Novedades

Como las hojas que caen

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,258
El olor a salitre impregnaba las faldas de la Niña Viento, que rozaba con delicadeza el paisaje portuario. Era un día de gran bullicio en la llamada Ciudad de la Moneda; otro más, indistinguible aquella aparente entropía de muchas otras. Un caos predecible, seguro de volver a producirse por igual causa, aunque no de que forma. Los mozos de carga llevaban la mercancía empaquetada de un lado a otro, cargando y descargando. Sedas, té, oro, gemas y jade: estas eran las recientes importaciones que hacían mella en el mercado local, fruto de una creciente pasión por el exotismo del Este. Los burgueses se habían encaprichado de las chucherías culturales que les aportaba el desconocido Imperio del Dragón, y deseaban ostentar su riqueza con la oportunidad de lucir alguna curiosidad traída de uno de los rincones más desconocidos de Toril.

Oriente. La palabra despertaba fascinación e intriga en las mentes más románticas. Las noticias de su legado ancestral se desperdigaban por todo Faerún como dientes de león, convirtiéndose la historia en leyenda, y la leyenda en mito. Cientos de relatos, cuentos, canciones y escritos hablaban de héroes pintorescos, de sabios que eran consejeros de monstruos y hombres, y del Poder del Dragón. La Tierra entonces dejaba a un lado sus asuntos y lanzaba su mirada a los confines del Cielo, vasto como el mar más profundo. En Kara-Tur, se gestaban una serie de ideales que habían permanecido casi inalterados en miles años de historia, donde los hombres-espíritu caminaban junto a los vivos y la fantasía daba un nuevo brillo a los seres más mundanos.

La Caminante recorrió la pasarela. Habían sido… Semanas, meses de viaje. Ya ni siquiera recordaba cuando dejó el puerto de Karatin. Recorriera casi todo el mundo conocido y era incapaz de alejarse de una tierra que otros veían tan oscura y pequeña. Al fin, su corazón la había doblegado y no se resistió a la llamada. Alzó la cabeza para sentir las caricias del viento en su rostro, sacudiendo sus cabellos enmarañados por la humedad y la sal. Respiró profundamente, saboreando la sensación de pisar tierra firme, mientras emprendió con pasos decididos la marcha.

No había traído mucho, pues ya vendiera casi todo lo que poseyera. Sin embargo, guardara lo suficiente para asegurar su viaje y su sustento, por si la llamada del propósito no correspondiera. Dentro de su mochila guardaba provisiones y mudas, junto con algunas pertenencias cuya utilidad superaba su valor aparente. Poco más que eso, traía lo puesto: unas ropas verdosas, hechas con lino, y el viejo kama con el que practicara año tras año.

La Caminante abandonó el muelle y se dirigió a la posada más cercana. Esta era conocida como El Regalo del Mar: un lugar de mala muerte que apenas guardaba lugar para dos decenas de personas, pero jamás llenaba. Dentro, “El Pulgar”, un viejo marinero retirado que había perdido su pulgar por mil y un motivos, limpiaba un vaso sucio con un pañuelo mugriento, del que no se sabía si era negro por si mismo o el tinte se debía a la inmundicia que cargaba. Era un hombre algo desgarbado y corpulento, como un mono. El propio aspecto de la taberna dejaba que desear, y sólo los marineros más humildes se permitirían aposentarse en un lugar tan lúgubre.

“Una pinta?”, preguntó El Pulgar, dirigiendo su mirada a la pequeña mujer. Ella le correspondió con el amago de una sonrisa, para sentarse en un banco de la barra. Reposó los antebrazos sobre la vieja madera y asintió brevemente.

“Sí, por favor. Me sentará bien.”

El posadero buscó una botella gris y sopló sobre ella para desempolvarla. La descorchó y sirvió su contenido en un vaso de madera, pues se dio cuenta de que quedaría en evidencia si le diera una copa normal. “Un viaje duro, eh?”, comentó alegremente mientras le pasaba la bebida. La Caminante la recogió y asintió de nuevo, apoyando después la mejilla en una mano. “Por la forma de tus ojos, diría que vienes de Catay.”

