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Camino al Amanecer

TortugaVeloz

Pastilla perdida de Lunanegra
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Abandono

¿Porque los caballos hacen tanto ruido? Pensó la niña mientras se zarandeaba en la parte trasera de un carruaje. Estaba acompañada de una mujer alta, con los cabellos castaños y de piel pálida. Portaba un vestido modesto que apenas hacía justicia al lujoso carruaje en el que ambas viajaban.
La niña, miró a su madre y con una mirada un tanto perdida como era habitual en ella, pudo observar como se mantenía rígida mirando al frente con un rostro muy serio. Puede que hoy sea el día. Por fin conoceré a Papá. Pensó Charlotte mientras se reacomodaba la diadema, pues ese día su madre su madre la despertó para inmediatamente salir en ese curioso carruaje. Solía usar la misma ropa para dormir y para pasear lo que no suponía un gran problema, sus recursos no daban para mucho más.

El carruaje avanzó durante un par de horas, ambas mantuvieron el silenció, Charlotte no solía hablar, por lo general solo observaba. Su madre por su parte se limitaba a mirar al frente intentando mantenerse fuerte y observando esporádicamente a la pequeña hasta que finalmente, el carro paró.
- Venga Charlotte. - Le indicó la madre mientras la acompañaba fuera del carruaje.
Charlotte como era habitual reaccionó zafándose de su madre e intentando bajar del carro por su propia cuenta. Pegó un salto, trató de mantener el equilibrio pero se balanceo hacia delante llegando a tener que poner las dos manos en el suelo para evitar caer. Como duele, me tendré que lavar manos bien. Pensó mientras observaba sus manos manchadas en el barro aún húmedo por las lluvias del día anterior, acto seguido alzó la mirada al frente.

Se encontraba frente a un patio, bastante grande donde unas mujeres vestidas con unas túnicas muy extrañas para la niña hablaban con un conjunto de niños pareciendo recitar alguna oración. Era un patio mayoritariamente de tierra con algunas islas de hierba, el suelo estaba húmedo. Observó el patio captando todo detalle con su mirada perdida en un mar de detalles, para después tornar la vista a su madre.
- ¿Mamá? - Musitó Charlotte. Antes de zafarse como siempre lo hacía, aunque por una vez había estado inmóvil unos segundos.
La mujer hizo acopio de sus fuerzas mientras un par de lagrimas se deslizaban por sus mejillas.
- Adiós pequeña. Te quiero. - Dijo con la voz medio rota.
La mujer se subió de nuevo al carruaje intentando no mirar atrás para dejar a la pequeña delante de ese enorme patio.

El carro empezó a moverse y Charlotte, con su piernas cortas corrió con todas sus fuerzas detrás del carro. Cruzó varias esquinas corriendo y esquivando al gentío. Todo era muy ruidoso y movido no estaba acostumbrada a ese ambiente lo cual le dificultó enormemente su persecución. Corrió un par de minutos hasta llegar a una calle que daba a la costa, donde finalmente perdió de vista aquel curioso y maldito carruaje.
Jadeando apoyó sus manos manchadas sobre sus viejas ropas, llenándolas de barro. No sé donde estoy. No entiendo que acaba de pasar. Puede que vuelva a la noche como siempre hace en casa y me cuenta un cuento. Puede que aquel lugar sea nuestra nueva casa. La niña solía tener muy buena memoria, sabia perfectamente los pasos que había desde casa hasta cualquier lugar del pueblo, no debería serle difícil retornar o eso pensó. Anduvo durante horas, aquello no era como su pueblo, muchas casas se parecían había hombres y mujeres por todos lados, además la persecución y el cansancio le nublaron la memoria. Con la caída del sol decidió volver a la playa y buscar refugio.
Miró de refugiarse en varios lugares donde pasar la noche pero los hombres la echaban como a una vulgar ladronzuela, además ella no tenía ni las fuerzas ni el valor para hablar con esos extraños.
Finalmente en un callejón perpendicular al mar se pudo refugiaren lo que eran los restos de una caja y las telas de un saco.

Pasó la fría noche sin dormir, mientras lloraba desconsoladamente incrédula de lo sucedido durante aquel día.No puede ser, mamá volverá y no estaré. En aquel momento recordó el rostro triste de su madre, despidiéndose de ella. No, mamá no volverá.



