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Colmillos entre el fango

Sariel

Enano sin acento ruso
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Diario de Sariel, día 15 de Mirtul.

Día claro al partir, niebla espesa al llegar. Las tierras al este de Atkhatla siempre han tenido algo de extraño, pero esta vez parecía distinto. Los rumores eran demasiados y demasiado parecidos entre sí: desapariciones, ganado hallado seco, luces en el pantano. Así que nos organizamos. Un pequeño grupo. Nada oficial.

Éramos unos cuantos selunitas -yo incluida-, aventureros con algo de experiencia, y miembros de las fuerzas armadas. Sin líderes. Más bien gente que no sabe estarse quieta cuando las cosas empiezan a ponerse raras y que quiere ayudar

Uno de los rastreadores era un elfo callado pero preciso. El otro, un soldado elfo que no hablaba mucho de cómo aprendió a seguir huellas, pero sabía lo que hacía. Ellos nos guiaron desde los llanos hasta las zonas más húmedas, donde el suelo empieza a ceder bajo los pies y el aire huele a agua quieta.

Seguimos un rastro claro: huellas torpes, sangre seca en ramas bajas, incluso restos de comida dejada atrás. Al principio parecía que íbamos tras un grupo de bandidos, y así fue… hasta que los encontramos.

Una pila de cadáveres, en un claro al borde del pantano. Descompuestos, pero no tanto como para no reconocer la ropa o las armas baratas. Por los tatuajes y el equipo, eran bandidos, sí. Pero algo no encajaba: no había señales de batalla. No habían muerto luchando. Las marcas que tenían… mordidas, arañazos, cortes limpios… no eran de acero.

Algunos creyeron que se habían matado entre ellos. Otros sospechaban bestias. Hice una oración baja para que sus almas llegasen a buen puerto y revisé sus cuerpos más de cerca. La sangre había sido drenada de forma casi sistemática. No era el caos de un animal hambriento, sino el patrón de algo más metódico. Vampiros, pensamos.

Y justo cuando empezábamos a discutirlo, los cuerpos empezaron a moverse.

No hubo gritos ni confusión. Estábamos atentos, preparados. Se levantaron como engendros -no verdaderos vampiros, sino sombras de lo que fueron—. Se movían rápido, sin decir palabra. Pero no eran muy listos ni especialmente fuertes, posiblemente debido a ser neófitos recien despertados.

La lucha fue corta. Bastó mantener la formación y usar nuestras habilidades con cabeza. Nadie salió herido de gravedad. Los engendros fueron purificados uno a uno. Y al final, quedó el silencio.

Lo extraño fue que, incluso al destruirlos, sentimos que no eran el peligro real. Algo los empujó a salir del pantano. Algo los convirtió. Ellos solo estaban huyendo, igual que en vida.

No sabemos qué fue, aún no. Así que no volvimos.

Después de la pelea en el claro, acampamos un poco más al oeste, fuera del pantano, en terreno más firme. Nada demasiado organizado: un par de tiendas, fuego discreto, turnos de guardia. Nadie durmió del todo bien, pero el grupo seguía unido y eso ayudó. No hubo discusión: si algo convirtió a esos bandidos y los obligó a huir, tenía que seguir cerca. Y si estaba atacando a los vivos… teníamos que saberlo.

Por la mañana, salimos hacia el sur, hacia las primeras granjas dispersas que bordean los humedales. Pequeños cultivos, casas de madera endurecida por el clima, gente que mira más con desconfianza que con palabras. La mayoría no quería hablar. Algunos fingían no haber notado nada extraño. Otros solo bajaban la mirada cuando les preguntábamos si faltaba alguien, posiblemente por miedo, pero quien sabe.

Pero con el tiempo, y algo de paciencia, las respuestas empezaron a asomar. No en palabras exactas, ni en confesiones. Más bien en las pausas entre frases, en la forma en que algunos bajaban la voz al hablar del pantano. En lo que no se decía, más que en lo que se decía.

Visitamos varias granjas y asentamientos dispersos. Gente sencilla, acostumbrada a la dureza del lugar. Nadie nos echó, pero tampoco encontramos mucha disposición a hablar en detalle. Algunas puertas se cerraron antes de que llegáramos a tocar. En otras, apenas nos ofrecieron un gesto con la cabeza, miradas rápidas, y un silencio que decía más que cualquier historia.

Aun así, seguimos. Hacíamos preguntas abiertas, sin presionar. Caminábamos los alrededores, observando. A veces los rastreadores se detenían un momento más de lo normal, mirando el suelo o el borde de algún árbol, como si algo hubiera estado allí. Pero sin conclusiones.

Lo que recogimos fueron fragmentos. Comportamientos cambiantes, hábitos distintos, cierta incomodidad general cuando se mencionaban las noches, o los límites del pantano. Pequeñas cosas.

Nada claro. Nada definitivo. pero suficiente para saber que algo no encaja. Y que, quizás, todos aquí lo sienten también. No encontramos respuestas todavía. Solo más motivos para seguir.


Offtopic :
Basadillo en acciones reales de jugadores, me motive al encontrar la BSO para ponerlo por aqui
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