Novedades

Confesiones en silencio

Airoh

Gerardo de Amn
Registrado
22/5/19
Mensajes
517
Edad
39

Entre la luz y la seductora venganza​

Reflexión: en los albores del asalto a Crimmor

El humo de la guerra se alza sobre Crimmor como una plegaria rota,
una sombra que se cierne sobre el pecho palpitante de Faerûn.
Y en mi alma… solo el silencio.
Un silencio espeso, como la niebla antes de la tormenta,
como el momento en que el corazón duda y la flecha aún no vuela.

¿Qué queda del ideal cuando la sangre se mezcla con el polvo de calles ajenas,
cuando la furia guía pasos que juramos jamás dar?


¿Cómo hemos llegado hasta aquí, nosotros, los Gentiles?


¿En qué instante cambiamos el canto de los árboles
por el estruendo de espadas en manos temblorosas?

Es fácil culpar a quienes nos hirieron primero:
a los que envenenaron los bosques,
a quienes incendiaron con salamandras los tallos aún jóvenes del Floreciente,
a los que profanaron el verdor con la garra de la codicia.
Fácil es recordar la sangre vertida por criaturas deformadas,
hermanos y hermanas devorados por una corrupción
que ni la luz de Corellon logró sanar del todo.

Aquella reunión con el Senescal fue un espejismo,
una amenaza vestida de diplomacia.
La petición de enviar nuestras tropas no era una súplica,
sino una orden disfrazada,
un puñal que se hundía suavemente bajo palabras dulces.
Mientras tanto, la dragona negra—
esclava, decían, de una aún más terrible—
mantenía su aliento pútrido sobre nuestros pantanos, nuestra foresta antes viva
con el beneplácito de quienes reclamaban nuestra lealtad.

¿Qué clase de paz se construye con una sola opción?
¿Qué trato justo exige vidas élficas a cambio de retirar un mal que ellos alimentaron?
No podía, ni puedo, prestar mi arco a quienes
se sirven del miedo para encadenar la voluntad de los pueblos.

Yo lucho, sí…
pero no por el oro, ni por el dominio, ni por el orgullo herido.
Lucho como hija del Seldarine,
como protectora de la luz interna, aquella que titila en momentos de incertidumbre y
como parte del Enclave Matadragones que me acogió
cuando la soledad era un pozo sin fondo.
Lucho por lo que aún queda de sagrado,
no por las sombras que pretenden vestir la oscuridad de orden.

Y sin embargo… nos llaman traidores.
Mientras ellos destruyeron un templo de Selûne,
un refugio para almas quebradas, un hogar de plegarias,
nos acusan de rebelión.
Los prisioneros, aquellos que apenas escaparon de los escombros,
ahora se convierten en moneda para chantaje.
Diez vidas inocentes, amenazan,
por cada día en que la Alianza del Norte no se arrodille.
¿Ese es su honor?

Comprendo la furia de las selunitas,
comprendo el deseo de justicia,
pero no todo lo justo nace del odio y la sombra.
La venganza es un pozo que se disfraza de espejo:
cuanto más te asomas, más pierdes tu reflejo.
Y cuando la luz se contamina,
ni siquiera las estrellas se atreven a mirar.

Sí, hay mil formas de resistir a un tirano.
No todas pasan por sembrar fuego y espada,
menos aún en una ciudad como Crimmor,
ya marcada por cicatrices que no terminan de cerrar.
Hoy hemos traído guerra a sus puertas,
y aunque muchos celebren la audacia,
me sumo en un silencio en señal de duelo por los míos.

El relato… lo hemos perdido.
La historia ahora se escribe con tinta negra,
y solo una victoria—una que aún no sé si merecemos—
podrá borrar las mentiras que otros sembraron sobre nosotros; sus motivos, tan ruines como la sombra que los ampara.

