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Códice de la Arcana - Relatos de Vera

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CÓDICE DE LA ARCANA

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Después de la Guerra - I

Habían transcurrido muchas lunas desde aquel combate final al que acudí, donde almas nobles se sacrificaron para que quienes quedamos con vida pudiésemos contemplar un amanecer más. Aquella fue mi primera gran gesta desde que inicié mi senda en la Arcanum.



Junto a la Maestra Jadzia, Mernalyn y otros compañeros
, intentamos infiltrarnos en Khazad Gromdal con el propósito de allanar el camino para los esfuerzos bélicos. Sin embargo, la empresa resultó en un fracaso casi fatal, pues la peligrosidad de la misión rozó la aniquilación de todos los presentes.
Tiempo después, me vi destinada al frente, donde contemplé de cerca la crudeza inhumana de la guerra. Fue allí donde supe que la maestra Katia Naxxremis había caído en combate, defendiendo con valentía la primera línea. Katia me tendió la mano desde un principio, y aunque a veces tuviesemos opiniones muy dispares; su muerte me acongojó tremendamente.

Por aquel entonces, yo no era más que una joven inexperta, apenas iniciada en los senderos del arte, vagué por años tratando de encontrar mi lugar en el mundo hasta que llegué a la Schola, y ahora acudía al frente junto a las leyendas de antaño. Los días que siguieron a aquella tragedia con una mezcla de amargura y victoria marcaron un punto de inflexión en mi existencia. En ellos comprendí con la serena claridad que otorga el dolor, que podía y debía servir al mundo que me rodeaba.

Perdí la inocencia, como tantos otros que conocieron su primera gesta. Y aunque aquella experiencia me transformó para siempre, nunca la consideré la última.

Antes de marchar para poder meditar sobre lo sucedido, me sentía sumamente impotente; deseaba ocupar el puesto que con confianza se me había otorgado, y poder ser una buena vanguardia para la Schola.

Fue entonces cuando el maestro Kerloch me encontró en la arena de Caravasar, donde otras veces habíamos practicado, frustrandome al no sentirme capaz de defender a mis seres más preciados.

James Kerloch me enseñó muchas cosas los breves días que me instruyó, más allá de contrahechizos y sortilegios. Me ofreció la perspectiva necesaria para atajar los nuevos desafíos que me esperaban tras la guerra. Y cuando partí junto a mi amado no lo hice con pesar. Estaba preparada para aceptar los cambios y continuar viviendo con ellos.

Cuando retornase; no volvería a ser como aquella chiquilla asustadiza. Bajo el manto de la Dama de los Misterios comprendí que el aprendizaje no era una meta. - Más bien una escalera que para algunos acababa pronto, y que para otros era interminable."
 
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Incursión Dorada


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Caia la tarde cuando la Arcana se encontraba terminando de ponerse al día en sus quehaceres. ¿El último? Una clase de Cythera sobre constructos.

Ella fue de las primeras personas que conoció en su llegada a la ciudad, y siempre habían tenido una relación cordial, por lo que Vera estaba alegre de poder ayudar a su compañera en lo que requiriese, a pesar de que las clases de Constructos jamás habían sido su punto más fuerte.

Paseando hasta la Arcanum por las lindes del río recordó su primera clase sobre la materia, Gelvalm había traído manzanas, y ella se había pasado toda la clase cuchicheando. Lo echaba de menos, todo aquello.

Desde la muerte de Katia y la marcha de Gwenaelle de la institución, todo se planteaba un poco más oscuro para Vera. No por falta de medios, a decir verdad, pues incluso en la adversidad trataba de ser lo más resolutiva posible.

Se permitió un momento en silencio frente al río. - ¿De verdad lo echaba de menos, o echaba de menos la inocencia de no haber conocido el mal? ¿A caso ahora qué no era inocente, tampoco estaba limpia? - Entonces sonrió. Recordó aquél último momento donde vio a todos sus maestros juntos, su graduación. Cómo abrazó a Gwenaelle y a Jadzia, las palabras de Katia, y jugar con las plumas del sombrero de Kerloch. Las reuniones previas a la guerra donde Gelvalm trataba de enseñar a los jóvenes arcanos como enfrentar la adversidad, los duelos mágicos.

Se abrazó a sí misma, y en aquél silencio y soledad se permitió compartir un par de lágrimas con el río. No podía permitir que la tristeza borrase de su mente sus nuevas responsabilidades, ella lo sabía. Aprovechó el momento para lavarse la cara y continuar hacia la Arcanum, pues aquella reflexión la había hecho llegar con unos minutos de retraso.

"Por suerte di esta clase hace mucho tiempo" - Pensó, negando con una suave sonrisa.

Al llegar al aula, Cythera estaba a solas con Samira, Vera avanzó hacia el pupitre y apartó la silla, cuando la genasí le indicó que no se sentase, pues que iban a tener una clase práctica. Tomó nuevamente su bastón y se pusieron en pie, rumbo a las agujas de oro.

Cythera dejó tras de sí una nota, que haría que Seraphine, su compañera escolástica se les uniese después, y juntas llegaron a las agujas de oro, más concretamente a aquél lugar infernal lleno de Golems que eludían constantemente los conjuros de Vera. Odiaba aquello.

La figura de Arianne coronó el lugar con aquella presencia ineludible y solemne. Observó al grupo y con gestos medidos, habló.

- Intuyo que no estais aquí por cobijo divino. - Algo en aquella frase hizo que Vera sonriese internamente. Ciertamente no.

Todas juntas, prosiguieron por los sótanos de las agujas de oro, observando a los diferentes tipos de golem, sus caracteristicas, sus desventajas y su comportamiento.

Pero algo salió mal. ¿O salía precisamente bien? - En un angosto pasillo, se encontraron con una monstruosidad hecha de partes de golems, una masa errática que avanzaba arrastrándose por los pasillos.


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Arianne intentó hablarle y ordenarle, y no respondió. Vera comenzaba a pensar que aquella clase había sido condenada desde el principio. - Tras esa masa, una más fina, rápida y con dos cuchillas metálicas trató de atacar a Samira, a lo que la arcana se apresuró a conjurar sobre ella una invisibilidad, ante la impotencia de no poder defender a la alumna.

