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Cora Vientogris

Malaventura

Perro de Dan
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Nombre completo: Cora Vientogris
Nombre conocido: Cora (Brisilla, Bris)
Raza: Mediana
Lugar de nacimiento: Cataratas Radiantes, Delimbyr.
Edad: 19 años
Alineamiento: Neutral Bueno
Deidad: Shila Peryroyl y Shialia (Deidades naturales y panteón mediano).


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Todo comenzó con las bayas frescas; menudas, dulces y deliciosas. ¡Alto!, un momento, eso no es cierto, estoy seguro que todo empezó a causa de las moras silvestres, ¿o tal vez se trató de la zarzaparrilla?, ¿arándanos?. El caso es, que fue el tercer día después de verdor, en una tarde engañósamente despejada, de esas que ocultan la tormenta entre nubes blancas y algodonosas, hasta que sale la hermana fea, oscura como el tizón y se burla de las buenas fes de los lugareños ensuciando su colada recién tendida.

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Cataratas Radiantes era, como su nombre indica; radiante, en esencia. Cómo toda villa del valle del Delimbiyr tenía sus más y sus menos. Villa radiante, como la denominaremos a partir de ahora para abreviar, gozaba de un buen vecindario, buenas cosechas, excelentes pastos y un excesivo gusto por las celebraciones. No por nada era una villa cuya población mayoritaria la formaba la buena gente; no es que los treinta y ocho humanos restantes no fueran buena gente, es que es así como se conoce coloquialmente al pueblo Hin.

Era el tercer día tras la festividad de verdor del año 1474, y como suele suceder tras tanta algarabía lo normal era encontrarse en un período de asentamiento, durante el cual, todo en Villa Radiante ocurría a un ritmo más lento, lo que viene siendo el proceso de digestión posterior a las ingentes comilonas del día en cuestión.

Todo era calmo, tranquilo, ¿Todo?

¡Paso, paso!
— ¿Paso a quien, si la calle está desierta?
— Es por prevenir Saturnia, nunca se sabe.

Dejad de discutir, que se nos va.

Tres medianos y un bulto, corrían por una de las calles principales de Villa Radiante, camino a la arboleda del círculo, cuando traspasaron el propiamente dicho y cosa que le da el nombre: Círculo de árboles, una anciana arremetió al cielo con sus manos:

¡Yondala, otra indigestión no! —La anciana inspiró y expiró varias veces antes de asomarse para prestar la décimo octava sanación de la tarde.

Yondala debía estar agotada tras la fiesta, lo más probable es que siguiese de palique con Shila, pues hizo caso omiso a la anciana, que se encontró con una indigestión, de las gordas.

Tenderla en el suelo, allí, sobre el lecho de paja.

¿Se va a morir?, está algo morada.
— Saturnia, si que tiene mal color.
— De esto no se muere nadie, Rufino. No hagas caso al niño.

Espacio, espacio —La anciana codeaba para abrirse paso— ¿Qué ha comido?

— Saturnia la encontró junto al linde de los campos frutales, siempre se está metiendo plantas y frutos en la boca.

Cora tiene esa costumbre.

La sacerdotisa examinó a la pequeña con manos expertas, lo que viene a ser abrirle la boca y oler la misma y dictó sentencia.

Cora ha comido Bayas del arroyo, en gran cantidad, y las ha mezclado con endrinas. Se pondrá bien.

Días más tarde, Cora volvía a su hogar, alegre y jovial como siempre, más curiosa si cabe y con la promesa de la vieja sacerdotisa, de que, cuando creciera, el día de la feria, podría iniciarse con ella en el aprendizaje.

***


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Llegó el apogeo del verano y con él la fiesta de estival, Villa Radiante seguía Radiante, las noches apacibles y largas de la estación se acompañaban del repiqueteante sonido del agua de las cataratas que le daban nombre, un murmullo que traía frescor a la noche más cálida y serena y servía de música ambiente para las parejas que dejaban volar su imaginación y algunas ropas, también daba ánimos al trío y el bulto que corrían calle abajo.


— Saturnia, no tan rápido, que llevo a la niña.
— La niña ya no es tan niña, y es peso plumilla. Si no hubieses comido tanto…
— Dejad de discutir, que se nos va.



Una anciana sacerdotisa, algo más anciana, interrumpió sus oraciones.

—Yondala, que no sea otra indigestión.

Esta vez, Yondala pareció haber terminado la festividad antes que en la estación anterior, ya que escuchó sus plegarias.

— ¿Se va a morir?, tiene un color amarillo cerúleo que…
— La anciana no dejó intervenir esta vez al señor rufino y la señora Saturnia —¿Otra vez Cora?, ¿Qué ha comido esta vez?

— La encontró Saturnia en el campo yermo, como no sea tierra, allí solo quedan cardos borriqueros.

La anciana sacerdotisa no necesitó más respuesta, abriendo la boca de la pequeña encontró algunos restos sin masticar de cardo borriquero.

— Me ocuparé de ella.