Aelindar_reflexión.png

Mis hermanos han alzado sus arcos,
yo he levantado la mirada,
y sin embargo siento que esta lucha nos despoja,
nos arranca capas de alma con cada vida que se apaga.
Mi presencia en este campamento no es una promesa de sangre,
sino de consuelo.
He de velar por ellos, mis hermanos y hermanas,
como la luna acompaña al caminante sin juzgar su rumbo.

Y cuando partan hacia la batalla,
les esperaré al otro lado del río,
como una madre que bendice a sus hijos antes de cruzar el umbral,
sin saber si volverán…
pero con la certeza de que no sangrarán en soledad.

Susurro las plegarias mirando a Siempreunidos, aquel atisbo del Arvandor de este plano donde todos al final nos reencontramos.

Los relato con amor, con determinación y vehemencia, pero sostengo mi aliento en cada silencio ante el temor que no muestro.




Firmado con tinta plateada, un símbolo del arco de Corellon y una flor seca del Floreciente descansan sobre el pergamino.

Aelindar, la Pequeña Luz
 
Última edición:

Airoh

Gerardo de Amn
Registrado
22/5/19
Mensajes
517
Edad
39
Entre columnas

Los meses fluían desde mi llegada de Siempreunidos.

Aún recuerdo el primer encuentro con la Cinnaess Sylwen del Enclave Matadragones, me hallé sentada en un banco de piedra al lado de una fuente a la afueras de la ciudad humana de Athkatla. Ella recibió un mensaje que atendí a bien en confiárselo a Loreliel Colmillo Plateado escasas lunas:

—Mi luz interior titila, a lo que aguardo esperanza de encontrar una guía para con mis hermanos los Gentiles de estas tierras—

Sylwen acudió al lugar a las pocas lunas. Era un llamado, casi una invocación a mis plegarias de hallarme entre los míos, mi gente, mis hermanos, los Gentiles.

Bastaron unas horas de verbo calmado para saber que nuestras voces no eran discordantes en la brisa, más bien se creó una sinfonía tan incierta e infinita como el mar de las estrellas de una belleza que se podía ver incluso tras un velo.

Sus palabras corteses no eran baladí ante una desconocida, sino un refugio, un lugar donde podía respirar con calma para el ensueño.

Desde aquel día la sigo, como quien observa la estela de una estrella fugaz, con detenimiento y aprendiendo del camino que trazaba.

Ahora me hallo en el campamento de la Alianza del Norte, tras unos meses que fluyeron como un ligero torrente como las aguas que abandonan la quietud de un estanque de paz.

Las dekhanas se sucedían sin tal compañía de mi agrado, pues numerosas reuniones del Consejo de Guerra la mantenían ocupada frente a otras personalidades N’tel Quessir.

Para mi sorpresa que mantuve silente, la estrategia trazada era el asedio a Crimmor, tras sufrir ataques por parte de los amnianos, amenazas, coacciones y provocaciones a muchos niveles que no repetiré en estas páginas.

Volviendo al campamento, la tensión en el ambiente podía saborear las cenizas en los labios, unas cenizas de un incendio aún no provocado.

Se acercó la Cinnaess y me pidió unos minutos de mi tiempo. Su rostro estaba endurecido por la tensión como su armadura bien ceñida a su contorno, no era eso lo que me preocupaba, más bien era su mirada. Una mirada sembrada de dudas, incertidumbre y temor, es como si en sus irises habían perdido aquella luz que vislumbré la primera vez que nos encontramos.

No podía mostrarme preocupada, debía de ser su sostén en momentos difíciles en momentos donde la luz de una vela es sacudida por corrientes de aire que amenazan con extinguir. Traté que mis palabras no transmitieran un temor aún mayor, el temor de que ella ni mis congéneres volvieran con vida de aquel asedio; un asedio que desaprobé en mis adentros, de la que no debatí, no discutí, solo les seguí… la seguí.

