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Ciclos de Gloria y Sombra

Barron

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I. Luna nueva-Onirico.

La luna en el cielo era oscura, negra en su ser. La noche era un velo de sombras densas, y el único ruido que se escuchaba en el patio de la fortaleza eran gritos de jolgorio, asalvajados e infantiles.

El círculo de niños lo rodeaba, vitoreando con alaridos mientras un muchacho magullado intentaba enfrentar a un chico con mirada y sonrisa cruel que había matado al cachorro que semanas antes había adoptado como su compañero. El dolor de aquella pérdida ardía en su pecho, pero sus golpes eran torpes, flojos, carentes de fuerza y violencia. El otro, con una sonrisa torcida, lo redujo con facilidad: puñetazos, patadas, sangre y polvo.

Las risas crecían, crueles, salvo dos figuras en silencio: una niña de mirada serena y un niño, con un casco demasiado grande que ocultaba su rostro.

El joven magullado volvió a levantarse una vez más, tambaleante, solo para recibir otra paliza. El agresor lo empujó al suelo, burlándose de su falta de habilidad y disfrutando del espectáculo al ver al chico sangrar.

Entonces, el aire se cortó en seco.

De entre la multitud emergió un muchacho más alto, de cabello castaño oscuro y mirada fría como el acero. Caminaba sin prisa, pero cada paso imponía silencio. Los niños apartaron la vista; otros se abrieron a su paso sin protestar por temor a posibles represalias.

Se plantó frente al niño cruel. No habló. Solo lo miró. Y luego, con movimientos certeros, comenzó a golpearlo. Fue rápido, brutal y calculado. Cada impacto retumbaba en el polvo, cada golpe hacia crujir el rostro del cruel infante. No era una pelea entre dos muchachos, era una ejecución lenta y metódica. El niño cruel quedó reducido a un amasijo de sangre y gemidos, incapaz de responder a su alrededor hasta que exhalo su ultimo halito.

El círculo callaba. Y fue entonces cuando el hermano del muchacho cruel, más joven, pero con los mismos rasgos, presenció la escena. Sus ojos, antes llenos de burla, se abrieron en terror. El chico alto giró lentamente hacia él. No levantó un puño, no dio un paso. Solo lo miró.

Esa mirada bastó. Era un mensaje. No hacía falta más.

El hermano retrocedió, tembloroso, sin que mediara palabra alguna. El silencio pesaba más que el acero y el solo podía observar el cadáver de su única familia cercana, destrozado contra el pavimento del patio.

Entonces los amigos del muchacho rescatado—la niña de mirada serena y el chico del casco— corrieron hacia él, arrodillándose para auxiliarle, limpiando su rostro ensangrentado.

En ese instante, una mujer mayor, oculta hasta entonces entre la multitud junto con otro hombre de negra armadura, se acercó al muchacho alto. Tenía los ojos encendidos por un orgullo cruel y una sonrisa satisfecha, como si fuese un arquitecto admirando la obra que había planificado por tanto tiempo comenzar. Extendió la mano hacia él, casi con ternura.

Pero el joven la apartó con brusquedad, sin dignarse siquiera a mirarla. Y entonces, con el mismo rostro severo de antes, se volvió hacia el joven auxiliado por sus amigos.

Su expresión cambió. El acero de su mirada se templó con una preocupación genuina. Corrió hacia él y se arrodilló, buscando sostenerlo, asegurarse de que respiraba, de que resistiese las heridas recibidas. Al notar los brazos rodearle, el derrotado cerro los ojos y su mente se difumino en la profundidad de la oscuridad que les rodeaba.


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Kastan despertó sobresaltado, empapado en sudor frío. El eco de los gritos infantiles aún retumbaba en su cabeza, como si las risas crueles y el crujir de golpes no hubieran sido parte de un sueño, sino recuerdos tallados en la carne. Parpadeó varias veces, desorientado, mientras las sombras de la tienda lo envolvían con una densidad asfixiante. Por un instante no supo dónde estaba: ¿La academia militar? ¿El patio polvoriento donde los niños se medían como bestias?