 
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TortugaVeloz

Pastilla perdida de Lunanegra
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Un amigo

Las horas pasaron y entre llantos y lamentaciones la aún infanta Charlotte no durmió, los primeros rayos de Sol la cegaron. La pequeña caja de madera medio partida y astillada en la que se refugió se encontraba en un callejón que daba directamente al mar, el puerto llevaba ya un buen rato activo y se podía ver a la gente marchar arriba y abajo por el paseo.
Charlotte cogió su diadema la miró fijamente unos segundos para recolocársela y levantarse. En un pequeño murmuró:
- Habrá que saber volver.


Anduvo por las calles, la gente le miraba extraño, una niña sola a esas horas de la mañana no podía ser mas que una mendiga, nadie parecía querer ayudarla. El tiempo pasaba y por pura probabilidad si se movía por la zona acabaría llegando.

Finalmente llegó a las puertas de ese patio, ya no estaba húmedo como el día anterior había hecho un sol abrasador durante la tarde anterior y la noche fue cálida. Una hermana acogió a la pequeña Charlotte.
- ¿Entiendo que estes asustada, eres la niña de ayer verdad? – Dijo la hermana agachándose a la altura de la pequeña apoyándose sobre sus rodillas con las palmas de las manos.
Charlotte la miró inexpresiva unos segundos hasta asentir y observar el resto del patio. Había un par de niños correteando por el patio, parecía que jugaban al pilla-pilla. Había tres grandes puertas una en cada una de las paredes, todas con una decoración distinta, aunque toda haciendo referencia al dios quebrado. Ambas avanzaron y enseñaron a Charlotte su nuevo hogar, asignándole una de las múltiples literas de una habitación que se encontraba tras subir las 47 escaleras.


Los años iban pasando, la niña rubia apenas hablaba con los otros de su condición, pasaban las horas y ella se sentaba en las ramas de un árbol que había en el patio, escalarlo era fácil, solo tenia que poner un pie en agujero del tronco principal y colgarse de un salto de una no muy gruesa pero firme rama. A menudo las hermanas la obligaban a bajarse por seguridad. Hasta que un día, quien le dijo de bajar no fue una de las hermanas. Era un niño un poco mayor que ella, era de los pocos que no se metía con ella por no hablar, además había llegado hace muy poco, tenía el cabello rizado y muy corte y una tez oscura que inspiraba algo de curiosidad en la pequeña, pero hacía que los demás niños lo discriminaran.

- Baja de ahí Charlotte y ven conmigo. – Dijo tras hacerle un gesto que la niña no entendió.

Parece que quiere que le acompañe, no se a dónde querrá ir, pero seguro que es mas interesante que quedarse aquí. Pensó mientras de un salto aterrizaba en el suelo, ese salto no solía dársele bien a menudo se pelaba las rodillas o se hacía daño en las manos durante el aterrizaje, pero ese día cayó perfecta.

El niño la intentó coger de la mano, pero esta no se dejó, entonces se la quedó mirando unos segundos y le dijo que lo siguiera. Sigo al niño, a escondidas se escaparon del orfanato y fueron al distrito portuario. Una vez allí mando a la niña esperar y volvió con un pequeño surtido de dulces. El niño obviamente era un ladronzuelo, pero para él y prácticamente cualquiera era muy fácil en ganar a la inocente Charlotte. Ese tipo de salidas se volvieron habituales durante un par de años, yendo a la playa a comer dulces y bollos hasta el punto de que se podía decir que Charlotte había engordado bastante.

Un día Uriel simplemente parecía no regresar, en las calles se escuchaba mucho revuelo, un tendero lo había pillado y le estiraba el pescuezo estaba regañándolo y diciendo que lo iba a llevar con las autoridades. Charlotte se abrió paso entre esa molesta e incómoda multitud.
- Déjalo, es un buen chico. No le hagas daño. – Gritó con una voz poco intimidante.


El niño dejó de retorcerse por un momento, era la primera vez en mucho tiempo que oía a la niña hablar, su grito sonó dulce, aunque enfadada. Por un momento toda la multitud miró a la pequeña, llevaba ropas muy desgastadas, obviamente la tomaron por otra ladronzuela, entre ellos un niño mas o menos de su edad bien vestido se acercó, pero su madre no tardó en reaccionar.

