Deiffmaster
Adorador de Eduardo
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Cientos de sonidos
Solo escuchaba el silencio, el particular silencio de la jungla de Khult, un silencio formado por cientos de sonidos.
Hacía dos días que habían dejado atrás los muros de Mezro para adentrarse en la oscura densidad de la jungla. Aquella noche la habían pasado en Agu-Neya, una de las últimas poblaciones al sur-este que estaban bajo la protección del ejército de Mezro.
— Hoy seguiremos rumbo sur-sur-este. Nuestro objetivo es llegar a Mara Owa, una aldea situada a treinta y cuatro millas. Allí nos reuniremos con los guerreros de la tribu Owa, que nos conducirán hasta donde la manada ha sido vista. La ruta no es sencilla. El camino hasta la aldea nunca está transitado y abundan los depredadores. Quiero que estéis en guardia durante todo el camino, que me aviséis si véis, escucháis u oléis cualquier cosa que os parezca un peligro potencial.
El silencio siguió a las palabras del sargento Iyabo: los pájaros piaban a lo lejos, las ranas croaban, el zumbido de los insectos hacía vibrar el aire, los pequeños animales se escabullían entre las hojas haciéndolas temblar. De vez en cuando un mono aullaba a lo lejos o un ave alzaba el vuelo. Si se discriminaban uno a uno aquellos sonidos, cientos eran las voces de la jungla, pero juntas eran silencio. Un silencio aterrador.
Los ocho adolescentes de catorce años, que dejaban de ser cadetes para ser soldados aquel día, se mantenían rectos, en formación, sujetando sus lanzas en la posición correcta, pero no podían evitar que el sudor frío brotase de sus poros o que sus intestinos se retorciesen.
— ¡Exploradores, en marcha!— anunció la cabo Kiwoka.
Obembe, que iba en la retaguardia junto a Kiwoka, comenzó a caminar. Agarraba su lanza con excesiva fuerza, miraba a lado y lado como si en cualquier momento las fauces del más terrible de los saurios fuesen a surgir de entre la maleza.
Obembe había nacido y había crecido en Mezro, y sabía que las junglas de Khult no eran consideradas uno de los lugares más peligrosos de todo Toril por casualidad. A los niños se les enseñaba, de bien pequeños, a no salir nunca de la ciudad, a que cualquier ser desconocido, insecto, planta, pájaro, reptil o rana, era potencialmente peligroso. Se les hacía entender que los dinosaurios eran los hijos de Ubtao y al mismo tiempo sus más peligrosos y fieros siervos, y que perderse en la jungla equivalía a una muerte segura.
Ese día no estaban perdidos, pero aun así los peligros que acechaban tenían mil caras y mil formas de terminar con el pelotón de exploración del cual Obembe formaba parte. En la división de exploradores del ejército de Mezro se decía que uno de cada cincuenta soldados moría en sus primeras incursiones. Obembe ya sabía aquello cuando había decidido alistarse a la división de exploradores. Aún podía oír a su madre conteniendo el llanto y gritándolo a los cuatro vientos.
— ¡Uno de cada cincuenta exploradores, Obe! ¡Uno de cada cincuenta! ¡Y tú quieres unirte a esa división de suicidas!
— ¿Es que quieres matar a tu madre del disgusto? ¿Es eso lo que quieres, Obe?— decía su padre incrédulo y furioso al mismo tiempo.
Solo había pasado un año de aquella conversación.
— Puedes escoger cualquier división, Obe, cualquiera. Cuando ingresaste en la academia lo hicimos para que terminases en la guardia, o en el ejército de infantería.
— Puedes incluso unirte al cuerpo diplomático, si quieres. ¡Tenemos contactos de sobra!
— ¡Mira lo contento y cómodo que está tu primo en la guardia! Dentro de poco será capitán, y solo ha necesitado seis años.
Sentado aún frente a la cena, que hacía rato que se había quedado fría, Obembe abrió la boca.
— No quiero estar cómodo ni contento. Quiero ser útil. Quiero unirme a aquellos que verdaderamente protegen nuestra ciudad. Me da igual lo que hayan hecho mis hermanos, quién sea un gran mago o quién sea capitán de la guardia. Yo quiero ayudar a Mezro de verdad.
— ¡¡Bobadas!!
— ¡¡Majaderías!!
— Obembe, por favor, ya sabes que accedimos a que te alistases con la condición de que fueses guardia o diplomático...
— ¡Maldito sea el momento en el que permitimos eso! Deberías haber ingresado en la escuela de magia. ¡Tal y como estaba previsto!
— ¿Has pensado en cómo esto afectará a nuestra reputación, Obe? Dirán que te hemos empujado al cuerpo de exploradores porque eres un caso perdido… o porque no tienes aptitudes…
— … o porque no tenemos suficiente influencia. ¡Vas a hundir nuestros negocios!
Obembe solo tenía trece años pero era lo suficientemente listo como para saber que aquella era la última baza de sus padres, el chantaje definitivo. Y tenía preparada la respuesta.
— Mamá, papá, esta decisión no afectará a vuestros negocios porque voy a convertirme en el mejor general de la división de exploradores.