Entonces me transmitió un mensaje, unas palabras a las que supo darle peso por su ritmo, un rumbo, un legado…

AelindarSylwen.png

—No puedo partir sin saber si aceptáis o no cumplir una promesa: Cuidar y mantener el espíritu unido de los Gentiles… si no regreso—

Se estaba despidiendo…

Aquel verbo era un epitafio de una lápida, una piedra donde me negaba siquiera a imaginar su nombre tallado. El entorno se tornó borroso… Cerré los ojos por resiliencia o más bien para que no viera la desazón en la mirada.

—Cumpliremos tal noble labor con nuestras manos entrelazadas, pues el Protector no me ha conferido visión sobre tu final ni la de ningún hermano — Respondí esbozando una sonrisa fugaz guardando una tensión que no debía mostrar.

— Un templo no puede mantenerse sobre una columna, aunque para aliviar peso a vuestros hombros os responderé: Acepto cumplirla si llegase el día… pero no llegará.— Finalicé para que partiera con una certeza honesta y pudiera centrar sus energías en la batalla venidera.
 
Última edición:

Airoh

Gerardo de Amn
Registrado
22/5/19
Mensajes
517
Edad
39
Oraciones y cicatrices

El bullicio se apagó, dejando un silencio tenso, como las sombras que se alargan al llegar el ocaso; rostros serios, algunas con determinación, en otras se dibujó el miedo por el futuro inmediato. Observé con detenimiento a cada uno de mis hermanos y hermanas:

Loreliel, Melodiel, Kyathel, Vys y como no a Sylwen.

Era mi despedida silenciosa y un recuerdo que guardaría para el resto de mis días.

La niebla, aliada discreta, fluía como una sombra de la muerte. Las barcazas se alejaban en ella, flotando como flores de cerezo arrastradas por una corriente inevitable, hasta desvanecerse de mi vista.

—…Namárië — me aventuré a susurrar temerosa apenas moviendo los labios. Una palabra que encierra una Despedida definitiva.

En mi regazo, el libro que he llamado El Libro del Alma. En sus páginas descansan oraciones, salmos y vivencias que aún están por escribirse.

Lágrimas brotaron de mis ojos. Una tristeza clara por un futuro incierto, por una guerra que nunca consideré mía…ni como nuestra. Un pensamiento que se hizo más profundo desde el juramento que me propuso la Cinnaess; un juramento que deseaba no cumplirla sola.

Mi alma salió en un suspiro largo y pesado, un aliento tan cálido como puro se heló que parecía unirse con la neblina. Aquellas lágrimas, que sin permiso pedía paso por cada poro de mi piel, se tornó fría como el acero que aún no había probado sangre.

Cada vida en juego, para los Generales eran meros números para su estrategia, para mí, todos y cada uno de los valientes son historias vivientes; unos relatos y vivencias que para muchos de ellos les llegaría su final aún teniendo la mitad de su libro en blanco.

Pasadas escasas horas comenzaron a llegar una multitud de soldados, quizás demasiados para el poco lapso de tiempo transcurrido desde aquel embarque. Recé para no ver ningún conocido, no al menos aún…

Hice acopio de mi voluntad y me recordé una vez más el motivo por la que estaba en el campamento, debía ayudar, tratar heridas y consolar a quiénes necesitaban el auxilio. No fui al frente, pero también estoy en esta guerra. No con espada ni con grito, sino con consuelo y paciencia. Con una oración en los labios y la luz dorada en las manos.

Entre plegarias y vendas, recogí tanto memorias amables como un testimonio desgarrador, para que nunca olvidemos que la guerra no debe ser invocada a la ligera. Llamé a ese capítulo “El Suspiro de la Luz”, como quien exhala al borde del amanecer.

Largas horas de ardua labor, con las manos manchadas de sangre y de gracia, recitando oraciones para aliviar las cicatrices del cuerpo… y las del alma.




La ardid de la escama

Desde la otra orilla del río, allí donde la bruma se tornaba un velo entre lo real y lo sagrado, mis ojos contemplaron lo que jamás soñé ver despierta.