- Cielo, ¿qué estás haciendo? No te desvíes, por favor, no te acerques a esa niña. – Le dijo, aunque al ver que este no le hizo caso le dio un tirón y se lo llevó.

El hombre se acercó colgó le dio un buen golpe al chico y se dirigió a la niña.

- ¿Quieres ver qué hacemos con los ladronzuelos pequeñaja? – Le dio un par más de golpes al chico ante la impotencia de Charlotte.

- ¡Corre o a Charlotte acabarás igual! – Dijo Uriel .

La niña rubia tardó en reaccionar y el hombre que dejó a Uriel en el suelo bajo la atenta mirada del público se acercó a Charlotte intento agarrarla con la zurda pero gracias a su experiencia tras haber sufrido agresiones por parte de los otros huérfanos en alguna ocasión esquivó el agarre aunque no contó con que alguien del grupo la atraparía, ella estiró, hasta que los harapos que llevaba mal cosidos cedieron, sin ningún miramiento y preocupación asustada y entre lágrimas por la experiencia salió corriendo de la escena y llegó corriendo al orfanato.

Una vez allí las hermanas atendieron a la niña asustada y le dieron unas ropas para que se cambiara. Finalmente, la niña esperó toda la noche a la vuelta de Uriel, un regreso que nunca llegó y le llenó de tristeza el corazón.
 
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Un lugar al que regresar.



Era una noche de primavera, las maderas que cimentaban la casa abandonada en la que se refugiaba aún estaban húmedas por la lluvia del día anterior, el saco de ropas que se había preparado para ablandecer el duro suelo sobre el que dormía se contagiaba de esa humedad. Charlotte se revolvía en él incomoda fruto de una molesta y agobiante pesadilla.

Estaba en el centro del patio donde los demás solían jugar, rodeada, todos la miraban algunos alzaban la mano, la señalaban y gritaban, podía distinguir alguna que otra palabra, eran los insultos de siempre, aquellos de los que un día escapó. Se llevó las manos a los oídos, cerró los ojos esperando a que todo pasara, eventualmente una cuidadora intervendría, pero nadie vino, ya ni siquiera estaba su amigo, se lo habían llevado, al fin y al cabo, era un ladrón. Mientras sus pensamientos se nublaban más y más por la cacofonía que suponían todos los gritos de su alrededor, abrió los ojos y vio un objeto grisáceo de geometría más o menos redondo dirigiéndose directo a su frente, golpeándola y despertándola en el acto.

Su respiración estaba agitada y se retorció unos segundos abriendo los ojos, se sentó incomoda en el suelo mientras aún podía sentir su corazón latiendo fuertemente dentro de su pecho. Con el paso de los minutos se fue relajando, se sentó reposando su espalda en una de las maderas y asomando la mirada entre dos tablones que conformaban la pared que daba al este de su maltrecho hogar. Realmente costaba imaginarse como esa aislada casa de los suburbios aún se mantenía en pie. Posó la mano en el suelo palpando otro tablón de madera que se hundía en la tierra, se manchó las manos y observó el tablón dándose cuenta de que en ese pequeño amasijo brotaban unos tallos verdes que podía distinguir gracias a los primeros rayos del amanecer que se filtraban entre ambos tablones.

Los tallos brillaban y su color verde le recordaban el inicio de la primavera, la pequeña sonrió viendo los tallos, podía ir a los bosques a buscar algún fruto y ver alguna de esas preciosas flores que tanto le fascinaban. Con la llegada de los rayos del amanecer se levantó, acto seguido se expulsó las ropas en un intento inútil de limpiarlas. Salió de su casa por un hueco que actuaba como acceso a su hogar y se vio deslumbrada por la luz del amanecer. Avanzó hacia un pozo se encontraba en las afueras de la ciudad. Setecientos veintisiete pasos, uno menos que ayer, puede que haya crecido. Era consciente de lo mucho que había crecido, el día que lo encontró daba trece pasos más.

Con el cubo ya lleno, durante el trayecto de vuelta pudo percatarse de una inusual concentración de gente en la barrera entre los suburbios y el barrio del norte. Rápidamente regresó a su hogar y aprovechó para curiosear en la lejanía del gentío, se adentró en el rico barrio del norte. Ella desconocía si hoy pudiera comer o que podía llegar a salir mal parada, lo único que sabía era que al día siguiente también amanecería y podría ir a buscar más comida. Se adentró en las lujosas calles adyacentes al conflicto que parecían mucho más vacías y tranquilas que de costumbre. Asombrada por el contraste entre las calles que hoy circulaba y por las que normalmente caminaba. Eventualmente se perdió.