Respiró hondo, buscando anclarse. El murmullo de ronquidos lejanos, el crepitar apagado de las hogueras y el olor de cuero, hierro y sudor le recordaron que estaba en el campamento militar de la Alianza. Y, sin embargo, algo no encajaba. Una tensión invisible le recorría la piel como un escalofrío.

Se levantó en silencio, procurando no despertar a Kriell, y apartó con cuidado la lona de la tienda, llevando consigo una gabardina para guarecerse del frio. El aire de la medianoche lo golpeó en el rostro, limpio y cortante, como si acabara de sumergirse en agua helada.

El campamento estaba sumido en un silencio extraño. No había rezos ni cánticos de las sacerdotisas selunitas, que solían velar bajo las estrellas. No había patrullas conversando a media voz ni risas nerviosas de soldados que se aferraban a la camaradería. Nada. Solo la quietud absoluta, tan pesada que parecía una capa de nieve ocultando todo. Y aun así, había siluetas de personas en la oscuridad.

El guerrero caminó despacio entre las filas de tiendas, observando cada detalle. Las hogueras se habían consumido hasta quedar en brasas débiles, como si la propia luz temiera arder demasiado en aquella oscuridad. La hierba húmeda crujía bajo sus botas, pero ningún otro sonido contestaba. Incluso el viento había callado.

Le pareció que las sombras se estiraban demasiado, que los perfiles de las tiendas y de las siluetas humanas estuviesen clavadas en la tierra, como si lo vigilaran. Por un instante creyó escuchar pasos tras de sí, pero al girar solo halló más negrura.

Alzó la vista. Y entonces comprendió la fuente de su desasosiego.

El cielo estaba despejado, pero no había luna. Ni un resplandor, ni un contorno pálido. Solo un vacío total, una ausencia que devoraba incluso la luz de las estrellas. Una luna nueva perfecta, tan negra y absoluta que parecía un agujero abierto en los cielos.

Kastan apretó los puños. El pulso le golpeaba en las sienes, todavía agitado por el recuerdo del sueño. Su voz se quebró en un murmullo:

—Selûne…

No hubo respuesta. Solo el silencio, denso como piedra, que se cerraba alrededor.

El cruzado permaneció un largo rato bajo aquella negrura infinita, consciente de que no estaba solo. No era el silencio de la paz, sino el de la expectación. La sensación de ser observado, medido, probado por algo superior a su comprensión.

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Barron

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Capítulo II — Luna cóncava: El primer canto de acero

Los bosques del norte eran espesos y húmedos, envueltos en una bruma que apagaba el sonido de los cascos y amortiguaba incluso los gritos. Kastan, con apenas unos años más que un niño, seguía de cerca a su hermano cuyos pasos eran firmes y seguros como los de un cazador que ya conoce el destino de su presa. Su entrenamiento militar comenzaba a llegar a su fin y, a sus ojos, todo cuanto podía aprende de ahora en adelante provenía de su hermano, el cual tenía un aura de grandeza, como si la sombra que proyectaba fuese un camino que él estaba destinado a seguir.

Los soldados de su hermano y su amiga de rostro sereno marchaban en silencio, hasta que el olor a humo y carne cocinada los guio hacia el claro. Allí estaban, un grupo de hombres y mujeres con ropas desgastadas, rodeados de fogatas y tiendas improvisadas. Su hermano habló con voz gélida:

—Son bandidos. Han saqueado cargamentos de nuestro señor, han asesinado a nuestros hermanos y hermanas. *encima de su negro corcel agita una bandera peculiar y oscura* ¡Hoy, ninguno de ellos volverá a casa, segaremos sus vidas como pago por sus fechorías contra nuestro orden en esta tierra!

Las palabras fueron música para los oídos de los soldados. El acero se desenvainó, las flechas surcaron el aire, y la calma del bosque se rompió bajo el clamor de la violencia. Los gritos de batalla rodearon al joven muchacho que avanzaba en su primer combate real, deseoso de probar su acero contra los enemigos de su familia.

