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Cartas y reflexiones de un eterno aprendiz - Corazón y Escama.

Vinter

Vampiro buceador de lagos
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I. La locura de la guerra

El país se ha vuelto loco.

Maestro, cuánta razón tenías. Amn es un hervidero de problemas, y yo he desoído tus consejos Captura.JPGcomo un necio. Sin embargo, sigo pensando que mi sexto sentido me ha guiado hasta aquí por un motivo, y ese motivo es ayudar a la gente, y buscar el conocimiento del secreto de mi sangre. Pero aun pese a que el país está en guerra, desgarrado entre dos facciones que politiquean y se matan mutuamente, que envían a hermanos, maridos y jóvenes al frente a enfrentarse entre ellos, que una déspota azul se hace llamar su reina y protectora, y sobrevuela sus cielos como si no hubiera fuerza capaz de hacerle frente, he descubierto una cosa: Que Amn está llena de gente buena y trabajadora.

Las enseñanzas del Padre del Alba nos dejan claras una cosa: La muerte trae consigo la vida, y siempre hay esperanza. Pero es responsabilidad nuestra, la de aquellos que habitamos el plano material, el hacer que la esperanza florezca incluso en los tiempos más aciagos.

Dijiste que no duraría aquí ni siquiera una dekhana. Que la arcanofobia sería demasiado fuerte para mí, que su sistema de estratos sociales iba a comérseme vivo, y que el vivir bajo la sombra de Iryklathagra iba a producirme inquina y desazón, que me haría hervir la sangre como ninguna otra criatura lo haría en esta tierra, aparte del mismísimo Bálagos, quizá.

Cuánta razón tenías.

Pero no voy a marcharme. Sé que quizás estoy siendo un inconsciente, y que haría bien en tomar rumbo a la carretera del norte y empezar mis pasos hacia Beregost, y quizás de ahí a las tierras de los Valles donde se aprecia mucho más a la gente de nuestro linaje. Pero no voy a hacerlo.

En cuanto asomé por la cubierta del barco y vi lo que debía de ser una ciudad gloriosa de comercio con las murallas bruñidas y sucias, un templo medio derruido, una dragona sobrevolando los cielos, y la gente con el ánimo apagado, supe que éste debía ser mi lugar. Puede que aquí mi búsqueda sea mucho más dura de lo que yo había predicho en un primer momento, pero aquí hacemos falta. Hace falta gente buena, gente que traiga esperanza a otros. Hace falta alguien que no le importe mantenerse atrás ayudando a quien no puede moverse por sí mismo. Porque parece ser que toda la gente buena está ahora mismo muriendo en el frente de guerra.

Hace falta que alguien sea la esperanza de aquellos que solo ven oscuridad ahora mismo. No soy paladín ni predicador, pero ambos sabemos, Maestro, que mis enseñanzas en el Alma Solar me impiden ignorar las palabras del Padre del Alba.

Y sí. La gente es arcanófoba. He tenido que registrarme bajo la inquisitiva mirada de una mujer con una capucha más profunda que la mía propia. Tuve que desvelarme y revelar que soy un Aasimar, pese a lo peligroso que es eso en un sitio como este, y dejar mi fianza, pero la Casa Selemchant es lo que menos me preocupa de este lugar. No desprecian a los arcanos porque demos asco.

Nos tienen miedo. Y con motivos, por lo que he estado leyendo en un libro de historia que adquirí en el templo de Oghma. Pero lo más importante, es que no entienden. La gente tiene miedo a aquello que no son capaces de entender. Que la magia, aunque sea voluble y maleable como arcilla, al final del día es como una mis puños o un bastón. No hace daño por sí sola. Hace falta una mano instrumental que la haga moverse para hacer daño. No puedo culpar a alguien por tener miedo, menos todavía cuando en el camposanto de esta ciudad se está levantando a sus difuntos día sí, día también, privándoles de su merecido descanso eterno.

Por eso es por lo que he decidido quedarme, Maestro. La gente necesita que los corazones buenos no los dejen atrás. Quizás sea muy presuntuoso por mi parte considerarme como tal, pero la ciudad está sumida en las sombras. Thayinos por todas partes, paseándose como si esto fueran sus dominios. No, Maestro, antes de que me envíes una misiva preguntándome si le he hecho saltar los dientes a alguno, no he tenido la oportunidad, ni pretendo hacerlo mientras sean los que están al mando detrás de los muros. Sabéis de sobra que tengo más sentido común que eso. Hay una fina línea que separa el heroísmo de la estupidez, y prefiero no cruzarla. Recuerdo vuestras enseñanzas, y las mantengo presentes.

Informaros, aparte, que me temo que los cambios ya han empezado a despertarse. No esperaba que fuera tan rápido, pero ya los he notado. He tenido que cubrirme los antebrazos con vendas para que no se apreciasen, pero las escamas ya han estado empezando a brotar. No se notan mucho, y aun así no entiendo a qué clase de dragón pertenecen. No tienen color, todavía, pero son duras. Tanto, que he podido parar el golpe de un muerto viviente con ellas y ni siquiera he notado el impacto.

También he notado cambios en mis dientes. Son más afilados. Desgarro carne con facilidad al comer. Me pregunto si podría incorporar eso a mi estilo de combate de alguna forma, pero me parece innecesariamente cruento. Ah. Y zarpas. Largas, afiladas, cortan como cuchillos… Y no se astillan ante nada. Las he probado contar hueso, metal y madera, y no he notado tan siquiera un resquicio de la fragilidad de la uña humanoide. He notado también que mi musculatura ha crecido de un día para otro, aunque no sabría decir si esto es el fruto del entrenamiento, o parte de mi herencia.