La dragona dorada se alzó entre los nuestros como una promesa viva, como el fulgor del alba en medio de la desesperanza. Su luz me recordaba al primer canto del amanecer sobre los árboles de Siempreunidos. Pensé, en mi ingenuidad, que era una respuesta del Protector. Pensé... que la esperanza venía envuelta en oro.

Pero el fulgor se quebró. No fue un destello, sino un grito del cielo mismo.

Las escamas doradas comenzaron a mutar, a arder, a retorcerse en rojo vivo. No fue una transformación... fue una revelación. Allí, donde creíamos ver salvación, emergió el caos: un dragón de fuego, rojo como la sangre que aún no se había derramado. Un ser antiguo, violento, que rugía con la furia de un mundo ardiendo en su interior… Bálagos.

Entonces se alzó ella: Colmillos Afilados

Como respuesta a la blasfemia encarnada, su silueta surcó los cielos desde el sur con su séquito de alas y rayos. Una tempestad viva la precedía. Allí no había engaño, ni máscara, ni disfraz. Solo juicio. Venganza. Orgullo.

Ambas sierpes se encontraron en el corazón del cielo.

Dragones-Crimmor2.png

Bálagos se lanzó como una llamarada furiosa, buscando el cuerpo a cuerpo, el choque de garras, el desgarrar de escamas. Rugía como un volcán despierto, y el fuego que exhalaba no era fuego común: era caos vivo, una marea de destrucción sin propósito ni medida.

Colmillos danzaba entre rayos. Era distante, letal y precisa. Cada batida de sus alas convocaba relámpagos. Cada rugido llevaba un conjuro ancestral que hendía el aire. No se dejó alcanzar fácilmente. Su magia era como los antiguos versos élficos: bella, profunda y devastadora.

Desde mi posición, la batalla era un duelo de dioses. El cielo temblaba. La tierra enmudeció. Mi corazón latía al ritmo de una oración temerosa. Eran gargantuescos, parecía tenerlos a pocos pies de distancia a la que daba la impresión que podrían acabar en el campamento en cualquier momento.

No pude distinguir quién era el justo, pues ninguno lo era. Solo vi fuego contra tormenta, ira contra odios enquistados de la que solo puede explicarse a través de las eras.

Finalmente, sus alas se alejaron. Heridas, quizá. Cansadas, sin duda. El dragón rojo viró su vuelo hacia el bosque del Alandor, donde el humo se funde con las raíces. La dragona azul, con dignidad rota y relámpagos apagados, se desvaneció en dirección contraria, más allá de nuestra vista.

Crimmor quedó suspendida entre los restos de aquel enfrentamiento sin victoria.

No pronuncié palabra. Solo cerré los ojos, aferré con fuerza el Libro del Alma contra mi pecho… y recé. No por vencedores. No por gloria.

Recé por la verdad y por las vidas de mis hermanos, pues ellos presenciaron el caos, la muerte, el odio y el engaño.


Las brasas del alma

Pasaron algunas horas desde aquel juicio aéreo entre sierpes, desde que el cielo fue fracturado por fuego y tormenta, y los vientos olieron a traición. El combate había cesado, pero su eco aún susurraba entre los árboles como un salmo roto.

Las barcazas regresaron, como sombras silenciosas, trayendo a los supervivientes en su seno. No hubo canto, ni clamor, ni vítores. Solo pasos arrastrados, miradas perdidas, silencio… y derrota.

La Alianza del Norte no conquistó Crimmor. No liberó a su gente, no quebró las cadenas que creía forjadas con mentiras. Lo que encontró en su lugar fue la verdad más cruel: la de haber sido manipulados. La de ser peones en el tablero de una criatura tan antigua como despiadada.

Busqué entre los rostros cenicientos, entre túnicas desgarradas y armaduras hendidas, hasta dar con los míos.

Loreliel, Vys, Kyathel, Melodiel.