Cuando consiguieron derrotar a aquella criatura con la ayuda de un bárbaro de cabellos níveos, Vera se apresuró a tomar muestras de aquella criatura deforme. Había sido toda una noche movida, por desgracia.
 
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La Primera Clase
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El día que tanto miedo le daba, acababa por llegar; Dar clases en la Arcanum, casi como si hacía unas lunas no fuese ella la que se se sentaba tras el pupitre. Quizás tenía más miedo de ser igual de competente que los maestros, en lugar de fallar.

Llenar los zapatos de los maestros no era tarea fácil, pero Vera tampoco iba a cesar en su intento. Horas antes de la clase con Samira separó cuidadosamente sus apuntes, cada palabra de las mismas clases que había tomado anteriormente.

- ¿Qué soy, sino una mezcla de todos los que me precedieron. Con un temperamento como ellos, con una mirada como ellos..? - Pensó, lavándose el rostro frente al espejo. Aquella habitación de taberna donde residía desde los dioses sabían cuanto ya estaba más que adecentada como su hogar, y aunque era humilde, tenía todo lo que necesitaba, y un poco más. Se secó las manos con un paño blanco y repasó por última vez sus propios apuntes.


Ah, aquellos apuntes. Se los había llevado consigo a la guerra, se los había llevado consigo a los campamentos de avanzadilla. Se los había llevado a cada esquina del reino. Y de alguna manera, estaban cuidados como si de su hijo se tratasen, llenos de anotaciones, de dibujos y de recuerdos. No tan profesional como el libro de un maestro, pero en su justa medida formal como para dar una explicación coherente.

Ordenó las páginas y cerró el libro, pasando por el mercado para hacerse con unas manzanas frescas, que llevó en un cesto hasta el aula antes de encontrarse con Samira en los llanos.


- ¿Con unos dilemas como ellos..? - Prensó los labios mientras hacía camino. Cuánto tiempo podría seguir ocultando su tristeza tras sus ojos era un misterio, aunque algo estaba claro, poco a poco iba perdiendo la paciencia con su propio comportamiento, la pasividad no era algo que fuese con ella, nunca lo había sido. Debía recuperar las riendas, y ser el ejemplo que otros fueron para ella, quizá incluso más.

Samira se encontraba ahí, conversando con Sariel, Sylwen, Gunna y Liliana, a quien Vera solo conocía de oídas. - Esta le habló de su tesis, sus sueños y su futuro, y por un momento una suerte de revelación pasó por sus ojos. Ahora era ella quien debía aconsejar y guiar, no al contrario.

Al llegar a la institución, fue Nyvara quien las acompañó. Nyvara siempre había sido aquél espiritu inquieto, y una de sus mejores amigas. - "Apropiado..." - Pensó Vera al verla, antes de darle un pequeño abrazo, seguida de una pequeña risilla.

Caminaron hacia el aula, y allí la clase discurrió de manera tranquila, tomando una de las manzanas para hacer un símil de la urdimbre y las zonas de magia muerta con ella, tratando de ser lo más dinámica posible.

- Introduciría la historia de la magia, y cómo es que los humanos la conseguimos, pero eso es otra clase, y además de eso hablo de ello en mi tesis. - Se paseó por la sala, con la manzana en la mano. El aire de la clase era distendido, familiar. Se preocupó de que fuese accesible, y responder todas aquellas preguntas que en algún momento hizo ella.

Nyvara soltó una comedida risilla, y se acercó a Samira para susurrarle algo. - La tesis de Vera fue una de las más populares, y de hecho, si quieres ganarte a la maestra Comstock, una de sus formas es leerla, le tiene mucho aprecio. - Vera, aunque ajena, miró a ambas desde lejos, permitiendoles aquél murmullo antes de proseguir y terminar su explicación.

- Parece importante para ella, la leeré. - Samira respondió, divertida con el cuchicheo antes de volver la vista a Vera, que continuaba con la explicación con aquella manzana.

- Con esto damos por terminada la clase de primer módulo. "La Urdimbre" ¿Alguna pregunta, querida? - Samira negó, presa de la ilusión al ser su última clase. Lanzó el sombrero por los aires y comenzó a reir, agradeciendo que la clase no hubiese sido simplemente teoria.


Nyvara y Vera compartieron una mirada cómplice, melancólica. Aquello les era extrañamente familiar. El peso de envejecer, era saber que tendrían que ver los mismos ojos en diferentes personas, y por un instante, Samira fue ambas dos, y a la vez, ninguna.

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Una Travesía por Mar
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Cuando Madeleine habló de la fiebre del oro, y la travesía que se iba a llevar a cabo, la mente de Vera comenzó a elucubrar. - "¿Cómo puedo evitar hundirme como una roca si en algún momento el barco en el que voy se hunde?" - Y bueno, era cierto que había más que una y dos soluciones, pero aquella cuestión le dio el tiempo suficiente para una suerte de pasatiempo.

Se tumbaba por las noches dando vueltas. "¿Y si...?" - Al menos esa cuestión pesaba menos en su mente, como un pequeño juego donde se planteaba mil escenarios y formas de escaparse. Un descanso mental de toda la presión que estaba viviendo.
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Lo cierto era que las contadas veces que había montado en barco, habían sido catastróficas. Recordaba como su padre la alzaba en brazos para ver el mar, y cómo acto seguido ella lloraba para que la bajase. Sin embargo, y a pesar de todo, decidió acudir en una suerte de ayuda, y también para acabar por darle la mano al hecho de que los barcos eran quizá un puesto alto en su lista de enemigos.

Cuando el día llegó las agujas de oro brillaban ante la noche. El barco donde iban a viajar era tan grande que fue de las primeras cosas que divisó al llegar al puerto, aunque antes tuvo una pequeña charla con Cythera en las hogueras cercanas a la entrada.

