MotiSJL
Minsorrano sin caminos
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Bueno.
Esto que voy a contar es la historia de cómo conocí a mi maestro. La cuento porque me parece importante que quede registrado. También porque todavía no sé muy bien qué pasó exactamente y escribirlo igual me ayuda a entenderlo.
Probablemente no me ayude. Pero lo intento.
CÓMO ENCONTRÉ AL MAESTRO
Estaba en una taberna. Sentado. Quieto. Bueno casi quieto. Bueno moviéndome pero sentado.
Y había un viejo en un rincón.
Viejo viejo. De los de barba larga y ropa que había visto tiempos mejores. De los que uno mira y piensa: ese hombre tiene historias. Muchas historias. El tipo de historias que no se cuentan en voz alta en sitios con niños presentes probablemente pero historias al fin y al cabo.
Le estuve mirando un rato. Él me estaba mirando también. Que es raro porque normalmente cuando miro a la gente la gente no me mira de vuelta o si me mira aparta la vista enseguida. Este no. Este me miraba fijo con unos ojos pequeños y brillantes como los de un pájaro muy viejo y muy listo.
Al rato levantó la mano y me hizo un gesto de que me acercara.
Me acerqué. Claro. Cuando un viejo misterioso en una taberna te llama con el dedo uno va. Por lo menos yo voy. Igual no debería pero fui.
LA CONVERSACIÓN
Me senté enfrente. El viejo me miró durante mucho rato sin decir nada. Yo le miré. Luego miré la mesa. Luego le miré otra vez. Luego miré mis manos. Soy muy malo con los silencios.
Finalmente el viejo dijo: eres monje.
Yo dije: sí.
Él dijo: joven.
Yo dije: quince años.
Él dijo: se nota.
No supe si era un insulto o una observación. Decidí que era una observación.
Luego dijo: ¿quieres aprender?
Y yo dije: sí. Siempre quiero aprender. El Padre Ossian decía que uno nunca para de aprender y Lathander dice que cada amanecer es un nuevo comienzo y un nuevo comienzo implica nuevas oportunidades de aprendizaje y...
El viejo levantó una mano. Me callé.
Que alguien consiga callarme con solo levantar una mano ya me pareció impresionante. Decidí en ese momento que era mi maestro aunque todavía no lo sabía del todo.
LAS CONDICIONES
El viejo me miró. Juntó las manos sobre la mesa. Y dijo:
Tengo condiciones.
Yo dije: ¡BUENO! Dígalas.
Él dijo: primera condición. Me llamas maestro.
Yo dije: ¡BUENO!
Él dijo: segunda condición. No hablas mientras entrenas. Solo cuando yo diga.
Yo dije: ¡BUENO! Aunque eso va a ser difícil pero ¡BUENO!
Él asintió. Luego se quedó callado un momento. Miró alrededor de la taberna. Se inclinó un poco hacia adelante. Y dijo en voz más baja:
Tercera condición.
Yo dije: dígame.
El viejo me miró a los ojos muy serio y dijo:
Necesito ropa interior de mujer. Sin eso no hay trato.
Hubo un silencio.
Yo procesé la información.
El viejo me miraba esperando.
Yo dije: ¿perdón?
Él dijo: ropa interior. De mujer. Me la traes y te enseño. No me la traes y no hay trato. Así de simple.
Yo dije: ¿para qué la necesita?
Él dijo: eso no es asunto tuyo.
Yo dije: es que para conseguirla necesito saber para qué es porque si es para algo malo no puedo y si es para algo bueno tampoco sé muy bien cómo conseguirla porque yo con las mujeres tengo un problema que es que me pongo muy nervioso y...
El viejo levantó otra vez la mano. Me callé otra vez.
Dijo: ¿quieres aprender o no?
LO QUE PASÓ DESPUÉS
Estuve un rato pensando. El viejo esperó con una paciencia que ya quisiera yo tener. Que es probablemente una de las cosas que quiero aprender de él.
Al final dije: ¿y si le consigo calcetines de mujer en su lugar?
El viejo me miró. Largo rato. Con cara imposible de leer.
Y dijo: no.
Yo dije: ¿medias?
Dijo: no.
Yo dije: ¿un pañuelo de mujer?
Dijo: no.
Yo dije: ¿un sombrero de mujer?
Dijo: no.
Yo dije: ¿dos sombreros?
El viejo me miró durante cinco segundos muy largos. Luego cerró los ojos. Respiró despacio. Los abrió.
Y dijo: ropa interior. De mujer. Eso o nada.
CÓMO LO CONSEGUÍ
No voy a dar detalles completos porque me da demasiada vergüenza escribirlos.
