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Corazon de oro, lengua de plata y mente de cobre

El Espino Blanco

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Era complicado saber si lo que caía del cielo era nieve o ceniza. Aquel lugar había visto la muerte recientemente, en la distancia podía oírse el júbilo de la victoria y los lamentos por la perdida, pero no aquí, no donde el waukinar había preparado el ritual del destierro, aquí solo existía un silencio solemne y respetuoso. Se retiraban cuerpos, no eran arrastrados por la nieve como meros fardos, si no que se los levantaba a pulso y eran conducidos llevados al campamento, sin ser amontonados en carros, sin tocar el suelo, una lenta procesión para marcar respeto y agradecimiento. No obstante, había “Cuerpos” que no iban a moverse, al menos por ahora.



Arianne Brillalba, Syndar de Waukin y comandante de sus ejércitos contemplaba el precio de su fracaso, las Furias de la moneda y la Sacerdotisa suprema de Waukin convertidas en estatuas de oro, las tres furias con sus armas en ristre, congeladas en medio de un combate y la Moneda Sagrada, de rodillas, con los brazos abiertos y los ojos cerrados en una súplica eterna. No había conseguido protegerlas, esa era su misión y ahora sencillamente, se habían ido. Aunque suplicara a lady Velastra por su ayuda, a pesar de los intentos de sacerdotes y magos, nada había cambiado, las sacerdotisas se mantenían como un inmóvil recuerdo áureo.



La obispo había enviado recados mágicos a las dos Furias restantes, pues solo tres habían acudido al campo de batalla, esperaba que ellas supieran que hacer en momentos así, aunque en su fuero interno, temía que sacaran las zarpas la una contra la otra en una lucha intestina por el poder. No podía hacer mucho más, había regresado lo antes posible de tratar a los heridos, para estar aquí, ante las estatuas, las cuales no sabía si atreverse a moverlas, por miedo a dañarlas. Pensaba en que quizás de dejarlas aquí, podrían erigir un santuario a su alrededor, que vieran como la civilización de una nueva ciudad prosperara a su alrededor…Pero tampoco estaba segura de poder o deber hacer eso, lo que sabía era que no iba a dejarlas ahí, a la intemperie, abandonadas por segunda vez.



- Vellamorte – Llamo a su capitana – Ordenad desmontar la carpa de su santidad y que se monte aquí. No dejaremos a su santidad y sus eminencias al amparo de los elementos.



Cerro los ojos esperando un mensaje de las Furias, quizás una señal de su diosa y mientras esperaba, recordó.



Todo había empezado hace meses, Lohezet ya se movía por los pantanos, los dragones se mostraban inquietos por los cielos, sabedores de que algo se aproximaba y aun antes, todo había empezado antes, pero por suerte para ella, no sabía la profundidad del asunto, ni ahora ni mucho menos entonces.



Para Arianne, todo esto empezó con los dragones, con una en particular que se había autoproclamado reina. La Syndar había sido nombrada consejera del Trueno, el consejo de gobierno al servicio de la dragona azul que ahora reinaba en Amn, no obstante, no duro demasiado en el cargo, pues cuando se le exigió luchar en la guerra civil que se había desatado en el norte, se negó y por ende fue desterrada. Aun así, lucho contra Murann en Imnescar, pero la ciudad fue arrasada, los muranies trabajaron a conciencia para no dejar ni el recuerdo. Después de eso, llego la comandancia del ejército dorado y no hubo descanso.



Acabar luchando junto a los muranies, aquellos que habían arrasado Imnescar y antes de eso asaltado la ciudad sagrada de Caravasar, fue algo insólito, pero inevitable. Ella no era un corazón bondadoso, pero le costaba odiar, había sido criada de forma muy particular, pudiendo comprender el por qué los demás hacían las cosas, veía la lógica desde los distintos puntos de vista y comprendía las acciones que esta desencadenaba. Junto a los muranies marcho, a pesar de que sus hombres fueran retenidos para comprometer su ayuda, ella se mantuvo firme, encabezo a sus tropas y se enfrentó a Lohezet en su torre para así poder entregar a los genios de Caravasar una de las piezas necesarias para forjar la Dragonlance, el martillo de Kharas.



Las tropas marcharon al este, ella a saltos entre la marcha y el campamento de la alianza al norte. Defender posiciones, heridos, atacar un dragón Blanco, derrotar a los caballeros de la Rosa Negra, Soth…No hubo tiempo para sentarse.



