo; por ello eres lo que eres.

Selise ladeó el rostro, observando a la humana con aquellos dorados ojos. El halo que resplandecía sobre su cabeza titilaba suavemente.

- Yo lo era antes de asentarme en la capital, pero los caminos que tomamos son distintos, aunque el fin sea el mismo. Te he estado escuchando.

Sariel se sonrojó; era consciente de ello, pero intentó no hablar para pasar desapercibida sobre ese tema.

- Selûne no abandona, aunque no la veáis como la luna cuando se oculta. Cada fase es un recordatorio y, aunque menguamos por momentos, seguimos siendo parte del mismo cielo. Que conserves tus dones es prueba más que suficiente de que todavía tienes su favor, no habéis perdido nada. Ten presente nuestro dogma y tómalo con la interpretación que consideréis, como habéis estado haciendo. Pese al tiempo que lleve cada ciclo, la luna siempre vuelve, recuérdalo.

Sariel la miró a los ojos, asintiendo.

- Admito que no puedo evitar sentir que soy un fracaso: como compañera, como combatiente… y lo peor, como sacerdotisa. Ha sido un golpe duro, negarlo sería mentirme a mí misma. Pero no tengo mayor pretensión que ser para los míos lo que tú eres ahora para mí: un modelo a seguir. Selise, espero que el tiempo me lleve a ello. Me conformaría con solo poder cuidar de los míos y verlos crecer.

Con un gesto relativamente rápido, robó un gajo de limón a la aasimar, poniéndose en pie.

- Agradezco que hayas sacado tiempo para charlar conmigo. Sé que no es lo habitual, y a veces los pequeños detalles llenan el corazón más ensombrecido. Me lo recordaré a mí misma.

La aasimar sonrió levemente hacia la humana.

- Soy guía de nuestra fe; es comprensible que me preocupe por cada una que entre al templo perdida... y te equivocas al pensar que has fracasado. Lo que ves como una caída, Selûne lo ve como parte del ciclo. Como la luna, a veces menguando, pero renaciendo con más fuerza. Tienes más devoción que nadie en este templo, Sariel; así que si dudas, mírate en el agua bajo la luz de la luna. Verás que tu reflejo no distingue entre esas cosas, solo ve una hija de Selûne.

Selise se levantó tras terminar la fruta, y Sariel asintió hacia ella.

- Meditaré sobre ello. Gracias, Selise, como siempre. -Colocó brevemente una mano en el hombro de su maestra y echó a andar hacia la salida-. Descansa, no te robo más tiempo.

La aasimar, de pronto, soltó una carcajada y espetó:

- Eso, ve a hacer algo antes de que te cague a piñas.

Sariel solo pudo parpadear, suspirar y pensar:

- Diosa, no cambiará nunca...

Y así, abandonó el templo aquel día, con más en qué pensar... y un baño que darse.


Offtopic :
A quien haya sido, gracias por la interacción, fue muy divertido y significo bastante para mi el detalle.

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Sariel

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La sacerdotisa contemplaba el fuego con calma, un libro entre sus piernas y la luz del fuego alumbrando el papel, así comenzo a leer el pequeño diário que acababa de escribir.
Nunca olvidaré el color del cielo aquel día.

Un horizonte sin sol, teñido de ceniza ardiente y humo sulfuroso. Gehenna... el plano donde hasta la esperanza arde lenta, convertida en polvo.

Habíamos descendido allí por una sola razón: salvar a Sasha, la pequeña hin que, tiempo atrás, había sellado su destino para salvar el nuestro. Su pacto diabólico la había condenado, y ni la Orden del Guantelete ni el capítulo podían permitir que el alma de una justa quedase prisionera de los fuegos del abismo.

Éramos pocos.

Gwenaelle, Arianne, Calendil, Valerio, Dick, Ewan, Lana, Baldrak y la propia Sasha, además de mi misma, Sariel, clériga de la Luna, que había jurado no volver a desatar la furia divina desde la guerra contra la Reina de la Oscuridad si no era completamente necesario. Pero las promesas, como las estrellas, a veces deben arder para alumbrar el camino.

Avanzamos por el plano durante tanto tiempo que no podría decir cuanto estuvimos allí. Solo el crepitar de la roca viva bajo nuestros pies y el rugido de ríos de magma acompañaban nuestras pisadas.

Los primeros enemigos fueron criaturas que no se reconocer, pero si describir, deformes, gordos, pequeños. La batalla fue breve, el grupo no era algo fácil de ignorar.

Pero el Gehenna no se rinde.

Las hordas llegaron una tras otra: Erinias aladas, osyluths, nalfeshnees que reían con voces de trueno. A cada paso, más sangre, más cansancio, más fe. Hasta que vimos la luz…

En un pequeño valle, y en el centro, había un enorme cristal de almas, pulsando con millones de voces en pena. A su lado, una Rakshasa, ataviada en seda y fuego, custodiada por tres estatuas que irradiaban magia elemental. Una Shard de Selûne nos había pedido destruir aquel cristal, pues su mera existencia era un ancla de corrupción. Pero el campo de fuerza que lo protegía era impenetrable, sostenido por las tres estatuas: cada una empoderada por un elemento.

Nos dividimos.

La Orden junto al resto de aventureros tomarón posiciones cubriendo la retaguardia. Gwenaelle y yo, sin dudar, cubrimos la vanguardia, donde una nueva oleada se avecinaba. Fue entonces cuando lo sentí… La antigua llama que había guardado desde la guerra dentro de mí.

El aire se llenó de gritos infernales. El suelo temblaba bajo miles de pasos. Gwenaelle levantó su escudo, su voz fue un cántico de amor y guerra.

- Sariel, no los dejes pasar.
- No pienso hacerlo.

Por un instante, dudé. Desde la guerra del Fin del Todo, había temido usar el poder de la Dama. El precio de esos poderes parecia haberse tornado en una soledad autoimpuesta y en vacío que dejo el sentir que había fallado a los míos. Pero Gehenna no perdona la contención.

Cerré los ojos. Recé una última vez. Y desatédialbo1 (3).png la tormenta.

El cielo se abrió con un rugido. Rayos plateados cayeron en cascada, arrancando las alas de los demonios. Mi cuerpo temblaba mientras la energía divina atravesaba mis venas. El aire ardía.

Cada vez que un demonio caía, otro se levantaba, y Gwenaelle estaba siempre allí, cegando a los enemigos con la luz de Selûne, sanando mis heridas antes de que el fuego del abismo me consumiera, haciendo un papel tan importante o más que el mio.

Éramos furia y compasión entrelazadas. Ella, la llama del amor divino de la paciencia, aquello que yo debia aprender. Yo, la tormenta de justicia plateada. Juntas, un torbellino imparable. Su bastón al estar cerca de mi hoja, emitia un aura azulada que nos cubría a ambas, el acero de mi filo, relucia con una intensidad cegadora al estar con el bastón que era su alma gemela.

Mientras tanto, Arianne y Calendil, agotados y ensangrentados, apenas podían mantenerse en pie. Les recomendamos marcharse y de forma prudente, así lo hicieron, dieron lo mejor de ellas mismas, que no fue poco.
Finalmente, las tres estatuas cayeron. El campo de fuerza se quebró como cristal.
La Rakshasa, herida en su orgullo, lanzó un chillido que heló el alma. Se clavó las garras en el pecho, invocando un demonio colosal, una bestia del abismo puro, compuesta de la carne de cuantos dialbos habíamos derribado ya.

El combate fue salvaje. El demonio derribaba a unos y otros con sus golpes. Gwenaelle y yo luchamos lado a lado, orando y atacando sin cesar. Cuando quiso darse cuenta, Sariel vio el cuerpo de Valerio inerte, algo se removio dentro de ella, otra vez no. Fuego, magia, poder, acero, todo confluyó para dar muerte a la criatura.

El monstruo se disolvió en fuego, y su muerte desató un portal oscuro. Una corriente de almas fue absorbida, y con horror vimos cómo Sasha gritaba, su cuerpo siendo devorado por la energía del cristal. El portal la consumió, junto con el alma de Valerio, intenté sujetarla. Sentí su mano entre la mía.

Y desapareció.

El portal no se cerraba, era una aspiradora del alma, un vórtice que nos llamaba, nos miramos entre todos: Gwenaelle, los soldados del Guantelete, los selunitas que quedaban, todos.
El miedo nos atenazaba… pero el deber pesaba más.

- Si entramos, quizás no volvamos -dijo Ewan con claras intenciones al principio de no entrar.
- Si no lo hacemos -respondí-, sus almas quedarán en el abismo para siempre.

Gwenaelle asintió.

-Entonces no hay elección.

Y nos internamos en aquel portal.

Y aparecimos en una enorme estepa, rodeados de diablos, cientos, miles. Y al fondo uno más grnade que todos, más poderoso, su piel hecha de magma y sombras: el Diablo de la Sima que había pactado con Sasha. Su voz era el rugido de un volcán.

diablo 2.pngGwenaelle avanzó, sin miedo.