El grupo era tan variopinto como siempre. Gwenaelle, Cythera, la clérigo Maeve, Don Valerio, Loreliel, Zahal, Arianne y Kath. - E incluso la maga roja Leyna, su antigua compañera de clase, a la que siempre le había guardado una suerte de reparo.

El mar de espadas estaba muy turbulento, y si no solo por las tormentas. Piratas de todo tipo abordaban a los barcos. Barcos tanto Amnianos como Muranníes se divisaban peleando en el horizonte: Todos, por el oro.
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Unos piratas abordaron el gran galeón, y tras deshacerse de ellos el grupo prosiguió hacia la gruta donde iban a investigar con cautela. Varias trampas por el camino hasta llegar a un escondite donde estaban reunidos saqueadores que hacían buena cuenta del oro.

Acabaron con ellos, y llegaron finalmente hacia una suerte de cámara bajando un montacargas donde decidieron descansar.


El viaje no parecía estar cerca de terminar pronto. Y a pesar de sus mareos pudo, al menos, descansar en el barco aquella noche.
 
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El futuro: Un lugar insospechado
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La vida comenzaba a acomodarse para Vera, en la quietud y la comodidad de su improvisado hogar podía permitirse ser esa versión vulnerable de sí misma, la niña que no terminó de morir con la guerra.

Abrió las contraventanas y dejó que la luz solar llenase su habitación mientras terminaba de ordenar y arreglar aquella instancia, con un aire rápido y algo pisado.

De cara al mundo proseguía con sus labores. Su temperamento parecía haber sido golpeado como un acero para dar forma a una espada. Más taimado, y aunque alegre, ciertamente desapegado. Y no era para menos, pensaba. Aquellas personas que más amaba se encontraban lejos por una suerte de obligación, y ella proseguía labrándose aquél futuro qué tanto había deseado. Quizá algún día sería maestra, y deseaba poder ofrecer ese pequeño lugar de entendimiento para los arcanos en tierras donde no eran exactamente amados.


E igual que el acero que debe golpearse para ser moldeado, Vera tendría que superarse para poder comprenderse finalmente. Pero no tenía mucho tiempo para pensar aquello, pues tenía una reunión a la que acudir.

La institución había cambiado desde entonces, y con cada decisión y detalle aquello pasaba de ser una habladuría a ser la verdad. Ahora no era la única escolástica al cargo, y por una vez se sentía completamente representada por el decanato que había elegido Cuando vio reflejadas a sus compañeras en sus respectivos decanatos, lo entendió.

Entendió el por qué había tres decanatos en primer lugar, pues aquellos usuarios mágicos son muchos, y es dificil hacer que todos abracen una idea, si la idea no les abraza a ellos antes.

Seraphine era cautelosa, tejía suavemente una red de dulzura, una Mística a la que no le temblaba la voz para manifestar sus deseos.

Samira, por cuenta, era más silenciosa, más paciente, una Magus de transmutación que dedicaba todo al detalle.

¿Y Vera? Vera era práctica. Quizá impetuosa, solo como un mago de batalla podía serlo.


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Al llegar a la reunión, la maestra Cythera las recibió.
Hablaron de todo aquello que debían hablar. Discutieron todo lo que debían discutir. Y por un momento, aquella Arcanum que había amado, volvía a sus ojos.

El futuro era un lugar incierto, pero ahora el futuro quizá era de ellas.
 
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"En soledad con la Dama"
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La madrugada cubría el cielo con el astro rey aún dormido. El relente de la noche abrazaba los cabellos de aquella que pasaba de largo por los caminos, ataviada con ropajes azulados con detalles blanquecinos y dorados.

La fe. ¿Qué es la fe? - Pensó una y dos veces mientras sus pasos sonaron rítmicos contra las piedras del camino. - ¿Aquello a quienes los desesperados se abrazan, o a lo que los justos rinden pleitesía? - En alta voz, jamás diría en voz alta hasta donde llegaba su devoción. Pero aquellos quienes la conocían se sabían bien que sus convicciones iban de la mano con la madre de la magia desde que apenas era una chiquilla con un tomo.

Continuó con su camino mientras avanzaba, lo suficiente hasta llegar hacia donde debía ir. La quietud de su antigua habitación. La primera de todas, aquella tan pequeña que hacía que estar ahí sintiera agobio, pero también el inicio del camino.

Cerró la puerta tras de sí tras pagar al tabernero. La habitación estaba tal y como la recordaba. Fría, incómoda, pero en silencio.

Cayó con cuidado hacia el suelo de piedra de la estancia, aún aguardada por su capa que plegaba en el suelo haciendo un pequeño doblez. Entonces dedicó un momento de silencio a mover dos velas para con ella y prenderlas.

Necesitaba alejarse del mundo para poder meditar. O al menos eso pensaba. Era asidua a aquella práctica tanto en las tribulaciones como en las celebraciones.

Prendió sus manos y se permitió un momento en silencio.


- Madre Urdimbrica. Agradezco cada día poder mantener entre mis manos tu abrazo. Dame el poder para sobreponerme a las adversidades, y la sabiduría para afrontar las complicaciones.

No hizo falta más. Pues aquellas pequeñas palabras ya le daban un propósito a su creencia. Apagó las velas y las dejó en su lugar antes de ir hacia la cama y recostarse ahí para la noche.

Cerró los ojos, y aunque no concilió el sueño, se permitió a sí misma unos instantes de introspección. La ensoñación llegó sin necesidad de descanso, y por unos instantes la voz de su madre reflejó en su cabeza, como retales de su última conversación, seguida de cerca por la que recordaba como la voz de su padre.

- Vera... Si permaneces con la cabeza en los libros, cuando la levantes te vas a marear.
- ¡La niña tiene una vocación, Lena! Me da igual si me cuesta la vida y la salud. Mi florecilla es un prodigio.



Sonrió al recordar el Ímpetu de su padre, como movía los labios y gesticulaba exageradamente con una copa, y unos anillos que Vera juraba que eran más gordos que sus dedos.

- Algún día haré que esteis orgullosos de mí. Os echo de menos.

Una pequeña lágrima cayó por su mejilla.
 
