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Con A de Annia.

Meivel

Minsorrano sin caminos
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—Entonces, ¿te irás?
—¿Te enfadaras si lo hago?
—¿Te quedarás si me enfado?
—No... —Darion suspiró, frustrado. Alzó la mano y la acercó hasta Annia, rozando sus rubios cabellos con las yemas de los dedos.
—Entonces vete tranquila, no me enfadaré. Aunque tampoco pretendas que me alegre.
—Si el padre Eroen me lo hubiese contado antes...
—Entonces te hubieses ido antes. Hace tiempo que sabes que no perteneces a este lugar... Todos lo sabemos... El padre Eroen no es una excepción. Se ha pasado todos estos años intentando hacerte entrar en vereda, pero en tu corazón no hay sitio para su dios de los lamentos... No al menos como él desea.

Darion tenía razón. Eroen, el monje frente a la pequeña abadía en la que residía Annia, se había esforzado en inculcarle los principios e ideales del Quebrado, pero ella era demasiado temeraria, demasiado optimista (siempre creyendo que la suerte estaba de su parte) pero, sobre todo, demasiado supersticiosa. El padre Eroen tardó en comprender que Annia no encontraría las respuestas que necesitaba entre ellos, así que, cuando encontró el valor suficiente, tomó una difícil decisión.

Dos días antes de aquella conversación con su amigo Darion, el padre Eroen la hizo llamar. La joven, que acaba de cumplir 21 años, se sentó junto a un fuego recién encendido y esperó pacientemente a qué su abad hablase. Eroen, serio y compungido, dejó sobre la mesa un sencillo collar de plata con un colgante en forma de estrella. Cuando habló, todo lo que Annia creía saber fue destruido.

—Esto era lo único que llevabas de valor el día que te recogimos en la playa... Tu barco naufragó y las corrientes te trajeron a nosotros. ¿Destino? ¿Azar? Ya sabes que yo no creo mucho en esas cosas... —Eroen le dio la vuelta a la estrella, dejando a la vista la pequeña inscripción que había grabada— "A mi pequeña A. Bañada por la Dama". Te pusimos Annia por esta inscripción, aunque lo cierto es, hija mía, que desconozco tú nombre anterior.
"Cuando despertaste, cinco días después, no recordabas nada. Ni tu nombre, ni quién eras, ni de dónde venías... Quizá debí contarte esto entonces, pero estabas tan asustada, tan perdida... Ahora sé que me equivoqué y espero que puedas perdonarme. En los años que llevas con nosotros, nunca nadie te ha reclamado. Ni en Puerta de Baldur ni en ninguna de las ciudades cercanas... Sin embargo, el padre Thomas ha descubierto algo gracias a su último viaje. Al sur, en Amn, hay una familia adinerada que encargó la manufactura de un colgante de este estilo hace ocho años. Hay un templo erigido a la dama de plata... "Los Baños de la Dama"... Es posible que fuese un regalo o una ofrenda para alguna ceremonia..."
—Bañada por la Dama...—musitó Annia antes de quedarse en silencio durante tantos segundos que el padre Eroen sintió envejecer siglos. Aún así, respetó ese momento hasta que ella estuve lista de nuevo para hablar— ¿Por qué me cuentas esto ahora?
—Porque no puedes ser quien yo deseo si ni si quiera sabes quién eres tú de verdad... Así que, te encomiendo un viaje, uno de introspección, de búsqueda y de paz. Ve a Amn, ve al valle Minsor y encuentra a esa familia. Cuando lo hagas, cuando conozcas la verdad de lo que te sucedió...—Eroen sacó entonces una moneda de plata y la colocó junto al colgante— decide quién quieres ser.​

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—¿Entonces... Te irás?
—Ya te he dicho que si... Debo hacerlo... Necesito hacerlo.
—Sabía yo que hoy iba a ser un mal día... Me he despertado a las 5:55.... -Annia esbozó una sonrisa y abrazó a Darion.
—Te escribiré... Aunque tú también te irás pronto.
—Si... Al norte. La compañía quiere probar suerte en Aguas Profundas. Se han cansado de esta ciudad.​
—Llevais seis años aquí... Supongo que es normal.

—Se que esto es importante para ti pero... Podrías venirte conmigo, lo sabes verdad? Y si no te gusta lo que encuentras? Y si te termina por hundir?
—La fortuna favorece a los audaces, Darion. Tú me enseñaste eso. No puedo quedarme de brazos cruzados esperando que las respuestas me lleguen solas. No va conmigo, ya lo sabes.
—Si te quisieran te hubiesen buscado -aquello dolió, Darion lo vio en sus ojos, pero su frase había sido dicha a conciencia. Annia, sin embargo, sonrió con tristeza.
—Me arriesgaré.

Darion la miró consciente de que no la haría cambiar de opinión. Sus vidas se habían entrelazado por el capricho del azar y ahora se separarían por culpa del destino... Qué injusta y aplastante era la realidad.

Dos días después, Annia se subió a un barco en el puerto. Ninguno de los monjes que habían estado cuidando de ella durante aquellos seis años fue a despedirla, pero no le importó. Los llevaba con ella, en aquella moneda que el padre Eroen le había dado. Un sencillo objeto que representaba mucho más que su valor en el mercado.
Era la prueba de que, por primera vez, su abadía se hacía a un lado y dejaba que Tymora se encargase del resto.​
 
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