- Os retamos, diablo. Si vencemos, las almas de Sasha y Valerio serán nuestras.

El diablo rió, una carcajada que hizo temblar los planos.

- Acepto, mortal. Que el orgullo decida.

La batalla fue el fin del mundo en sí mismo, cada golpe de su puño parecia que abría grietas en la realidad; cada oración nuestra tejía luz sobre la oscuridad. Yo invoqué la Llama Lunar una y otra vez, canalizando la furia del firmamento. Gwenaelle, no paraba de convocar proyetiles mágicos, sanaciones y plegarias que nos cubrian a todos mientras el acero y proyectiles del grupo abrían mella en la criatura. El demonio rugió y, herido en su orgullo, huyó al fondo de la sima.

Nos derrumbamos del cansancio, y ante nosotros, flotando, dos luces temblorosas… las almas de Sasha y Valerio. Las tomamos, sabiendo que aún podían perderse, el portal se abrió de nuevo y simplemente corrimos, sabiamos que era ahora o nunca.

Desperté entre los bosques de Alandor, el aire olía a lluvia y hojas vivas. Gwenaelle y yo yacíamos sobre el suelo húmedo. Frente a nosotros, dos cuerpos ensangrentados y respirando con dificultad: Sasha y Valerio.

Vivían.

El grupo entero estaba allí, lo habiamos conseguido, había mirado a la muerte a la cara y la habiamos burlado.

El amanecer se alzó sobre los árboles. Por primera vez desde que pisamos el infierno, el cielo volvió a tener color y supe entonces que, aunque habíamos atravesado el Gehenna, el fuego, y la muerte misma… la Luz aún podía regresar del abismo.

Offtopic :
Gracias a @DM Schnoz , genuinamente estuvo MUY guapa y gracias a los que participaron, estuvo cerca de cumplirse la profecía del Guantelete una vez más.

Créditos a Sasha por las imagenes

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Sariel

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Localizarla no fue difícil; después de todo, sabía que había partido hacia Nashkel para adelantar las preparaciones del Punto Santo. No fue difícil… pero tampoco llevó poco tiempo. Nashkel era una ciudad vasta, de callejones enrevesados y senderos que serpenteaban entre casas de madera vieja. Buscarla a pie resultó menos arduo que tedioso: pasé horas caminando de arriba abajo, cruzando plazas atestadas, patios en calma y mercados que terminaban disolviéndose en el murmullo de las últimas luces de la tarde.

Hasta que finalmente la hallé.

La mestiza estaba sentada a espaldas de una casa, apoyada en sus muros de piedra clara, con el rostro sumido en la sombra. Leía—Selûne sabrá cuántas veces—ese maldito libro que se aferraba a su memoria como una garra.

—Gwen… —pronuncié.

Ella se sobresaltó como si la hubiera alcanzado un latigazo invisible. Sus dedos se cerraron en torno al libro con una fuerza desesperada.

—Vengo a buscarte —continué—. Necesito que hablemos sobre ese libro.

En cuanto mencioné el objeto, ella lo estrechó aún más contra el pecho. Había en ese gesto algo que me desgarró el alma, porque ya conocía la naturaleza de aquella influencia malsana. Y, aun así, verla así… me hizo sentir una desolada.

—Sabes que están buscando a quienes portan esos textos —le dije en voz baja,—. Dicen que influyen en la voluntad de quien los toca.

Gwen me miró entonces con ojos de criatura acorralada, como si yo intentase robarle algo vital.

—Es solo un libro normal —escupió con un temblor en la voz—. ¿Por qué estás tan empeñada en quitármelo?

Aquel rechazo me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Su actitud, su miedo, su obstinación… nada era propio de ella. Y aun así, verla así me vaciaba por dentro.

—Gwen… solo quiero ayudarte. Si de verdad no te afecta, ¿por qué no me lo entregas?

Mis palabras la hicieron incorporarse de inmediato, casi como si temiese que yo pudiera arrancárselo de las manos.

—Porque vas a romperlo, Sariel.

Intenté razonar con ella. Intenté hasta que la paciencia se me quebró como una rama reseca.

—Gwenaelle —dije finalmente, con la autoridad que mi cargo exige y que tanto odio empuñar—. Es por tu bien. Dame el libro. Esta vez es una orden. No voy a permitir que te hagas daño… ni que dañes a otros.

Aquello la puso en alerta. Dio un paso atrás y trató de huir. La tomé del brazo; intenté arrebatarle el libro sin herirla. No sé de dónde sacó fuerzas aquella muchacha siempre tan frágil; quizá del propio influjo oscuro que la dominaba. Me apartó de un empujón que jamás hubiera imaginado capaz en ella.

Y entonces tomé mi decisión.

Con todo el peso del dolor, desenfundé. Giré la espada, presentándole únicamente el filo romo.

—Gwen… —mi voz apenas era un susurro quebrado—. No me obligues a hacer esto.

Pero al verme así, supongo que se sintió acosada. Alargó la mano, y la luz de un conjuro empezó a arremolinarse en sus dedos. Cuando avancé hacia ella, desató su magia. Yo no quería dañarla. Jamás. Fue quizá el combate en el que más me contuve: solo golpeé sus brazos, sus piernas, buscando desarmarla, no herirla.

Ella, en cambio… lanzó sus sortilegios con toda la fuerza de quien lucha por su vida. No puedo culparla. No lo haré. No era ella la que luchaba.

Un desliz mío bastó: dejó un hueco, pronunció las palabras del conjuro y, cuando quise reaccionar para disiparlo, ya era tarde. Su figura se desvaneció entre destellos. Y se fue.

Me quedé sola con mi espada, mi respiración agitada… y el peso de mi propia torpeza.

Ahora no sé si hice bien. He puesto una orden de búsqueda sobre ella; he exigido que sea capturada viva, que nadie ose dañarla más de lo necesario. Pero la duda me corroe. Represento a una institución; represento a una fe. Y sin embargo, lo último que deseo es herirla, y cada golpe que le propiné retumba ahora en mi pecho como un crimen.

Otra mala decisión, Sariel. Otra más que cargar sobre los hombros.
Quizá sería más fácil simplemente marcharse. Abandonarlo todo. Callar. Olvidar.

Actuar con el corazón solo me trae desgracias. Actuar por deber… también.

No sé qué camino seguir. Estoy perdida.
Y ahora ni siquiera la tengo a ella para sostenerme cuando tambaleo.

La buscaré. La traeré de vuelta. Aunque tenga que recorrer reinos enteros, aunque la oscuridad del libro trate de engullirla, aunque mi nombre quede manchado.
Después de eso… quizá decidiré si realmente valgo algo, si merece la pena que siga aqui.

Si aún hay redención para mí bajo la luz de Selûne.


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Sariel

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Página 349

Hoy fuimos en su busca. No he podido conciliar el sueño, y apenas he probado bocado. ¿Cómo hacerlo, cuando el corazón sabe que aquello que ama vaga perdido en algún lugar que sólo Selûne conoce? El pensamiento de que pueda estar sola, sin sustento ni agua, o incluso padeciendo horrores que prefiero no imaginar, me atenaza el pecho.

He llamado a todos, a conocidos y desconocidos por igual. No sé cuántos acudirán, y en verdad poco me importa: si es menester, iré sola. He enfrentado criaturas que pocos se atreverían a describir, sombras que devoran la cordura… y aun así, jamás he sentido un miedo como el que hoy me asola.

Muchos han llegado. Gwenaelle es querida, amada; es casi mi contrario, y quizá por eso nos completamos tanto. Me he sentido extraviada durante largo tiempo… pero ahora lo comprendo: mi único cometido es proteger a los míos. Ser el baluarte entre ellos y las sombras que ansían aferrarlos cada día.

Hoy, lo juro ante ti, Selûne, y ante mí misma: mi vida entera será un escudo. Que la carne que se corte sea la mía; que el espíritu que sangra sea el mío. No cejaré hasta que mis fuerzas me abandonen por completo, mientras haya peligro rondando a aquellos a quienes amo.


Página 350

Lo logramos. Gwenaelle ha vuelto. No es ella todavía, y sus palabras… fueron terribles. Pero sé que no nacían de su verdadero corazón. Resistiré. La anciana me preguntó una vez: “¿Haces lo que sientes, o haces lo que debes?” Hoy sé la respuesta: haré lo que siento, porque es lo que debo. Mi misión no es aferrarme desesperadamente a lo que se ha perdido, al menos no mientras no sea necesario, sino resguardar aquello que aún permanece conmigo.

Gwen reposa ya en el templo, a salvo. Por fin puedo respirar.


Página 351

Hoy intentamos sanarla. Utilicé un conjuro para leer el texto que la atormentaba y sentí como si mi cráneo fuese a quebrarse… pero tras varios altercados, ella se halla estable. Yo estoy bien. Todos estamos bien. Lo he conseguido. Una victoria, al fin. Una pequeña luz en esta senda oscura. Verlas sonreír de nuevo me llena el alma de un gozo que casi había olvidado.