Lo que sí voy a decir es lo siguiente. En Tresthaven hay muchos puestos de ropa. En los puestos de ropa hay todo tipo de prendas. Incluyendo las que el maestro pedía.
Lo que no esperaba es que la mujer del puesto me preguntara para quién era.
Le dije que para mi maestro.
Me miró de una manera que no voy a intentar describir.
Me puse rojo. Bastante rojo. Mucho rojo. El nivel de rojo donde uno desearía poder meterse debajo de la mesa y no salir hasta el día siguiente.
Pagué. Cogí la bolsa. Me fui muy deprisa sin mirar atrás.
¡BUENO!
LA ENTREGA
Volví a la taberna. El viejo seguía ahí. Como si no se hubiera movido. Igual no se había movido.
Le puse la bolsa encima de la mesa.
Él miró la bolsa. Me miró a mí. Abrió la bolsa. Miró dentro. Cerró la bolsa.
Y dijo: ¡BUENO!
Que dijo mi palabra. El maestro dijo mi palabra. No sé si lo hizo a propósito o sin querer pero lo dijo y en ese momento supe que era mi maestro de verdad.
Luego se levantó. Se puso la bolsa bajo el brazo. Y dijo: mañana. Al amanecer. Plaza del mercado. No llegues tarde.
Y se fue.
Yo me quedé sentado en la taberna mirando el sitio donde había estado la bolsa.
Procesando todo.
Todavía no sé para qué quería la ropa interior.
Tampoco sé si quiero saberlo.
Lo que sí sé es que al día siguiente estaba en la plaza del mercado antes del amanecer. Y el maestro llegó exactamente cuando salió el sol. Y empezó a enseñarme cosas.
Y no llevaba la bolsa encima.
No pregunté dónde estaba la bolsa.
Algunas preguntas es mejor no hacerlas.
¡BUENO!
Kennan Hawker
De Tresthaven
Monje de Lathander
Discípulo de un viejo con condiciones cuestionables
P.D. La mujer del puesto de ropa me mira raro cada vez que paso por delante. Paso por otra calle desde entonces.
P.D.2. Si el maestro lee esto espero que no se enfade. Bueno. Igual sí se enfada. ¡BUENO!
P.D.3. Todavía no sé para qué era. De verdad que no sé. Y ya no quiero saber.
Esto que voy a contar es la historia de cómo conocí a mi maestro. La cuento porque me parece importante que quede registrado. También porque todavía no sé muy bien qué pasó exactamente y escribirlo igual me ayuda a entenderlo.
Probablemente no me ayude. Pero lo intento.
CÓMO ENCONTRÉ AL MAESTRO
Estaba en una taberna. Sentado. Quieto. Bueno casi quieto. Bueno moviéndome pero sentado.
Y había un viejo en un rincón.
Viejo viejo. De los de barba larga y ropa que había visto tiempos mejores. De los que uno mira y piensa: ese hombre tiene historias. Muchas historias. El tipo de historias que no se cuentan en voz alta en sitios con niños presentes probablemente pero historias al fin y al cabo.
Le estuve mirando un rato. Él me estaba mirando también. Que es raro porque normalmente cuando miro a la gente la gente no me mira de vuelta o si me mira aparta la vista enseguida. Este no. Este me miraba fijo con unos ojos pequeños y brillantes como los de un pájaro muy viejo y muy listo.
Al rato levantó la mano y me hizo un gesto de que me acercara.
Me acerqué. Claro. Cuando un viejo misterioso en una taberna te llama con el dedo uno va. Por lo menos yo voy. Igual no debería pero fui.
LA CONVERSACIÓN
Me senté enfrente. El viejo me miró durante mucho rato sin decir nada. Yo le miré. Luego miré la mesa. Luego le miré otra vez. Luego miré mis manos. Soy muy malo con los silencios.
Finalmente el viejo dijo: eres monje.
Yo dije: sí.
Él dijo: joven.
Yo dije: quince años.
Él dijo: se nota.
No supe si era un insulto o una observación. Decidí que era una observación.
Luego dijo: ¿quieres aprender?
Y yo dije: sí. Siempre quiero aprender. El Padre Ossian decía que uno nunca para de aprender y Lathander dice que cada amanecer es un nuevo comienzo y un nuevo comienzo implica nuevas oportunidades de aprendizaje y...
El viejo levantó una mano. Me callé.
Que alguien consiga callarme con solo levantar una mano ya me pareció impresionante. Decidí en ese momento que era mi maestro aunque todavía no lo sabía del todo.
