Airoh
Gerardo de Amn
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Entre la luz y la seductora venganza
Reflexión: en los albores del asalto a Crimmor
El humo de la guerra se alza sobre Crimmor como una plegaria rota,
una sombra que se cierne sobre el pecho palpitante de Faerûn.
Y en mi alma… solo el silencio.
Un silencio espeso, como la niebla antes de la tormenta,
como el momento en que el corazón duda y la flecha aún no vuela.
¿Qué queda del ideal cuando la sangre se mezcla con el polvo de calles ajenas,
cuando la furia guía pasos que juramos jamás dar?
¿Cómo hemos llegado hasta aquí, nosotros, los Gentiles?
¿En qué instante cambiamos el canto de los árboles
por el estruendo de espadas en manos temblorosas?
Es fácil culpar a quienes nos hirieron primero:
a los que envenenaron los bosques,
a quienes incendiaron con salamandras los tallos aún jóvenes del Floreciente,
a los que profanaron el verdor con la garra de la codicia.
Fácil es recordar la sangre vertida por criaturas deformadas,
hermanos y hermanas devorados por una corrupción
que ni la luz de Corellon logró sanar del todo.
Aquella reunión con el Senescal fue un espejismo,
una amenaza vestida de diplomacia.
La petición de enviar nuestras tropas no era una súplica,
sino una orden disfrazada,
un puñal que se hundía suavemente bajo palabras dulces.
Mientras tanto, la dragona negra—
esclava, decían, de una aún más terrible—
mantenía su aliento pútrido sobre nuestros pantanos, nuestra foresta antes viva
con el beneplácito de quienes reclamaban nuestra lealtad.
¿Qué clase de paz se construye con una sola opción?
¿Qué trato justo exige vidas élficas a cambio de retirar un mal que ellos alimentaron?
No podía, ni puedo, prestar mi arco a quienes
se sirven del miedo para encadenar la voluntad de los pueblos.
Yo lucho, sí…
pero no por el oro, ni por el dominio, ni por el orgullo herido.
Lucho como hija del Seldarine,
como protectora de la luz interna, aquella que titila en momentos de incertidumbre y
como parte del Enclave Matadragones que me acogió
cuando la soledad era un pozo sin fondo.
Lucho por lo que aún queda de sagrado,
no por las sombras que pretenden vestir la oscuridad de orden.
Y sin embargo… nos llaman traidores.
Mientras ellos destruyeron un templo de Selûne,
un refugio para almas quebradas, un hogar de plegarias,
nos acusan de rebelión.
Los prisioneros, aquellos que apenas escaparon de los escombros,
ahora se convierten en moneda para chantaje.
Diez vidas inocentes, amenazan,
por cada día en que la Alianza del Norte no se arrodille.
¿Ese es su honor?
Comprendo la furia de las selunitas,
comprendo el deseo de justicia,
pero no todo lo justo nace del odio y la sombra.
La venganza es un pozo que se disfraza de espejo:
cuanto más te asomas, más pierdes tu reflejo.
Y cuando la luz se contamina,
ni siquiera las estrellas se atreven a mirar.
Sí, hay mil formas de resistir a un tirano.
No todas pasan por sembrar fuego y espada,
menos aún en una ciudad como Crimmor,
ya marcada por cicatrices que no terminan de cerrar.
Hoy hemos traído guerra a sus puertas,
y aunque muchos celebren la audacia,
me sumo en un silencio en señal de duelo por los míos.
El relato… lo hemos perdido.
La historia ahora se escribe con tinta negra,
y solo una victoria—una que aún no sé si merecemos—
podrá borrar las mentiras que otros sembraron sobre nosotros; sus motivos, tan ruines como la sombra que los ampara.

Mis hermanos han alzado sus arcos,
yo he levantado la mirada,
y sin embargo siento que esta lucha nos despoja,
nos arranca capas de alma con cada vida que se apaga.
Mi presencia en este campamento no es una promesa de sangre,
sino de consuelo.
He de velar por ellos, mis hermanos y hermanas,
como la luna acompaña al caminante sin juzgar su rumbo.
Y cuando partan hacia la batalla,
les esperaré al otro lado del río,
como una madre que bendice a sus hijos antes de cruzar el umbral,
sin saber si volverán…
pero con la certeza de que no sangrarán en soledad.
Susurro las plegarias mirando a Siempreunidos, aquel atisbo del Arvandor de este plano donde todos al final nos reencontramos.
Los relato con amor, con determinación y vehemencia, pero sostengo mi aliento en cada silencio ante el temor que no muestro.