Al final todo conducía al este, a este momento. Plantada en la nieve, sin celebrar la victoria miraba en silencio al frente y mientras la ceniza se acumulaba sobre las estatuas de oro, avanzo lentamente hasta Sarguina, la Moneda sagrada. Se despojó de su capa de piel de león y se arrodillo ante la estatua a su misma altura, coloco la capa sobre los hombros de la sacerdotisa suprema de su fe y dijo.



- Estaréis pasando frio su santidad.

Entonces espero, espero por un mensaje de las Furias, por un mensaje divino o simplemente a congelarse en la nieve, como una estatua más, pero indigna del dorado.

 

El Espino Blanco

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La guerra podía haber acabado, pero el trabajo, eso no se acaba. Bueno, la guerra podría acabar con el trabajo, después de todo esta última guerra podría haber acabado con todo.



Al menos un respiro…



Acabadas las ceremonias en Kezculla por los caídos del waukinar, tocaba el retorno a casa y a la nueva rutina de una iglesia sin líder. Una tenebrosa realidad para Arianne, pero una fantástica oportunidad para muchos. Cuando cruzo la puerta de su hogar “Reposo Aurífero” fue recibida por su servicio que se alegraban de tener a la señora de vuelta en casa. Con una sonrisa cansada se excusó para poder hacer lo que llevaba esperando un tiempo…Tirarse sobe su mullida cada y dormir.



Cuando despertó tras vete tú a saber cuántas horas, tomo un largo baño de agua casi hirviendo y se deleitó en la simpleza de tener tiempo de sobra para arreglarse y acicalarse. Mientras decidía que vestido luciría ese día se fijó en una caja finamente grabada que había guardado con celo cuidado. La tomo y abrió la tapa para contemplar su contendió, allí el regalo de Velastra seguía esperando por ella, por quien había sido forjado.



Con solemnidad y cariño tomo la corona que coloco sobre su testa para luego mirarse en el espejo y acabar por sonreír, recordando días pasados, mostrando un mundo nuevo a los ojos de una divinidad.



Era una pieza hermosa, terriblemente bella…La duda era si reverenciarla y solo lucirla en ocasiones especiales o convertirla en una pieza imprescindible de su atuendo.



Sea como fuera hoy la luciría y ya mañana…Se vería, por suerte, ahora tenían un mañana asegurado.


 

El Espino Blanco

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No es que le desagradara estar en Caravasar, pero desde luego tenia su parte mala. A pesar de ser bienvenida era como estar de prestado, no era su templo, aunque había servido allí muchos años, bajo la supervisión de su madrina Valah Olehm, era su hija Karla la que ahora ocupaba el cargo tras la muerte de su madre en la guerra. Ese era el otro problema, Caravasar le olía a derrota, a perdida y a fracaso, Waukin en persona piso esa tierra y encargo a su clero mantener la paz allí, pero ahora eran extraños de otro plano quienes reinaban la ciudad.

A pesar de todos los contras, el destino o la providencia divina le había llevado el caso de Teris, el mas grave que jamas había atendido y posiblemente la sobrepasara, pero había jurado atenderla y hacer lo posible, por ello se había trasladado al templo para tenerla vigilada en busca de nuevos síntomas o gravamen de los que ya conocía.

Mantenía un tratamiento para alejarla de la muerte, tratando de que recuperara fuerzas en vistas de una posible operación que acabara por decidir si se recuperaba o no, los dones de la Aurisima ayudaban en la tarea, pero ella era solo una mortal, una sierva y tenia sus limitaciones a la hora de canalizar el poder superior.

Pasarían días hasta que todo fuera mas claro, hasta que la suerte o el destino de Teris hablaran.


 

El Espino Blanco

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El regreso de la peregrina

Dos años después

Durante dos años, Arianne Brillalba había vivido bajo un sol que parecía no conocer la misericordia.

Chult no era Amn.

En Amn, el oro tenía un peso distinto. Se guardaba en cofres, se contaba con cuidado y se intercambiaba por favores, mercancías, tierras y poder. En Chult, en cambio, una moneda de oro podía no significar nada y valer tan poco que tus bolsillos permanecieran llenos una vez hubieras muerto.

Allí había aprendido que la riqueza no siempre se medía en monedas. A veces se medía en agua, en comida, en una caravana que conseguía regresar con vida, en el precio que un mercader estaba dispuesto a pagar para que una familia pudiera pasar el invierno, y, sobre todo, en aquello que uno estaba dispuesto a entregar sin esperar nada a cambio.