Esta vez, días más tarde, Cora volvía algo mohina a su hogar, la reprimenda de la anciana sacerdotisa no fue lo que esperaba y con ella la amenaza velada de que si no frenaba su impulso por masticar toda planta que encontrase, el aprendizaje no sería posible.



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El verano dio paso al otoño, Cora, o brisilla, como era conocida en Villa Radiante por su otra manía de correr de un lado a otro, ayudó a su familia en los preparativos de la festividad de La buena cosecha. Las hojas bañaban el suelo de colores tostados, ocres y naranjas, era la estación favorita de Cora y como estaba decidida a ser la aprendiz de la anciana sacerdotisa cuando llegase La feria, decidió reprimir su impulso de probar las diferentes hojas y comprobar su sabor según la variante de color y el tiempo que llevase en el suelo. La festividad pasó, tres días después, la Villa bullía de energía, un bullicio perfecto para disimular a una Brisilla que corría calle abajo hacía el famoso círculo.

Esta vez la anciana sacerdotisa estaba en la puerta de la arboleda, si es que a aquello se le puede denominar puerta. Allí estaba, esperando a la familia Vientogris que apareciese con Cora en brazos, lo que vio venir a la carrera hacía ella fue a Cora con un pequeño osezno pardusco en brazos, que por pequeño, casi abultaba más que ella.

—¿Se va a morir?, tiene un color así como mustio.
— Me alegra ver que estas bien Cora, pasa, pasa, veamos qué podemos hacer. Déjalo allí, junto al camastro. Te esperaba, pero de otra manera.

— He sido yo, yo he hecho que enfermase.


— Cora, los osos pequeños a veces comen algo que no les sienta bien, es su aprendizaje.
— Si, si, como hago yo. Pero yo le pedí que probase las hojas por mi.


La anciana evalúo a la pequeña con una de esas miradas que solo las ancianas saben echar.


Días después, Cora y el oso volvían a su hogar, con la cabeza gacha la primera y el hocico torcido el segundo. Cora no estaba muy segura de querer seguir los pasos de la anciana sacerdotisa y sin ello, ¿Quién querría ser su mentor?



Todas las hojas habían despoblado aquellos árboles que preferían desnudarse para recibir envalentonados el invierno. La festividad de hibernal había pasado, era el tercer día del mes de Alturiak. Las cataratas habían congelado su cauce, Villa Radiante, lucía un manto blanco radiante y tres figuras y un bulto eran remolcadas sobre un trineo por un pequeño y parduzco oso.

— ¿Vamos a morir?

Las collejas y el frío callaron las respuestas. También callaba la arboleda, ninguna anciana salió a esperar la llegada de los Vientogris. Un mediano algo echado en carnes llegó al cabo de un buen rato.

— ¿Quién va?
— Traemos a Cora.
— Contestaron a coro padre, madre y hermano.

—La anciana sacerdotisa me avisó, no quise creerla y aquí estáis. Tenderla aquí mismo.

— ¿Y la vieja sacerdotisa? —Preguntó Saturnia.
— Era demasiado vieja. —Cortó en seco el anciano, no mucho más joven que la sacerdotisa de la que hablaba.


Tardó un buen rato en agacharse, otro tanto en examinar a la pequeña, y aún más en levantarse, tardó poco en decir lo siguiente:

— Me temo que no puedo hacer nada. No sé qué ha comido.

— La hemos perdido.

— Qué perdido ni qué ocho cuartos
— Una anciana, más anciana y mucho más arrugada que la vieja sacerdotisa, irrumpió en la arboleda y sin permiso soltó lo que había venido a soltar: —Lo que le ocurre es que no se ha podido resistir a probar las flores del invierno, y no lo ha hecho por qué nadie le ha explicado que hacen y para qué sirven. Esta niña ya ha perdido mucho el tiempo, la naturaleza la reclama, y no es Yondala quien va a guiar su camino, sino Shila y yo misma con la ayuda de Shialia.

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Y así es como Brisilla; Cora, emprendió camino junto a uno de esos treinta y ocho humanos que habitaban Cataratas Radiantes; concretamente con aquella que muchos no consideran buena gente, y es que hacía cosas no muy bien vistas, pero cosas de las que todos echaban mano alguna que otra vez, por no hablar de la cosa de espíritus. Un camino junto a la vieja Yaya Sauce Ajado, un camino hacia la senda natural que le llamaba y que se desvío tras dos ciclos enteros de estaciones.

La anciana era demasiado anciana y el ciclo natural la reclamó en el momento exacto en que Cora comenzaba a entender de que hablaba Sauce Ajado, a entender bien sus enseñanzas y su forma de ver el mundo. Así, -con la tristeza por la esperanza truncada de la señora Vientogris que tenía la esperanza de que Cora volviese al buen camino y las comodidades de la Villa civilizada-; Cora, o brisilla, echo la llave a la vieja cabaña, cogió el cayado de Sauce Ajado y se puso en marcha a tierras Amnianas, donde su mentora nació y donde la pequeña hin esperaba encontrar respuesta y guía a todas aquellas cosas que habían quedado en la punta de la lengua.
 
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