Seguiré reportando, Maestro, pero el misterio de cuál es el dragón del que desciende mi línea sigue en pie.

Que Lathander os guíe, y que guarde a la gente de este maltrecho país.​
 
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Vinter

Vampiro buceador de lagos
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II. Visiones

Siempre he tenido sueños lúcidos, maestro. Tú mejor que nadie lo sabes, pues han sido incontables las noches que has tenido que observar mi vigilia, por lo que te contaban los hermanos del templo. Si bien yo no hablo en sueños, sé que pudiste ver algo que los demás no eran capaces, y sé que has podido entender mis atribulaciones desde el momento en que entré bajo tu cuidado. Mis sueños siempre han sido complicados. Los dos lo sabemos.

Desde ese ser celestial que parecía desear guiarme, hasta mis primeros sueños después del Despertar. Aunque el celestial no desaparecía, y de hecho solía permanecer a mi lado, su guía se ha vuelto más difusa. Me observa, con curiosidad. Ya no me guía con tanto ahínco, parece observar mi nuevo camino y asegurarse de que no piso fuera de él. Pero por qué. Siempre fui un artista marcial, y un erudito. Uno con ganas de ayudar, cierto, pero echo de menos sus consejos. Bueno, los echaba. Ahora ya me he habituado. Igual que echo de menos los tuyos, y ya me he habituado a no tenerlos.

Mi desarrollo físico ha seguido cambiando, y las visiones, cada vez más nítidas. Me cuesta controlar el aliento. A veces estornudo y se me escapa, y me deja una sensación horrible en la garganta, como que se me acartona toda la cavidad bucal. El aliento no es fuego. Tampoco es hielo, ni ácido. Me empiezo a frustrar, porque en realidad es una especie de onda de choque, que se extiende y astilla el suelo en cuanto lo toca, fuerza a quienes están delante a cubrirse, o una fuerza irrefrenable les sacude. No conozco dragón que tenga esta clase de arma de aliento.

Estoy forzándome a usarlo para que se me habitúe el cuerpo y no tenga accidentes y pueda dañar a alguien – si bien mi aliento de dragón es más bien débil en comparación al de una sierpe real, nunca se sabe – mi pregunta ahora es, ¿he desarrollado realmente una glándula de aliento? ¿O es un efecto mágico? Si fuera lo primero, sé que cuanto más lo emplee, más habituado estaré y podré mejorar sus efectos, o incluso alargar lo que dura, para asegurarme que mis rivales no tienen la posibilidad de escapar. Suena feo, lo sé, pero cuanto más estoy viendo en esta región del mundo, más claro me está quedando que desarrollar esta parte de mí es probable que sea lo más conveniente.

Porque, Maestro, esta ciudad está sumida en la sombra.

Ladrones y asesinos se pasean por las calles con total impunidad. Descendientes de cromáticos que creen que el mundo es su pequeño feudo particular, no muy distintos de esos gusanos que se hacen llamar dragones. Hasta han intentado coaccionarme a mí. Por fortuna, no soy tan inconsciente. He preferido deshacerme de una bolsa de monedas más ligera de lo que me hubiera gustado admitir que llevo encima habitualmente, que arriesgarme a que me colgasen en el patíbulo, o llevado a la hoguera por rebelarme contra la “autoridad” reinante.

Pero si piensan que voy a quedarme inerte mientras abusan de otros, craso error.

Cada vez esas visiones de las que te hablaba son más lúcidas, Maestro, y cada vez me llevan más y más a la batalla. A las guerras, al conflicto. A la gloriosa refriega contra las huestes de aquello que es maligno en este mundo, y en otros a su vez. 1750775263800.pngEsta vez volaba, al lado del Celestial, sobrevolando una marea de criaturas rojas y negras. Abisales. Criaturas tan horrendas como todo lo que nosotros podríamos calificar como infernal, hasta que me lancé en picado sobre ellas. Tras de mí, centenares de criaturas de alas blancas como el amanecer despejado, trayendo fuego sagrado consigo, acompañándome como compañeros, hermanos. Una camaradería que no sentía desde que estaba en el Alma Solar. Todos, cargando sobre los enemigos en una punta de lanza aérea, cayendo sobre las hordas de demonios como el martillo sobre un yunque.

Lathander bendito, aun se me acelera el corazón recordándolo. No sé por qué, no entiendo qué le veo de gloria a algo tan estremecedor como una guerra de esas dimensiones, pero en cuanto aterricé sobre la marea de enemigos, emití un rugido tal, que los demonios salieron volando. El arma de aliento hizo explotar a varios, y mis enormes zarpas los cazaban. Los aplastaban, desgarraban. La cola en forma de lanza los ensartaba, y cuando se subían a las alas, era como si espadas enormes les cortasen con las espinas. Y sin embargo, sigo sin tener ni la más remota idea de qué dragón era ese a través del que yo veía a través de sus ojos. Pero no era furia violenta, no era placer por matar. Era gloria, era el bien, era el respaldo de todo lo bueno sobre mis hombros.

Y los demonios lo veían, entre la carnicería y el horror que infligían, la luz de la esperanza, el repiquetear de sus armas infernales contra mis escamas de acero antes de caer subyugados ante mí, o ante mis compañeros celestiales, llevando con nosotros la misma gloria de Celestia a donde la Luz jamás llegaba, aunque fuera tan solo por unos instantes.

Era esperanza. Era Luz. Era victoria. Y lo único a lo que temían, era a mí.​
 
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