El precio ha sido leve: una ventana rota, algo que puede remediarse. Los caballeros se alzaron contra mí por un instante; aquello me hirió más de lo que admití, aunque solo cumplían con su deber. Me disculpé con él después… supongo que los nervios me tenían atenazada.

Al menos todo quedó en nada. Ahora necesito un respiro. Un instante de calma. Un poco de tiempo para mí, para dejar de recoger los pedazos que dejan tras de sí cuando se meten en más líos de los que puedo contar.

Pero hoy, por un momento, la luna parece un poco más clara. Y con eso me basta.


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Sariel

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Una noche gris




La noche había caído sobre el campamento como un manto espeso, cuajado de brasas rojas y murmullos dispersos. El fuego crepitaba en el centro, lanzando destellos anaranjados contra los rostros de los presentes. Jarens Mirnemen se encontraba allí, sentado con aire distraído, jugueteando con un trozo de pan mientras buscaba el valor para hablar.

—Sariel… ¿puedo preguntaros algo? —dijo por fin, levantando la mirada hacia la sacerdotisa.

Kharmin soltó un bufido y señaló con la jarra en mano.

—Tú lo que quieres es ir al río hoy, ¿verdad, Kharmin? —intervino Sariel, con una sonrisa ligera, por algún comentario que precedia a esta conversación.

—Tú eres la que se ha sentado en el tronco —respondió el enano, encogiéndose de hombros.

Jarens rió suavemente, pero Sariel, notando ciertas dudas en su mirada, inclinó la cabeza hacia él.

—Claro, Jarens, preguntad.

—¿De qué… o por qué estáis cansada? —preguntó él con voz baja.

La mujer guardó silencio unos instantes. El chisporroteo de la leña pareció tomar su lugar.

—Porque cada paso que das —comenzó— habrá muchos que querrán ponerte la zancadilla. A veces incluso aquellos que crees que comparten tus valores. Y esa es una pelea que puedes sostener un tiempo, pero no siempre…

Cerró los labios, reprimiendo algo más hondo.

—Somos mortales, erramos… y muchos olvidan que detrás de cada persona hay un alma que puede estar sufriendo —continuó—. Una sola palabra, en el momento equivocado, puede destruir años de esfuerzo, o la alegría, o la motivación de alguien. Que una persona puede ser destruida con las palabras correctas.

Jarens la observó con rostro sombrío mientras ella suspiraba.

—Por eso trato de aprender a escuchar… y a no decir cosas de las que podría arrepentirme. Porque estoy cansada. Eso es todo —añadió con voz tenue.

—Comprendo… —sonrió Jarens—. ¿Y quién alivia vuestra carga, dama?

—Psche… ¡a mí nunca me escuchas! —protestó Kharmin, entre risas y gruñidos.

Sariel lo ignoró por un segundo.

—Supongo que la gente de mi capítulo, mis hermanos, Gwenaelle... Pero a veces ni siquiera ellos. No porque no quieran, sino porque yo misma no soy capaz de sentirme aliviada.

—Criaturas complejas somos —murmuró Jarens, asintiendo.

—Más bien diría “criaturas egoístas” —replicó Sariel.

El joven la miró con calidez.

—Sois afortunada, dama. Vuestra diosa os sonríe. Pero… ¿os sentís libre? —añadió, repentinamente más serio—. Sois buena mujer. No por vuestro dogma ni por vuestra capilla en construcción… sino porque ayudáis a quien os necesita.

El enano alzó las cejas.

—Vaya con el muchacho —masculló—. Sorprendido me encuentro.

Jarens ocultó la vergüenza tras una sonrisa torpe, pero Sariel guardó silencio unos segundos antes de contestar.

—No sabría responder con honestidad… Hay días que despierto llena de fuerza. Otros… abandonaría todo. A veces me planteo huir con Gwenaelle… y otras simplemente desearía haber tenido otra vida.

La revelación hizo fruncir el ceño al enano. —¿Huir?—.

—Soy humana e imperfecta, Kharmin. Pero agradezco que me veas así, Jarens. Son esas palabras las que me hacen pensar que… quizá no lo hago tan mal.

Kharmin golpeó el suelo con la bota.

—A eso le llamas tú valentía… es mil veces más valiente el que deja todo por la persona a la que ama, que el que vive engañándose mientras sigue un credo que no le da felicidad.

—No he insinuado eso —replicó Sariel, mirando fijamente al enano—. Servir a mi diosa es lo único que me hace sentir útil. Sin eso… perdería todo. He nacido, vivo y viviré para servirla.

—Quizá podáis servirla sin lastimaros —susurró Jarens.

—Muchos dejan de ser lo que eran por seguir lo que realmente quieren —añadió Kharmin—. Algún día lo harás tú, muchacha. Y ese día maldecirás cada día que tardaste en darte cuenta.

Sariel negó despacio.

—Quizá sí o quizá no. Solo el tiempo lo dirá. Por ahora hago lo que creo correcto. Antes de recibir los dones de mi diosa ya hacía lo mismo… solo que era una chiquilla con una barra de pan en vez de una espada, y un libro en vez de un escudo.

—Una barra de pan salva más vidas que una espada —gruñó el enano—. Y un libro te salva de golpes que ni un escudo aguantaría.

Tras un breve silencio, el enano volvió a la carga.

—Te equivocaste con Barbaescamosa… no con la timidilla. ¿Eso no te dice nada?

—No nos equivocamos —respondió Sariel con firmeza—. Estaba poseído, y se le entregó a su rey. Logramos ponerlo a salvo, a él y al campamento.

El enano resopló.1763876822177.png

—Un enano no olvida, muchacha. Recordaré tus actos y tus palabras… y en el futuro las usaré contra ti, o como escudo a tu vera. Depende de lo que me obligues a hacer.

Jarens intervino con una leve sonrisa hacia Sariel.

—Sois afortunada incluso en eso, dama. Tenéis un buen amigo delante.

Sariel suavizó la expresión.

—Yo tambien recuerdo, Kharmin, pero trato de solo recordar lo bueno, si no, no estaría aquí. Solo busco lo que beneficie a los míos, a los necesitados y a quienes obren con nobleza. Lo que me ocurra a mí… poco importa.

Kharmin se echó hacia atrás, mirando a la sacerdotisa con una expresión seria, pensativo.

—Actúa según creas deber, Jarens, igual que todos —sentenció con calma Sariel—. Si necesitáis algo, buscadme. Pero por ahora… voy a descansar.

Jarens inclinó la cabeza. —Así lo haré—.

—Que "La que guía en la Noche" os guarde —dijo la sacerdotisa, levantándose—. Id con cuidado.

Jarens le dedicó una última sonrisa cálida mientras la veía alejarse entre las sombras del campamento.

—No seáis tan dura con vos misma… y buscad refugio en los vuestros.

Sariel volvió apenas el rostro, devolviéndole una leve sonrisa que se apago a los pocos segundos, antes de perderse entre las tiendas y la oscuridad de la noche, únicamente escoltada por el reflejo ténue de la luna.

Offtopic :
Gracias a Jarens (No se quien es el jugador/a) y Kharmin, fue un rato bastante ameno. Espero haber transcrito todo bien.

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Lo intento, juro que lo intento. Día tras día me esfuerzo por templar mis aguas internas, por mantenerme serena, ligera como un susurro y no como un vendaval. Lo estaba logrando, aún lo estoy logrando, pero que los cielos me perdonen: jamás permitiré que se alce mano alguna contra los míos. Nadie. Y cuando digo nadie, es nadie.

Estaba cansada, con el cuerpo vencido y el espíritu medio dispuesto a marcharse. No deseaba pelear; no lo necesitaba. Pero la necedad de las bestias volvió a asomar, como siempre lo hace, como siempre lo ha hecho desde que el mundo conoce la violencia. Le advertí al ogro. Una vez. Dos veces. Tres. Mis palabras parecían chocar contra una muralla de piedra y torpeza.

Cuando sus dedos enormes tocaron a mis hermanas, algo ardió en mí. Fuego, un fuejo que estaba tratando de olvidar, instintivo, visceral. No medité, no dudé. Fue un reflejo, una reacción tan natural como respirar. Alzó su mano contra mí y, en el mismo latido, mi mano encontró la empuñadura. El acero salió con un susurro afilado y la hoja se encendió en llamas cerúleas, azul como el hielo y ardiente como los cielos. Dos cortes bastaron. No pensé en la muerte, solo vi caer aquella mole, el suelo temblando bajo su peso como un trueno.

Sacudí la sangre de la hoja, envainé con calma, y caminé despacio, con el vestido que Gwenaelle me había prestado ahora lleno de sangre. Volví la mirada una última vez hacia aquel gigante caído. Sentí lástima. Quizá nunca hubo malicia real en él, solo el limitado entendimiento de una criatura hecha más de fuerza que de juicio. Pero aun en esa cuestionable inocencia, es una criatura malvada y el mal arderá cuando amenaza lo que amo.