Al continuar avanzando en la refriega, Kastan se encontró frente a frente con un muchacho no mucho mayor que él. Sus ojos no mostraban odio, sino un miedo agudo, como el de un cervatillo acorralado. El cruce de sus armas fue torpe al principio: espadas que rebotaban, golpes que erraban, respiraciones agitadas por parte de ambos. Pero pronto, la adrenalina arrastró al joven estratega como una corriente desbordada.

Con cada golpe, el miedo se transformaba en furia. Con cada corte, en un extraño placer de supervivencia. El muchacho cayó al suelo, retrocediendo sobre la tierra húmeda, intentando escapar del joven estratega, quien, perdido en su sed de sangre, descargó una y otra vez su arma hasta que no hubo resistencia por parte del muchacho ahora muerto. Cuando el silencio regresó, sus manos temblaban, cubiertas de sangre caliente que no era suya y que corría libremente por toda su piel.

Los vítores lo envolvieron. Los soldados golpeaban sus armas contra los escudos, aclamando su brutalidad. Su hermano, con una sonrisa de orgullo feroz, observo de fondo mientras el resto de sus soldados tomaban al soldado recién formado entre sus brazos. Su amiga, por otra parte, observo con una preocupación silenciosa al joven guerrero, sabiendo que camino podría tomar si seguía los designios de su familia.

Kastan respiraba con dificultad, su corazón latiendo como un tambor. Sintió el calor del reconocimiento, del orgullo compartido. Por primera vez, no era la sombra de su hermano, sino un guerrero celebrado por y para el grupo. Cuando la celebración se calmó y le bajaron su mirada viro al cuerpo descompuesto del muchacho. Entre la sangre y la ropa rasgada, brillaba un broche de figura extraña. El joven guerrero lo recogió instintivamente, sin comprender el peso del símbolo, ni la melodía callada que había silenciado con su acero. Solo pensaba en obtener un premio de su primer combate.

La luna creciente se alzaba entre las copas de los árboles, bañando la escena con un resplandor pálido y verduzco. Para Kastan, esa noche quedó grabada como la primera en que la gloria y la crueldad se confundieron en una sola sensación.

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Kastan despertó con un espasmo violento, la garganta ardiendo y el pecho contrayéndose en busca de aire. Tosió una y otra vez hasta escupir el agua que lo ahogaba, los pulmones clamando por vida. Se arrastró a duras penas por la orilla embarrada del lago, jadeando, mientras el sonido del agua golpeando suavemente la costa se mezclaba con el de su respiración entrecortada.

El mundo a su alrededor parecía una pintura difusa: los árboles del bosque formaban una bóveda oscura, las ramas entrelazadas ocultaban el cielo salvo por un resquicio donde brillaba la luna creciente, pálida y lejana. El reflejo lunar se fragmentaba en las ondas del lago, como si quisiera recordarle la frontera entre el sueño y la realidad.

A su lado, una sombra blanca se movió con un resoplido suave. Kastan giró la cabeza y la vio: una yegua de pelaje níveo, empapada, con el belfo manchado de barro. Su respiración era profunda y tranquila, y su mirada —negra y serena como el cielo antes del alba— se posaba sobre él con una mezcla de calma y reproche, como si lo hubiese rescatado a su pesar.

Kastan trató de incorporarse, los músculos protestando por el esfuerzo. Notó el peso de la ropa mojada y el frío calándole hasta los huesos.

—Selune... *murmuró con voz ronca, llevándose una mano al cuello para comprobar que el colgante de plata seguía allí*. Casi me ahogo por culpa de un maldito sueño.

La yegua bufó, apartando el hocico como si hubiese entendido y no estuviese de acuerdo. Kastan la observó en silencio un momento. Había marcas en su cuerpo: una pequeña cicatriz junto al hombro, el pelaje moteado por el barro, la mirada llena de dignidad. Aun así, tenía algo… familiar. No sabría decir qué, pero su presencia le resultaba reconfortante, como si siempre hubiera estado allí, esperándolo.

—¿Has sido tú la que me has sacado del agua? *preguntó, arrastrando las palabras mientras intentaba ponerse en pie* Vaya pregunta más estúpida de mi parte…

El animal volvió a resoplar y se limitó a girar el cuello para morder un manojo de hierba, completamente indiferente al dramatismo de su salvado. Kastan la miró, empapado, cubierto de hojas, con el barro pegándosele al rostro, y soltó una risa cansada.

