En un lujoso tocador iluminado por candelabros, un hombre se inclinaba frente al espejo, peinando su cabello hacia atrás, bajo la presión firme de un cepillo moviéndolo con la misma destreza con la que años atrás había manejado dagas y espadas, pero ahora, su objetivo era domar mechones rebeldes, no abatir adversarios.
Su rostro, curtido y endurecido por una vida forjada en los bajos fondos, parecía extraño incluso para él, suavizado por la luz y sus propios esfuerzos.
A su lado, un mayordomo maztiqueño de complexión robusta, vestido con un atuendo sencillo pero formal, aguardaba en silencio. En sus manos sostenía con respeto un cartel cuyo texto detallaba las clases de protocolo y etiqueta. Con una reverencia, lo extendió hacia el hombre, quien detuvo su rutina y lo tomó, estudiándolo con calma, una leve sonrisa burlona curvó sus labios mientras leía.
-Mindango, buen trabajo. Toda la vida en el distrito del río, rajando cuellos y zafando de cuchillos, y ahora, aquí en la alta sociedad, me siento torpe con las palabras. Tal vez no me iría mal que me refinen un poco. Sí... os subiré el sueldo… a medio platino la dekhana, por informarme de esto.
Dio dos palmadas en las mejillas redondas del corpulento mayordomo con cariño, quien asintió con respeto. Mindango, incapaz de comprender del todo las palabras en chondatano de quien le pagaba su jornal, se limitó a aceptar el gesto con un asentimiento. Se retiró con paso discreto, dejando al hombre solo frente al espejo.
Este, tras una breve pausa, retomó su rutina, peinando su cabello hacia atrás de nuevo.