En los silenciosos pasillos del Prisma del Éter, donde las luces de cristal titilaban con un resplandor etéreo, la tripulación se reunió con premura. El murmullo de la biblioteca arcana, los ecos de la bodega y los susurros entre estanterías se desvanecieron cuando sintieron el súbito y aterrador cese del movimiento de la nave. La inercia desapareció, como si una garra invisible los hubiera atrapado en su puño.
Lekín fue el primero en alzar la vista con el ceño fruncido. Boom resopló inquieto, mientras Vessir cerraba de golpe un tomo flotante. La brisa arcana que recorría la nave se volvió estática. Algo había sucedido. Algo estaba aquí.
Se apresuraron a subir a la cubierta y lo primero que vieron fue a Luskara inmóvil, paralizada de terror. La genasí de agua temblaba, sus manos crispadas sobre el timón, su mirada anegada reflejando algo imposible. El brillo azul de su piel parecía apagado, como si la luz misma se negara a alcanzarla.
Y entonces, lo vieron.
No era una nebulosa. No eran estrellas.
Los tentáculos titánicos -velos de energía y sombras líquidas- envolvían el Prisma del Éter como las garras de una deidad olvidada. Se mecían como serpientes siderales, algunos rozando la cubierta, otros hundiéndose en el firmamento astral. El resplandor de la criatura -una presencia colosal más antigua que la memoria de los planos- transformaba el espacio a su alrededor en un océano de luces fluctuantes. El Kraken Astral no era solo un ser; era un cataclismo con voluntad propia.
Fue entonces cuando el plan tomó forma. Era huir o ser devorados.
Luskara, aún pálida, apretó los dientes y cedió el casco del Spelljammer a Lekin y Boom. Sus mentes debían sincronizarse con la nave, convirtiéndose en su alma. Mientras ellos la guiaban, Luskara se encargó del estabilizador, manteniendo el Prisma del Éter en modo sigilo.
Por su parte, Kadine y Alexia tomaron posiciones. Kadine extendió las manos, manipulando las corrientes de aire astral para alejar cualquier flujo errante que pudiera delatar su presencia. Alexia, con el ceño fruncido y la magia entre sus dedos ardiendo con poder, estabilizó los cristales arcanos asegurando que la energía de la nave no fluctuara y delatara su huida.
Kath, con el corazón martilleándole en el pecho, cerró los ojos y cantó. Su nana mística flotó entre las estrellas, un hechizo de protección tejido con la melodía de los sueños. Sus notas envolvieron las mentes de la tripulación, creando un escudo contra la presencia psíquica del Kraken. Durante un instante, pareció que la criatura no reaccionaría.
Hasta que Kath cometió un error.
—¡Vamos a morir! —Gritó de repente, el pánico quebrando su concentración.
El Kraken Astral se agitó. El sueño no se rompió, pero empezó a desperezarse.
La criatura estrechó su abrazo. Los tentáculos de sombras y éter oprimieron la nave y la madera encantada crujió como un gemido de agonía. Zahal, Zephyros y Aryan corrieron a los mástiles y velas. Zahal intentó ajustar el velamen, pero una ráfaga errática le hizo perder el control. Algunos tripulantes salieron despedidos al vacío.
Kadine, rápida como un relámpago, se lanzó tras Kath atrapando a la bardo en el último segundo antes de que desapareciera en la inmensidad del Mar Astral. Lekin, con los propulsores de su armadura zumbando, consiguió estabilizarse a sí mismo para no perder el control del casco… pero el rugido del motor alertó al Kraken aún más.
Y entonces, el verdadero golpe llegó.
Uno de los tentáculos inferiores, aún inconsciente pero respondiendo a los estímulos, se agitó y golpeó la estructura de la nave. La madera rúnica se astilló, grietas recorrieron el casco y la nave se inclinó peligrosamente.
Ante ellos se desplegaba la última barrera: el Abismo Argénteo, un laberinto de asteroides flotantes, envueltos en nieblas venenosas y de movimientos erráticos.
La única escapatoria.
Zahal, aún recuperándose del susto, estudió el patrón de los asteroides. Con sus conocimientos en navegación y mecánica plana, descubrió un camino viable, marcando la ruta para que Lekin y Boom maniobraran la nave.
Pero el Prisma del Éter aún tambaleaba. Zephyros y Aryan perdieron el control de los mástiles, y Alexia el equilibrio de uno de los cristales. La nave se inclinó hacia un lado. Fue entonces cuando Zephyros se convirtió en una mole sombría, utilizando su peso para compensar la inclinación. Al mismo tiempo, Boom se conectó a la fuente de energía dañada, canalizando su magia de artífice para estabilizarla. Aryan, por su parte, lanzó una extraña moneda al aire; esta giró y giró hasta detenerse en una de sus caras y, entonces, el tiempo pareció distorsionarse y rebobinarse únicamente alrededor del Guardián, permitiéndole recuperar el control del último mástil de apoyo.
Y aún así, la suerte no estaba de su lado. Un gran asteroide avanzaba directo hacia ellos, su sombra cubriendo la nave entera. Kath, con una rapidez desesperada, conjuró Caída de Pluma sobre la roca, ralentizándola lo suficiente para que Alexia erigiera una barrera mágica. La colisión fue sorda, amortiguada por el hechizo, pero aún así estremeció la nave.
Sin embargo, lo peor no era el impacto… sino las partículas tóxicas liberadas por el movimiento de los asteroides. Como una marea luminiscente de polvo letal, descendieron en cascada hacia el Prisma del Éter.
Entonces, Kadine alzó las manos. Con un rugido de poder, la genasí de aire invocó un vendaval colosal, una corriente tan pura y salvaje que desvió el flujo venenoso, apartando el peligro de la nave y de sus compañeros.
Y así, entre maniobras imposibles, hechizos desesperados y la voluntad inquebrantable de una tripulación que no aceptaba la muerte como destino, el Prisma del Éter dejó atrás al titán astral y atravesó con éxito el Abismo Argénteo.
El Mar Astral quedó en calma. La nave, dañada pero viva, se deslizó con suavidad hacia un punto seguro.
A lo lejos, brillando como un faro entre los planos, el Enclave Luminiscente esperaba.
El primer paso estaba dado. La verdadera prueba aún estaba por llegar.