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"Busca y Encuentra"
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Dio un paso. Dos. Tres.
Uno tras otro, rítmicos. Sujetaba su bastón con ira e impotencia. Su mirada fija no auguraba nada bueno.

- ¿Habeis dicho que el ataque ha sido en el cementerio? Quizá deberíais escuchar esto. - Shil le entregó cuidadosamente aquella información. - Observando como Tessela, una de sus alumnas era presa de una criatura de la noche. Si no fuese por su esfuerzo en mantener las formas, posiblemente hubiese enloquecido ahí mismo. Sosteniéndose con fuerza acabó por pronunciar.

- Todo siempre se pone en su lugar. Todo siempre tiene consecuencia. - Ofreció una bolsa de monedas al elfo por entregarsela, la cual negó.

Dio un paso. Dos. Tres.

Sus pisadas encaminadas hacia el cementerio. ¿Tendría la misma suerte que Tessela? ¿Su arrojo la conduciría nuevamente a un callejón sin salida? - ¿A caso era una suerte de gato que disfrutaba el ser cazador y presa? - No estaba completamente segura. Pero sí que estaba segura de algo.


Dio un paso. Dos. Tres.

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Las cartas no dejaban de llegar. - Leía cada misiva desde su mesa, a cada cual con el rostro más torcido. El paradero de Sariel, las peticiones de Gwenaelle. Las proyectos del Claustro. La fiebre del oro.

- ¿Qué más? - Pensó- ¿Bajará Elminster de los cielos montado en una nube? Me voy a sofocar a este paso.

Una reunión en un despacho con olor a mar.
Un arma capaz de doblar la voluntad de su portador.
Un asesino suelto.



Una cábala de conjuradores que intentaba extenderse por todo aquello como la misma Urdimbre.

- ¿Remamos todos en la misma dirección, o el barco se hundió antes de partir? - No tuvo mucho tiempo de pensar, cuando una mano áspera acarició sus hombros. Sonrió, y por un instante se olvidó de todo aquello, permitiéndose descansar junto a Nhumenhor en un suave silencio.

 
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"Hogar: Poesía y Providencia"

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Recordaba aquella habitación como la palma de su mano. - La primera esquina donde sostuvo su grimorio y comenzó a repasarlo. Cómo había cambiado los peluches por los libros, y la cuna por una cama. Había venido de visita después de mucho tiempo.

Ya no era una chiquilla que paseaba por los caminos, ahora era maestra, aquello que prometió que sería para cuando regresara. Sus padres la atosigaban con preguntas y con felicitaciones. Puntualizaciones y reproches por falta de visita.

Estaba en casa.

Se sentó frente a su tocador, esta vez repasando sus anotaciones recientes. Tachones, cosas reescritas, y cosas borradas. Todo en una meticulosa caligrafía y cuidados dibujos. Dependiendo del momento, se podía apreciar como las letras estaban más o menos apretadas, quizá fruto de enfados, o emociones dificilmente visibles.

Se encontraba pensativa, quizá demasiado. Poner en palabras sus sentimientos comenzaba a no ser una opción, pues cualquiera podría atajar sus nuevas notas en cualquier momento.

Entonces, simplemente escribió.

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III


¿Cuál es el precio de una vida?
¿Y cuál es el precio de un general?
¿A caso un granjero vale menos, o más qué un Senescal?


Por su amada rompió cielo y dogma

Besó el pecado sin pedir perdón
Y al cerrarse las rejas del presidio
Atrapado quedó su gran corazón.


Quién pudiera decir lo mismo
Sin culpa y sin pavor
Qué por el peso del silencio
Quebró su oración


IV

En la penumbra rompo mi voz
Susurra el viento
Nos conoce a los dos


Dulce manto que me abraza
No me permitas el quebranto
Qué por mucho qué grite
Más quedo es mi llanto



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Tachó y volvió a tachar, una y otra vez. Suspiró.
- Le dejaré esto a los bardos. No creo tener futuro...

Cerró cuidadosamente el diario y comenzó a peinarse, haciéndose una trenza antes de dormir. Sus manos repasando los pliegues de su camisón hasta plancharlo por completo. Holgado y cómodo.


Quizá al día siguiente tendría que ocuparse de sus informes.

Hoy, iba a descansar.
 
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Pactos
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"Las promesas de los demonios son tentadoras, fuerza, conjuros y conocimientos mágicos, artefactos de gran poder o la salvación de quien más quiere el invocador."
Por supuesto que sí. - Pensó mientras repasaba el tomo una y otra vez, tratando de descifrar algo que desconocía. Aquél libro de pactos demoníacos era uno de los mejores secretos de Vera, no por gusto, sino por necesidad.

Nadie debía saber. Nadie debía codiciar el conocimiento que yacía en su mesilla como un tomo normal y corriente. La acusación de desviacionismo estaba a la vuelta de la esquina, las miradas y las manos ajenas podrían poner en peligro el plan.

Nadie debía conocer al autor del tomo.

Irenicus
De otra manera hubiese codiciado el conocimiento de aquél libro, de esta simplemente tenerlo le causaba nerviosismo. Había sido confiado en ella por personas en necesidad. Personas que tenía en más que alta estima; Debía devolverlo nada más considerase entenderlo lo suficiente.

Pero... ¿Y si aquello hubiese caído en sus manos? ¿Y si aquél artefacto demoníaco hubiese parado en ella, en lugar de su amiga? - ¿Hubiese buscado la forma de detener aquello que fuese a pasar, o buscaría la manera de beneficiarse de él?

Por suerte para ella, solo observó el bastón cambiante desde las distancias más prudentes. Era fácil pensar que sería recta y entregaría el arma, que no se beneficiaría de ella. Que no permitiría ser corrompida... Pero en la práctica, todo podía torcerse solo posándole una mano.


Estudió el tomo hasta que sus ojos dolieron, sacó sus conclusiones y se quedó dormida frente a su mesa, sobre el tomo.


Entonces, casi como si de providencia se tratase, un sueño invadió la mente de la Arcana: Poder.
Se despertó temblando, y tan pronto como lo hizo, corrió hacia los bosques del Alandor a devolver el tomo; No era seguro que lo conservase. Tras esto trazó el plan de acción con el resto.