Y finalmente, Sylwen.

Estaba viva.

Mas no indemne.

No había heridas visibles en su cuerpo; el Poder había cerrado toda fisura en su carne. Pero su mirada era la de alguien que había sangrado por dentro. La llevé al hospital de campaña con el cuidado con que se traslada una reliquia sagrada, no por fragilidad, sino por respeto a lo que representa.

Entre los Gentiles se tendió en uno de los lechos, con la armadura aún calada de lodo y humo, la frente perlada por un sudor que no era del esfuerzo, sino del alma. Me arrodillé junto a ella, tomé sus manos entre las mías y aguardé. Las palabras no debían nacer por imposición, sino por necesidad.

Y entonces, habló.

—Cuando el cielo ardía —dijo, con voz que era ceniza—, cuando ambas sierpes se alejaban… vi sus ojos.

Calló por un instante.

—Los de Bálagos… mirándome. Directamente a mí. Me miró con una certeza inquietante. Como si desde el principio hubiese esperado este momento.

La culpa anidaba en su pecho como una espina oculta. No por la pérdida, sino por la traición. No por la derrota, sino por haber guiado con fe lo que, en su fuero más íntimo, empezaba a temer que vivió una mentira.

No respondí, me preocupaba más su estado, la observaba sin apartar la mirada por si en algún momento perdía la consciencia. Le retiré las piezas de armadura para después limpiar los restos de barro y sangre seca.

Busqué entre mis pertenencias y saqué de ahí mi colgante sagrado del Padre Todos, un símbolo que siempre emitía un luz dorada reconfortante y lo dejé en la cabecera del camastro a modo de protección y deseándole un buen descanso a la Cinaess

Después de un intercambio de verbo con los demás Gentiles, salí de la carpa e insté a los hermanos presentes: Melodiel y Vys, que me siguieran pues tenía mucho por decir a mis hermanos viendo la situación en la que nos hallamos.

Ahora es el momento para la reflexión y llevar a escrutinio algunos asuntos del Pueblo.


Corellon2.png
 

Adjuntos

  • Libro del alma.png
    Libro del alma.png
    908 KB · Visitas: 2

Airoh

Gerardo de Amn
Registrado
22/5/19
Mensajes
517
Edad
39

Tras el batir de alas oscuras, una nueva responsabilidad

Han pasado los meses, apenas un suspiro en el fluir de mi existencia. Mis ojos, serenos y vigilantes, se han posado sobre los problemas con la frente erguida, sin temores, aunque no exenta de incertidumbre. El Enemigo del Este avanza implacable por las Tierras de la Intriga, escribiendo una página amarga en la historia que, sin duda, será recordada como un tiempo de sucesos inesperados y trascendentales.

La marcha de Vys, Dendravoz y Voz del Pueblo Gentil, fue tan repentina como inevitable. Partió hacia su tierra natal, dejando tras de sí un eco agridulce en nuestros labios. No sentimos abandono, ni sería justo que así fuese, pues sus deberes le reclamaron más allá del horizonte del Bosque Floreciente.

“Allá donde te halles, hermano mío, que los Seldarine enciendan con mayor fulgor las estrellas del mar celeste que surcas con vuelo sereno, como si de un sendero de hierba se tratara. No mereces nuestra mirada entristecida, pues te evocaremos siempre en el Ensueño.”


Vys.png


Sylwen, mi hermana, mi mano guía, abrió su corazón en confidencia. No la vi abatida ni desconsolada; tampoco percibí en ella una tristeza aguda, sino una nostalgia suave, como si las alas oscuras de Vys hubiesen partido hace ya siglos. En su temple hallé un recordatorio: que Toril no cesa en su movimiento, con sus luces y sus sombras, aunque nuestros días bajo el ramaje del Alandor parezcan mecerse en quietud.

