El Espino Blanco
Legionario del Hielo
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Arianne Brillalba, Syndar de Waukin y comandante de sus ejércitos contemplaba el precio de su fracaso, las Furias de la moneda y la Sacerdotisa suprema de Waukin convertidas en estatuas de oro, las tres furias con sus armas en ristre, congeladas en medio de un combate y la Moneda Sagrada, de rodillas, con los brazos abiertos y los ojos cerrados en una súplica eterna. No había conseguido protegerlas, esa era su misión y ahora sencillamente, se habían ido. Aunque suplicara a lady Velastra por su ayuda, a pesar de los intentos de sacerdotes y magos, nada había cambiado, las sacerdotisas se mantenían como un inmóvil recuerdo áureo.
La obispo había enviado recados mágicos a las dos Furias restantes, pues solo tres habían acudido al campo de batalla, esperaba que ellas supieran que hacer en momentos así, aunque en su fuero interno, temía que sacaran las zarpas la una contra la otra en una lucha intestina por el poder. No podía hacer mucho más, había regresado lo antes posible de tratar a los heridos, para estar aquí, ante las estatuas, las cuales no sabía si atreverse a moverlas, por miedo a dañarlas. Pensaba en que quizás de dejarlas aquí, podrían erigir un santuario a su alrededor, que vieran como la civilización de una nueva ciudad prosperara a su alrededor…Pero tampoco estaba segura de poder o deber hacer eso, lo que sabía era que no iba a dejarlas ahí, a la intemperie, abandonadas por segunda vez.
- Vellamorte – Llamo a su capitana – Ordenad desmontar la carpa de su santidad y que se monte aquí. No dejaremos a su santidad y sus eminencias al amparo de los elementos.
Cerro los ojos esperando un mensaje de las Furias, quizás una señal de su diosa y mientras esperaba, recordó.
Todo había empezado hace meses, Lohezet ya se movía por los pantanos, los dragones se mostraban inquietos por los cielos, sabedores de que algo se aproximaba y aun antes, todo había empezado antes, pero por suerte para ella, no sabía la profundidad del asunto, ni ahora ni mucho menos entonces.
Para Arianne, todo esto empezó con los dragones, con una en particular que se había autoproclamado reina. La Syndar había sido nombrada consejera del Trueno, el consejo de gobierno al servicio de la dragona azul que ahora reinaba en Amn, no obstante, no duro demasiado en el cargo, pues cuando se le exigió luchar en la guerra civil que se había desatado en el norte, se negó y por ende fue desterrada. Aun así, lucho contra Murann en Imnescar, pero la ciudad fue arrasada, los muranies trabajaron a conciencia para no dejar ni el recuerdo. Después de eso, llego la comandancia del ejército dorado y no hubo descanso.
Acabar luchando junto a los muranies, aquellos que habían arrasado Imnescar y antes de eso asaltado la ciudad sagrada de Caravasar, fue algo insólito, pero inevitable. Ella no era un corazón bondadoso, pero le costaba odiar, había sido criada de forma muy particular, pudiendo comprender el por qué los demás hacían las cosas, veía la lógica desde los distintos puntos de vista y comprendía las acciones que esta desencadenaba. Junto a los muranies marcho, a pesar de que sus hombres fueran retenidos para comprometer su ayuda, ella se mantuvo firme, encabezo a sus tropas y se enfrentó a Lohezet en su torre para así poder entregar a los genios de Caravasar una de las piezas necesarias para forjar la Dragonlance, el martillo de Kharas.
Las tropas marcharon al este, ella a saltos entre la marcha y el campamento de la alianza al norte. Defender posiciones, heridos, atacar un dragón Blanco, derrotar a los caballeros de la Rosa Negra, Soth…No hubo tiempo para sentarse.
Al final todo conducía al este, a este momento. Plantada en la nieve, sin celebrar la victoria miraba en silencio al frente y mientras la ceniza se acumulaba sobre las estatuas de oro, avanzo lentamente hasta Sarguina, la Moneda sagrada. Se despojó de su capa de piel de león y se arrodillo ante la estatua a su misma altura, coloco la capa sobre los hombros de la sacerdotisa suprema de su fe y dijo.
- Estaréis pasando frio su santidad.
Entonces espero, espero por un mensaje de las Furias, por un mensaje divino o simplemente a congelarse en la nieve, como una estatua más, pero indigna del dorado.