Salvar las almas atrapadas en el bastón, inutilizarlo y salvar a Nyvara del peso de semejante castigo... - ¿Es un castigo? - Pensó. Quizá Nyvara estaba igual que ella. Quizá también pensaba como ella.

Cuando el día llegó caminaron hacia las profundidades de las tierras élficas. Sylwen bendijo el suelo, Madeleine se mantuvo alerta, Mernalyn cantó las palabras para "Romper el maleficio" Elenya se preparaba y Brizaelinth aguardaba.

Y los ojos de Vera estaban en Nyvara. - Para protegerla, asumía. - Para lanzar protecciones para con ella si todo se torcía.

Y ahí estaba. Había cambiado otra vez.

En mitad del circulo de mujeres, sostenido por la mano de mago de la elfa solar. Llamándola en silencio. Su labio temblaba con una mezcla de contención y resignación. Si su voluntad flaqueaba lo arruinaría todo, y en aquél momento estaba temblando.

Tembló, y con la vista aún sobre Nyvara, el circulo comenzó a formarse.

No había almas que salvar. No había nada que celebrar; El pacto no se había roto.

Habían liberado a algo, un Glabrezu.
Una criatura que trataba por activa y por pasiva de atacar la mente del grupo. Si no fuese por sus protecciones, Vera hubiese sido la primera en caer. Por suerte, la conocía.
Había leído sobre ella. Si no se lo impedían mataría a todas las mujeres ahí presentes.




- No... ¡No! - Gritó, como si toda la duda se hubiese esfumado.
- ¡ Alejaos, va a ir a matar, ¿¡Me oís?! - Se desgallitó. Ya no había lugar a dudas sobre poder, podía perder su vida y las de aquellas que quería. Su futuro y su amor.



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Entonces atacó.


Un hechizo, otro hechizo y otro más. Todas atacaron.

Y la criatura finalmente cayó. Y el artefacto fue destruido.

Y por un instante, se sintió frágil, la ambición casi le había hecho perder los estribos.


Casi. Pero aquél día, no.

 
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La Serpiente Bajo las Tablas
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Caía la más suave de las noches en la primavera de Purskul, mientras los campos de trigo no parecían brillar bajo la luna, las armaduras de aquellos que se habían reunido bajo la petición de Fery sí que parecían hacerlo.

Vera pasó la noche anterior ahí, descansando y pensando cómo dar sus próximos pasos. Proseguía con sus investigaciones, y a pesar de considerar que su ritmo era exacerbadamente lento, tampoco podía culparse a sí misma por las circunstancias.

Pasó un paño mojado por su rostro y arregló su pelo antes de bajar las escaleras de la taberna hacia el punto de reunión, donde encontró a Elenya, a Sylwen y a Teris junto a Liliana.

- Plácida noche. - Atinó a decir mientras sujetaba su bastón, observando los rostros de los que hasta ese momento habían demostrado ser buenos aliados. Tras eso repartió un par de varitas para guarnecer al grupo, en concreto a su alumna, Teris.

La conversación transcurrió tranquila. La gente iba y venía, y en un abrir y cerrar de ojos la comitiva había superado las veinte personas.

"Toda una pequeña fuerza de conquista" - Pensó mientras se sentaba a un lado repasando su grimorio, tarareando.

La patrulla transcurrió sin incidentes hasta cierto punto, donde las fuerzas murannitas pararon a la comitiva; Sondakur, el gran oni recientemente liberado, les esperaba junto a una hueste de caballeros y bestias al otro lado del río.


¿Qué pretendían? Era aquello que la arcana pensaba, aunque tampoco le dio muchas vueltas; La guerra era impredecible.

Fery tomó la voz cantante y negoció, mientras unos y otros rechinaban los dientes o intentaban dialogar. Vera se limitó a tener a los arcanos contrarios contados, preparada por si en algún momento la sangre llegaba al río, nunca mejor dicho. Pelear no era algo que deseara, y mucho menos teniendo en cuenta que la paz era lo más conveniente en aquél momento.

Entonces Sondakur habló, y la atención de Vera se rompió cuando mencionó a la Tarasca.

- ¿Qué saben ustedes sobre la Tarasca? - Preguntó al otro lado del río, más erguida de lo que realmente estaba, haciéndose más grande de lo que era para dirigirse al destructor.

Y antes de que Sondakur hablase, un temblor sacudió el suelo. Krap alertó de que la última vez que el suelo tembló, la Tarasca surgió, y golems aparecieron para hostigar a ambas facciones, que dejaron sus diferencias a un lado para enfrentarlos.

Una de las cayó y sepultó a un hombre, Vera siquiera pudo verlo antes de que todo el mundo tratase de socorrerlo. Y entonces, ambos bandos decidieron separarse, y dejar estar el encuentro.


-​

La comitiva volvió de nuevo, y ella regresó junto a Maeve a la ciudad para reposar la noche, volviendo a su habitación y dándose un merecido baño.

Inspiró, y cuando llenó la bañera de agua templada hizo su cabello en un moño deshecho, cerrando los ojos con un aire introspectivo.


¿Qué pasaría el día de mañana?

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Reflexiones en el camino de la Costa
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Música Ambiental

Kalathyr olía a barro seco y a sueños frustrados, era un aroma qué Vera conocía bien, y que a la vez le era increíblemente ajeno. Su vida había pasado rápidamente de la comodidad de quien no tiene responsabilidad alguna a aquél que las toma. Cuando salió del despacho del Capitán Ewan pensó que aquella responsabilidad la seguiría hacia casa.

-Es una de esas cosas que te hace replantearte el camino y oler las flores. - Comentó hacia sí mientras caminaba por los oscuros senderos con el bastón en mano, marcando cada paso de vuelta hacia la ciudad con la única compañía de su convocado de manera errante.

Era tan asidua a teleportarse que había perdido el sentido de pertenencia que hace un caminante con su camino, y aquellas largas noches en caravanas de un pueblo a otro para conseguir pequeños trabajos con las pocas habilidades mágicas que portaba entonces para poder sobrevivir.




