*El sacerdote Salvador habría nuevamente enviado una serie de cartas diriga a los fieles del templo, las cuales contendrían un nuevo ensayo escrito por él, reflexionando acerca de nuestras relaciones y problemas con los demás. Degradado y maltratado por sus propios compañeros de la guardia, insta aún así al resto de devotos a examinar nuestros propios corazones antes que los de los demás.*
El problema del señor ''equis''
No creo que sea exagerado suponer que cualquiera que lea estas líneas tendrá algún tipo de dificultad con algún otro ser humano. Las personas que comparten nuestra casa o aquellas con las que compartimos la suya, nuestros padres o nuestros hijos, nuestra esposa o nuestro marido nos están haciendo la vida, en el oficio o en el hogar, más difícil de lo que sería necesario en estos días. Es de esperar que no mencionemos a menudo las dificultades (especialmente las domésticas) a los extraños. Pero a veces lo hacemos. Un amigo lejano nos pregunta por qué estamos tan malhumorados y la respuesta salta a la vista.
En ocasiones así, el amigo lejano suele decir: «¿Por qué no habla con ellos? ¿Por qué no se reúne con su esposa (o con su marido, o con su padre, o con su hija, o con su superior, o con su patrona o con su huésped) y lo resuelven hablando? La gente suele ser razonable. Todo lo que debe hacer es conseguir que vean las cosas a la verdadera luz. Explíqueselo de forma tranquila, razonable y pacífica». Pero nosotros, veamos lo que veamos exteriormente, pensamos con tristeza: «No conoce a equis». Nosotros sí, y sabemos lo imposible que resulta hacerle entrar en razón. En ocasiones se intenta una y otra vez hasta quedar hartos de tanto intento, en otras no se intenta nunca porque se sabe de antemano que será inútil. Sabemos que si tratamos de «resolverlo hablando con equis», se producirá un escándalo o ‘’equis’’ clavará la vista en nosotros desconcertado y dirá: «no sé de qué estás hablando». O bien (lo cual es quizás lo peor de todo) ‘’equis’’ se mostrará completamente de acuerdo con nosotros y prometerá reformarse y hacer las cosas de otro modo para, veinticuatro horas más tarde, ser exactamente el ‘’equis’’ de siempre.
Nosotros sabemos, en efecto, que cualquier intento de hablar de algo con ‘’equis’’ naufragará en el viejo y fatal defecto del carácter de ‘’equis’’. Cuando miramos hacia atrás, vemos cómo han naufragado en ese defecto fatal los planes que hayamos podido hacer, en la incorregible envidia o pereza o susceptibilidad o estupidez o autoritarismo o mal humor o veleidad de ‘’equis’. Hasta cierta edad mantuvimos tal vez la ilusión de que algún golpe de buena suerte –una mejoría del estado de salud, un aumento de salario, el fin de la guerra– resolviera las dificultades. Pero ahora lo sabemos mejor. La guerra ha terminado y llegamos a la conclusión de que, aunque hubiera ocurrido todo lo demás, ‘’equis’’ seguiría siendo ‘’equis’’ y nosotros tendríamos que seguir enfrentándonos con el mismo problema de siempre. Incluso si nos hiciéramos ricos, nuestro marido seguiría siendo un matón, o nuestra esposa seguiría importunando o nuestro hijo seguiría bebiendo o tendríamos que seguir viviendo con nuestra suegra en casa. Convertimos las cosas que se nos ha dado para ser felices en motivos de disputa y envidia, de desmanes, acumulación y payasadas.
Entender que es así significa un gran paso adelante. Me refiero a arrostrar el hecho de que, aun cuando todas las cosas exteriores marcharan bien, la verdadera felicidad seguiría dependiendo del carácter de las personas con las que tenemos que vivir, algo que nosotros no podemos cambiar. Y ahora viene lo importante. Cuando vemos estas cosas por primera vez, tenemos un destello de que algo semejante le debe ocurrir a Ilmater. A esto es, en cierto modo, a lo que Ilmater mismo ha de enfrentarse.