Cuando alcancé al grupo, el caos ya se desbordaba: voces elevadas, amenazas que chocaban unas contra otras, el estrépito habitual de la guerra. Pero yo estaba cansada de todo aquello. Me situé junto a los míos, musitando el hechizo de teleportación, sosteniéndolo sin desatarlo, como un ave esperando batir alas. Entonces otra bestia cargó; Velarion trató de frenarla, valiente, pero no iba a permitir que nadie quedase atrás. Si había que luchar, Selûne es testigo de que lucharía. Ya había derribado a una criatura; derribaría a cuantas se alzasen, si el destino así lo exigía.

El monstruo apartó a Velarion y se abalanzó sobre mí, encontrándome distraída mientras cerraba las heridas del ogro caído —heridas que yo misma le había abierto antes, en honor a un pacto que se realizo para marcharnos con cierta paz-. Me levanté sin prisa, respiré hondo para llenarme de paciencia y no abatirlo allí mismo, y continué mi labor. Cuando todo terminó, lancé una bolsa de monedas a los pies de Oni y emprendimos el camino. Confío en que comprendan lo sucedido en Imnescar; quizá, de haber estado mi gente en aquel lugar, las cosas habrían seguido otro rumbo.


Dicen que hasta el más obtuso aprende cuando la lección se escribe en dolor. Y lo sé. Yo misma lo aprendí hace ya demasiado tiempo, quizá más del que quisiera recordar.


Offtopic :
Gracias por el ratito de ayer a @DM Kapillo y @DM Nazgul y más quedandose hasta tan tarde.
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Al alba, cuando el sol apenas despuntaba por encima del horizonte y teñía el mar de tonos rosados, Sariel aguardaba en la misma plaza del puerto. Había llegado antes incluso de que los comerciantes montaran sus puestos; las lonas húmedas, el aire frío y el silencio reverente que antecede al despertar de la ciudad le resultaban familiares. La luna ya se desvanecía, pálida sobre el cielo que se clareaba, pero su presencia seguía allí como un susurro tenue.
Apenas los primeros destellos del día rozaron los adoquines, una pequeña figura apareció corriendo desde la calle superior. Era Sofía —sin marcas del llanto del día anterior, aunque con la misma expresión firme que guardaba como una coraza—. Se detuvo frente a Sariel, respirando agitada, con el cabello enredado por el viento matutino.

—¡Vine! —dijo con una mezcla de orgullo y alivio.

Sariel sonrió, una sonrisa serena, de esas que parecían tener la paciencia de los años grabada en su gesto.

—Lo sé. La luna aún estaba alta cuando te acercaste —respondió—. Los madrugadores dejan huellas aunque crean que nadie las mira.

Sofía frunció el ceño, dudando si aquello era una metáfora o un simple comentario, pero decidió no preguntar.

—¿Qué haremos hoy? —preguntó con impaciencia—. ¿Me enseñarás a defenderme? ¿A pelear mejor?

Sariel negó despacio, esta vez con especial calma.

—Hoy aprenderemos a caminar la ciudad sin levantar una espada. A mi tambien me vendrá bien recordarlo.

Y comenzó a andar.


Primero pasaron por la zona de los pescadores, donde los hombres y mujeres descargaban las redes húmedas con movimientos fuertes y rítmicos. Uno de ellos gruñó al verlas pasar.

—¡Cuidado con esas dos! ¡El muelle no es una guardería, mujer!

Sofía apretó los puños, molesta, dispuesta a saltar como un resorte. Sariel solo la miró de reojo.

—¿Por qué te incomoda lo que dijo?

—¡Porque nos está faltando al respeto! —explotó Sofía—. ¡No tiene derecho!

—Tiene voz —respondió Sariel sin detenerse—. Y las voces a veces hieren. Pero tú decides si permites que un sonido dirija tu paso.

Sofía se quedó quieta un par de segundos, mirando al pescador con el ceño fruncido. Quería responderle, gritarle que se equivocaba, que no era una niña débil… pero Sariel seguía caminando, sin perder tiempo en discutir con las olas. La niña suspiró y corrió para alcanzarla.

Más adelante llegaron al mercado, donde los puestos ya rebosaban de colores: frutas brillantes, telas de distintos reinos, pequeñas dagas y colgantes. Un vendedor corpulento ofrecía pan recién hecho, y Sariel compró dos hogazas, entregando unas pocas monedas sin pedir cambio. Sofía la miró, incrédula.

—Te ha cobrado de más. Lo he visto —murmuró.

Sariel partió el pan y le entregó un trozo aun caliente.

— ¿Por que no dar a quienes lo necesitan si a nosotros nos sobra, Sofía? —respondió.

Minutos después, al girar una esquina, un niño mendigo —menor que Sofía, sucio, harapiento— se aferró al manto de la sacerdotisa. Ella se inclinó sin palabras y le ofreció la mitad del pan que le quedaba. El pequeño sonrió y salió corriendo, devorándolo.

Sofía observó la escena en silencio. No comprendía del todo, pero algo se movió suavemente dentro de ella, como una ola azotando la costa.

—Creía que la fuerza servía para que nadie me quitara lo que tenía —dijo al fin.

—Y así es en cierto modo, pero aprendí, que la fuerza también sirve para tener algo que ofrecer —respondió Sariel con voz tranquila.

Sariel siguió caminando despacio, y Sofía la alcanzó con pasos más pensativos que antes. Masticaba el pan sin hambre, como si cada bocado intentara desentrañar algo que aún no sabía poner en palabras. La sacerdotisa no la apuró; caminó al ritmo de la marea interna de la niña, paciente.

—Pero si doy algo mío —continuó Sofía tras un largo silencio—… me quedo con menos.

Sariel asintió suavemente.

—Es cierto. Dar deja un espacio —respondió—. Pero ese espacio puede llenarse con algo nuevo.

Pasaron junto a una fuente rodeada de flores marchitas. El agua que caía era tenue, apenas un hilo cristalino. Sariel se detuvo y llenó su mano, dejando que un poco se derramara entre sus dedos.

—Mira —dijo.

El agua cayó sobre la tierra seca, oscura como una cicatriz. Al principio, no pasó nada… hasta que, casi imperceptible, una de las flores al borde del tallo levantó un pétalo fláccido, como si ese agua le hubiese devuelto las fuerzas de vivir.

Sofía abrió los ojos con asombro.

—¿Hice eso yo?

—Lo hizo el agua —respondió Sariel con una sonrisa—. Yo solo la acerqué. Como tú puedes acercar tu fuerza a otros. No para quitártela,sino para que algo crezca donde antes no había nada.


La niña guardó silencio. Miró el trozo de pan que aún sostenía y luego el lugar donde el pequeño había desaparecido.

—Quizá ese niño… vuelva mañana con menos miedo —murmuró, más para sí que para la sacerdotisa.

—O quizá no —dijo Sariel, sin suavizar la realidad—. La compasión no garantiza resultados, Sofía. Solo abre puertas. Quien decide cruzarlas, es cada uno.

—Entonces —concluyó con un hilo de duda y esperanza mezclados— ser fuerte no es solo proteger lo mío.

Sariel inclinó la cabeza, con una luz tranquila en los ojos.

—Ser fuerte es proteger lo que importa. Y a veces eso incluye lo que está fuera de tus manos.

Sofía respiró hondo y ambas continuaron caminando.

Continuaron su camino hacia el distrito gubernamental, donde las casas eran más limpias, las calles más anchas y la gente más altiva. Allí, un grupo de muchachos bien vestidos jugaba a lanzar pequeñas piedras a un grupo de gatitos callejeros que descansaba al sol, enroscados unos contra otros en un rincón.

Sofía dio un paso al frente, furiosa.

—¡Eso está mal! ¡Les estáis haciendo daño!

Los chicos rieron. Uno de ellos, con un aire que le recordó inquietantemente a Tom, alzó el mentón y respondió:

—Son solo gatos. Nadie los quiere. ¿Qué importa?


Los labios de Sofía temblaron. Sus puños se cerraron con tal fuerza que los nudillos palidecieron; sus ojos ardían como carbones encendidos. Esta vez, Sariel se colocó a su lado, no delante.

—Puedes pelear, Sofía —susurró—. Pero mira primero.

La niña dirigió la mirada hacia los animales. Los gatitos no parecían comprender el peligro del todo: algunos seguían durmiendo, confiados en su calor compartido; otros levantaban la cabeza solo para volverse a acurrucar, demasiado pequeños para saber que el mundo puede ser cruel. Ninguno se defendía. Ninguno peleaba. Solo respiraban, deseando existir un día más.

—Ellos ya eligieron su batalla —murmuró Sariel—. Su lucha es vivir… no malgastar energía en devolver cada piedra. Si peleas por ellos sin pensar, quizá olvides que tu voz debe nacer de sabiduría, no solo de rabia.

Sofía sintió cómo algo se quebraba y se formaba a la vez dentro de ella. Le dolía aceptar esa verdad.

—Entonces… ¿debo hacer nada?

—No. Debes aprender a hacer lo justo.

Sariel dio unos pasos hacia los muchachos. No alzó la voz, no mostró furia. Simplemente apartó con calma su túnica, dejando ver el colgante plateado de Selûne que descansaba sobre su pecho como una luna quieta, serena, inmutable.