Cinco años.
Cinco años habían pasado desde aquello.

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Le gustaba regodearse en el pasado y en cuánto había conseguido, lo lejos que había llegado y los sueños que había cumplido. En cinco años le dio tiempo a enamorarse, a estudiar, convertirse en maestra y también a echar un poco de menos su hogar. La comodidad de la ignorancia y la complaciencia comenzaba a pesar sobre sus hombros como una pesada losa.

Necesitaba motivaciones nuevas. Algo más que la política, algo más que las cuestiones mundanas, igual que antaño necesitó algo más que las cuatro paredes de su hogar y la reconfortante voz de su madre.







- Soy una Maga de Batalla, no un cordero político, siquiera un ariete o una herramienta. - Pensó. Y había algo de verdad en aquello. Ya no era "Vera de Esmeraltan" había crecido desde que la ciudad de la moneda había puesto sus ojos sobre ella por primera vez. Había visto la intriga con sus propios ojos, y quizá había participado en un par, pero aquello no la satisfacía.


Aquella era la tragedia de los magos, saberse suficientes pero siempre desear un poco más. Un poco más de poder, un poco más de libertad.


Un poco más de tiempo.
Y en aquél camino de vuelta hacia la rutina y de vuelta hacia el mundo de la intriga y los muros de la Schola, ponderó si realmente deseaba participar en la rueda o alejarse de ella por completo. Si el camino de piedra era realmente más atractivo qué el de hierba, o si por el contrario estaba dispuesta a romper el camino establecido de aquella rueda y forjar el suyo propio, si la maga debía existir antes qué la mujer, o los valores antes que las apariencias.
 

Sacredlilium

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Nacimientos

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- ¿Y por qué lo ocultas? - Preguntó Seraphine.
- Alardear las cosas en las tierras de la intriga es peligroso, ya deberías saberlo.


Entre toda la lista de deseos y sueños de Vera, el de ser madre estaba lejos de ser el primero. Deseaba cruzar cada frontera y subir cada montaña, y pensaba qué ser madre le quitaría aquello.

Dicen qué serlo cambia el paradigma entero de las mujeres, qué las hace replantearse todo cuanto han vivido y cuánto desean vivir. No se encontraba en una posición en la que poder celebrar el nacimiento de nadie, pues conocía de varios casos donde la política Amniana había arremetido contra los hijos en lugar de los padres.

Comenzó cambiando sutilmente su vestuario, después, sus hábitos. Súbitamente dejó de aparecer en lugares públicos, y luego comenzó a portar túnicas con su capa de terciopelo encima para ocultar lo que de otra forma sería evidente. - Tanteó la idea de utilizar una ilusión sobre sí misma, pero negó.

Por suerte, no estaba sola. Maeve se dio cuenta de su estado casi antes que ella misma, y desde entonces no abandonó su lado. Masajes, unguentos para aliviar el dolor, brebajes para prevenir las nauseas... - También estaba su esposo, Nhumenhor. El que tampoco dejó su lado a través de las tribulaciones. Juntos habían aprendido a acostumbrarse y adaptarse a aquello que venía.

La naturaleza de la arcana, sin embargo, no la eximía de cometer riesgos en nombre de lo que consideraba correcto. - Pues en más de una ocasión habría puesto en jaque la cordura de aquellos qué conocían de su estado, prometiéndoles adoptar una segunda, e incluso una tercera línea.


- Espero que esto te sirva para reconsiderar los riesgos qué tomas. - Mencionó Nyvara al recibir la noticia. Y Mernalyn lloró y abrazó a ambos cuando se enteró.

Llegar a término no fue tarea sencilla.
La noche anterior le había pedido a Maeve que la acompañase a su lado. Había preparado una bañera con agua templada, y apartado las sábanas del colchón, a riesgo de qué tuvieran qué cambiarlo.

Maeve se quedó a su lado, preocupada y perenne como siempre. Nhumenhor aseguraba haber temido por la vida útil de su mano tras Vera haberla agarrado con quizás demasiada fuerza, y hasta que el pequeño y agudo llanto no llenó la escena, los corazones de los presentes en la sala parecían estar al borde de detenerse.


Es una niña preciosa, Vera . - Dijo Maeve, con la voz algo temblorosa por el esfuerzo mientras limpiaba a la criatura y la preparaba para el mundo, con una gran sonrisa en sus labios. Vera sonrió, completamente despeinada y con un hilo de sudor perlando su piel. Buscó la mano de Nhumenhor y la besó tras haberla maltratado en cada esfuerzo. Nhumenhor lloró mientras sostuvo a la pequeña entre sus brazos, y finalmente Vera alcanzó a tomar a la niña entre sus brazos y descansar por aquella noche.


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Sacredlilium

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La Arcana Errante
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Dio un paso. Dos. Tres.

Uno tras otro, aunque esta vez de manera tranquila. Paseaba por la costa de Kalathyr con su elemental al lado hasta llegar a la costa. La niebla aún no había llegado al mundo cuando ella pensaba en el posible resultado de la guerra.


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Vera había pasado un tiempo en las tierras de la intriga. Su piel, antes de porcelana, había pasado al hierro.

Una campaña, tras otra. Había conseguido forjar su carácter impulsivo en base a golpes.

"Una espada debe golpearse para ser forjada" - Pensó. Esta campaña así se lo había enseñado.

Tras la primera derrota en la costa no pareció tomarlo como una ofensa. Habían conseguido frenar el avance y proteger a los pescadores.

"Aquello es suficiente"





Dio un paso. Dos. Tres.

Pocos eran los rumores que llegaban desde Esmeraltan, su tierra natal. Se preguntó sobre su padre y sobre su madre. Y en mitad de la costa se detuvo observando el mar, sentándose en soledad.

¿Cuándo fue la primera vez que alzó aquél tomo? Lo recordaba. Un tomo básico, con a penas información sobre la Urdimbre. Sobre Mystra.

