solamaneciente
Minsorrano sin caminos
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CARTAS DESDE EL BARRO
Correspondencia y reflexiones de Tharion Velmantar, escritas desde el polvo de Athkatla.
No todos los paladines escriben desde torres blancas ni dictan proclamas entre fanfarrias. Algunos lo hacen desde camastros de hospicio, entre heridas sin nombre y calles que no rezan a ningún dios. Este es un compendio de las cartas que Tharion Velmantar —paladín de Torm sin templo ni altar— ha enviado a lo largo de su andar por la ciudad de Athkatla. Algunas fueron entregadas. Otras, tal vez, jamás fueron leídas. Pero todas nacieron del deber.
Carta I – Al Hospicio de San Annur
A la atención de las Hermanas y Hermanos del Hospicio de San Annur,
Me dirijo a ustedes con humildad y gratitud, bajo el amparo de Torm, el Dios de la Lealtad y el Deber, cuya senda guía mis pasos desde que llegué a esta ciudad.
Durante estos días de estancia entre los muros del Hospicio, he visto más misericordia y entrega que en muchos templos ricamente decorados. Vuestra obra silenciosa, vuestra paciencia con los desamparados, me han recordado los votos que asumí al jurar ante mi fe: servir, proteger y jamás desviar la mirada del sufrimiento ajeno.
Por eso, deseo contribuir de alguna manera. Quisiera solicitar permiso para organizar, con ayuda de algunos amigos, una pequeña recolecta para el Hospicio. No busco reconocimiento, sino dar gracias. Es lo mínimo que puede ofrecer alguien que ha encontrado cobijo, pan y silencio reparador entre sus muros.
Asimismo, si me lo permiten, me gustaría ofrecer una petición adicional: erigir, en uno de los rincones del jardín, un altar sencillo dedicado a Torm. No será una gran estructura, ni requerirá más que piedra, manos dispuestas y un poco de fe. Pero en tiempos en los que la justicia parece olvidada, creo que hasta el más modesto altar puede ser un faro para quien la busca.
Entiendo que estas decisiones no se toman a la ligera. Quedo a disposición para hablarlo cuando lo consideren oportuno, ya sea en persona o por carta.
Que vuestra obra siga iluminando a quienes más la necesitan.
Con respeto y gratitud,
Tharion Velmantar
Escrita al amanecer, desde el comedor vacío del Hospicio de San Annur. Pocas horas después de la feria de los barrios bajos.
Carta II – A Madeleine (Petición de ayuda)
A la señora Madeleine,
Espero que estas palabras la encuentren en buen estado y en mejores pensamientos. No es fácil para mí escribir cartas, pero hay momentos en los que el silencio es una renuncia, y este no debe ser uno de ellos.
Hace tiempo que habito entre las paredes humildes del Hospicio de San Annur. Allí, donde el ruido del comercio no alcanza, hay un lugar donde aún se protege al indefenso y se consuela al desposeído. Las monjas me han permitido dormir allí, compartir su pan y sus oraciones. A cambio, hago lo que puedo: enseño a leer a algunos niños, reparo lo que está al alcance de mis manos, y escucho con paciencia a quienes cargan con más dolores de los que pueden nombrar.
He pensado en devolver algo más que tiempo. Quiero organizar una recolecta para el Hospicio. Para que no falte medicina. Para que los niños tengan abrigo cuando llegue el invierno. Para que la fe tenga algo de pan que ofrecer, además de palabras. Y si los dioses me lo permiten, también deseo pedir a las hermanas el permiso para construir un pequeño altar a Torm en los jardines. No para atraer fieles, sino para recordarme cada día el deber que juré, y quizás, ofrecer a otros un sitio donde recordar que la justicia aún respira.
No sé a quién más acudir. Pero usted tiene una voz que se escucha en lugares donde la mía aún no alcanza. Si considera que esta causa merece su ayuda, sería un honor contar con ella.
Con respeto y esperanza,
Tharion Velmantar
Escrita la misma mañana que la carta anterior, con tinta modesta y voluntad firme, entre los susurros del Hospicio aún dormido.
Carta III – A Madeleine (Reflexión tras la renuncia al altar)
Madeleine,
No sé si estas palabras llegarán en buen momento, ni si serán bienvenidas, pero las escribo con el mismo cuidado con el que uno envaina la espada tras un día de batalla: no como gesto de tregua, sino como acto de voluntad.
Agradezco vuestra ayuda con la recolecta. No porque lo necesitara yo, sino porque lo necesitaban otros. Porque los muros del Hospicio no sangran, pero se agrietan como lo hacen las almas sin esperanza.
He comprendido —con el peso de las renuncias— que no toda piedra merece ser alzada aún. Que no toda llama debe encenderse cuando la noche aún no ha terminado de hablar. Vuestra negativa a levantar el símbolo de Torm no me ofendió. Al contrario: me obligó a recordar que el deber no exige imponerse, sino persistir.
Lo justo no siempre florece en templos.
A veces respira entre mantas raídas, manos curtidas y silencios compartidos.
He visto más fe verdadera en un niño que parte su pan que en cien plegarias repetidas. Por eso, en lugar de mármol, pensé en pan. En compañía. En una jornada sencilla donde el bien se celebre no con estandartes, sino con actos.
Si alguna vez ese día llega —una jornada abierta, sin dueño ni bandera— os invitaré. No como mecenas. No como figura. Como testigo.
Del resto… no os pido nada.
Solo que, si el día viene oscuro, recordéis que hubo una vez un paladín que eligió el barro en lugar del mármol, no porque despreciara los altares… sino porque allí es donde hacía falta rezar.
Tharion
Escrita al día siguiente de la conversación en la imprenta. No lleva sello ni firma. Solo tierra seca en el borde del pergamino.