La Portadora de la Paz asumió entonces un peso mayor. Su mirada, firme como el tronco de un roble, dejaba entrever un cansancio profundo, aunque jamás hubo queja ni súplica. En su estoicismo no hallé flaqueza, pero sí la fatiga de quien carga más de lo que un solo ser debería llevar. Y como amiga, supe que debía aligerar ese peso.

Durante lunas medité, hasta hallar en mi interior la resolución de ofrecerme como nueva Dendravoz. Así lo expresé en el Concilio de la Primavera. Ante mis palabras, brotaron sonrisas genuinas; ninguna réplica, ningún titubeo. Sylwen, rejuvenecida por aquel gesto, asintió con bondad y gratitud. Le debía esa ofrenda, pues en mis días más inciertos, fue ella quien tendió la mano que me sostuvo en tierras extranjeras.

El Consejo de Sabios del Enclave Matadragones deliberó, y tras lunas de espera, llegó su respuesta: palabras cálidas como brisa estival que concedieron mi deseo. Bajo la sombra del Árbol de la Vida, que tiñe de verde lo que antaño fue páramo desolado, Sylwen ofició el solemne acto de mi nombramiento, en la Plaza de Corellon, con la mirada invisible pero cercana del Primero de los Seldarine.

Aquel momento, colmado de sonrisas, bendiciones y buenos augurios, lo atesoraré en lo más profundo de mi ser. Pero soy consciente de lo que significa: la senda que ahora recorro no está exenta de espinas. La diplomacia más allá del bosque es un arte de paciencia, pues las Tierras de la Intriga no llevan tal nombre por azar.

He de mirar a los ojos de máscaras bien tejidas, de sonrisas calculadas y palabras impregnadas de miel que, en lo profundo, esconden podredumbre y ambición. He de parlamentar con aquellos que antaño fueron enemigos, que hostigaron y sembraron caos en tiempos de guerra civil, y que hoy se disfrazan con gestos solemnes y diplomáticos.

Sé que camino sobre terreno pantanoso, pero lo hago con determinación, porque se lo debo a los míos. A quienes me acogieron, con ternura y confianza, cuando llegué desde Siempreunidos. Y por ellos, por todos nosotros, seré la voz que se alce más allá de nuestros ramajes, buscando la unidad y la dignidad del Pueblo Gentil en este mundo convulso.​
 

Airoh

Gerardo de Amn
Registrado
22/5/19
Mensajes
517
Edad
39
Vicisitudes en los anillos del tiempo

El curso de los acontecimientos no dejaban paso a la tan ansiada paz sobre una guerra que parecía culminar en un lugar incierto del tiempo.

El Enemigo no cesaba en su avance en aras de su ambición y dominio, tan ciega como obscura. Muchos veían un desenlace funesto; yo misma medité qué sería de nosotros de conocer de nuevo una derrota, una derrota que se anunciaba como sentencia sobre todo lo que conocemos.

Pero en el fondo de mi ser halló un atisbo de esperanza, una luz débil como si de una vela en medio del vacío se trataba, mi corazón volvió a latir con calidez, una calidez que me recordó del por qué de mi partida desde Siempreunidos, pues un llamado a la acción me hizo atravesar el angosto mar, así como los ángeles bajan a los planos inferiores con el filo de sus espadas envueltas en fuego sagrado para liberar del yugo arbitrario de los demonios... nuestros demonios del miedo y la incertidumbre que me fustigaba a látigo de innumerables colas.

La luz dorada de Corellon Larethian debía estar presente en el tablero de la guerra, abandoné los hospitales de campaña para empuñar la espada como único modo de salvación... concederme esa oportunidad de luchar como hija del Seldarine y confrontar la tiranía de Takhisis junto a los hermanos, hermanas y los aliados del Norte.

Una compañía relativamente pequeña como aquella luz que vislumbré en medio de lo incierto del cosmos, pero tan pura, llena de certeza y determinación que nos mantuvo erguidos mirando a los ojos a la Oscuridad más absoluta.