El humo de la guerra se alza sobre Crimmor como una plegaria rota,
una sombra que se cierne sobre el pecho palpitante de Faerûn.
Y en mi alma… solo el silencio.
Un silencio espeso, como la niebla antes de la tormenta,
como el momento en que el corazón duda y la flecha aún no vuela.
¿Qué queda del ideal cuando la sangre se mezcla con el polvo de calles ajenas,
cuando la furia guía pasos que juramos jamás dar?
¿Cómo hemos llegado hasta aquí, nosotros, los Gentiles?
¿En qué instante cambiamos el canto de los árboles
por el estruendo de espadas en manos temblorosas?
Es fácil culpar a quienes nos hirieron primero:
a los que envenenaron los bosques,
a quienes incendiaron con salamandras los tallos aún jóvenes del Floreciente,
a los que profanaron el verdor con la garra de la codicia.
Fácil es recordar la sangre vertida por criaturas deformadas,
hermanos y hermanas devorados por una corrupción
que ni la luz de Corellon logró sanar del todo.
Aquella reunión con el Senescal fue un espejismo,
una amenaza vestida de diplomacia.
La petición de enviar nuestras tropas no era una súplica,
sino una orden disfrazada,
un puñal que se hundía suavemente bajo palabras dulces.
Mientras tanto, la dragona negra—
esclava, decían, de una aún más terrible—
mantenía su aliento pútrido sobre nuestros pantanos, nuestra foresta antes viva
con el beneplácito de quienes reclamaban nuestra lealtad.
¿Qué clase de paz se construye con una sola opción?
¿Qué trato justo exige vidas élficas a cambio de retirar un mal que ellos alimentaron?
No podía, ni puedo, prestar mi arco a quienes
se sirven del miedo para encadenar la voluntad de los pueblos.
Yo lucho, sí…
pero no por el oro, ni por el dominio, ni por el orgullo herido.
Lucho como hija del Seldarine,
como protectora de la luz interna, aquella que titila en momentos de incertidumbre y
como parte del Enclave Matadragones que me acogió
cuando la soledad era un pozo sin fondo.
Lucho por lo que aún queda de sagrado,
no por las sombras que pretenden vestir la oscuridad de orden.
Y sin embargo… nos llaman traidores.
Mientras ellos destruyeron un templo de Selûne,
un refugio para almas quebradas, un hogar de plegarias,
nos acusan de rebelión.
Los prisioneros, aquellos que apenas escaparon de los escombros,
ahora se convierten en moneda para chantaje.
Diez vidas inocentes, amenazan,
por cada día en que la Alianza del Norte no se arrodille.
¿Ese es su honor?
Comprendo la furia de las selunitas,
comprendo el deseo de justicia,
pero no todo lo justo nace del odio y la sombra.
La venganza es un pozo que se disfraza de espejo:
cuanto más te asomas, más pierdes tu reflejo.
Y cuando la luz se contamina,
ni siquiera las estrellas se atreven a mirar.
Sí, hay mil formas de resistir a un tirano.
No todas pasan por sembrar fuego y espada,
menos aún en una ciudad como Crimmor,
ya marcada por cicatrices que no terminan de cerrar.
Hoy hemos traído guerra a sus puertas,
y aunque muchos celebren la audacia,
me sumo en un silencio en señal de duelo por los míos.
El relato… lo hemos perdido.
La historia ahora se escribe con tinta negra,
y solo una victoria—una que aún no sé si merecemos—
podrá borrar las mentiras que otros sembraron sobre nosotros; sus motivos, tan ruines como la sombra que los ampara.

Mis hermanos han alzado sus arcos,
yo he levantado la mirada,
y sin embargo siento que esta lucha nos despoja,
nos arranca capas de alma con cada vida que se apaga.
Mi presencia en este campamento no es una promesa de sangre,
sino de consuelo.
He de velar por ellos, mis hermanos y hermanas,
como la luna acompaña al caminante sin juzgar su rumbo.
Y cuando partan hacia la batalla,
les esperaré al otro lado del río,
como una madre que bendice a sus hijos antes de cruzar el umbral,
sin saber si volverán…
pero con la certeza de que no sangrarán en soledad.
Susurro las plegarias mirando a Siempreunidos, aquel atisbo del Arvandor de este plano donde todos al final nos reencontramos.
Los relato con amor, con determinación y vehemencia, pero sostengo mi aliento en cada silencio ante el temor que no muestro.
Firmado con tinta plateada, un símbolo del arco de Corellon y una flor seca del Floreciente descansan sobre el pergamino.
Aelindar, la Pequeña Luz
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