Cloudalbert
Zapatillas de osito de Shama
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Brillante. Increíblemente brillante, o quizás sólo se le antoja así, ese punto perdido ahí arriba, pequeña luz ciega colgada de un techo demasiado alto, una mancha más en un tapiz muy grande. Y niega despacio con la cabeza, a nadie y a todos, un par de veces, cepillando sus hombros y espalda, su pecho, con el descuidado pero brillante manto blanco. Dos veces se ha puesto ya la Luna desde el confuso incidente de la grieta entre los mundos, y aún no atina a sacarse de delante de los ojos ese extraño velo que todo lo desdibuja y difumina, manteniendo algo en su interior en una incómoda ingravidez irreal, haciéndole sentir aún cautivo de un molesto y prolongado sueño o ilusión, tonto niño viejo engañado por el destino.
Pero no se esfuerza esta vez en aferrarse a la realidad, no tiene ganas de sentir la áspera corteza de la rama en que se apoya, ni el frío viento nocturno que acaricia su pecho desnudo, libre de obstáculos traidores en este privilegiado palco del bosque, por encima del resto de menguados y rencorosos pinos. No tiene ganas. Así que no hace más que desafiar aún al pequeño y desconocido punto con su extraña mirada, intensamente ambarina y a la vez tan apagada, cansada. Frágil y afilada como una solitaria esquirla de hielo colgando de un precipicio sin fondo, amenazando brava con su aguda punta, gritando que puede matar si se lanza, a sordas sabiendas de que se quebraría en fríos pedazos en el mismo momento de hacerlo, vana y valientemente. Y parpadea la aludida, titilando sin que nadie pueda saber si se arredra o devuelve el desafío. O si simplemente guiña el ojo a algún otro amante lejano más digno de sus exquisitas atenciones. Quizás sea sólo un poco de cada, le dice una voz en su cabeza que ni siquiera oye ya a estas alturas, tan hecho a ignorarla, pues nunca aportó nada práctico, espectadora de un mundo lejano. Una y todas a la vez, ninguna.
Demasiadas cosas a la vez intenta asir, demasiadas cubrir bajo el manto de sus fuertes pero no tan grandes brazos. Y se mantienen todas en precario equilibrio, apretándose entre ellas, amenazando con caérsele encima en pesado desprendimiento al menor paso en falso, al gesto equivocado, al soplo de viento inesperado. Demasiadas, y aún así, tan poco atendida la más importante de todas ellas, quizás por falta de tiempo o desgana, quizás por miedo, miedo a perder aún más de lo que tiene… Se le vienen a la mente dos grandes e inocentes ojos zarcos que le miran expectantes y temerosos, y su propia voz resonando hueca y áspera, rasposa, ajena y extraña.
“Además… ella aún me espera al otro lado. Y es mi deber acompañarla cuando termine aquí…”
Cuando termine aquí, se repite con media sonrisa agria, sin un asomo de humor o alegría. Y entorna los ojos ligeramente, dejándolos caer con el peso de la culpa; ni siquiera por pasiva es capaz de dejar de dañar a los que menos lo merecen… Sólo dos cosas deberían atarle aún a este mundo, y ninguna de ellas recibe últimamente una pizca de los esfuerzos que merecen. La caza de aquella que todo se lo llevó, y los cuidados de la pequeña Ayume, que no pocas veces se ha visto en peligro ya por su culpa… Diablos, ni siquiera la está viendo crecer, relegando su cuidado continuamente a unos y otros, con la excusa de que la cría está bien con ellos… Pero frunce los labios, dejando escapar un atrevido colmillo, ávido de aire. A sí mismo no puede engañarse, no en las noches como ésta. Y alza la vista de nuevo, abandonando la caprichosa estrella, más allá de ésta, de Selune, y de su estela de Lágrimas, preguntándose si realmente ella le aceptaría a estas alturas, esté donde esté, sabiendo cómo ha llevado y lleva las cosas…
Un hondo y pesado suspiro, casi un gemido, acariciando con dos dedos el broche centro de su collar, intentando en vano dejar de fustigarse así, más nada se puede contra la verdad del que conoce sus faltas. Con lo que tiene ahora, podrían por fin haberse retirado como se prometieron, haber buscado un hogar en algún lugar remoto, y sin embargo, últimamente ni siquiera consigue recordar con claridad su rostro, por mucho que le aterrorice el reconocerlo… Y de nuevo la agria sonrisa, negro sustituto de unas lágrimas que hace mucho que murieron, con ella. Ahora, ese oro sólo servirá para arriesgar más vidas, y como siempre, caerán los menos culpables. Siempre ha sido así.
¿Está acaso olvidando? No le extrañaría para nada, bien se conoce, sabe de su cobardía inconsciente, casi una voluntad propia, independiente, tan capaz de intentar borrar pecados pasados, con la inocencia con que un crío olvida para dormir. Pero frunce el ceño con severidad, no dispuesto a permitirse nada siquiera parecido, negándose al injusto perdón, llevando una mano al pecho que se encuentra con una reciente cicatriz… Una gran línea amoratada que cruza su pecho en diagonal, profunda… Ya casi había olvidado heridas como ésa, ya casi se creía fuerte… Y sin embargo se hace viejo, viejo mucho antes de tiempo, aun cuando apenas debería pasar la madurez, se siente terriblemente anciano y cansado, hundiéndose unos fuertes y firmes hombros bajo un peso mayor que el de los gigantes que más de una vez ha alzado a pulso.