En un momento vio a un par de guardias al fondo de la calle, su primera reacción fue intentar esconderse entre unos arbustos que separaban una lujuriosa casa de las calles, se mantuvo quieta, en silencio y cuando pasaron se movió aprovechando para curiosear el interior del patio. Este era imponente y colorido, se podía apreciar la gran variedad de flores que rodeaban una gloriosa fuente de mármol blanco de dos niveles situada en el centro. Charlotte gateó hasta salir del arbusto poniéndose de pie y admirando la belleza que el mundo le había puesto al frente. Avanzó y divisó cuatro árboles frutales distintos, el situado a su izquierda era el que más destacaba, no tenía hojas si no que en su lugar había unas flores rosadas, algo jamás visto por Charlotte.



Llevaba un par de minutos observando asombrada el festival de colores que suponía dicho jardín cuando una mano suavemente se posó sobre su hombro sobresaltando a la joven, que asustada corrió detrás de la fuente, durante breves instantes pudo apreciar los guijarros que adornaban el fondo de esta, jugando con el amarillo y naranja para formar la imagen del astro que los iluminaba todas las mañanas. El hombre se acercó sin hostilidad, solemne, aparentaba tener unas treinta primaveras, sus cabellos eran claros y castaños, estaban bien peinados y se veían acompañados de una barba recortada muy bien cuidada, el avanzaba sonriente hacía la joven y se agachó para hablarle.
— ¿Te has perdido? — Dijo el hombre con una voz profunda. Mientras Charlotte aterrorizada se negó a articular ninguna palabra.

A medida que miraba al hombre lo analizaba, no parecía como el resto de las personas que habitaban su barriada, tampoco la miraba con odio como solían hacer en este mismo distrito, tenía otra mirada, no la había agarrado de la camisa larga y desgastada que llevaba, le había puesto la mano en el hombro, aunque el gesto era molesto, no era hostil. Así que finalmente asintió. El hombre la invito a sentarse en el borde de la fuente a lo cual ella accedió tras dudarlo durante una decena de segundos.

—¿Como has acabado en este lugar? Pequeña. — Preguntó el hombre observándola con alguna sonrisa.

Aunque le costó articular las palabras alzó la mirada contestando al hombre — No me llamo pequeña, mi nombre es Charlotte. —Replicó rápidamente, después hizo una pausa reflexionando antes de contestar al hombre. — Me escondía de la gente mala y acabé aquí. Su jardín es muy hermoso Señor. — Hacía mucho que no hablaba con nadie, puede que meses, pero ese hombre le transmitía un aire diferente a la del resto de personas que había conocido hasta ahora, su expresión era afable y cercana, no le miraba como el resto del mundo, una niña pobre y sucia que solo traerá problemas a quien se le acerque, fuera lo que fuera, la hacía sentir cómoda.

—Ven, te enseñaré el jardín. — Le hizo un gesto para que le acompañara, aunque Charlotte no reaccionó al gesto, lo siguió. —Estos cuatro arboles, representan la renovación que supone cada cambio en las estaciones, durante el final de la primavera el manzano nos regala sus hermosas flores blancas para posteriormente en verano darnos sus frutos, algo similar sucede con el membrillo que florece durante el verano y nos da sus frutos durante el otoño, el naranjo florece durante el invierno y nos proporciona sus gloriosas y coloridas naranjas y finalmente el hermoso cerezo que durante estos días florece dándonos una belleza sin igual.

Charlotte parecía apasionada por sus lecciones mientras lo escuchaba atentamente, las horas pasaron y el hombre le explicó con todo detalle sobre el jardín. Aprendió los nombres de las distintas flores, sus cuidados y varios de sus significados. Entonces el hombre acabo guiándola hasta la puerta.

—Creo que deberías volver con tus padres, es tarde y puede que te estén buscando. — Le sonrió brevemente antes de proseguir despidiéndose — Recuerda Charlotte, siempre hay un nuevo amanecer el que podrás regresar si quieres saber más.

En silencio marchó a su maltrecho hogar para descansar, pese a que el hombre le había dado un poco de alimento durante su estancia, hoy no había conseguido comida, pero había encontrado un lugar al que regresar.
 

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