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Conversaciones de un hombre lechuga.

Mac_n_Cheese

Apilador de Muros de Fuego
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El Oscuro pasajero.



Una enorme figura se mueve entre la escasa luz de la luna que ilumina el cielo. Lleva en una de sus manos una piedra caliza de un par de pies de largo. Se mueve pesadamente y sin garbo, como si se tratase de un autómata. Camina largo rato, con la única guía de la tenue luz que otorga el estrellado cielo y la no tan lejana hoguera que espera cerca de la orilla del río de donde sacó la gran piedra que porta en su mano izquierda.

El joven responde al nombre de Connor, su figura se alza imponente en la ladera de ese río cercano a Púrskul. El blanco de su piel parece reflejar la luz nocturna, sus piernas algo cortas, sus enormes espaldas, su robusto cuello, así como unos grandes brazos le hacen parecer un menhir andante. Su parsimonioso paso, finalmente lo lleva a la hoguera del improvisado campamento. Lentamente se sienta en un tocón y deja la enorme roca frente a él. Con gesto calmado comienza a buscar un pequeño martillo y un cincel.

  • El chamán Aric y Norah me dijeron que debía hablar con alguien, que no era sano guardarlo todo para mi.
El joven parece hablar en iluskano, con un acento tremendamente nasal. Su voz es gruesa, como lo son sus facciones y su gesto.
  • ¿Cómo quieren que hable con otros en esta tierra de paganos? Aún si confiara plenamente en alguno... Siempre me siento torpe hablando en khondanzano, traducir en la cabeza me hace sentir siempre torpe con las palabras. Solo parecería un idiota intentando hacerse entender.

  • ¿Con quién podría hablar de esto? ¿Con Jorunn? La diosa sabe que le quiero con toda mi alma. pero él apenas sabe que le sucede, además siempre creyó fanáticamente en todo lo que le digan los chamanes y Norah.
    Además... Además... ¡Mierda! Ya sabes que los chicos no hablamos de eso.
El joven niega un par de veces y mira al cielo, su inexpresivo rostro queda mirando al cielo unos instantes antes de agarrar un trapo y comenzar a limpiar la roca, frotando con firmeza.
  • No sé ni tan solo si me estáis escuchando, ni si mis palabras llegarán a las islas o si podéis verme.
Mientras el joven afianza entre sus piernas la gran piedra, con gesto mecánico busca dónde poner el cincel para comenzar a dar pequeños golpes con la ayuda de un martillo. Sus enormes manos hacen parecer sus herramientas de juguete. Connor termina por mirar nuevamente al cielo y su gesto inexpresivo parece romperse por unos instantes.
  • Ojalá estuvieras aquí, ojalá también estuviera los dos.
    Tal como temías, la niebla roja apareció. y parece que estoy maldito por la sangre del gran Balor.

  • No tengo la menor idea de cómo controlarlo ¿Sabes?. Quizás si os digo lo que siento, quizás si le pongo palabras a todo esto pueda encontrar el alivio a todo esto.
    Es muy difícil contar lo que me sucede con la niebla roja a otros, veo en sus caras ese rostro que dice: Otro bárbaro salvaje que pierde el control por su mal carácter, incapaz de controlarse como si fuera un maldito animal.

  • Así son muchos en estas tierras, creen que solo lo que ellos llaman cultura es conocimiento y gustan de meter en pequeñas cajas que entiendan a cada cosa que aparece en sus mundos. No se plantean que todo conocimiento es parte de un gran legado cultural que debe ser celebrado y no pisoteado para gloria de sus pequeños egos.
El rítmico sonido del isleño cincelando la piedra interrumpe cada cierto tiempo su conversación.
  • Lo que siento desde que la niebla despertó es que hay alguien más conmigo. Como si condujera una carreta y a mi lado hubiera alguien más, alguien dispuesto a tomar el control por mi. Su figura es aterradora y deforme, sonriente y viciosa como si fuera el mismo Kazgortoh. Una mancha negra con forma de persona.

  • Puede que no sea capaz de tomar el control, pero siempre está allí, acechando a la espera de tomar las riendas de la carreta, como si de un oscuro pasajero se tratase. Esperando a que se abran las compuertas que le llevarán a arrebatarme el control del carro.
  • Lo peor de todo es cuando al fin toma el control, la impotencia de verlo todo desde un rincón de mi propia cabeza sin ser capaz de ponerle freno. El sabor de la sangre bajo el paladar inundándolo todo, el punzante dolor de los músculos quemándote como si fueran golpeados por mil rayos y esa maldita neblina roja que parece cubrirlo todo mientras tu cuerpo se consume por dentro en un dolor que solo parece apagarse con el dolor de otros.
Cada tanto, los gruesos y callosos dedos de Connor pasan entre las rendijas de donde pasó el cincel, limpiando los restos de piedra y polvo. Esos dedos que parecen ser más ásperos que la propia roca acarician cada cierto tiempo los nuevos surcos realizados por el pelirrojo.
  • Lo peor es la mirada de ese ser, esa maníaca sonrisa que parece disfrutar plenamente de su libertad y del control que conquistó. Esa sonrisa...
Las manos del isleño se detienen un instante, aferrando la talla. Desvía la mirada primero al fuego y luego a un oscuro rincón.
  • Me da miedo que sea la mía ¿Sabes? Me da miedo que...

  • Da igual.
Interrumpe durante largos instantes su monólogo y vuelve nuevamente a sus quehaceres con la roca, picando con delicadeza sobre la misma, cincelando. Da una vuelta, a la misma, luego otra, buscando dar la forma adecuada.
  • No sé si aguantaré mucho en estas tierras, no parezco encajar demasiado. Aunque por otra parte, los otros sí parecen hacerlo, así que supongo que tendré que seguir dándole una oportunidad a esta tierra de paganos.
Mientras vuelve a llevar su mirada al cielo, empieza a pasar ambos pulgares nuevamente por las grietas de la improvisada escultura y vuelve a dejar otro largo silencio.
  • Nunca creí que irme de las islas fuese tan duro. Tampoco sé si hablaros es una buena idea.
El rostro de Connor parece quebrarse una vez más en una leve sonrisa.
  • Os echo tantísimo de menos.
Tras algún rato más de trabajo en la escultura, Connor la agarró por la cabeza y se encaminó pesadamente hacia el sur, atravesando un largo campo de cultivo. Allí, al lado de un hombre de paja que parece haber sido reparado recientemente, dejó la escultura, volviendo a partir con su gesto taciturno y en su característico silencio.

 
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