Guerra del ultimo sello.png

El mar estrellado estaba arropado en un manto vil y opresor que acompañado del frío oriundo de las montañas donde la batalla aconteció pareció ser un aliado añadido a las filas de las Sombras.

Las tropas del Enemigo era innumerable, pero tan pronto como cargaban con furia desmedida portando armaduras oscuras y armas impías en ristre, nuevos aliados se sumaron desde diferentes lugares de Faerûn.

Me mantuve a la vera de mi mentora, mano guía y hermana Sylwen Galanodel que empuñó el arco y la luz plateada de la Señora de los Sueños para asistir a los heridos en la incesante e interminable batalla.

Lo que sucedió: El Hin que nos empequeñeció

Aquellos días parecen lejanos, como si hubieran transcurrido hace siglos y la marea de la Costa de la Espada se llevara aquellos pesares...

Las heridas supurantes fueron sanando, el comercio volvió a fluir libremente con la nueva normalidad, una calma reinó tras aquel evento histórico reciente.

Esa relativa paz se interrumpe por sucesos menores si es comparado en magnitud por aquellos tiempos de angustia. La brisa acaricia nuestros rostros con suavidad con el consuelo que nos merecemos, abundaron gestos, funerales y festividades para celebrar la vida misma.

Sylwen y una servidora organizamos con premura una festividad en el Enclave Matadragones, una celebración que no dejó indiferente a ningún hermano y hermana, pues nuevos hermanos se han adherido de buen grado a la Misión del Pueblo:

Karlen, hermano que parece en estado permanente de introspección, su mirada vacía e inquietante como su entonación de verbo es débil y tímido, guarda secretos que solo él sabe el valor que atesora. Ha demostrado ser de confianza incluso tiene un alto valor de protección y en mi seguridad. Un gesto que no ha pasado inadvertido.

Raelyn, la otra cara de la moneda, extrovertido, acompañado de su laúd y de verbo imparable, siempre con la intención de hacer florecer sonrisas en su entorno a través de sus sátiras. Es un artista en efervescencia aunque él mismo subestime su talento. Tuve a bien en confiar en lo que él mismo desconoce aún. Le pedí un acompañamiento de su laúd en un momento de duelo por el Pueblo Hin en su festividad y funeral a su vez para velar por El Portador.

Al Hin de la Esperanza: Nicodemus Buenpan

Al hin de la esperanza.png


Elenya, congénere del pueblo alado. Sacerdotisa del Primer Seldarine y ávida en el saber del Arte. Tiene un profundo sentido común además de proceder con cautela y con criterio propio. Su incorporación al ejército no hace más que dejar patente su compromiso en la Misión del Enclave.

En aquella festividad en el Enclave, los fantasmas del pasado volvieron a danzar conmigo.
Me sentí de nuevo como una Brisa Invisible, ausente en verbo y en presencia, mientras los recuerdos me envolvían con la fuerza de una marea antigua.
Vi el gesto de mi padre, severo, cargado de desdén por no haber colmado sus expectativas; y a mi madre, distante, perdida entre conversaciones de eruditos.
La música, aunque alegre, me supo amarga; los bailes, por armoniosos que fueran, tenían un filo de indiferencia que hería.
Y aun siendo una de las organizadoras, no pude soportarlo más…
me retiré del salón con la misma discreción con la que llegué, tan anodina como una hoja arrastrada por el viento.

A pesar de ello, siento que pertenezco a una nueva familia y lo que sucedió hace décadas no debe hacerse eco en el futuro...

Mis deberes como Dendravoz y emisaria del Pueblo me apartan, más de lo que desearía, del calor de mis hermanos y hermanas.
Mas sé que sus almas me acompañan, invisibles como la brisa que agita las hojas del Alandor.
De ese lazo nacen mi firmeza y mi propósito: velar por los intereses del Enclave con la dignidad y la mesura que son reflejo de nuestra esencia élfica.​
 
Última edición:

Conectados

Arriba