Durante dos años había predicado la palabra de Waukeen entre exploradores, mercaderes, aventureros, colonos y tribus que apenas conocían el nombre de la diosa. Había levantado pequeños altares junto a los caminos, bendecido caravanas antes de adentrarse en la jungla, celebrado funerales bajo árboles gigantescos mientras la lluvia golpeaba las hojas como tambores, negociado con mercaderes que pretendían cobrar precios abusivos por el agua y había descubierto algo que jamás le habían enseñado en los templos de Amn:

la riqueza de Waukeen no pertenecía únicamente a quienes tenían oro.

También pertenecía a quien compartía el último mendrugo de pan, a quien pagaba justamente a sus trabajadores,a quien ayudaba a levantar un puesto después de una tormenta, a quien protegía una caravana sin exigir una recompensa…

La fe de Arianne había cambiado y ahora regresaba a casa.




El barco apareció frente a la costa de Amn al amanecer. Arianne permanecía en la cubierta, apoyada sobre la borda. El viento del mar agitaba su cabello negro, recogido en aquella familiar cola alta que llevaba desde hacía años. Su piel estaba más tostada que cuando se marchó. Tenía algunas pequeñas cicatrices en las manos y una marca apenas visible junto a la ceja. Su túnica blanca y dorada estaba gastada por el viaje.Ya no parecía la vestimenta impecable de una sacerdotisa recién salida de un templo.Parecía la ropa de alguien que había recorrido medio mundo.

Sobre su pecho descansaba el símbolo de Waukeen. Una moneda de oro. Arianne la sostuvo entre los dedos.

—Hogar.

La palabra salió de sus labios casi como una plegaria. A lo lejos comenzaron a aparecer las torres de Athkatla. La ciudad de los mercaderes. La ciudad de las monedas. La ciudad que había aprendido a amar y odiar a partes iguales.

Durante unos instantes, Arianne simplemente contempló el horizonte. Habían pasado dos años. Dos años desde la última vez que había visto sus murallas. Dos años desde que había abandonado Amn con una pequeña bolsa, unas pocas monedas y la convicción de que podía llevar la palabra de Waukeen hasta los confines del mundo.

Ahora regresaba con mucho menos oro del que llevaba cuando se marchó. Pero sonrió. Porque sabía que volvía con algo mucho más valioso. Experiencia.




Cuando el barco atracó, Arianne bajó por la pasarela sin escolta. No llevaba séquito. No llevaba soldados. No llevaba carruaje. Solo una mochila, su símbolo sagrado y un pequeño bastón de viaje.

Durante unos segundos nadie pareció reconocerla. Era comprensible. La sacerdotisa que había partido de Athkatla dos años atrás era una muchacha. La mujer que regresaba era diferente.

Un viejo comerciante que vendía especias se quedó mirándola. Entrecerró los ojos.

—¿Arianne?

Ella se detuvo. El hombre abrió mucho los ojos.

—¡Por Waukeen!

Varias personas se giraron.

—¡Es Arianne Brillalba!

El rumor recorrió el puerto como el viento. Arianne sonrió.

—Propero dia

El viejo comerciante se acercó rápidamente.

—¿Dónde demonios has estado?

Arianne levantó una ceja.

—En Chult.

—Eso lo sé. Pero...

El hombre la miró de arriba abajo.

—¿Has sobrevivido allí dos años?

Arianne sonrió.

—Con ayuda de Waukeen.

—¿Y cuánto oro has traído?

Ella se quedó pensativa. Después abrió su bolsa y dejó caer unas pocas monedas sobre la palma.

El comerciante soltó una carcajada.

—¡Eso no es una fortuna!

—No.

Arianne guardó las monedas.

—Pero conseguí que tres caravanas llegaran a salvo. Ayudé a construir un puesto comercial. Conseguí que dos mercaderes dejaran de estafar a los colonos. Y enseñé a una docena de niños a llevar las cuentas de sus negocios.

El hombre la observó en silencio. Arianne sonrió.

—Creo que Waukeen estará satisfecha.




Athkatla no había cambiado. Y, al mismo tiempo, había cambiado completamente. Las calles seguían llenas de comerciantes. Los vendedores gritaban sus ofertas. Los carros atravesaban las avenidas. Los nobles paseaban escoltados. Los mendigos extendían las manos. Las monedas cambiaban de dueño cada segundo.Pero Arianne lo veía todo con otros ojos.

Se detuvo frente a un pequeño puesto de frutas. Una niña intentaba negociar con el vendedor.

—Solo tengo tres cobres.

—Entonces solo puedes llevarte una manzana.

La niña bajó la cabeza. Arianne se acercó.

—¿Cuánto cuesta la cesta?

