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[Compendio] Los Dioses de Faerún

Skotos

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Los Dioses de Faerún

Enciclopedia sobre la práctica religiosa en los Reinos.



Obra colectiva

Dirección y coordinación: Gwenaëlle Shade, Oráculo de Selûne
Colaboradores: [Por añadir]​
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Índice - Tomo I​

1. Formas de Culto

  • Los Nuevos Dioses
  • Los Poderes Muertos y Renacidos

2. El Más Allá

  • Del viaje del alma tras la muerte
  • De los heraldos divinos y el llamado de los dioses
  • De los Sin Fe y los Falsos
  • De los servidores del Juicio y el destino de las almas
  • Del misterio del Juicio y las esperanzas de los mortales

2. Las Iglesias e Instituciones Religiosas​

  • Templos y capillas
  • La comunión con los dioses
  • El género de los dioses
  • El sacerdocio
  • La religión y la ley

3. La Magia Divina o el "Poder"​

  • Introducción
  • Los Elegidos
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Índice - Tomo II​

4. Deidades de Faerún​

  • El panteón de Faerún
  • Amaunator, dios del sol
  • Asmodeo, dios de la indulgencia
  • Auril, dios del invierno
  • Azuth, dios de los arcanistas
  • Bane, dios de la tiranía
  • Bhaal, dios del asesinato
  • Beshaba, dios de la desgracia
  • Chauntea, dios de la agricultura
  • Cyric, dios de las mentiras
  • Deneir, dios de la escritura
  • Eilistraee, dios de la canción y luz lunar
  • Eldath, dios de la paz
  • Gond, dios de las artesanías
  • Helm, dios de la vigilia
  • Ilmater, dios de la resiliencia
  • Kelemvor, dios de los muertos
  • Lathander, dios del amanecer y la renovación
  • Leira, dios de las ilusiones
  • Liira, dios del júbilo
  • Lolth, dios de las arañas
  • Loviatar, dios del dolor
  • Malar, dios de la caza
  • Mask, dios de los ladrones
  • Mielikki, dios de los bosques
  • Milil, dios de la poesía y el canto
  • Myrkul, dios de la muerte
  • Mystra, dios de la magia
  • Oghma, dios del saber
  • Red Knight, dios de la estrategia
  • Selûne, dios de la luna
  • Shar, dios de la oscuridad y de la pérdida
  • Shaundakul, dios del viaje
  • Silvanus, dios de la naturaleza silvestre
  • Sune, dios del amor y la belleza
  • Talona, dios del veneno y enfermedad
  • Talos, dios de la tempestad
  • Tempus, dios de la guerra
  • Torm, dios del autosacrificio y coraje
  • Tymora, dios de la fortuna
  • Tyr, dios de la justicia
  • Umberlee, dios del mar
  • Waukeen, dios del comercio
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Formas de Culto

El faerúnio medio adora al conjunto de los dioses en diferentes contextos. La mayoría de las personas con una vocación definida tienen una deidad patrona: los agricultores hacen ofrendas a Chauntea para desear prosperidad para sus cosechas, los escribanos afilan sus plumas con una oración a Deneir y los comerciantes piadosos apartan monedas para Waukeen al final del día. La mayoría adora a una deidad asociada con su sustento, su familia o su hogar, mientras que otras se sienten atraídas por un dios en particular por una pluralidad de motivos. Las personas pueden llevar consigo o lucir un pequeño símbolo de su deidad favorita: un colgante o un broche con la imagen del símbolo sagrado del dios u otro recuerdo personal.

Las gentes de Faerún veneran a los dioses en función de sus necesidades y circunstancias. Un agricultor que favorece a Chauntea puede rezar a Amaunator para desear días despejados y soleados, y un noble de Waterdeep que adora a Deneir puede dar gracias a Sune después de la celebración de la boda de su hijo. Incluso los sacerdotes más devotos de dioses específicos reconocen el papel que otras deidades desempeñan en el mundo y en sus vidas.

Los fieles consideran que su relación con los dioses es práctica y recíproca. Rezan y hacen ofrendas a sus deidades porque esos rituales invocan bendiciones y alejan su ira. Los faerúnios realizan actos de devoción en silencio en los santuarios de sus hogares o barrios, o visitan los templos dedicados a un dios cuando sienten la necesidad de llamar su atención.