La risa del grupo se detuvo al verla llegar, hubo cuchicheos y quizá parece ser que alguno la reconoció. Uno de los jóvenes bajó la mirada. Otro escondió las piedras en los bolsillos. Un tercero carraspeó, incómodo, y todos comenzaron a retroceder, más por la súbita vergüenza de verse reflejados en algo más grande que su crueldad momentánea.

Sofía observó con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo hiciste eso?

Sariel sonrió.

—Recordé a sus corazones que no están solos bajo el cielo.


Y mientras los muchachos se alejaban, algunos de los gatitos se acercaron, rozando los tobillos de Sofía con maullidos suaves, como si agradecieran sin comprender. La niña los miró con ternura, y esta vez, se pecho sintio una fuerte presión, quizá por el cariño de los animales, quizá por su ternura. Sariel la observaba de medio lado, sonriendo de forma leve.

El día avanzó, y mientras caminaban, Sariel le enseñaba con gestos más que con palabras. La calma de esperar en una fila sin rabia. La valentía de pedir perdón cuando rozaron a una anciana por error. La alegría tranquila de compartir un dulce con Caleb, a quien encontraron más tarde en la orilla, mirando el mar aún algo triste por lo ocurrido el último día.

Sofía le ofreció la mitad sin hablar. Caleb la aceptó sin reproche. No necesitaban más, eran amigos de toda la vida y una discusión tonta puede ser solventada con una simple sonrisa, a veces, olvidamos que debemos decirnos cuanto nos queremos y cuanto el resto significa para nosotros.

El sol comenzaba a bajar, teñido de dorado, cuando regresaron al puerto. La luna aún no había ascendido. Sariel se detuvo frente a Sofía, y el viento del océano agitó su túnica con suavidad.

—Hoy caminaste sin pelear —dijo—. Y aún así, cambiaste cosas.

Sofía, cansada pero con el pecho ligero, la miró con un brillo nuevo en los ojos.

—Creía que para ser fuerte debía ser dura, fuerte, decidida.

—La luna ilumina sin quemar —respondió Sariel—. Y sin embargo, guía mares enteros.

La niña bajó la mirada, tocando el colgante que Sariel le había dado sin ceremonias horas antes: un pequeño fragmento de metal plateado con un simple símbolo lunar.

—¿Puedo volver mañana? —preguntó, casi en un susurro, con la mirada baja y algo avergonzada por algún motivo.

Sariel extendió la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja, tras ello, alzó su mentón con dos dedos.

—Mientras la noche exista, siempre podrás buscar la luz de Selûne. Yo solo soy un reflejo.

Y juntas se quedaron viendo cómo el horizonte tragaba el último pedazo de sol, dando paso al primer rastro plateado que ascendía en el cielo y quizá, tambien en el corazón de Sofía.

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Sariel

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Las palabras del Lord Brujo aún se le adherían al pensamiento como alquitrán caliente: oro, latigazos, combate. Promesas envueltas en crueldad. Sariel tensó las cadenas que devoraban sus muñecas, no con esperanza, sino con el gesto automático de quien mide una herida que jamás cerró del todo. Pesaban. Siempre pesaban. La túnica áspera que la cubría no le pertenecía: no había símbolos, ni acero, ni bendiciones. Nada que recordara quién había sido. Solo su respiración, lenta y obstinada, marcando que aún seguía viva.


La estancia era una tumba húmeda, tallada para olvidar. El frío no solo mordía la piel, sino que se arrastraba hacia los recuerdos, como si quisiera arrancarlos uno a uno. Qué ironía, pensó. Ella, encadenada en las criptas de Hydcont. Hydcont, el bastión que había jurado proteger con su vida. Una sonrisa apenas perceptible cruzó su rostro, frágil como un reflejo lunar en aguas turbias. El destino siempre había tenido un humor cruel.

Las runas grabadas en la piedra capturaron su atención. Antiguas. Profanas. Marcas de los devotos de Asmodeo, talladas con fe retorcida y odio paciente. La oscuridad era casi absoluta, apenas rota por el parpadeo anaranjado de una antorcha distante, un latido enfermo en el pasillo. Nadie la había golpeado. Nadie se había atrevido. Pero el desprecio en cada palabra había sido un golpe constante, más profundo que el hierro. Sariel cerró los ojos. Dejó que el silencio la reclamara.

Entonces, en la negrura de su mente, la luz regresó.

La abadía blanca. Los pasillos llenos de rezos. El murmullo constante de una fe compartida que jamás se imponía, solo acompañaba. Hydcont cuando aún brillaba. Armaduras plateadas reflejando la luna. Voces alzándose en salmos nocturnos. Selise riendo en la entrada, ignorante aún de su destino. Eothain, severo y justo. Gwenaelle, joven, temblorosa, soñando demasiado alto. Lyra. Lekin. Kriell. Nombres que ardían como brasas bajo el pecho.

Algunos se marcharon. Otros cayeron. Algunos jamás tuvieron la oportunidad de elegir. A todos los había amado. Más de lo que admitiría. Más, quizá, que a la propia fe. Porque así lo enseñaba la Dama Lunar: amar sin reservas, incluso cuando duele.

Se vio a sí misma temblando en su primera ceremonia, al ser nombrada sacerdotisa. Luego alta sacerdotisa. El peso cayendo sobre sus hombros como una marea imparable. Lo aceptó sin dudar. Siempre lo había hecho. Después llegaron las guerras. El acero. La sangre. Los abrazos entre batallas. Las noches interminables junto a los heridos, sosteniendo manos que se enfriaban mientras sus plegarias se deshacían en susurros inútiles.

Al final regresó a casa. Pero la casa ya no era la misma.

Hydcont estaba herida. Oscurecida. Profanada. Y aun así… seguía siendo Hydcont. Incluso aquella celda miserable conservaba algo familiar. Algo que la hacía sentir, contra toda lógica, en su lugar. Tal vez porque su vida siempre había sido eso: encontrar hogar en las ruinas.

Una risa breve, casi rota, escapó de sus labios al recordar cómo había terminado allí. Entregándose. Siempre entregándose. Por la seguridad de los suyos. Por ella.

—Ah, Sariel… —murmuró—. Puedes enfrentarte sola a un ejército, y aquí estás. Atada. Sin futuro.

Esperaba que hubieran cumplido su palabra. Que los demás estuvieran a salvo. No sabía si la Iglesia pagaría por ella. No sabía si alguien vendría. Vivir o morir. Nada más. Y si debía morir, lo haría como siempre: luchando.

Habían pasado meses desde que juró no volver a empuñar la violencia como primera opción. Desde que decidió iluminar sin desenvainar, cansada de guerras, de tumbas, de nombres grabados en piedra.

—La Luna Sangrienta… —susurró con amargura. Odiaba ese nombre.

¿Tendría que volver a serlo? Las promesas también sangran.

El golpe metálico del carcelero contra las rejas la arrancó de sus pensamientos.

- ¡Silencio, escoria!

Sariel calló. No por obediencia, sino al darse cuenta de que llevaba rato hablándole solo a sus recuerdos. Entonces la visión llegó.

Gwenaelle. Joven. Con su sombrero azul. Determinada. Luego adulta. Firme. Ceremonial.
Una sonrisa auténtica iluminó el rostro de Sariel. "Qué orgullosa estoy de ella."

Ese pensamiento fue suficiente para sostenerla.

Latigazos. Humillación. Dolor. Que lo intentaran. Había perdido más de lo que aquellos hombres y bestias podían imaginar. Aguantaría diez. Cien. Todos. Si con ello los suyos seguían respirando. El dolor era un idioma que conocía bien.

¿Un coliseo?

La idea encendió un brillo peligroso en sus ojos. Quizá no sabían quién era realmente. Calmaba disputas con palabras, sí. Pero cuando la guerra llamaba, respondía con tormentas. En lo profundo de su ser ardía aún la herida de Imnescar. Si querían verla luchar, lo haría.

Por un día, la Luna Sangrienta de Selûne danzaría de nuevo.

Sir Vor estaría orgulloso. Gondomar también. Merindol se reiría, maldito mediano, y aun así lo extrañaba. Pero la sombra de Imnescar volvió a aplastarla. ¿Y si hubiera estado allí? ¿Y si hubiera llegado antes? Las preguntas, siempre las mismas. El destino nunca estuvo en sus manos.

Donde otros veían fortaleza, ella sentía pequeñez.

Su vida había sido fe, acero y derrota. Una balanza injusta. A veces soñaba con una vida distinta. Sencilla. Aprendiendo a forjar hierro en su pueblo natal. Nunca lo sabría. Hoy era paciencia, silencio y resistencia. Mañana, si era necesario, volvería a ser tempestad.

Porque aun rota, aun cautiva, Sariel seguía siendo hija de la luna. Y la luna siempre sangra. Siempre mengua. Siempre parece desaparecer. Pero siempre regresa.