LAS CONDICIONES
El viejo me miró. Juntó las manos sobre la mesa. Y dijo:
Tengo condiciones.
Yo dije: ¡BUENO! Dígalas.
Él dijo: primera condición. Me llamas maestro.
Yo dije: ¡BUENO!
Él dijo: segunda condición. No hablas mientras entrenas. Solo cuando yo diga.
Yo dije: ¡BUENO! Aunque eso va a ser difícil pero ¡BUENO!
Él asintió. Luego se quedó callado un momento. Miró alrededor de la taberna. Se inclinó un poco hacia adelante. Y dijo en voz más baja:
Tercera condición.
Yo dije: dígame.
El viejo me miró a los ojos muy serio y dijo:
Necesito ropa interior de mujer. Sin eso no hay trato.
Hubo un silencio.
Yo procesé la información.
El viejo me miraba esperando.
Yo dije: ¿perdón?
Él dijo: ropa interior. De mujer. Me la traes y te enseño. No me la traes y no hay trato. Así de simple.
Yo dije: ¿para qué la necesita?
Él dijo: eso no es asunto tuyo.
Yo dije: es que para conseguirla necesito saber para qué es porque si es para algo malo no puedo y si es para algo bueno tampoco sé muy bien cómo conseguirla porque yo con las mujeres tengo un problema que es que me pongo muy nervioso y...
El viejo levantó otra vez la mano. Me callé otra vez.
Dijo: ¿quieres aprender o no?
LO QUE PASÓ DESPUÉS
Estuve un rato pensando. El viejo esperó con una paciencia que ya quisiera yo tener. Que es probablemente una de las cosas que quiero aprender de él.
Al final dije: ¿y si le consigo calcetines de mujer en su lugar?
El viejo me miró. Largo rato. Con cara imposible de leer.
Y dijo: no.
Yo dije: ¿medias?
Dijo: no.
Yo dije: ¿un pañuelo de mujer?
Dijo: no.
Yo dije: ¿un sombrero de mujer?
Dijo: no.
Yo dije: ¿dos sombreros?
El viejo me miró durante cinco segundos muy largos. Luego cerró los ojos. Respiró despacio. Los abrió.
Y dijo: ropa interior. De mujer. Eso o nada.
CÓMO LO CONSEGUÍ
No voy a dar detalles completos porque me da demasiada vergüenza escribirlos.
Lo que sí voy a decir es lo siguiente. En Tresthaven hay muchos puestos de ropa. En los puestos de ropa hay todo tipo de prendas. Incluyendo las que el maestro pedía.
Lo que no esperaba es que la mujer del puesto me preguntara para quién era.
Le dije que para mi maestro.
Me miró de una manera que no voy a intentar describir.
Me puse rojo. Bastante rojo. Mucho rojo. El nivel de rojo donde uno desearía poder meterse debajo de la mesa y no salir hasta el día siguiente.
Pagué. Cogí la bolsa. Me fui muy deprisa sin mirar atrás.
¡BUENO!
LA ENTREGA
Volví a la taberna. El viejo seguía ahí. Como si no se hubiera movido. Igual no se había movido.
Le puse la bolsa encima de la mesa.
Él miró la bolsa. Me miró a mí. Abrió la bolsa. Miró dentro. Cerró la bolsa.
Y dijo: ¡BUENO!
Que dijo mi palabra. El maestro dijo mi palabra. No sé si lo hizo a propósito o sin querer pero lo dijo y en ese momento supe que era mi maestro de verdad.
Luego se levantó. Se puso la bolsa bajo el brazo. Y dijo: mañana. Al amanecer. Plaza del mercado. No llegues tarde.
Y se fue.
Yo me quedé sentado en la taberna mirando el sitio donde había estado la bolsa.
Procesando todo.
Todavía no sé para qué quería la ropa interior.
Tampoco sé si quiero saberlo.
Lo que sí sé es que al día siguiente estaba en la plaza del mercado antes del amanecer. Y el maestro llegó exactamente cuando salió el sol. Y empezó a enseñarme cosas.
Y no llevaba la bolsa encima.
No pregunté dónde estaba la bolsa.
Algunas preguntas es mejor no hacerlas.
¡BUENO!
Kennan Hawker
De Tresthaven
Monje de Lathander
Discípulo de un viejo con condiciones cuestionables
P.D. La mujer del puesto de ropa me mira raro cada vez que paso por delante. Paso por otra calle desde entonces.
P.D.2. Si el maestro lee esto espero que no se enfade. Bueno. Igual sí se enfada. ¡BUENO!
P.D.3. Todavía no sé para qué era. De verdad que no sé. Y ya no quiero saber.