—Claro. Me salvas de morir ahogado y ni siquiera te dignas a mirarme. Qué compañía tan… amable.

La yegua levantó la cabeza, lo miró un instante con expresión imperturbable y volvió a comer.

—De acuerdo, de acuerdo… *dijo Kastan, frotándose la frente*. No hace falta que respondas.

Se quedó mirando el reflejo de la luna en el lago. Una luna creciente, verduzca y serena, idéntica a la del sueño. El recuerdo del muchacho caído, del broche arrebatado, de la sangre sobre sus manos, regresó con la misma fuerza que el agua que lo había arrastrado. Cerró los ojos unos segundos, respirando despacio hasta calmar el temblor de sus manos.

Luego volvió la vista hacia la yegua, que lo observaba con la cabeza ladeada.

—Te tendremos que buscar un nombre, pinta que tú y yo vamos a quedarnos juntos un poco. *dijo finalmente, como si el corcel pudiese entender cada una de sus palabras*. ¿Alguna idea?

El animal dio un leve golpe con el casco contra la tierra y miro al cielo, fijando su mirada en una estrella blanca. Kastan sonrió débilmente y le pasó una mano por el cuello, sintiendo el calor del animal traspasarle los dedos fríos.

—Vale… osea que si me entiendes. *mira al mismo lugar que el animal observa y recuerda algo* Si mal no recuerdo, a ese astro se le llama Alhena. No voy a pensar mucho y te quedas con ese nombre. *ríe por lo bajo mientras mantiene la mano en la grupa de la yegua* Supongo que estamos juntos en esto… al menos hasta que vuelva a recordar cómo no ahogarme en mis propios sueños.

El viento agitó el agua del lago, la luna tembló sobre su superficie, y el silencio del bosque los envolvió a ambos. Kastan se quedó allí, arrodillado junto a su nueva compañera, observando cómo la neblina ascendía lentamente entre los árboles. Por primera vez en mucho tiempo, el guerrero se permitió sonreír sin culpa bajo la luna.

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Barron

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Capítulo III — Kastan Gert y la ligera sobreestimación de la seguridad del patio.
La noche caía sobre un antiguo bastión, era de un gris sucio, cargado de humo y ceniza. Las nubes ocultaban casi por completo la luna, pero su resplandor pálido seguía filtrándose entre los jirones de tormenta como un ojo distante que observaba el desastre. Las murallas orientales habían caído antes del anochecer; las torres del norte ardían todavía, y los últimos defensores se habían replegado hacia el patio principal. Durante horas, Kastan había organizado la retirada con la misma disciplina que le habían inculcado en la Ciudadela de la Militancia Estratégica: primero los civiles, luego los heridos, después los soldados menos capaces de combatir. Nadie debía quedarse si aún podía escapar.

La decisión había provocado discusiones. Algunos de los selunitas querían resistir hasta el final junto a él. Otros se negaban a abandonar el santuario. Kastan había escuchado cada protesta en silencio antes de responder con su firmeza y humor habitual.

— Perfecto, he escuchado todas las opciones. Ahora voy a ignorarlas en orden alfabético.

Y, aun así, unos pocos eligieron quedarse desacatando sus órdenes. Los más leales. Los que habían compartido campañas, guardias nocturnas, heridas y victorias en Amn. Cuando las puertas interiores cedieron bajo los arietes zhentarim, esos hombres y mujeres formaron un último muro de acero alrededor del patio. No eran muchos, pero lucharon con la desesperación de quienes saben exactamente cuánto tiempo deben comprar.

Kastan combatió entre ellos como un ariete bajo la luz de la luna. Los oscuros soldados avanzaban en oleadas, disciplinados y numerosos, pero el estrecho acceso al patio convertía cada paso en una lucha sangrienta. Los defensores cayeron uno a uno a su alrededor, valientemente lucharon a través de las oleadas de los soldados de oscura armadura.