Miedo, miedo de nuevo a ganar, pues implica poder perder. La marcha de Sanuye se lo recuerda martilleante en las sienes, todos tenemos un fin, y el que menos asusta, es el propio. La pequeña Ayume, que acabará por odiarle al crecer si sigue así… Mekhare, a la que ha permitido acercarse de más… Dioses, ¿En qué diablos pensaba cuando aceptó guiarla? Y gruñe bajo, sabiendo que pese a todo, no tenía otra opción, ella no se la dio, o quizás él mismo la negó. Por no hablar de todos los demás que cuentan con él, que aunque fuertes, no son invencibles… Nadie lo es ante los golpes que no se dan con armas.
Ardeil se muestra dolido como nunca, aún a pesar de su semblante severo sentado en su trono. El León ha perdido una parte irremplazable de sí, y sospecha que si no llora por las noches, poco le debe faltar. Elam y los suyos, tan inocentes y optimistas que parecen pedir casi a gritos una daga entre las costillas… Y tantos, tantos más.
Se sobrevalora, sabe que se sobrevalora… Pero no hay otra vía, no hay mas opción, pues ninguna de sus cargas es rechazable, a ninguna está dispuesto a abandonar, aún sabiendo lo que sabe… Así que se alza una vez más, mandando al diablo el cansancio, desdeñando la molesta irrealidad, y cerrando una vez más las puertas de su propia cabeza. Mejor así, mejor sin escucharse, ya casi amanece, y mucho tiempo ha perdido ya. Mejor mantenerse en movimiento, y no pensar, nunca pensar. Pensar no arregla nada, no salva nada, al menos no su pensar. Se cuelga de nuevo el viejo y gastado petate al hombro, y se lanza al vacío, salvando la caída de varias decenas de pies con ágiles rebotes y balanceos entre ramas, perdiéndose bajo el verde manto arbóreo, desapareciendo, como siempre, entre sus espesas ramas, a toda velocidad.
Que piensen los listos… Mejor actuar.
// Sé que tengo muchos relatos atrasados, pero me apetecía poner cuatro líneas de algo más actual, así que me dejé llevar escribiendo lo que me venía a la cabeza, sin mas. El resultado es esto xP
Brillante. Increíblemente brillante, o quizás sólo se le antoja así, ese punto perdido ahí arriba, pequeña luz ciega colgada de un techo demasiado alto, una mancha más en un tapiz muy grande. Y niega despacio con la cabeza, a nadie y a todos, un par de veces, cepillando sus hombros y espalda, su pecho, con el descuidado pero brillante manto blanco. Dos veces se ha puesto ya la Luna desde el confuso incidente de la grieta entre los mundos, y aún no atina a sacarse de delante de los ojos ese extraño velo que todo lo desdibuja y difumina, manteniendo algo en su interior en una incómoda ingravidez irreal, haciéndole sentir aún cautivo de un molesto y prolongado sueño o ilusión, tonto niño viejo engañado por el destino.
Pero no se esfuerza esta vez en aferrarse a la realidad, no tiene ganas de sentir la áspera corteza de la rama en que se apoya, ni el frío viento nocturno que acaricia su pecho desnudo, libre de obstáculos traidores en este privilegiado palco del bosque, por encima del resto de menguados y rencorosos pinos. No tiene ganas. Así que no hace más que desafiar aún al pequeño y desconocido punto con su extraña mirada, intensamente ambarina y a la vez tan apagada, cansada. Frágil y afilada como una solitaria esquirla de hielo colgando de un precipicio sin fondo, amenazando brava con su aguda punta, gritando que puede matar si se lanza, a sordas sabiendas de que se quebraría en fríos pedazos en el mismo momento de hacerlo, vana y valientemente. Y parpadea la aludida, titilando sin que nadie pueda saber si se arredra o devuelve el desafío. O si simplemente guiña el ojo a algún otro amante lejano más digno de sus exquisitas atenciones. Quizás sea sólo un poco de cada, le dice una voz en su cabeza que ni siquiera oye ya a estas alturas, tan hecho a ignorarla, pues nunca aportó nada práctico, espectadora de un mundo lejano. Una y todas a la vez, ninguna.
Demasiadas cosas a la vez intenta asir, demasiadas cubrir bajo el manto de sus fuertes pero no tan grandes brazos. Y se mantienen todas en precario equilibrio, apretándose entre ellas, amenazando con caérsele encima en pesado desprendimiento al menor paso en falso, al gesto equivocado, al soplo de viento inesperado. Demasiadas, y aún así, tan poco atendida la más importante de todas ellas, quizás por falta de tiempo o desgana, quizás por miedo, miedo a perder aún más de lo que tiene… Se le vienen a la mente dos grandes e inocentes ojos zarcos que le miran expectantes y temerosos, y su propia voz resonando hueca y áspera, rasposa, ajena y extraña.
