Imperator Furiosa
Pasta dulce de Amanda
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CENIZAS A LAS CENIZAS
Era, en lo superficial, una mañana como tantas otras desde el final de la guerra: el cielo mostraba una ternura grisácea, como si el sol, vencido pero aún curioso, espiase entre jirones de nubes vencidas. El campo, que durante tantos años había estado al servicio de la voluptuosa celebración del Verdor olía a tierra removida y a la dulzura agria de las flores que comienzan a pudrirse tras su breve consagración a la primavera. Aunque el verano se acercaba, todavía había humedad en el aire, y Talivia sentía esa presión en el pecho al respirar.
Se erguía como una presencia espectral, al margen de la ceremonia. Vestía con la ambigüedad del negro, que bien podía ser interpretado como luto o como manifestación silente de sus creencias, pues negro era el color que el Pueblo Gentil reservaba para los adoradores del bribón más moralista: Erevan Ilesere.
Tenía el rostro despejado, las trenza apretadas y una mirada que parecía clavarse en la tierra más que en los vivos. Su rabia —un perro flaco que le llevaba mordiendo el costado desde que regresara de Imnescar, con una sorda persistencia— se mantuvo agazapada. Talivia Ha'valen lo intelectualizaba todo y siempre se había impuesto a las pasiones con facilidad. Sabía perfectamente lo peligroso que era permitirle a esa comezón que ganara terreno sobre su mente. Porque las voluntades más lógicas se quiebran como yeso ante lo irracional y la luz enciclopedista se rinde ante los monstruos que no puede explicar. Allí, entre la tierra removida y los gestos tibios, sentía que tenía la obligación de mantener la compostura en nombre de los ausentes. Tampoco las rosas tenían la culpa.
La ceremonia, conducida por Fery y Calistia, del culto sunita, avanzaba con la solemnidad de una plegaria compartida entre extraños. Había un poderoso valor simbólico en plantar un vergel en recuerdo de todo lo perdido. Era una promesa de futuro necesaria. Uno a uno, los vivos, se arrodillaban ante la tierra como ante un altar doméstico. Cada uno con su pequeño brote de rosa, su esqueje envuelto en nobleza o torpeza, lo hundían en la tierra con esa devoción de los que desean redimirse sin admitir culpa. Algunos dedicaban unas palabras. Palabras suaves, aromáticas, lo suficientemente genéricas como para evitar recordar el hedor de la carne en llamas. Llegaban, depositaban su pequeño acto de expiación vegetal y se marchaban con la misma premura con la que, tiempo atrás, habían prendido en llamas la tierra. Rápido, como si lo plantado no necesitara de atenciones para crecer. Ella no los detuvo. Tampoco los juzgó en voz alta. No era nadie para hacerlo.
Cuando le llegó el turno, avanzó sin ceremonia ni explicación. Llevaba en la mano derecha un saquito de cuero. Volcó el contenido sobre el montículo de bulbos.
Cenizas. Cenizas recogidas en Imnescar, a la huida, mezcla de escombros, huesos y barro. Llevaba cargando con el insoportable peso de ese pequeño saco desde hacía decanas. El saco de cenizas la había acompañado en las reuniones que decidirían el nuevo orden político de Amn; también en las noches de vigilia, cuando volvía a sentir el calor del infierno derritiendo sus ojos, o entre los brazos impotentes de Sulion Suravar, que recibían de ella la ausente respuesta de una muñeca de cera.
Nadie sabía del duelo de aquella cínica salvo el saco de cenizas.
Las partículas polvorientas cayeron con lentitud, mezclándose con la tierra húmeda, con las raíces vivas que otros habían enterrado. Una ofrenda inversa, memoria pulverizada. Porque, a diferencia de los esquejes, las cenizas no prometen. Solo recuerdan.
Pero las cenizas eran también, lo sabía, alimento. Las plantas no distinguen entre los muertos y el estiércol. Crecen con lo que les dan. Y esa era la verdad más pura que Talivia podía ofrecer.
Se erguía como una presencia espectral, al margen de la ceremonia. Vestía con la ambigüedad del negro, que bien podía ser interpretado como luto o como manifestación silente de sus creencias, pues negro era el color que el Pueblo Gentil reservaba para los adoradores del bribón más moralista: Erevan Ilesere.
Tenía el rostro despejado, las trenza apretadas y una mirada que parecía clavarse en la tierra más que en los vivos. Su rabia —un perro flaco que le llevaba mordiendo el costado desde que regresara de Imnescar, con una sorda persistencia— se mantuvo agazapada. Talivia Ha'valen lo intelectualizaba todo y siempre se había impuesto a las pasiones con facilidad. Sabía perfectamente lo peligroso que era permitirle a esa comezón que ganara terreno sobre su mente. Porque las voluntades más lógicas se quiebran como yeso ante lo irracional y la luz enciclopedista se rinde ante los monstruos que no puede explicar. Allí, entre la tierra removida y los gestos tibios, sentía que tenía la obligación de mantener la compostura en nombre de los ausentes. Tampoco las rosas tenían la culpa.
La ceremonia, conducida por Fery y Calistia, del culto sunita, avanzaba con la solemnidad de una plegaria compartida entre extraños. Había un poderoso valor simbólico en plantar un vergel en recuerdo de todo lo perdido. Era una promesa de futuro necesaria. Uno a uno, los vivos, se arrodillaban ante la tierra como ante un altar doméstico. Cada uno con su pequeño brote de rosa, su esqueje envuelto en nobleza o torpeza, lo hundían en la tierra con esa devoción de los que desean redimirse sin admitir culpa. Algunos dedicaban unas palabras. Palabras suaves, aromáticas, lo suficientemente genéricas como para evitar recordar el hedor de la carne en llamas. Llegaban, depositaban su pequeño acto de expiación vegetal y se marchaban con la misma premura con la que, tiempo atrás, habían prendido en llamas la tierra. Rápido, como si lo plantado no necesitara de atenciones para crecer. Ella no los detuvo. Tampoco los juzgó en voz alta. No era nadie para hacerlo.
Cuando le llegó el turno, avanzó sin ceremonia ni explicación. Llevaba en la mano derecha un saquito de cuero. Volcó el contenido sobre el montículo de bulbos.
Cenizas. Cenizas recogidas en Imnescar, a la huida, mezcla de escombros, huesos y barro. Llevaba cargando con el insoportable peso de ese pequeño saco desde hacía decanas. El saco de cenizas la había acompañado en las reuniones que decidirían el nuevo orden político de Amn; también en las noches de vigilia, cuando volvía a sentir el calor del infierno derritiendo sus ojos, o entre los brazos impotentes de Sulion Suravar, que recibían de ella la ausente respuesta de una muñeca de cera.
Nadie sabía del duelo de aquella cínica salvo el saco de cenizas.
Las partículas polvorientas cayeron con lentitud, mezclándose con la tierra húmeda, con las raíces vivas que otros habían enterrado. Una ofrenda inversa, memoria pulverizada. Porque, a diferencia de los esquejes, las cenizas no prometen. Solo recuerdan.
Pero las cenizas eran también, lo sabía, alimento. Las plantas no distinguen entre los muertos y el estiércol. Crecen con lo que les dan. Y esa era la verdad más pura que Talivia podía ofrecer.