La resiliencia no era dureza; era permanecer. Aceptar la noche sin renunciar al alba. Como Selûne, había caído incontables veces, eclipsada por sombras ajenas, y aun así jamás había dejado de existir. Incluso encadenada, incluso olvidada, su luz seguía allí. Tenue. Persistente.

Nadie en aquellas criptasCaptura de pantalla 2025-12-24 043830.png podía arrebatársela, nadie.

Si llegaba el combate, lucharía.
Si llegaba la muerte, la aceptaría.
Pero hasta entonces, resistiría.

Como la luna reflejada en el agua: cambiante, adaptable, eterna en su retorno. Sus enemigos solo verían a una prisionera cansada. Jamás comprenderían que la verdadera fuerza no estaba en el acero, sino en sobrevivir al dolor sin perder la compasión.

Sariel alzó el rostro hacia una luna que no podía ver y respiró hondo y oró.

- Selûne, Dama de Plata, Guardiana de la Noche,
recibe este voto pronunciado bajo tu luna.

Ante tu luz juro obediencia consciente y eterna.
No me arrebatas la voluntad: la deposito a tus pies, pulida por la fe,
endurecida por el deber.

Haz de mi cuerpo un bastión de tu luz.
Que mi mente sea disciplina,
que mi corazón sea devoción sin fisuras,
que mi acero sea justo y contenido.
Permíteme ser tu brazo armado,
no movido por ira,
sino por la certeza tranquila de tu voluntad.

Obedeceré sin vacilar.
Avanzaré cuando ordenes.
Me detendré cuando lo dispongas.
Protegeré al inocente incluso a costa de mí misma,
y castigaré al corrupto sin odio ni orgullo.

No reclamo identidad,
pues mi identidad es tu doctrina.
No reclamo gloria,
pues mi gloria es servir.
No reclamo descanso,
pues mi descanso llegará cuando me acojas entre tus brazos.

Que los perdidos vean en mí disciplina y guía.
Que los arrepentidos encuentren en mi tu misericordia firme.
Que los enemigos de tu luz conozcan un juicio frío, sereno, inevitable
como la luna alzándose sobre la noche.

Cada herida será aceptada.
Cada orden será cumplida.
Cada sacrificio será ofrecido
sin lamento ni duda.

Desde este instante
no soy individuo,
soy tu voluntad encarnada.
No soy voz propia,soy doctrina viviente.

Soy cruzada de la Luna.
Soy orden en la oscuridad.
Soy luz que no vacila.

Hágase tu voluntad a través de mi servicio,
Dama de Plata, porque he elegido ser menos, para que tu luz sea más.

Cuando terminó aquella oración, no volvió a hablar. Ni una sola palabra escapó de sus labios;
ni un suspiro, ni un murmullo, ni un lamento. Permaneció en absoluto silencio, entregada a la voluntad de Selûne.

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Sariel

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Resiliencia

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No sabía ya cuántos días habían pasado allí. La oscuridad del lugar, la penumbra constante, todo cuanto la rodeaba la empujaba a perder por completo la noción del tiempo. Las horas no existían; el tiempo era una masa informe, espesa, asfixiante. Estimaba que quizá habría pasado ya una dekhana, pero era imposible ser precisa.

La habían alimentado básicamente de pan y agua, y no precisamente en cantidades generosas. Un pan mohoso, duro como una piedra, cubierto de vetas verdosas, y un agua turbia cuyo sabor metálico y pútrido hacía arder la garganta. Al principio se resistió por orgullo, pero después de todo era humana. Llegado un punto, el hambre venció a la dignidad y aceptó comer lo que se le daba, aunque siempre trataba de ingerir solo lo justo para no perderse a sí misma.

Oraba. Oraba siempre que era capaz, sin palabras, sin voz. Cerraba los ojos y dejaba que sus plegarias fluyeran en silencio, aferrándose a ellas como a un último clavo en medio del naufragio. Los gritos llenaban el lugar. Otros presos, suponía, pues no podía verlos. Gente que clamaba por su vida… y otros, peor aún, que suplicaban que los matasen de una vez. Por eso cerraba los ojos y la visualizaba a ella: su tez morena, su cabello largo y negro, su torpeza entrañable. Recordaba el templo, Arianne, y también a Mernalyn, que para ella era más bien una hermana pequeña. Qué orgullosa estaba de lo que había sido y de lo que era ahora, de lo que aún podría llegar a ser. Una sonrisa triste cruzó su rostro al pensarlo.

En la misma celda pendían los cuerpos de hermanos y hermanas, caballeros caídos suspendidos como trofeos macabros. Solo las sombras sabían cuánto habían sufrido antes de acabar así. Aquellas visiones alimentaban la ira de la Iluskana, pero ahora no podía hacer nada, solo esperar. Ni siquiera en los peores momentos de la guerra se había sentido así. Nada puede ir a peor, se dijo. El futuro, como siempre, se encargó de desmentirla.

Los pasos de un par de ogros resonaron por el pasillo. El suelo vibró. Entonces lo vio. Gwenaelle estaba allí. El corazón de Sariel dio un vuelco. ¿Un sueño? ¿Una burla más? Aun así, se obligó a mantenerse firme y se acercó a los barrotes.

- Me han dejado venir a veros después de hablar con el Lord Brujo. ¿Cómo te encuentras? Debeis resistir. Pronto le sacaremos de aquí.

Aquellas palabras la atravesaron como una hoja fría. ¿Tratándola de usted? Dudó. Pero decidió seguir el juego.

- Aguantaré lo que haga falta, mi luna. Nada puede quebrar mi voluntad. Solo son valientes gracias a las salvaguardas de este lugar. Saben que sin ellas, quienes estarían aquí encerrados conmigo serían ellos.

Sonrió, mostrando los dientes, mirando a los ogros con una amenaza muda. No reaccionaron.

- No es momento de alardes. Manteneos tranquila. He conseguido que liberen esclavos de Imnescar. Dadme tiempo. Le sacaré de aquí.

Otra vez ese trato distante. Asintió y se apartó.

- Ten cuidado, mi luna.

Cuando se marcharon tanto los ogros como aquella que decía ser Gwenaelle, bufó.

- Bastardos…

Horas después, pasos más pesados aún resonaron. Una voz chirriante, viscosa, se deslizó por el pasillo hasta detenerse frente a la celda. Lo que vio Sariel le revolvió el estómago: una masa de carne deforme, cubierta de pliegues sudorosos, apenas humanoide, que apestaba a grasa rancia, sangre vieja y muerte.

- Ah… ¿esta va a ser mi obra de arte?, Traedme mis cosas.

Artilugios de metal, ganchos, cuchillas, correas… y un látigo. Sariel retrocedió, pero cuando la puerta se abrió cargó contra él con lo que le quedaba de fuerza. Lo derribó. Los grilletes golpearon carne blanda, hueso, dientes. Intentaba matarlo. No lo logró.

El ser la apartó de un manotazo brutal. Recuperó el látigo y sonrió.

- Me gusta cuando luchan.

El primer latigazo abrió la piel. El segundo la hizo gritar. El tercero arrancó un trozo de carne. Sariel se acurrucó en un rincón, impotente, mientras el cuero silbaba en el aire y estallaba contra su cuerpo. La sangre comenzó a manar, caliente, resbalando por su espalda, empapando el suelo. Cada golpe era fuego, desgarro. Sus brazos se alzaron para protegerse, y fueron castigados sin piedad.

- Cuando salga de aquí… -jadeó- te purgaré personalmente.

El monstruo rió. La agarró de la cabeza y la lanzó contra la mesa de torturas. Dos trasgos entraron y la sujetaron, atándola como a un animal. Apenas podía respirar.

- No estás aprendiendo -gruñó- Y si no aprendes, es que no estoy haciendo bien mi trabajo.

Le agarró el brazo izquierdo y tiró.

Al principio fue solo una presión antinatural, como si el propio mundo se hubiera aferrado a ella. Sariel apretó los dientes, los músculos se le tensaron hasta el límite, intentando resistir. Sintió cómo los tendones se estiraban más allá de lo posible, cómo algo en su interior comenzaba a ceder. Un segundo después, el mundo se rompió.

Un chasquido húmedo resonó en la sala, seguido de un crujido profundo, imposible, como si algo que jamás debió separarse hubiera sido arrancado a la fuerza. El dolor no llegó de golpe: explotó. Fue absoluto, blanco, cegador, una llamarada que le atravesó el cuerpo entero y borró cualquier otro pensamiento. Sariel gritó, un alarido desgarrado que nació en lo más profundo de su pecho y le rasgó la garganta, pero ni siquiera el grito parecía suficiente para contener aquello.

Su visión se nubló. El aire desapareció de sus pulmones. El corazón le golpeaba el pecho con violencia desbocada mientras el dolor se expandía, multiplicándose, devorándolo todo. Cada latido era una nueva sacudida, cada respiración una tortura añadida. No podía pensar. No podía rezar. Solo existía esa sensación insoportable de pérdida, de vacío, de algo esencial arrancado de ella, El brazo quedó colgando, inútil, sin responder a su voluntad. Sariel lo sintió ajeno, muerto, como si ya no formara parte de su cuerpo.