Finalmente, el combate terminó. Los últimos selunitas yacían sobre las piedras del patio, mezclados con cuerpos enemigos. El silencio que siguió fue extraño, roto sólo por el crepitar de los incendios y el lejano derrumbe de alguna torre. El enemigo comenzó a entrar con cautela. Ballesteros ocuparon posiciones elevadas. Magos protegidos por guardias inspeccionaron el terreno. Escuadras enteras aseguraron las puertas y los corredores que conducían al santuario interior.

En medio de aquel despliegue permanecía un único hombre.

El paladín estaba de rodillas junto a la fuente central del patio. La armadura abollada y ennegrecida apenas conservaba el brillo original. La capa azul con el símbolo de Selûne colgaba hecha jirones. Sangre fresca recorría las placas de acero donde los virotes habían atravesado. Apoyó una mano sobre la empuñadura de su espada y observó a los invasores rodearlo lentamente.

Un oficial zhentarim avanzó algunos pasos. Era un hombre alto, de barba recortada y armadura negra adornada con remaches de plata. Miró los cadáveres, luego a Kastan, y habló con una mezcla de respeto y cansancio.

— Selunita. Has luchado bien. Ríndete y puede que encuentres una muerte rápida. Nadie vendrá en tu ayuda.

Kastan no respondió de inmediato. Levantó la vista hacia el cielo. Entre las nubes, la luna aparecía apenas como una mancha luminosa. Pensó en el camino que lo había llevado hasta allí: la disciplina de su infancia, las enseñanzas de la Caballero Roja, las guerras libradas en nombre de su gloria, y el día en que comprendió que ninguna victoria tenía valor si los inocentes quedaban atrás. Pensó en Selûne. Pensó en los rostros que había conocido a lo largo de su vida: su familia, sus amigos en Amn, camaradas y soldados que habían luchado a su lado. Soltó un bufido al notar el dolor en sus heridas antes de sonreír viendo la cercanía de los oscuros soldados.

El oficial frunció el ceño.

— ¿Le parece divertida su derrota?

La sonrisa del guerrero se transformó en una carcajada baja. Luego en otra más fuerte. Pronto reía abiertamente, una risa profunda y sincera que resonó entre los muros quemados del patio. Los Zhentarim se miraron unos a otros, confundidos. Algunos creyeron que el selunita había perdido la razón. Otros dieron un paso atrás por instinto.

Fue un soldado joven quien lo vio primero. Una línea oscura recorría las piedras del patio, casi invisible bajo la ceniza. Se agachó, tocó el suelo y sus dedos quedaron manchados de polvo negro. Levantó la mirada siguiendo el rastro: la hilera atravesaba el patio, desaparecía bajo unos carros volcados, continuaba hacia los almacenes y descendía por una abertura entre los escombros hacia las cámaras inferiores del bastión.

El color abandonó el rostro del oficial.

— ¡Pólvora! ¡Retroceded! ¡Retroceded ahora!

Los Zhentarim comenzaron a moverse en desorden. Algunos corrieron hacia las puertas. Otros intentaron apartarse del centro del patio. Los magos levantaron barreras apresuradas. Pero la línea ya estaba encendida; una chispa viajaba bajo la ceniza con un siseo apenas audible.

Kastan continuó riéndose, alzando su cuerpo y la vista hacia Selûne una última vez, murmurando unas palabras para sí mismo.

— Bueno…si nadie sale vivo, técnicamente sigo invic—

La detonación llegó un instante después y la noche se convirtió en día.

Las reservas de pólvora almacenadas bajo el bastión explotaron al unísono. El patio desapareció dentro de una esfera de fuego blanco y azul. Las piedras se elevaron como hojas arrastradas por un huracán. Las torres cercanas se partieron por la mitad. Los corredores subterráneos se derrumbaron. Una onda expansiva recorrió toda la fortaleza y lanzó cuerpos, armas y escombros por los aires.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, el bastión ya no existía como fortaleza. Quedaban sólo ruinas humeantes iluminadas por la luna que finalmente había emergido de las nubes. Los Zhentarim que habían penetrado en el patio quedaron enterrados bajo toneladas de piedra y fuego. Y en el corazón de aquella destrucción no quedaba rastro visible de Kastan Gert.

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