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- ¿De dónde lo has sacado, padre? - Alzó a penas la cabeza para preguntar, en uno de los salones opulentos donde los hombres acudían a apostar.

- Un cliente pagó su mercancia con una gran suma de libros, mi florecilla. Pensé en traerte alguno antes de revender el resto.


Alzó el rostro sobre la arena con una sonrisa de satisfacción, aunque las lágrimas a penas resbalaron por su rostro.


Estaba agradecida.​

Se levantó y prosiguió sobre sus pasos, agitando con cuidado su báculo mientras los recuerdos iban yendo y viniendo de su mente.


Dio un paso. Dos. Tres.
Pensó durante unos instantes en el futuro viaje que llevaría a cabo la Schola. Una isla lejana. Un barco. Cómo odiaba los barcos. Emitió una sonrisa ancha mientras proseguía por el más lúgubre de los senderos.

- ¡No me agradan los barcos, padre! - La infante parecía quejarse entre lágrimas, en uno de los puertos donde los barcos de recreo parecían moverse.

- ¿Pero te agrada el lago, verdad, florecilla? A veces debemos aceptar el sendero, aunque no sea aquello que nos agrade.

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- Hacia Chult, entonces.

 

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La Herida Que Nunca Sana
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La habitación estaba en silencio. Desde su retirada, el silencio la acompañaba como un acompañante constante, solo roto por las visitas casuales de sus amigas. El silencio también era su amigo, pensó.

Vera sostenía aquél dibujo entre sus manos. Una representación del día de su graduación. El papel estaba arrugado y maltratado por las esquinas, como si observara la imagen demasiado... O quizá, muy poco. Al lado, en la mesa, el colgante de debatiente supremo que le entregó Seraphine.

El dibujo de su graduación pesaba como una losa a sus espaldas. Ahí estaban todos.

Jadzia, con esa postura de quien siempre parece estar un paso por delante del mundo. Katia...Tan pálida, con el rostro cubierto por aquél sombrero que reposaba ahora en el museo de la Schola como prueba de que alguna vez existió. Gwenaelle poniendole una mano en el hombro mientras le entregaba el diploma ¿Fue Gwenaelle...? Ya no lo recordaba. y Nyvara, una de sus mejores y más longevas amigas, a su lado, con Cythera a un asiento de distancia, o quizá a dos.

Y Kerloch. Kerloch no sonreía. Algo en su corazón pesaba aquél día. Ella lo recordaba, pero no le preguntó. Recordaba haberle recolocado alguna pluma del sombrero antes del dibujo, solo para hacer reir al anciano. Gelvalm se mantenía estoico a un lado. El suyo fue el primer discurso de felicitación. Ella portaba un ramo de rosas entre las manos. Quizá el día más feliz de su vida.

Se quedó mirando el dibujo, agarrándolo con firmeza por las esquinas. Sus manos temblaban ligeramente. Esa fue la última vez que los vio a todos juntos. La última vez que vio a Katia viva. La última vez, quizá, que Vera fue Vera, y no solo Comstock.

Volvió a mirarlo, y casi como si hubiese perdido el control de sí, se contempló sujetándolo con demasiada fuerza. Lo miraba, pero ya no lo reconocía. Veía los rostros, pero los rostros comenzaban a serle difusos. ¿Qué sucedió antes de aquello? ¿Se acordaba? Probablemente no.

Soltó el agarre, temerosa de dañar más el dibujo ajado, muy maltratado para tener tan pocos años. Lo dejó sobre la mesa, y buscó entonces a Katia primero. Siempre a Katia primero. Sabía que estaba ahí. Sabía que tenía que estarlo, pero su recuerdo ya no encajaba del todo bien con la realidad.

Eso fue lo que la desestabilizó. No la pérdida, sino la duda.
—Estabais todos… —dijo, casi como una corrección automática—. Estabais todos ahí.
Un pensamiento acompañó esa frase. "La última vez..." Se llevó una mano a la frente, encogiéndose en la silla para contenerse.

—La última vez… —repitió, más bajo.

Trató de respirar, pero sus pulmones parecían no desear el aire entonces. Trató de mantenerse estoica como tantas veces había ensayado. Se giró hacia su habitación.

El báculo, el colgante. Su tomo de invocaciones y aquél que rescataron. Todo seguía como si Vera siguiera ahí, pero ella ya no sentía estar. Volvió a mirar el dibujo, pero no buscó a los demás, se buscó a sí misma.

—¿Cuándo sucedió...? —empezó.— ¿Cuándo lo perdí...?

Vera se quedó mirando el dibujo, pero la mirada ya no sostenía nada. No había búsqueda en ella, solo permanencia. La pregunta quedó suspendida sin peso, como si incluso el aire hubiera dejado de considerarla importante.


No llegó respuesta. Y eso, por primera vez, no le exigió reacción.


Bajó la mano de la frente lentamente, como si el gesto hubiera perdido su motivo a mitad de camino. La dejó caer sobre el regazo y se quedó quieta un instante, respirando sin intención clara.


—¿Cuándo…? —repitió otra vez, pero la palabra no continuó. Se quebró antes de convertirse en pensamiento completo.


Silencio.
No el de antes. Este era distinto. Más cerrado. Menos habitado.

Vera miró el bastón, luego el colgante, luego los libros. Uno tras otro, como si los reconociera desde una distancia que no acababa de acortar. Todo seguía en su sitio. Todo seguía funcionando. Incluso ella. Y sin embargo, nada encajaba.

Se levantó despacio, sin decisión, más por inercia que por voluntad. Dio un paso hacia la mesa, luego otro. El dibujo seguía ahí, intacto, como si no hubiera participado en nada de lo ocurrido.

Lo observó desde arriba. Intentó recordar lo que era estar dentro de esa imagen, no mirarla. No lo consiguió del todo. Solo fragmentos sueltos: voces, luz, una mano en el hombro, risas que no lograba ubicar con precisión.

Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, el dibujo seguía igual.

Su mano se alzó, casi sin orden consciente, como si fuera a recogerlo. Pero se detuvo a mitad del gesto. No recordaba por qué debía hacerlo. La mano cayó otra vez.