Durante unos instantes —o tal vez una eternidad— creyó que aquel sufrimiento la mataría. Y, por primera vez desde que había sido encerrada allí, deseó que así fuera.

De pronto, la obligaron a beber la pócima.

Un trasgo le sujetó la mandíbula con dedos huesudos y ásperos, apretando hasta hacerle crujir los dientes, mientras el otro le tapaba la nariz. El líquido fue vertido sin cuidado alguno. Ardía como fuego, espeso, que se deslizaba por su garganta obligándola a tragar entre arcadas. Sariel se ahogó, tosió, pero no tuvo elección. Tragó o moría allí mismo.

El efecto fue inmediato.

El dolor desapareció de golpe, de una forma tan brusca que la dejó desorientada. No hubo alivio, no hubo descanso; solo un vacío repentino, antinatural, como si alguien hubiera apagado una hoguera arrancándola de raíz. El brazo volvió a su sitio con un tirón seco, acompañado de una sensación repulsiva, como carne recolocándose donde no debía. La movilidad regresó.

Sariel jadeaba, empapada en sudor frío, temblando sin control. Sus sentidos aún gritaban que algo estaba mal, que aquello no era curación, sino una burla grotesca a la misericordia divina.

- ¿Has aprendido ahora? -preguntó la criatura, inclinándose hacia ella.

Sariel tardó varios segundos en enfocar la mirada. El mundo giraba. Su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si sus pulmones no recordaran cómo respirar.

- V-voy a terminar con todos vosotros… -escupió entre jadeos-. Con todas y cada una de las aberraciones que hay en este lugar.

El torturador sonrió despacio, saboreando cada palabra.


- Sabía que no me decepcionarías…

Volvió a agarrar el brazo.

Esta vez no hubo advertencia. No hubo juego previo. Tiró con toda su fuerza.

Sariel sintió cómo la piel cedía antes incluso de que su mente comprendiera lo que estaba ocurriendo. La sensación fue distinta, peor: ya sabía lo que venía, ya conocía el dolor, y esa anticipación lo volvió insoportable. La carne se desgarró con un sonido húmedo, obsceno. La sangre brotó caliente, empapándole el costado, el vientre, el suelo. Los trasgos la sujetaron del rostro, obligándola a mirar al frente, a no apartar la vista mientras aquello sucedía.

El dolor fue tan intenso que su grito se quebró, convirtiéndose en un sonido agudo, animal, irreconocible. Sus piernas se sacudieron sin control. Su cuerpo entero entró en espasmos violentos, luchando inútilmente contra unas ataduras que no cedían.

- ¡Detente…! —sollozó— ¡Por los dioses… por favor…!

El verdugo rió. Un sonido grave, satisfecho, lleno de placer enfermizo.

Y entonces ocurrió.

Un desgarro final, profundo, definitivo. Como tela rasgándose bajo una fuerza brutal. El mundo se contrajo en un punto de dolor imposible… y luego se rompió.

El brazo se separó de su cuerpo. Sariel dejó de gritar.

Su mente no pudo soportarlo. Su visión se oscureció por los bordes. Un pitido ensordecedor llenó sus oídos. En aquel instante aceptó su muerte. Se encomendó a Selûne con el último hilo de conciencia que le quedaba y cerró los ojos.

Pero no fue tan sencillo.

Captura de pantalla 2025-12-27 085104.pngNo supo cómo ni cuándo, pero la herida dejó de sangrar. El dolor regresó, sordo, profundo, constante, una presencia insoportable que latía al ritmo de su corazón. Despertó sobre la mesa de torturas, empapada en sangre seca y sudor. No sabía cuántas horas habían pasado. Quizá días.

Cuando logró arrastrarse hasta un poste y alzarse con dificultad, su cuerpo apenas le respondía. Cada movimiento era una punzada. Cada respiración, un esfuerzo titánico. Se sentía vacía, rota, incompleta.

Entonces miró al pasillo y allí estaba su brazo izquierdo, tirado en el suelo como un despojo. Mordido. Desgarrado.

Un ogro se acercó, lo tomó con una mano enorme y lo observó con curiosidad infantil. Luego sonrió… y mordió.

Sariel sintió cómo el estómago se le retorcía. No pudo apartar la mirada. El sonido de los dientes rompiendo carne resonó en el pasillo. El ogro mascó lentamente, saboreando, mientras la observaba.

- Mmmh… tu carne ser exquisita -gruñó, aunque más bien parecia una risa- ¿Toda tú saber igual…?

Sariel apenas podía hablar. El dolor la consumía. Pero reunió fuerzas.

- D-disfrútalo… bestia… —susurró—. Será lo último que comas…

El ogro rio con un estruendo, arrojó el brazo al suelo y se marchó.

Sariel se dejó caer. Hundió el rostro en el brazo que aún conservaba, intentando ahogar los gemidos que escapaban de su garganta. Dolor. Angustia. Miedo. Todo se mezclaba hasta volverse indistinguible.

Pasaron horas. Quizá más.

Sariel apenas era consciente del paso del tiempo. El dolor seguía ahí, constante, punzante, como un animal anclado a su carne. Respirar dolía. Pensar dolía. Incluso existir le parecía un esfuerzo innecesario. Miraba la pared sin verla, con los ojos abiertos pero vacíos, como si su mente se hubiera replegado para no romperse del todo.

Entonces, voces.

No gritos. No alaridos. Voces firmes, entusiastas, se temio lo peor.

- ¡Alabado sea! ¡Alabado sea nuestro señor!

Los cánticos recorrieron los pasillos como una marea. Algo se removió en su interior. Lentamente, con torpeza, Sariel se obligó a incorporarse. Sus piernas temblaron. El muñón invisible donde debería estar su brazo palpitó con una punzada fantasma tan intensa que casi la hizo caer de nuevo. Aun así, avanzó hasta los barrotes y se sostuvo de ellos con la mano que le quedaba.

Una figura femenina se detuvo frente a la celda.

No llevaba armadura ni cadenas. Su túnica estaba limpia. Su postura era erguida. Su rostro, sereno. Demasiado sereno para aquel lugar. La mujer la observó en silencio durante largos segundos, recorriendo con la mirada cada herida, cada mancha de sangre seca, cada temblor involuntario.

Sariel tragó saliva. Le costó enfocar.

- P-por favor… -susurró-. Necesito que tratéis mis heridas… no aguantaré mucho más…

La mujer ladeó la cabeza, estudiándola como se observa algo curioso.

- Oh, estoy segura de que aguantáis más de lo que creéis —respondió con voz suave—. Sois sorprendentemente resistente.

Sariel cerró los ojos un instante, reuniendo fuerzas.

- Os lo suplico…

La mujer sonrió apenas, un gesto mínimo.

- Podría hacerlo. Curaros. Aliviar el dolor. Incluso devolveros lo que os han quitado -añadió, dejando que la frase flotara en el aire-. Pero toda ayuda tiene un precio.

Sariel abrió los ojos.

- ¿Qué… qué queréis…?

La mujer dio un paso más cerca de los barrotes. Entonces Sariel lo vio: el símbolo de Asmodeo colgando de su cuello, rojo oscuro, pulido, intacto. El corazón le dio un vuelco.

- ¿Me pedís que renuncie a mi fe…? -preguntó con un hilo de voz.

- No seáis tan dramática -respondió la mujer con calma-. Nadie os pide que reneguéis de nada. Solo que aceptéis protección. Seguridad. Certeza.

Sariel dejó escapar una risa breve, rota, que terminó en tos.

- ¿Certeza? -murmuró-. Aquí solo hay cadenas… miedo… y monstruos.

- Y aun así, seguís viva -replicó la mujer-. Decidme, Sariel Shade… ¿dónde estaba vuestra diosa cuando os arrancaron el brazo?, ¿Cuando más la necesitais?

El golpe fue certero.

Sariel se quedó en silencio. Su respiración se volvió irregular. Apretó los barrotes con fuerza, hasta que los nudillos se le blanquearon.

- Selûne… -susurró-. Siempre está…

- ¿Aquí? -interrumpió la mujer-. ¿En este suelo manchado de sangre? ¿En el grito que nadie escucha? ¿En el dolor que no cesa?

Se inclinó ligeramente hacia ella.

- Yo estuve donde vos estáis ahora. Arrodillada. Suplicando. Creyendo que alguien me escuchaba.

Sariel alzó la mirada, confusa.

- Mentís…

- No -respondió la mujer-. Antiguamente, yo también rezaba a vuestra Señora.

Aquellas palabras atravesaron a Sariel con una fuerza inesperada. Algo se quebró en su interior. Bajó la mirada, apoyó la frente contra los barrotes. Su voz salió rota.

- Entonces… aún hay esperanza para vos…

La mujer sonrió con auténtica satisfacción.

- Eso mismo pensé yo -dijo-. Esperé. Confié. Me aferré a esa misericordia de la que habláis. Y mientras tanto… sufrí. Perdí. Me quebré. La mujer se enderezó.