“Sí”, repuso ella con una sonrisa perezosa. Dio un trago a la pinta mientras bajó la mirada, sintiendo como la áspera caricia del aguardiente embotó su garganta y extendió la sensación hasta su vientre. Extrañamente, se sintió más descansada, como si la bebida le acabase de recordar que estaba viva.

“Un lugar interesante, por lo que cuentan. Se vende mucho de allí. Sedas, especias, cosas de esas.”

El Pulgar la sacó de sus pensamientos. Sacudió un poco la cabeza, distraída.

“Como todos los lugares, tiene sus particularidades. Todo depende de cómo se miren, y quién.”

“Mhh…” El marinero sopesó la respuesta con una expresión pensativa, torciendo la sonrisa en una mueca frustrada. Aún así, no cejó en mostrar su curiosidad ante la misteriosa viajera. Volvió a hablar con la misma voz grave, aunque algo más alegre. “Siempre me han gustado las historias. Seguro que podéis compartir algunas de un lugar tan lejano, hm? Este perro viejo de mar os lo agradecería.”

La Caminante sonrió. Cruzó su mirada con la del Pulgar. Su expresión se torció en un ademán picaresco, mientras empujó el vaso en su dirección.

“Y me sentiría muy honrada si os contara alguna, mas no puedo hablar con la garganta seca. Quizás podamos llegar a un acuerdo mútuo.”

“Diablos…”, gruñó el tabernero, sopesándola por unos instantes. No habría sido la primera, ni sin duda sería la últiam vez, que le intentaran colar el truco del cuento para ganarse bebida a su costa. Pero lo cierto es que últimamente pasaba poca gente interesante y al Pulgar le gustaba oír nuevas cosas con las que, a su vez, fabricar nuevas odiseas con las que atraer a la clientela. Una desconocida venida del mismo seno del Kara-Tur, sin duda ofrecería una buena historia. Sirvió el aguardiente en el vaso de nuevo y se lo puso delante.

La Caminante observó el vaso. Asintió, consciente de que probablemente, el marinero jamás conocería el significado de lo que iría a relatar. Carraspeó, antes de tomar un nuevo sorbo, y desvió la mirada hacia un punto inconexo de la estancia.

“Mi nombre, si os sirve saberlo, es Zhang Yen Lian. Nací en un pequeño pueblo cruzado por un gran río, el Hungtsé, y recorrí muchas de las tierras del Imperio Celeste. He visto la Muerte dos veces y “conozco” muchas otras facetas de la Vida. Escuchadme con atención, pues quizás logréis saber de donde vengo, y por qué he regresado a este reino de mercaderes. Quizás también yo descubra ese motivo.”, confesó con un último susurro, antes de emprender lo que sería, el extenso relato…

Sin duda, El Pulgar “conocería” algo que recordaría por el resto de sus días. Tanto la Caminante como él tuvieron ese presentimiento, en el momento preciso que precedió al comienzo de la historia.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
Registrado
4/7/07
Mensajes
2,258
"Pasaron muchos años desde que marché. Demasiados para lamentar; quizás pocos para poder aprender de ellos.

Tras la Segunda Guerra, mi corazón se embotó. Amn había sido reducida a escombros; agonizaba como un dragón moribundo, incapaz de admitir su derrota. Imnescar había sido diezmada. Amnagua, se reconstruía a duras penas. Los precios no cesaban en su escalada, y los campesinos lloraban cada tael a más que cedían a los oficiales. Era demasiado sufrimiento, demasiado para poder aliviado por unas pocas manos. Yo creí que podría traer orden a los espíritus y vidas de aquellas gentes. De cualquier forma, deseaba devolverles lo que la ambición de un monstruo les había arrebatado sin la más remota piedad.

Yo era una jovenzuela llena de sueños y de esperanza, que creía que todo era posible con esfuerzo. Durante toda mi vida, avanzara de esta forma; exigiendo más y más de mi misma, hasta superar mis límites e imponerme sobre las circunstancias. Así había conseguido salir de Cham Fau… Así había llegado a Amn. Shou es un lugar hermoso, pero yo necesitaba vivir en otro. En uno donde pudiese ser diferente a los demás.

En Shou, yo sería una aprendiz más, pero aquí, mi poco saber resultaba llamativo por su misterio; para otros, las sucias palabras de una hereje teigana. Ese rechazo pronto cambió, gracias a mi esfuerzo por imponer una buena impresión de mi misma a los demás.