Hay dos aspectos en que el punto de vista de Ilmater debe de ser muy diferente del nuestro. En primer lugar, Ilmater ve, como nosotros, que la gente en nuestra casa o nuestro oficio es peliaguda o difícil en diverso grado, pero cuando examina este hogar, este taller o este cuartel, ve más de una persona de esa condición, y ve a una que nosotros nunca vemos. Me refiero, por supuesto, a cada uno de nosotros mismos. Entender que nosotros somos también ese tipo de persona es el siguiente paso hacia la sabiduría. También nosotros tenemos un defecto fatal en el carácter. Las esperanzas y planes de los demás han naufragado una vez tras otra en nuestro carácter, como nuestros planes y esperanzas han naufragado en el de los demás.
No es conveniente pasar por alto este hecho con una confesión vaga y general como «por supuesto, yo también tengo defectos». Es importante entender que tenemos un defecto fatal, algo que produce en los demás el mismo sentimiento de desesperación que las imperfecciones de los demás producen en nosotros. Casi con toda seguridad es algo de lo que no tenemos noticia, como eso que los curanderos llaman ‘’halitosis’’, enfermedad que nota todo el mundo menos el que la padece. Pero ¿por qué, nos preguntamos, no me lo dicen los demás? Creedme, han intentado decírnoslo, una vez tras otra, pero nosotros apenas podríamos tolerarlo. Buena parte de lo que llamamos ‘’insistencia’’ o ‘’mal genio’’ o ‘’rareza’’ de los demás tal vez no sean sino intentos por su parte de hacernos ver la verdad. Ni siquiera los defectos que vemos en nosotros los vemos completamente. Decimos «reconozco que anoche perdí la paciencia», pero los demás saben que la perdemos siempre, que somos unas personas de mal genio. Decimos «reconozco que la dekhana pasada bebí demasiado», pero todo el mundo sabe que estamos borrachos siempre.
Esa es una de las formas en que el punto de vista de Ilmater debe distinguirse del mío. Ilmater ve todos los caracteres, yo todos menos el mío. La segunda diferencia es la que sigue. Ilmater ama a las personas a pesar de sus imperfecciones. Ilmater continúa amando. Ilmater no deja de amar. No digamos, «para Él es muy fácil, Él no tiene que vivir con ellos». Tiene. Ilmater está dentro y fuera de ellos. Ilmater está más íntima y estrecha y continuamente unido a ellos de lo que nosotros podamos estar jamás. Cualquier pensamiento vil de su mente (y de la nuestra), cualquier momento de rencor, envidia, arrogancia, avaricia y presunción se alza directamente contra Su paciencia y amor anhelante, y aflige Su espíritu más de lo que aflige el nuestro.
Cuanto más imitemos a Ilmater en ambos aspectos, tanto más progresos haremos. Debemos amar a ‘’equis’’ más y tenemos que vernos a nosotros como una persona exactamente del mismo tipo que él. Hay quien dice que es morboso estar pensando siempre en los defectos propios. Eso estaría muy bien si la mayoría de nosotros pudiera dejar de pensar en los suyos sin empezar a pensar enseguida en los de los demás. Pero desgraciadamente disfrutamos pensando en las faltas de los otros. Ese es el placer más morboso del mundo en el sentido exacto de la palabra ‘’morboso’’.
Nos disgustan los razonamientos que se nos imponen. Sugiero un razonamiento que debemos imponernos a nosotros mismos: abstenerse de pensar en las faltas de la gente a menos que lo requieran nuestros deberes como maestro o como padre. ¿Por qué no pensar en los propios defectos en vez de pensar en las faltas de los demás? En el segundo caso podremos hacer algo con la ayuda de Ilmater. Entre todas las personas difíciles de nuestra casa o nuestro oficio hay una que podemos mejorar mucho. Ese es el fin práctico por el que comenzar. Si lo hiciéramos, progresaríamos. Algún día deberemos emprender la tarea. Cada día que lo aplacemos resultará más difícil empezar.
¿Cuál es, a la postre, la alternativa? Vemos con suficiente claridad que nada, ni siquiera Ilmater con todo Su poder, puede hacer que ‘’equis’’ sea realmente feliz mientras siga siendo envidioso, egocéntrico y rencoroso. Dentro de nosotros hay, seguramente, alguna cosa que, a menos que la cambiemos, no permitirá al poder de Ilmater impedir que seamos eternamente miserables. Mientras siga, no habrá paraíso para nosotros, como no puede haber aromas fragantes para el resfriado ni música para el sordo.