“Además… ella aún me espera al otro lado. Y es mi deber acompañarla cuando termine aquí…”
Cuando termine aquí, se repite con media sonrisa agria, sin un asomo de humor o alegría. Y entorna los ojos ligeramente, dejándolos caer con el peso de la culpa; ni siquiera por pasiva es capaz de dejar de dañar a los que menos lo merecen… Sólo dos cosas deberían atarle aún a este mundo, y ninguna de ellas recibe últimamente una pizca de los esfuerzos que merecen. La caza de aquella que todo se lo llevó, y los cuidados de la pequeña Ayume, que no pocas veces se ha visto en peligro ya por su culpa… Diablos, ni siquiera la está viendo crecer, relegando su cuidado continuamente a unos y otros, con la excusa de que la cría está bien con ellos… Pero frunce los labios, dejando escapar un atrevido colmillo, ávido de aire. A sí mismo no puede engañarse, no en las noches como ésta. Y alza la vista de nuevo, abandonando la caprichosa estrella, más allá de ésta, de Selune, y de su estela de Lágrimas, preguntándose si realmente ella le aceptaría a estas alturas, esté donde esté, sabiendo cómo ha llevado y lleva las cosas…
Un hondo y pesado suspiro, casi un gemido, acariciando con dos dedos el broche centro de su collar, intentando en vano dejar de fustigarse así, más nada se puede contra la verdad del que conoce sus faltas. Con lo que tiene ahora, podrían por fin haberse retirado como se prometieron, haber buscado un hogar en algún lugar remoto, y sin embargo, últimamente ni siquiera consigue recordar con claridad su rostro, por mucho que le aterrorice el reconocerlo… Y de nuevo la agria sonrisa, negro sustituto de unas lágrimas que hace mucho que murieron, con ella. Ahora, ese oro sólo servirá para arriesgar más vidas, y como siempre, caerán los menos culpables. Siempre ha sido así.
¿Está acaso olvidando? No le extrañaría para nada, bien se conoce, sabe de su cobardía inconsciente, casi una voluntad propia, independiente, tan capaz de intentar borrar pecados pasados, con la inocencia con que un crío olvida para dormir. Pero frunce el ceño con severidad, no dispuesto a permitirse nada siquiera parecido, negándose al injusto perdón, llevando una mano al pecho que se encuentra con una reciente cicatriz… Una gran línea amoratada que cruza su pecho en diagonal, profunda… Ya casi había olvidado heridas como ésa, ya casi se creía fuerte… Y sin embargo se hace viejo, viejo mucho antes de tiempo, aun cuando apenas debería pasar la madurez, se siente terriblemente anciano y cansado, hundiéndose unos fuertes y firmes hombros bajo un peso mayor que el de los gigantes que más de una vez ha alzado a pulso.
Miedo, miedo de nuevo a ganar, pues implica poder perder. La marcha de Sanuye se lo recuerda martilleante en las sienes, todos tenemos un fin, y el que menos asusta, es el propio. La pequeña Ayume, que acabará por odiarle al crecer si sigue así… Mekhare, a la que ha permitido acercarse de más… Dioses, ¿En qué diablos pensaba cuando aceptó guiarla? Y gruñe bajo, sabiendo que pese a todo, no tenía otra opción, ella no se la dio, o quizás él mismo la negó. Por no hablar de todos los demás que cuentan con él, que aunque fuertes, no son invencibles… Nadie lo es ante los golpes que no se dan con armas.
Ardeil se muestra dolido como nunca, aún a pesar de su semblante severo sentado en su trono. El León ha perdido una parte irremplazable de sí, y sospecha que si no llora por las noches, poco le debe faltar. Elam y los suyos, tan inocentes y optimistas que parecen pedir casi a gritos una daga entre las costillas… Y tantos, tantos más.
Se sobrevalora, sabe que se sobrevalora… Pero no hay otra vía, no hay mas opción, pues ninguna de sus cargas es rechazable, a ninguna está dispuesto a abandonar, aún sabiendo lo que sabe… Así que se alza una vez más, mandando al diablo el cansancio, desdeñando la molesta irrealidad, y cerrando una vez más las puertas de su propia cabeza. Mejor así, mejor sin escucharse, ya casi amanece, y mucho tiempo ha perdido ya. Mejor mantenerse en movimiento, y no pensar, nunca pensar. Pensar no arregla nada, no salva nada, al menos no su pensar. Se cuelga de nuevo el viejo y gastado petate al hombro, y se lanza al vacío, salvando la caída de varias decenas de pies con ágiles rebotes y balanceos entre ramas, perdiéndose bajo el verde manto arbóreo, desapareciendo, como siempre, entre sus espesas ramas, a toda velocidad.
Que piensen los listos… Mejor actuar.
// Sé que tengo muchos relatos atrasados, pero me apetecía poner cuatro líneas de algo más actual, así que me dejé llevar escribiendo lo que me venía a la cabeza, sin mas. El resultado es esto xP