Retrocedió un paso. Luego otro. Volvió a la cama y se sentó sin ruido.

Se quedó mirando la habitación sin fijarse en nada concreto, como si todo estuviera demasiado lejos para ser definido.

—Si no lo recuerdo bien… entonces ¿cuánto de mí era real?

Vera se quedó allí, quieta, presente sin sostenerse del todo, como si su nombre hubiera permanecido en la habitación… pero ella hubiera dejado de ocuparlo por completo.
 

Sacredlilium

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A KASTAN DE SELUNE
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Kastan,
Siempre pensé que, si uno de los dos caía, sería yo.

Era lo lógico. Tú eras el muro y yo apenas una mujer con demasiados libros, demasiadas preguntas y una tendencia preocupante a desafiar aquello que la gente sensata considera imposible. Tú eras quien siempre caminaba delante, quien recibía el primer golpe y quien encontraba el camino cuando todos los demás solo veíamos oscuridad.

Por eso no sé qué hacer ahora.

Me descubro buscando tu armadura entre la multitud, esperando escuchar esa voz tranquila que convertía cualquier desastre en un simple problema por resolver. Y entonces recuerdo que ya no vas a responder.

Qué cruel es el silencio cuando pertenece a un amigo, a mi hermano.
La sangre nunca nos unió, pero tampoco hizo falta. Elegimos caminar el mismo sendero una y otra vez, discutir hasta el amanecer, compartir el pan cuando no había banquetes y la esperanza cuando no quedaba nada más, cuando tu aún no eras un caballero, y yo aún no era una maestra. En algún momento, sin darme cuenta, dejaste de ser un compañero de viaje y te convertiste en la familia que la vida nunca me concedió.

Y te amé.
No con el amor impetuoso de los poemas ni con la pasión de los bardos, jamás un amor romántico, sino con ese amor silencioso que nace de la confianza absoluta. El amor de una hermana que siempre encontró un hogar en la sombra de tu escudo.

¿Recuerdas mi primera guerra?

Yo llevaba el orgullo de un titulo recién adquirido, convencida de que el conocimiento era suficiente para sobrevivir. Intentaba aparentar seguridad mientras mis manos temblaban cada vez que sonaban los cuernos de batalla.

Tú me miraste, apoyaste una mano sobre mi hombro y dijiste:

"Mientras yo respire, nada te alcanzará. Sangraremos juntos, o no sangraremos."

Y cumpliste tu palabra.

Hubo flechas que nunca llegaron a mí porque encontraron antes tu escudo. Hubo espadas que cambiaron de dirección cuando te interpusiste entre ellas y mi vida. Hubo noches en las que dormí unas horas porque sabía que tú seguías de guardia.

Nunca me hiciste sentir invencible, pero siempre me hiciste sentir protegida.

Hay algo que nunca podré perdonarle al destino.

Nunca conocerás a mi hija.

Siempre imaginé el día en que te la presentaría. Tú fingirías esa seriedad imposible mientras ella intentaría tocar las filigranas de tu armadura, y al cabo de unos minutos acabarías dejándola subir sobre tus hombros, convencido de que un caballero debía ver el mundo desde más arriba.

Habrías sido el mejor tío que podría haber tenido.
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El que le enseñaría a ser valiente sin perder la bondad, a proteger sin odiar y a levantarse una vez más después de cada caída.

Y ahora me duele una idea más que todas las demás. Lena crecerá sin conocer al hombre que habría velado por ella como si fuera su propia sangre.

Y yo...Yo seguiré caminando sin el hermano que elegí.

Ninguno de los dos compartíamos apellido ni linaje, pero eso nunca importó. La familia también se forja en las marchas interminables, en las guardias compartidas, en las promesas cumplidas y en las veces que uno está dispuesto a entregar la vida por el otro.

Ahora Mernalyn y yo estamos un poco más solas, aunque ella está prometida, y ya no podré ver como os partís taburetes en las espaldas.

Porque el escudo que siempre encontraba la forma de llegar ya no estará cuando el mundo parezca demasiado grande. Me duele pensar que Lena solo conocerá tu nombre por mis historias y las de Mernalyn. Me duele perderte como dagas en el pecho.

Pero también sé crecerá escuchándolas tantas veces que creerá haberte conocido. Le hablaré del hombre que me salvó incontables veces sin pedirme nada a cambio. Del caballero que hizo una promesa a una joven maga asustada y la sostuvo durante toda una guerra.

Le diré que, antes incluso de que ella existiera, ya había alguien velando por su madre. Muchos hablarán del caballero, del estratega, del héroe bendecido por la dama de Plata.

Yo recordaré al hombre que compartía el último trozo de pan sin decir una palabra, al que permanecía despierto junto al fuego para que los demás pudieran dormir, al que cargaba con los miedos de todos fingiendo que no tenía ninguno propio. Al hombre que nunca me llamó hermana, porque no hacía falta.

Dicen que has encontrado el descanso bajo la luz de la Luna.

Espero que sea cierto.
Porque aquí dejas demasiadas personas que te querían, y una maga que, por primera vez en muchos años, se encuentra con un problema que no puede resolver con conocimiento, voluntad o magia.

Te prometo una sola cosa: mientras yo siga caminando, nadie olvidará quién fuiste. Cuando Lena me pregunte por qué miro las estrellas con tanta nostalgia, la sentaré en mi regazo y le contaré que hubo un hombre bueno que protegía a todos antes de pensar en sí mismo.

Y le diré:

"Ese era tu tío. No porque la sangre lo dictara, sino porque el corazón ya lo había decidido mucho antes de que nacieras."

Descansa, hermano. Eramos jovenes, te fuiste antes de tiempo.

Gracias por haber sido el escudo que nunca pedí, la familia que nunca tuve y el mejor hombre que he conocido.

Te quise, te quiero y te querré mientras mi dama siga tejiendo la magia que sostiene este mundo mientras la tuya te acuna en el suyo. Te quedaron un par de bromas por devolverme.

— Vera

Offtopic :
Las palabras de Vera en el funeral @Barron <3
 
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