Se levantó de la silla y se marchó a su cuarto habiendo dado las gracias por la cena.
— ¡Te vas a arrepentir de esto, Obe, vas a hacer que te maten! ¡Uno de cada cincuenta!— seguían sollozando a sus espaldas.
Aquella conversación estuvo presente en los pensamientos de Obembe durante los primeros minutos de exploración. Después, tras el primer crujido de rama, fue incapaz de pensar en nada que no fuese el entorno hostil que le envolvía. A su lado, Usola, su mejor amigo desde que había entrado en el ejército, intentaba agudizar tanto el oído que de vez en cuando dejaba de respirar. Obembe le hacía una señal para que tomase aire.
Así pasaron las horas, deteniéndose cuando percibían algo, continuando cuando el sargento Iyabo o la cabo Kiwoka lo consideraban seguro. La tensión era tal que, al cabo de dos o tres horas, las manos y las espaldas de todos los soldados empezaron a dolerles. ¿Cómo iba a poder hacer eso toda la vida?, se preguntaba Obembe, ¿si apenas aguantaba el dolor de los brazos en tensión?
Aquella misión no entrañaba más peligro que el de llegar al destino final, a la ubicación de la jungla donde habían avistado la manada de dilofos cuyo tamaño debían reducir. Las manadas como aquellas no eran peligrosas cuando no tenían más de quince o veinte miembros, pero cuando excedían aquel número podían empezar a atacar poblados. Terminar con ellos no iba a ser difícil, el problema era llegar a su territorio sin que nada más grande se les cruzase por el…
El corazón de Ubtao dió un salto. Su sangre se aceleró y él se detuvo en seco, rotando sobre sí mismo y conteniendo la respiración. Había detectado una sombra por el rabillo del ojo.
— ¿Qué sucede?— dijo automáticamente la cabo, deteniendo la marcha con sus palabras. Todos se giraron para mirarlos.
— Me ha parecido ver... — Obembe parpadeaba con insistencia, intentando entender si su vista le había engañado— me ha parecido ver un… una sombra, cabo.
— ¿Estás seguro?
El chico dudó. Su sudor le pareció frío. Tragó saliva.
— No, cabo. Pero creo que ha pasado entre esos árboles…
Tras una pausa, Kiwoka asintió y el sargento habló desde la vanguardia.
— Has hecho bien en avisar, soldado, nunca se…
Las palabras del sargento Iyabo se interrumpieron a sí mismas cuando el inconfundible sonido del trote de una bestia de diez toneladas envolvió el aire.
— ¡¡Carchadón!!— gritó la cabo Kiwoka, girando en redondo y apuntando con su jabalina hacia más allá de la retaguardia. Dio dos pasos, prácticamente voló, y lanzó su arma. Al acto, todos los reflejos que Obembe había entrenado durante aquel año afloraron en su piel. Ni siquiera tuvo tiempo de ver cómo reaccionaban sus compañeros. De forma automática, dio también dos pasos para abrir la formación hacia la izquierda, identificó la bestia de trece metros que corría hacia ellos, apuntó al lugar del cuello que se unía con el resto del cuerpo, y lanzó. La jabalina tardó medio segundo en impactar, el tiempo que tardó Obembe en tomar su arco, cargar la primera flecha y disparar. Cuando el segundo proyectil impactó, la bestia yacía ya muerta a apenas seis metros del pelotón, con seis jabalinas clavadas en el cuello. El silencio de la jungla los rodeaba de nuevo.
Obembe necesitó unos instantes para entender lo que había ocurrido, y cuando lo hizo, una sonrisa afloró en su rostro. ¡Lo habían conseguido! Se giró hacia sus compañeros, con la sangre bombeando aun a toda velocidad, pero algo fallaba. Todos sus amigos, el sargento Iyabo y la cabo Kiwoka lo miraban con el horror dibujado en el rostro. La cabo decía algo, pero Obembe no la escuchaba. Percibió que estaba oscureciendo muy deprisa. Notaba un pinchazo en el hombro. Bajó la mirada para ver la punta de una flecha asomando por debajo de su clavícula, y todo se volvió negro.
***
Una voz canturreaba:
— Vamos, muchacho, Ubtao no te quiere aun en su reino.
Obembe percibía un terrible olor.
— Godeze misericordiosa, tráelo junto a sus compañeros.
Era un olor nauseabundo.
— Vamos, vuelve muchacho.
… un olor que penetraba ácido por sus fosas nasales abriéndose paso hasta su cerebro.
— ¡He dicho que vuelvas! ¡Obedece!
Obembe abrió los ojos. Un techo de hojas secas cubría la choza donde se hallaba. El sargento, la cabo y Usola lo miraban con los rostros llenos de preocupación, expresión que contrastaba con la de otra persona que no conocía. Una mujer de unos treinta años, con algunos mechones de su abundante melena cubriéndole el rostro y los ojos brillantes, lo miraba con una gran sonrisa animada.
— ¡Bienvenido a Mara Owa, muchacho, y enhorabuena! — canturreó con alegría—. ¡Has sobrevivido a tu primera incursión!