La Herida Que Nunca Sana
La habitación estaba en silencio. Desde su retirada, el silencio la acompañaba como un acompañante constante, solo roto por las visitas casuales de sus amigas. El silencio también era su amigo, pensó.
Vera sostenía aquél dibujo entre sus manos. Una representación del día de su graduación. El papel estaba arrugado y maltratado por las esquinas, como si observara la imagen demasiado... O quizá, muy poco. Al lado, en la mesa, el colgante de debatiente supremo que le entregó Seraphine.
El dibujo de su graduación pesaba como una losa a sus espaldas. Ahí estaban todos.
Jadzia, con esa postura de quien siempre parece estar un paso por delante del mundo. Katia...Tan pálida, con el rostro cubierto por aquél sombrero que reposaba ahora en el museo de la Schola como prueba de que alguna vez existió. Gwenaelle poniendole una mano en el hombro mientras le entregaba el diploma ¿Fue Gwenaelle...? Ya no lo recordaba. y Nyvara, una de sus mejores y más longevas amigas, a su lado, con Cythera a un asiento de distancia, o quizá a dos.
Y Kerloch. Kerloch no sonreía. Algo en su corazón pesaba aquél día. Ella lo recordaba, pero no le preguntó. Recordaba haberle recolocado alguna pluma del sombrero antes del dibujo, solo para hacer reir al anciano. Gelvalm se mantenía estoico a un lado. El suyo fue el primer discurso de felicitación. Ella portaba un ramo de rosas entre las manos. Quizá el día más feliz de su vida.
Se quedó mirando el dibujo, agarrándolo con firmeza por las esquinas. Sus manos temblaban ligeramente. Esa fue la última vez que los vio a todos juntos. La última vez que vio a Katia viva. La última vez, quizá, que Vera fue Vera, y no solo Comstock.
Volvió a mirarlo, y casi como si hubiese perdido el control de sí, se contempló sujetándolo con demasiada fuerza. Lo miraba, pero ya no lo reconocía. Veía los rostros, pero los rostros comenzaban a serle difusos. ¿Qué sucedió antes de aquello? ¿Se acordaba? Probablemente no.
Soltó el agarre, temerosa de dañar más el dibujo ajado, muy maltratado para tener tan pocos años. Lo dejó sobre la mesa, y buscó entonces a Katia primero. Siempre a Katia primero. Sabía que estaba ahí. Sabía que tenía que estarlo, pero su recuerdo ya no encajaba del todo bien con la realidad.
Eso fue lo que la desestabilizó. No la pérdida, sino la duda.
—Estabais todos… —dijo, casi como una corrección automática—. Estabais todos ahí.
Un pensamiento acompañó esa frase. "La última vez..." Se llevó una mano a la frente, encogiéndose en la silla para contenerse.
—La última vez… —repitió, más bajo.
Trató de respirar, pero sus pulmones parecían no desear el aire entonces. Trató de mantenerse estoica como tantas veces había ensayado. Se giró hacia su habitación.
El báculo, el colgante. Su tomo de invocaciones y aquél que rescataron. Todo seguía como si Vera siguiera ahí, pero ella ya no sentía estar. Volvió a mirar el dibujo, pero no buscó a los demás, se buscó a sí misma.
—¿Cuándo sucedió...? —empezó.— ¿Cuándo lo perdí...?
Vera se quedó mirando el dibujo, pero la mirada ya no sostenía nada. No había búsqueda en ella, solo permanencia. La pregunta quedó suspendida sin peso, como si incluso el aire hubiera dejado de considerarla importante.
No llegó respuesta. Y eso, por primera vez, no le exigió reacción.
Bajó la mano de la frente lentamente, como si el gesto hubiera perdido su motivo a mitad de camino. La dejó caer sobre el regazo y se quedó quieta un instante, respirando sin intención clara.
—¿Cuándo…? —repitió otra vez, pero la palabra no continuó. Se quebró antes de convertirse en pensamiento completo.
Silencio.
No el de antes. Este era distinto. Más cerrado. Menos habitado.
Vera miró el bastón, luego el colgante, luego los libros. Uno tras otro, como si los reconociera desde una distancia que no acababa de acortar. Todo seguía en su sitio. Todo seguía funcionando. Incluso ella. Y sin embargo, nada encajaba.
Se levantó despacio, sin decisión, más por inercia que por voluntad. Dio un paso hacia la mesa, luego otro. El dibujo seguía ahí, intacto, como si no hubiera participado en nada de lo ocurrido.
Lo observó desde arriba. Intentó recordar lo que era estar dentro de esa imagen, no mirarla. No lo consiguió del todo. Solo fragmentos sueltos: voces, luz, una mano en el hombro, risas que no lograba ubicar con precisión.
Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, el dibujo seguía igual.
Su mano se alzó, casi sin orden consciente, como si fuera a recogerlo. Pero se detuvo a mitad del gesto. No recordaba por qué debía hacerlo. La mano cayó otra vez.
Retrocedió un paso. Luego otro. Volvió a la cama y se sentó sin ruido.
Se quedó mirando la habitación sin fijarse en nada concreto, como si todo estuviera demasiado lejos para ser definido.
—Si no lo recuerdo bien… entonces ¿cuánto de mí era real?
Vera se quedó allí, quieta, presente sin sostenerse del todo, como si su nombre hubiera permanecido en la habitación… pero ella hubiera dejado de ocuparlo por completo.