- Hasta que alguien respondió.

Sariel levantó la vista, con dificultad.

- ¿Y qué os dio…? -preguntó-. ¿Poder…? ¿A cambio de qué…?

- De nada que no estuviera dispuesta a entregar -respondió sin dudar-. Y a cambio recibí fuerza. Voz. Voluntad. Ya no rezo en la oscuridad esperando ser escuchada. Ahora, cuando hablo… el mundo responde.

Sariel negó despacio.

- Una seguridad construida sobre el miedo… no es salvación.

- ¿Miedo? -repitió la mujer- Mirad vuestro cuerpo. Mirad vuestra celda. El miedo ya os posee. La diferencia es que yo os ofrezco control sobre él.

Guardó silencio un momento y luego añadió, con suavidad cruel:

- Vuestra diosa os dejó aquí, Sariel. Mi señor no lo haría.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Sariel antes de que pudiera detenerlas. No sollozó. No gritó. Simplemente cayeron, silenciosas, mezclándose con la suciedad de su rostro.

-Algún día… -susurró- os daréis cuenta de vuestro error. Y cuando caigáis… la Dama de Plata aún tendrá sus brazos abiertos para vos. Incluso entonces.

La mujer la observó fijamente. Por un instante, algo parecido a la ira cruzó su rostro. Pero se desvaneció rápido, sustituido por frialdad.

- Sois fiel, de una forma casi admirable. Es una lástima que vuestra lealtad esté dirigida al bando equivocado.

Dio media vuelta.

- No os preocupéis. Tendremos tiempo. El dolor es un maestro paciente.

Y se marchó.

Sariel se quedó allí, sola. Sus piernas cedieron y se dejó deslizar por un madero cercano hasta quedar sentada en el suelo. Su mirada volvió, inevitablemente, hacia el pasillo… hacia el lugar donde había visto su brazo abandonado como un despojo.

Ese día, por primera vez, no rezó, no porque hubiera perdido la fe, simplemente porque su cuerpo estaba demasiado cansado para sostenerla despierta, sus ojos se cerraron y su mente, finalmente, se apagó hasta el día siguiente con una última imagente, la tez morena de Gwenaelle.

Offtopic :
Gracias a @DM Kapillo y @DM Tepes por los ratitos, en contraste con la historia, fue bastante divertido
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Sariel

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Rasca, rasca, rasca.

La mujer no paraba de detener sus uñas contra el rostro, rascándose sin saber por qué, sin poder detenerse. El tiempo había dejado de existir. No sabía cuánto llevaba allí. El pelo enmarañado le caía por el rostro, las uñas negras de polvo, tierra y sangre. Las ropas apestaban a sudor rancio y hierro, pero ya era incapaz de percibirlo; el cuerpo se acostumbra incluso a lo insoportable.

Se había habituado, en parte, a la ausencia de su brazo. A los látigos. A las torturas diarias. Casi habían dejado de doler.
Cuando era azotada, simplemente miraba la pared. La observaba con una mirada ausente, fija, mientras el grisáceo brillo de sus ojos se apagaba hasta volverse opaco. Cada latigazo arrancaba un gemido breve, automático, pero nada más. No había gritos. No había súplica. Solo aceptación.

Todo se había vuelto monótono: despertar, comer pan mohoso, ser latigada, mirar la pared mientras los gritos de otros llenaban el aire, hasta caer dormida por puro agotamiento físico y mental.

Otro día más. Otro cualquiera.

Hasta que la gran mole que disfrutaba de cada sesión de tortura volvió a acercarse a la prisión. Esta vez no lo hizo sola.

Sariel alzó la vista.

Allí estaba Gwenaelle. De pie. Otra vez. Con esa forma de hablar distante, casi ajena. Pero esta vez entró con ella en la celda.

Mi amor, por Selûne… ¿qué os han hecho…? -dijo, clavando la mirada en el brazo ausente de la sacerdotisa-. Diosa… debéis aguantar, Sariel. Hemos llegado a un pacto. Un intercambio.

Sariel la observó, extrañada.

¿Un pacto? -preguntó con voz apagada-. ¿A quién habéis capturado que sea tan importante como para que se planteen entregarme, con el odio que me tienen?

La mestiza suspiró y asintió.

No me andaré con rodeos. Capturé a Sondakur. Hemos planeado intercambiarlo por ti.

Sariel ladeó la cabeza, escrutándola. Gwenaelle derrotando a Sondakur. Imposible. Aquello solo reafirmó lo que ya sabía. No era ella.

Ya veo -murmuró.

También, Sariel… -continuó- hemos llegado a otro trato. Me han dicho que liberarán a un esclavo de Imnescar por cada latigazo que yo te dé. Te amo, pero… debemos hacerlo por los indefensos. Es un sacrificio.

La Iluskana la miró fijamente y apretó levemente las manos.

Está bien… pero ven conmigo. Hace mucho tiempo que no te veo. Necesito sentirte. Déjame abrazarte.

Gwenaelle dudó unos instantes. Tomó un látigo a través de los barrotes y se acercó. Sariel la sujetó con cuidado del cuello, acarició su mejilla con el dorso de la mano. La mestiza intentó apartarse, pero aun débil, Sariel seguía siendo fuerte.

¿Recuerdas aquel día en el claro de las hadas, mi luna? -susurró-. El día que te pedí la mano… Déjame volver a hacerlo. Quizá sea la última vez que pueda expresarte mi amor.

P-pero… -titubeó- bien, aunque debemos darnos prisa. Hay que liberar a los esclavos.

Sariel sonrió. Una sonrisa tan serena que por un instante parecía intacta, como si nunca hubiera sufrido.

Oh, perdóname. Tienes razón… no tardaré.

Cuando Gwenaelle intentó besarla, Sariel retrocedió un paso. Con su único brazo la aferró del cuello y, sin mediar palabra, estampó su rostro contra la mesa de torturas ensangrentada. Una vez. Y otra. Y otra.

¡B-basta! ¿Por qué haces esto? -sollozaba la mestiza.

La ira estalló.

¡QUE LA LUZ DE MI DIOSA OS PURGUE A TODOS, BESTIAS! -rugió Sariel, fuera de sí-. ¡NO LLEGARÁ EL DÍA EN QUE MI NOMBRE SEA CONOCIDO POR DOBLEGARME ANTE LAS SOMBRAS QUE PORTÁIS, NI VOSOTROS NI VUESTRO SEÑOR! ¡NO SOY SARIEL, NO TENGO NOMBRE, SOY FUEGO ENCARNADO! ¡MATADME AHORA O JURO QUE NO ME DETENDRÉ HASTA QUE TODOS ARDÁIS EN EL FUEGO LUNAR DE LA DAMA!

Golpeó sin descanso a la súcubo que había tomado el rostro de su amada. Los guardias no tardaron en llegar, junto al torturador. Sin decir palabra comenzaron a latigarla. No importaba.

Llevada por un frenesí heredado de la sangre bárbara de la Columna del Mundo, siguió golpeando, una y otra vez, con una sola idea en la mente: matarla.

Pero todo tiene un límite.

El dolor terminó por vencerla. Las fuerzas la abandonaron. Cayó al suelo, soltando a la criatura, que permanecía en pie, con el rostro ensangrentado y los ojos llenos de ira.

¿Tenía que ser por las malas, verdad? -escupió la súcubo-. Podrías haber disfrutado de esto. Podría haber sido placentero para ambas… pero parece que te gusta el dolor, Sariel Shade.

El látigo cayó sobre ella una y otra vez. Sariel se encogió en el suelo, en posición fetal, dejándose hacer. Sabía cuál era su lugar. Hasta que el propio torturador la detuvo.

¡Basta! Debe quedar viva para el señor. Si seguir, tú matar.

El pitido en los oídos era ensordecedor. Apenas vio los pies de sus carceleros alejarse. Luego su mirada se posó en un tenue rayo de luna que se filtraba por la pequeña ventana enrejada.

¿De verdad me has abandonado…? -susurró- ¿Con todo lo que he hecho por ti?

Cerró los ojos. Por un instante pareció quebrarse. Pero los abrió de nuevo.

No soy nadie. No tengo buena.pngnombre. Soy luz. Soy tu palabra. Soy tu credo. Soy tu voluntad. Soy tu arma. Soy tu escudo. Mi vida es tuya. Mi muerte también. No soy nadie. No tengo nombre. Soy luz. Soy tu palabra. Soy tu credo. Soy tu voluntad. Soy tu arma. Soy tu escudo. Mi vida es tuya. Mi muerte también. No soy nadie. No tengo nombre. Soy luz. Soy tu palabra. Soy tu credo. Soy tu voluntad. Soy tu arma. Soy tu escudo. Mi vida es tuya. Mi muerte también. No soy nadie. No tengo nombre. Soy luz. Soy tu palabra. Soy tu credo. Soy tu voluntad. Soy tu arma. Soy tu escudo. Mi vida es tuya. Mi muerte también.

Repitió el salmo, una y otra vez, durante horas, hasta que el cuerpo, por fin, se apagó y durmió.

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