Las formas de culto incluyen, entre otras, la oración verbal. Es común dar gracias por los favores recibidos, reconocer el dominio y la influencia del dios y alabar las intervenciones de la deidad, ya sean grandes y pequeñas. Estas oraciones suelen ir acompañadas de posturas de súplica o alabanza y, a veces, de ofrendas de incienso, hierbas quemadas, pequeños animales o regalos monetarios. Dado que la mayoría no quiere atraer la ira de dioses crueles o malvados, el hecho de suplicarles que mantengan la paz también es un acto de adoración. Un estudiante, un granjero o un jugador empedernido pueden rezar a Beshaba para evitar la mala suerte, y un marinero puede hacer sacrificios a Umberlee para evitar su ira durante un viaje que pueda resultar largo y árduo.


Los Nuevos Dioses
El panteón de Faerûn no es el único que existe en Toril. Los elfos, los enanos y otras especies humanoides veneran a sus propios dioses, y es posible que los pueblos de tierras lejanas adoren a dioses completamente diferentes. Las marchas migratorias y la llegada de extranjeros conlleva que importen el culto a estos dioses a Faerûn. En raras ocasiones, es posible que surja un nuevo dios: quizás sea un mortal elevado a la divinidad o una deidad cuya llegada fue predicha por profetas y líderes de nuevas religiones. En lugares cosmopolitas como Waterdeep y Calimport, de vez en cuando surgen pequeños santuarios y templos dedicados a dioses extraños e insólitos.

A lo largo de generaciones, un nuevo dios puede unirse al panteón faerúnio. Los eruditos postulan que Faerûn tiene muchos dioses de este tipo que se unieron a las filas del panteón hace tanto tiempo que sus orígenes se han perdido en la antigüedad.


Los Poderes Muertos y Renacidos
Una y otra vez, se han dado por muertas a múltiples deidades de los Reinos. ¿Pero qué significa que muera un dios? Muchos fueron asesinados cuando la antigua Netheril cayó, y otros también durante la Era de los Trastornos. Pero también, en nuestro pasado más reciente, la Plaga de los Conjuros en sí misma fue un cataclismo ocasionado por el asesinato de Mystra a manos de Cyric, y entrañó la destrucción segura de otros poderes. Algunas deidades incluso han sido asesinadas por mortales que esgrimían una magia increíblemente poderosa.

Cuando un dios se retira de un panteón, los milagros y presagios asociados con ese dios cesan, el sacerdocio de la deidad pierde la fe y los lugares sagrados son abandonados o tomados por otras religiones. Los clérigos devotos de una deidad muerta no pierden su capacidad de acceder al poder divino y lanzar hechizos; una vez que ese poder ha sido desbloqueado, no puede ser arrebatado por la mera muerte de una deidad.

Para los adoradores de una deidad, es irrelevante si el dios está realmente muerto o simplemente inactivo: las consecuencias para ellos son las mismas en ambos casos. Sin embargo, como han demostrado los acontecimientos recientes, un dios que ha desaparecido puede no permanecer ausente para siempre. Varios dioses se dieron por muertos, supuestamente, y han podido regresar y reunir un nuevo grupo de adoradores. Esto ha sido especialmente notorio durante la época conocida como la Segunda Ruptura, cuando varios dioses que se creían muertos desde hacía mucho tiempo reaparecieron o volvieron a la vida.

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El Más Allá

Del viaje del alma tras la muerte
De acuerdo con la tradición religiosa faerúnia, cuando el último aliento abandona la carne y el pulso enmudece, el alma del mortal es desprendida del velo de la vida y conducida, quiera o no, hacia el Plano de la Fuga, el gris reino de tránsito suspendido en el océano de los cielos.

Allí, en medio de una llanura cenicienta sin amanecer ni ocaso, se alza la Ciudad del Juicio, cuyos muros pálidos se pierden en la bruma. A esta ciudad son llevadas las almas de todos los mortales, desde el mendigo sin nombre hasta el rey coronado, para esperar su sentencia. Muchos de los recién llegados vagan sin rumbo por sus calles silenciosas, sin comprender todavía que han cruzado el umbral de la muerte; hablan entre sí de asuntos ya concluidos, recuerdan deudas y promesas, sin saber que el tiempo de cumplirlas se les ha escapado ya de sus manos.


De los heraldos divinos y el llamado de los dioses
La creencia faerúnia coincide en un mismo relato: en la Ciudad del Juicio, los dioses no abandonan a quienes les fueron fieles. De todos los rincones de la creación acuden mensajeros y heraldos divinos: ángeles radiantes, espíritus tutelares, santos guerreros y otras formas sagradas que llevan en su presencia el sello de su señor o señora.

Cada alma que, en vida, caminó perseverantemente bajo la mirada de una deidad, es reconocida por ese sello invisible. El marinero que confió su nave a Valkur, la madre que encomendó a sus hijos a Chauntea, la sacerdotisa que ofreció noches enteras a Selûne: todos ellos llevan impresa una luz que sólo los heraldos pueden ver.

