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Caravassar se viste de dorado

DM Nazgul

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Se comenta en mercados, tabernas y salones mercantiles que el Waukinar de Caravasar prepara una ceremonia como pocas se recuerdan en la región. Los rumores cuentan que será una celebración fastuosa, con dignatarios eclesiásticos, insignias de oro, estandartes y honores reservados para una ocasión de semejante importancia. Otros recuerdan el magnánimo desfile de los Sultanes Elementales preguntándose si estará a la altura el evento del clero principal.

Al parecer, Raymond Bertrand, conocido como la Voz de la Riqueza, será consagrado Obispo de Waukin y asumirá la dirección del templo de Caravassar.

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Algunos sospechan que el Waukinar pretende convertir la ceremonia en un acontecimiento digno de reunir a las personalidades más influyentes de estas tierras, o de vigilar a los nuevos enemigos que esquiven su besamanos y el diezmo tradicional. Lo que más comentarios despierta, sin embargo, es la convocatoria que estaría preparando la Iglesia. ¿Se puede siquiera competir con las proezas mágicas de los genios, o sus legiones de jinetes de elefantes? Por ahora lo que está claro es que los acólitos del templo han sido vistos consiguiendo las mejores telas del exótico Mercado de los Genios y guiando jornaleros con cestas y cajas en un vaivén ajetreado e incluso agobiante para los feligreses 'de diario'.

Según se dice, todas las organizaciones de Amn y Murann serán invitadas a acudir, desde las grandes Casas Comerciales y los gremios hasta los clanes murannies, las órdenes caballerescas, las instituciones religiosas y las autoridades de ambas regiones. Como es bien sabido, en Caravassar hay una condición que parece innegociable: la ceremonia se celebrará bajo la Paz del Mercader, tal y como dictan los Grandes Sultanes del Comercio y el Waukinar.

Algunos ven en esta convocatoria una oportunidad para estrechar lazos y negociar bajo el amparo de la Iglesia. Los comerciantes se amasan las manos y los mercenarios, algunos descendientes de los propios genios, ofrecen sus servicios como seguridad. Quien más y quien menos, se acerca con curiosidad al templo.
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Offtopic :
Martes 3 de Noviembre a las 21:00
 

DaniRTS

Niño sin padres ni hospicio
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La pluma de Raymond Bertrand rasgaba el pergamino con una regularidad casi litúrgica. Una invitación, un nombre, unas líneas de cortesía, la firma. Después, el sello. Y vuelta el burro al papiro.

Frente a él, la montaña de correspondencia apenas parecía menguar. Cada vez que terminaba una pila, algún monaguillo aparecía con otra entre los brazos. Raymond no levantaba la mirada más de lo estrictamente necesario. Su rostro, severo y concentrado, parecía tallado en la misma piedra que los muros de la catedral.

Papiro, muchacho. Ese ya está demasiado manchado de tinta.

El acólito aludido se apresuró a obedecer, no sin antes esquivar a un compañero que avanzaba con una bandeja de tinteros. Detrás de ambos, otro muchacho transportaba una generosa selección de viandas, buscando algún hueco libre entre los libros de cuentas y los legajos. La tarea no era sencilla, pues hasta las sillas parecían haberse convertido en depósitos de documentos.

Y procurad que Su Excelencia coma algo antes de que termine escribiendo sobre su propia manga, comentó Constance con una sonrisa angelical.

La joven guerrera supervisaba aquel pequeño ejército con una desenvoltura admirable. Su cabello rubio y rizado captaba los reflejos del atardecer mientras repartía instrucciones, rescataba pergaminos de manos poco cuidadosas y enviaba a los monaguillos de un extremo a otro de la estancia. A cada contratiempo respondía con una sonrisa. A cada nueva montaña de papeles, con una orden. Parecía imposible que semejante caos pudiera obedecer a alguien, salvo a la joven que llamaban la Dicha Dorada.

Sobre la mesa se acumulaban invitaciones destinadas a las grandes Casas Comerciales de Amn, a los señores de Muranheim, a las autoridades de las ciudades mercantiles y a las órdenes caballerescas. Había nombres élficos junto a títulos nobiliarios amnianos, sellos de clanes murannitas y destinatarios cuyas procedencias habrían requerido a un escribano particularmente versado en tierras lejanas. Todos recibirían su misiva. Todos tendrían ocasión de acudir a Caravasar bajo la Paz del Mercader.

Al tomar un nuevo pliego, Raymond se detuvo apenas un instante para contemplar el sello de Waukeen estampado sobre la carta anterior. La luz dorada que entraba por las vidrieras resbaló sobre el emblema y ascendió después por los tapices púrpuras, hasta perderse en las alturas de la estancia. Allí, entre los reflejos celestiales y los ornamentos del templo, la imagen de la Diosa parecía observar el incesante trabajo de sus fieles.

La siguiente, para los dignatarios de Muranheim.

Constance ya estaba señalando a uno de los muchachos para que acercara la bandeja correspondiente. Otro esperaba con un rollo de papiro bajo el brazo; un tercero, con la comida todavía intacta, parecía preguntarse si conseguiría que Raymond probara bocado antes de la puesta de sol.

Y así transcurría la jornada en las dependencias del Waukeenar. Entre el perfume de la tinta, el crujido del pergamino y el constante ir y venir de los monaguillos, mientras Raymond Bertrand preparaba, una por una, las invitaciones que habrían de convocar a medio mundo conocido a su coronación.

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