Ilyndrathil
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Érase una vez...
Crecí oyendo cuentos sobre caballeros, épicas hazañas, grandes gestas y luchas contra dragones. Siempre adoré esa clase de historias, dónde el amor triunfaba sobre cada adversidad y fortalecía a los protagonistas. Supongo que me sacaban de la rutina de mi vida. Pasé mis primeros dieciséis años en Cormyr, nacido en una familia humilde, de granjeros, y siempre dediqué mi vida al campo. Era ingenuo e impresionable. Lo sigo siendo en realidad.
Un día llegó a mi aldea un joven encantador. A pesar de describirlo como “joven” lo cierto es que aún a día de hoy no podría precisar su edad. Debía superar la veintena, eso seguro, pero no sé si llegaría a la treintena o la superaría con creces. En su rostro apenas se marcaba el paso del tiempo, pero a la vez trasmitía una cierta sabiduría que solo da la edad. Tenía también un aire magnético, atrayente y encantador.
El extranjero se presentó como Lucius. Decía venir del este. Sus rasgos exóticos parecían corroborar su testimonio. Su cabello era negro, aunque puedo jurar que desprendía ciertos brillos rojizos a la luz adecuada. Su apariencia en general era bastante delicada, lo que unido a esa especie de atemporalidad que lo rodeaba me llevaba a pensar que quizá era semielfo.
Lucius se hospedó en nuestra granja. En la aldea en que vivía no había una posada, lo más parecido era la tasca de Ulrich, donde los jornaleros nos reuníamos para compartir momentos y para beber después del día de trabajo. Pero él no alquilaba habitaciones. Toda su casa ya estaba bastante abarrotada con los dos hijos de su primer matrimonio, su segunda esposa, Margort, y los tres hijos que tuvo posteriormente con ella.
Nosotros sí teníamos algo de espacio desde que Olgarth, mi hermano mayor, se mudara a la cabaña que dos años antes le construimos entre todos tras su boda con Ryndala. Por lo tanto, era natural que lo acogiésemos. En ese entonces, a pesar de las penurias propias de la vida humilde, éramos una comunidad fuerte y unida. Pero eso iría cambiando en los meses subsiguientes.
Al principio nadie lo relacionó con el extranjero. Algunas reses murieron, algunos cultivos empezaron a echarse a perder, las redes de pesca estaban cada vez menos llenas… quizá incluso la leche se cortaba más de lo esperado. Incluso en el presente dudo que la presencia de Lucius influyera en nada de eso, pero no negaré que, en su momento, llegué a pensarlo. La gente rápidamente buscó un culpable para la “desdicha” que nos asolaba, y por supuesto lo único que pudieron deducir fue que todo empezó a ir mal desde que el extranjero se alojó con nosotros.
Lo que la gente no había notado respecto a la llegada del extranjero era cómo sí que había ido ejerciendo algún efecto sobre mí. Desde que llegó cautivó por completo mi atención. Trataba de enseñarle todo mi pequeño mundo, pasaba cuanto tiempo podía a su lado y me esforzaba más que nadie cuando él observaba, todo por tratar de captar su atención del mismo modo en que él captaba la mía. He de decir que siempre fue encantador y amable. Ahora pienso en lo ridículo que debía resultarle que un joven imberbe y de campo actuase así, pero nunca lo demostró. Escuchaba todo cuanto le decía y nunca me hizo sentir inferior.
A lo largo de las decanas que pasó con nosotros, nuestros encuentros fueron tornando más íntimos. Nunca antes experimenté emociones como las que sentí cuando estaba a su lado. Anhelaba quedarnos a solas, que me mostrara su afecto, que acompañase mis intentos por resultarle interesante con su risa clara y cristalina… y debo decir que a día de hoy aún lo añoro.
Pero regresemos al punto de inflexión. A la par que yo me enamoraba perdidamente, el resto de aldeanos parecían reprimir cada vez más su odio hacia Lucius. Él empezó también a comentarme que no pasaría mucho tiempo antes de que partiese. Imagino que también se percataba del ánimo general. A pesar de todo no tuvo tiempo de llevar a cabo estos planes antes de la fatídica noche en que la aldea fue atacada. Una partida de orcos, solo los dioses saben de dónde, pareció haber decidido que almacenábamos suficiente comida como para que mereciera la pena calcinarnos a todos y llevarse lo poco que lograran rescatar de las cenizas.
Las casas más alejadas de la costa fueron las primeras en arder. La campana de la ermita tañó con fuerza y todos quedamos avisados de la calamidad que se cernía sobre nosotros. Mi padre nos conminó a Nathla, mi hermana menor, a Lucius y a mí a que nos ocultásemos en la bodega mientras él cogía una ballesta para ayudar a defender la aldea. No pasarían ni diez minutos antes de que no pudiera soportar mi encierro. No podía quedarme de brazos cruzados mientras mi padre daba su vida. Salí y me dirigí corriendo hacia las afueras. Lucius me dijo que no debía exponerme al peligro, pero no lo escuché. Si acaso, sus advertencias me llenaron de una especie de orgullo. Quizá pensé que era mi ocasión de demostrarle de qué estaba hecho. Al decir esto parece que yo era un joven aguerrido y fuerte, pero nada de eso. Tan solo me movían mi inconsciencia e ignorancia. Nunca fui fuerte, ni atlético, ni listo… siempre fui más bien una carga para los que me rodeaban.