Cuando el enviado encuentra al suyo, se acerca con palabras de consuelo o de terrible certeza. A algunos los guía hacia reinos de reposo y gloria: los campos de eterna cosecha, las fortalezas celestes, los paraísos de canto y de luz. A otros los arrastra hacia dominios sombríos, donde les aguarda un tormento eterno de fuego, oscuridad o hielo, según el rostro verdadero de la divinidad a la que sirvieron.

En ciertos casos, raros y misteriosos, el dios juzga que la labor de un alma no ha concluido. Entonces, por designio divino, esa alma es devuelta desde la Ciudad del Juicio al mundo de los vivos: se le hace despertar en su cuerpo, se la guía hacia un nuevo nacimiento o se le concede una segunda vida mediante prodigios santos. En tales retornos no manda el capricho del mortal, sino la voluntad inescrutable del poder al que sirvió.


De los Sin Fe y los Falsos
Mas no todas las almas son reclamadas. Existen aquellos que vivieron sin reconocer a dios alguno, rechazando toda autoridad divina pese a las señales patentes de su existencia por toda la creación. Son llamados los Sin Fe; cínicos absolutos que reniegan de las fuerzas elementales del cosmos. Junto a ellos se hallan los Falsos: se tratan de aquellos quienes nombraron seguir los designios de un dios, pero traicionaron su credo con sus actos, usando la devoción como máscara para el engaño, el orgullo o la crueldad.

Estas almas permanecen en la Ciudad del Juicio hasta ser presentadas ante el trono de Kelemvor, Señor de los Muertos, juez imparcial de todo lo que ha respirado. Desde su fortaleza, un torreón de cristal frío donde nada se oculta a su mirada, el Señor de los Muertos sopesa vida y corazón, peso de actos y de intenciones, verdad y mentira.

El destino de los Sin Fe y de los Falsos ha variado a través de las eras, según los pactos de los dioses y las decisiones del propio Kelemvor. Algunos textos hablan de un Muro, levantado como advertencia a quienes rehúyen toda lealtad; otros, de castigos más mesurados para quienes erraron por ignorancia más que por soberbia. Sobre estos misterios disputan todavía los sabios, mas todos concuerdan en que nadie escapa al juicio, y que el corazón de cada cual será mostrado tal como es.


De los servidores del Juicio y el destino de las almas
No todas las almas no reclamadas serán condenadas a tormento perpetuo. Hay quienes, hallados dignos aunque sin patrono, son llamados a servir en la propia Ciudad del Juicio: se convierten en guías de otras almas, custodios de puertas y plazas, escribas silenciosos que registran nombres y memorias, o acompañantes compasivos de los recién llegados.

Otras, endurecidas por la maldad, consumidas por el odio, el egoísmo o la traición, serán degradadas a formas más bajas de existencia espiritual. Se dice que algunas son deformadas en criaturas similares a larvas, retorcidas y ciegas, que conservan sólo un eco del ser que fueron. Tales almas degradadas son moneda de cambio y presa codiciada por demonios, diablos y otros poderes de los abismos y avernos, que las usan para engendrar nuevos horrores o alimentar la malicia de los Planos Inferiores
.

Así, incluso en la muerte, los frutos del mal se multiplican, y la elección de cada corazón se extiende más allá del sepulcro.

Del misterio del Juicio y las esperanzas de los mortales
Quien medite sobre estas verdades no debe caer ni en la desesperación ni en la soberbia. Ya que ningún pecado es tan grande que impida a un dios misericordioso mostrar clemencia mientras exista verdadera voluntad de enmienda, como tampoco ninguna plegaria vacía o rito formulado sin verdadera devoración, lograrán engañar a quienes otorgan su Poder.

El sabio, el campesino, el mendigo y el rey comparten un mismo destino: caminarán, algún día, por las calles grises de la Ciudad del Juicio. Allí se recordará cada voto cumplido, cada acto de misericordia, cada traición. Y allí se mostrará si el alma ha buscado la luz, aunque fuese a tientas, o si se ha cerrado sobre sí misma, convirtiéndose en su propio abismo.

Por ello enseñan los sacerdotes en Faerûn, sin importar su credo o condición:

“Vive de modo que, cuando tus pasos resuenen sobre las losas de la Ciudad del Juicio, no temas levantar la vista hacia la torre de Kelemvor.
Porque la muerte no es el fin, sino el espejo en el que se refleja, sin velo, la verdad de lo que fuiste.”


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