El Más Allá
Del viaje del alma tras la muerte
De acuerdo con la tradición religiosa faerúnia, cuando el último aliento abandona la carne y el pulso enmudece, el alma del mortal es desprendida del velo de la vida y conducida, quiera o no, hacia el Plano de la Fuga, el gris reino de tránsito suspendido en el océano de los cielos.
Allí, en medio de una llanura cenicienta sin amanecer ni ocaso, se alza la Ciudad del Juicio, cuyos muros pálidos se pierden en la bruma. A esta ciudad son llevadas las almas de todos los mortales, desde el mendigo sin nombre hasta el rey coronado, para esperar su sentencia. Muchos de los recién llegados vagan sin rumbo por sus calles silenciosas, sin comprender todavía que han cruzado el umbral de la muerte; hablan entre sí de asuntos ya concluidos, recuerdan deudas y promesas, sin saber que el tiempo de cumplirlas se les ha escapado ya de sus manos.
De los heraldos divinos y el llamado de los dioses
La creencia faerúnia coincide en un mismo relato: en la Ciudad del Juicio, los dioses no abandonan a quienes les fueron fieles. De todos los rincones de la creación acuden mensajeros y heraldos divinos: ángeles radiantes, espíritus tutelares, santos guerreros y otras formas sagradas que llevan en su presencia el sello de su señor o señora.
Cada alma que, en vida, caminó perseverantemente bajo la mirada de una deidad, es reconocida por ese sello invisible. El marinero que confió su nave a Valkur, la madre que encomendó a sus hijos a Chauntea, la sacerdotisa que ofreció noches enteras a Selûne: todos ellos llevan impresa una luz que sólo los heraldos pueden ver.
Cuando el enviado encuentra al suyo, se acerca con palabras de consuelo o de terrible certeza. A algunos los guía hacia reinos de reposo y gloria: los campos de eterna cosecha, las fortalezas celestes, los paraísos de canto y de luz. A otros los arrastra hacia dominios sombríos, donde les aguarda un tormento eterno de fuego, oscuridad o hielo, según el rostro verdadero de la divinidad a la que sirvieron.
En ciertos casos, raros y misteriosos, el dios juzga que la labor de un alma no ha concluido. Entonces, por designio divino, esa alma es devuelta desde la Ciudad del Juicio al mundo de los vivos: se le hace despertar en su cuerpo, se la guía hacia un nuevo nacimiento o se le concede una segunda vida mediante prodigios santos. En tales retornos no manda el capricho del mortal, sino la voluntad inescrutable del poder al que sirvió.
De los Sin Fe y los Falsos
Mas no todas las almas son reclamadas. Existen aquellos que vivieron sin reconocer a dios alguno, rechazando toda autoridad divina pese a las señales patentes de su existencia por toda la creación. Son llamados los Sin Fe; cínicos absolutos que reniegan de las fuerzas elementales del cosmos. Junto a ellos se hallan los Falsos: se tratan de aquellos quienes nombraron seguir los designios de un dios, pero traicionaron su credo con sus actos, usando la devoción como máscara para el engaño, el orgullo o la crueldad.
Estas almas permanecen en la Ciudad del Juicio hasta ser presentadas ante el trono de Kelemvor, Señor de los Muertos, juez imparcial de todo lo que ha respirado. Desde su fortaleza, un torreón de cristal frío donde nada se oculta a su mirada, el Señor de los Muertos sopesa vida y corazón, peso de actos y de intenciones, verdad y mentira.
El destino de los Sin Fe y de los Falsos ha variado a través de las eras, según los pactos de los dioses y las decisiones del propio Kelemvor. Algunos textos hablan de un Muro, levantado como advertencia a quienes rehúyen toda lealtad; otros, de castigos más mesurados para quienes erraron por ignorancia más que por soberbia. Sobre estos misterios disputan todavía los sabios, mas todos concuerdan en que nadie escapa al juicio, y que el corazón de cada cual será mostrado tal como es.
De los servidores del Juicio y el destino de las almas
No todas las almas no reclamadas serán condenadas a tormento perpetuo. Hay quienes, hallados dignos aunque sin patrono, son llamados a servir en la propia Ciudad del Juicio: se convierten en guías de otras almas, custodios de puertas y plazas, escribas silenciosos que registran nombres y memorias, o acompañantes compasivos de los recién llegados.
Otras, endurecidas por la maldad, consumidas por el odio, el egoísmo o la traición, serán degradadas a formas más bajas de existencia espiritual. Se dice que algunas son deformadas en criaturas similares a larvas, retorcidas y ciegas, que conservan sólo un eco del ser que fueron. Tales almas degradadas son moneda de cambio y presa codiciada por demonios, diablos y otros poderes de los abismos y avernos, que las usan para engendrar nuevos horrores o alimentar la malicia de los Planos Inferiores.
Así, incluso en la muerte, los frutos del mal se multiplican, y la elección de cada corazón se extiende más allá del sepulcro.
Del misterio del Juicio y las esperanzas de los mortales
Quien medite sobre estas verdades no debe caer ni en la desesperación ni en la soberbia. Ya que ningún pecado es tan grande que impida a un dios misericordioso mostrar clemencia mientras exista verdadera voluntad de enmienda, como tampoco ninguna plegaria vacía o rito formulado sin verdadera devoración, lograrán engañar a quienes otorgan su Poder.
El sabio, el campesino, el mendigo y el rey comparten un mismo destino: caminarán, algún día, por las calles grises de la Ciudad del Juicio. Allí se recordará cada voto cumplido, cada acto de misericordia, cada traición. Y allí se mostrará si el alma ha buscado la luz, aunque fuese a tientas, o si se ha cerrado sobre sí misma, convirtiéndose en su propio abismo.
Por ello enseñan los sacerdotes en Faerûn, sin importar su credo o condición:
“Vive de modo que, cuando tus pasos resuenen sobre las losas de la Ciudad del Juicio, no temas levantar la vista hacia la torre de Kelemvor.
Porque la muerte no es el fin, sino el espejo en el que se refleja, sin velo, la verdad de lo que fuiste.”