El vendedor la miró.

—Cinco platas.

Arianne sacó las monedas.

—Te doy un danther

El hombre sonrió.

—¿Y qué quieres a cambio?

Arianne señaló a la niña.

—Que le des la cesta.

El vendedor se quedó sorprendido.

—Eso no es un negocio.

Arianne sonrió.

—Claro que lo es.

Se inclinó hacia la niña.

—¿Cómo te llamas?

—Mira.

—Mira, ¿quieres aprender a vender fruta?

La pequeña asintió.

—Entonces empieza por llevarte esa cesta.

Arianne se incorporó.

—Y recuerda algo: nunca dejes que nadie te convenza de que ganar dinero y ser buena persona son cosas incompatibles.

El vendedor sonrió.

—Hablas como una auténtica sacerdotisa de Waukeen.

Arianne acarició la moneda dorada de su pecho.

—Intento hacerlo.




Al caer la tarde, llegó al Paseo de Waukin.

Arianne se detuvo al principio de la avenida. Durante unos instantes no pudo avanzar. Los estandartes blancos y dorados ondeaban sobre las calles. Las monedas de oro con el rostro de Waukeen decoraban las fachadas. Los comerciantes discutían precios. Los sacerdotes caminaban entre los puestos. Las campanas del templo sonaban a lo lejos.

Arianne cerró los ojos. Recordó cómo era antes de marcharse. Recordó a la joven que había partido hacia Chult convencida de que conocía el significado de la fe. Después abrió los ojos.

—No sabía nada.

Una voz respondió detrás de ella.

—Eso suele ocurrir cuando uno es joven.

Arianne se giró. Una anciana sacerdotisa la observaba. Arianne tardó unos segundos en reconocerla.

—Hermana Elira.

La anciana sonrió.

—Pensábamos que habías muerto.

—Yo también, algunas veces.

Ambas rieron. Entonces Elira la abrazó. Arianne cerró los ojos. Por primera vez desde que había regresado, permitió que las emociones la alcanzaran. Había echado de menos aquello. El olor de Athkatla. Las campanas. Las voces. El bullicio. Su gente. Su hogar.

Cuando se separaron, Elira observó su rostro.

—Has cambiado.

Arianne sonrió.

—Chult hace eso.

—¿Y tu fe?

Arianne miró la moneda dorada.

—También.

Elira esperó.

Arianne continuó:

—Antes pensaba que servir a Waukeen significaba enseñar a la gente a prosperar.

Miró el mercado.

—Ahora creo que significa enseñarles que nadie debería prosperar a costa de destruir a los demás.

La anciana sonrió.

—Entonces realmente has vuelto.




Aquella noche, Arianne subió las escaleras del templo. No anunció su llegada. No pidió recibir honores. Simplemente entró. El interior estaba iluminado por cientos de velas. El oro de los altares reflejaba la luz. Arianne caminó hasta la estatua de Waukeen. Se arrodilló. Durante un largo rato permaneció en silencio. Finalmente sacó una pequeña bolsa de cuero. Dentro había una única moneda. No era especialmente valiosa. Estaba arañada y ennegrecida.

Arianne la colocó frente al altar.

—Esta fue la primera moneda que me entregaron en Chult.

Respiró profundamente.

—Un niño me la dio después de ayudar a su familia a reparar su puesto.

Miró la estatua.

—Me dijo que Waukeen debía tener una moneda de allí.

Arianne sonrió.

—Así que te la traigo.

Permaneció unos segundos en silencio.

—He vuelto a casa.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Pero no soy la misma mujer que se marchó.

Arianne apoyó la frente contra sus manos.

—Enséñame qué debo hacer ahora.

Las llamas de las velas temblaron. Una corriente de aire atravesó el templo. Y durante un instante, una de las monedas del altar produjo un sonido claro y delicado.

Clin.

Arianne levantó la cabeza. Sonrió.

—Entendido.

Se puso en pie. Afuera, Athkatla seguía despierta. Miles de monedas cambiaban de manos. Miles de negocios comenzaban y terminaban. Miles de personas buscaban fortuna.Y, entre ellas, caminaba una joven sacerdotisa que había regresado de la jungla.

Arianne Brillalba había partido de Athkatla buscando llevar la palabra de Waukeen al mundo. Había regresado comprendiendo algo mucho más importante.

No había ido a Chult para enseñar a otros qué significaba la riqueza.Había ido allí para descubrirlo ella misma.

Y ahora, después de dos años, estaba de nuevo en casa.Pero algo le decía que su verdadera aventura acababa de comenzar.


 

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