Fue entonces cuando me di cuenta, que tras la campaña de recolecta de Amnagua, que la situación era desesperada. Imnescar no se resolvería con dinero. ¡Estaba enterrada bajo tierra! ¿Qué podíamos hacer nosotros, unos Radiantes Auxiliares, ante aquel pandemonio desolado? Sí, si perseverásemos, quizás le hubiésemos hallado solución. Pero mi corazón me decía lo contrario. Era incapaz de tranquilizar mis pensamientos por las noches, tanta la culpa que me carcomía el sueño. Me sentía pesada, inútil. Todo lo que había ansiado llevar a cabo, era ya inalcanzable. Mi tarea aquí terminaba.

Y aquello era inevitable sentirlo.

Un día decidí cesar con esta lucha interna. Por mi propia decisión, me retiraría de esta realidad imposible imposible de enfrentar; no estaba preparada. Me reuní con los Maestres y pedí mi dimisión. Me retiraría, por un periodo indefinido, y prometí mi regreso. En aquel momento creí que estaba mintiendo, lo cual hizo que la espina clavada en mi interior llagara aún más mi ánimo. La noticia cogió a todos de sorpresa, pues no conocían mis temores, ni tampoco las pesadillas que me quitaban el sueño. Ni jamás las conocerían. Cerré mi mente incluso para mi maestra, quien tan bien me conocía y siempre conseguía sonsacarme aquellos asuntos que más me afligieran en ese momento. No sé de donde saqué esa fuerza para sufrir, pero lo hice, y conseguí sobrellevar con cierto orgulloso mi éxodo. Me despedí de quienes me estimaban más, y les prometí un breve regreso.

Mentí una vez más.

Tres meses más de viaje, de vuelta a Karatin. Shou quedaba muy lejana en un barco. La travesía marítima me dio bastante más tiempo para pensar. Pasaba los días mirando el mar, preguntándome qué me había llevado a salir de Cham Fau para abrazar un camino de incertezas. Contemplando las olas, recordé las aguas del Hungtsé, y aquellas tardes que pasaba con mis hermanos jugando allí, frente a sus orillas.

Fue en una tarde ruborizada, antes de que las primeras estrellas nacieran, cuando escribí uno de mis terribles poemas:


En el campo de arroz, yo cosechaba
Al abrigo del sol de poniente.
La niña Viento cambia hoy sus faldas
Para recibir a la Primavera.
Dime Viento, ¿qué es lo que busco
Entre las briznas del arrozal?
Dime tú, si el tiempo no pasa
Aunque no sepa que ha empezado a contar.


Dudo que Mao Nu lo aprobara alguna vez. Lo cierto es que yo nunca me había dedicado intensamente a su estudio, pero encontraba agradable escribir algunas veces. Me relajaba pensar que había hecho algo. Pasé mucho tiempo, corrigiendo y quitando, hasta que me pareciera lo menos desastroso posible. Guardé el pergamino entre mis pocas pertenencias. A lo mejor, si alguna vez volviese a ver a Tia Nayara, le podría gustar.

Pero como decía…

Tardé tres meses en regresar a Shou Lung.

Karatin es un lugar lleno de bullicio. Está construido sobre un marjal, por lo que las plagas de mosquitos son frecuentes en verano. Se redujeron gracias a frecuentes drenajes del lodazal, lo cual también permitió que las aguas entraran para formar un gran puerto. Y es el más importante del Imperio, por donde se pueden tomar la mayor parte de las rutas marítimas al amparo de la Flota de Jade.

Se puede comprar casi cualquier cosa en la ciudad. Recuerda a Athkatla, en esa circunstancia. Sedas, café, té, libros, cacao y jade; estas son las mercancías que más se ven ir y venir en los barcos. Tuve la suerte de venir en un mercante que traía exotismos de Maztica. Me costó menos de la mitad pagarme la vuelta, aunque también eso implicó unas condiciones bastante más incómodas. De cualquier manera, llegué completamente agotada, con mi cuerpo entumecido ante tanto tiempo navegando. Yo no era persona de mar, si no de río. Pero me sentía feliz y reconfortada de pisar una vez más mi tierra natal.

Muchos años quedarían para sentir las punzadas de nostalgia que me obligaron a volver."
 
Arriba