Cuando estuve lo suficientemente cerca pude ver la carnicería. Mi padre, como tantos otros, estaba en el suelo, más allá de toda salvación. Los orcos ya ni luchaban, tan solo agarraban al campesino que tuvieran más a mano y comenzaban a divertirse con su sufrimiento. No llegaban a la decena, pero eran suficientes para matarnos a todos si no confiábamos en nuestra superioridad numérica. Tomé la ballesta del cuerpo de mi padre sin poder mirar su rostro, reducido a un amasijo de sangre. Apunté al orco que alzaba a Ivarn, uno de los hijos de Ulrich, y lo amenacé con disparar. La criatura se giró hacia mí con una mueca de arrogancia. Arrojó a Ivarn con desdén y comenzó a hablar con los suyos en una lengua que no entendí. Comenzó a avanzar lentamente hacia mí. Apresté la ballesta, preparándome a disparar. Las lágrimas en mis ojos me impedían ver con claridad, pero aun así debía hacer algo… era injusto que todo acabara así. Nadie de mi aldea merecía este final…
Finalmente, la ballesta resbaló de mis manos. La fuerza de las piernas me falló. La cabeza me daba vueltas, incapaz de asimilar el destino que me esperaba. El orco rio… y luego fue alcanzado por un haz de luz escarlata y negro que venía de detrás de mí. Su mueca de incredulidad y horror se entremezcló con una de dolor y cayó al suelo, prácticamente fulminado. Miré hacia atrás y vi a Lucius.
La situación fue bastante caótica y no puedo recordarla con claridad. Sé que los orcos dejaron sus juegos macabros viéndose ante un verdadero adversario. Pronunciando extrañas palabras Lucius hizo que los orcos sintieran el mismo miedo que ellos habían provocado en nosotros. Se movía con elegancia y resultaba mortal para nuestros asaltantes. Para cuando se congregaron los aldeanos que estaban dispuestos a luchar ya no había orcos a los que abatir.
A mis ojos, Lucius había sido nuestro salvador, pero los demás no lo miraban así. Estaban horrorizados. “¡Brujo!” gritó Jalessa, la anciana sacerdotisa que había dado la alarma desde la ermita. Él los ignoró y se dirigió hacia mí, ayudándome a ponerme en pie. No me cabía duda de que la gente lo incriminaba con razón, pero nos había salvado… ¿o me había salvado solo a mí?
Entonces alguien arrojó una piedra hacia él. Sin prestarle atención, la roca pareció rebotar con una especie de oscuridad que parecía envolverlo. Si hubieran sabido nuestra historia no se habrían sorprendido tanto cuando me puse delante de él, tratando de evitar a la turba. Les grité con toda la fuerza que pude. Estaban equivocados. Entonces comenzaron las acusaciones. Para el resto del mundo, Lucius no era nuestro salvador. Era la causa del infortunio que nos asolaba. Era la causa de cualquier contratiempo que nos atormentase… Y era la causa del reciente ataque a la aldea. Me miró antes de decirles al resto que se marcharía. No deseaba problemas. Y así lo hizo. Por arte de magia pareció desvanecerse… Y yo sentí mi corazón quebrarse.
El Comienzo del Viaje
Mi mundo estaba destrozado. Hacía unos 5 años que sólo éramos mi padre, Nathla y yo en la casa. Ahora padre había muerto, así como muchos otros durante el ataque orco. Pero lo peor era que, aún así, lo que más me partía el corazón era la desaparición de Lucius. Tampoco me ayudaba la suspicacia con la que nos miraban los supervivientes a mi familia y a mí. Éramos sus vecinos desde hacía mucho, pero no podían más que culpar a mi padre por haber “traído la desgracia” al alojar al extranjero. Supongo que al desaparecer él, todo el dolor debía descargarse en otra persona.
Durante el siguiente año la vida pareció acelerarse para mí. Sentía que cualquier cosa era un muro infranqueable. Cada día luchaba para despertar y ayudar a mis hermanos en las labores. Cada día luchaba para enfrentar las miradas de miedo y rencor del resto de vecinos… cada maldito día. Tanto Nathla como yo nos alojamos en casa de Olgarth y su esposa. Por fortuna ambos habían sobrevivido. Me sentía terrible por no estar agradecido de ello.
En esa época comencé también a soñar. Soñaba con poder. La mayoría de veces estaba en el ataque a la aldea y era yo quién lo repelía, como si fuera Lucius. Sentía una extraña fuerza recorrer mi interior y la proyectaba como haces de energía que atravesaban a mis enemigos. Podía manipular sus mentes e infundir miedo en sus corazones. Lo disfrutaba. Disfrutaba al torturar a nuestros atacantes. Disfrutaba viendo sus rostros retorcerse de dolor. Al principio sentí que esos sueños eran normales. Estaba dolido por la pérdida. Luego los sueños tornaron más oscuros. No solo eran orcos a los que atacaba, sino también la gente del pueblo, todos aquellos que por el día cuchicheaban a mis espaldas, que lanzaban miradas de odio o que peleaban entre ellos por razones absurdas… todos ellos morían una y otra vez en mis sueños. Entonces fue cuando comencé a asustarme por estos pensamientos.
Fue durante uno de estos sueños, mientras Jalessa se retorcía de dolor quedando doblada en posturas imposibles, cuando una voz conocida me despertó. Era Lucius. Al comienzo no supe si seguía soñando. Desee que fuera realidad, pero también desee que, en caso de ser un sueño, no despertase nunca más. Me secó las lágrimas que había comenzado a derramar inconscientemente y me dijo que iba a irse muy lejos. Quería despedirse apropiadamente de mí antes de eso, pues seguramente no volveríamos a vernos. Tras susurrarme estas noticias se acercó a la ventana de mi pequeño cuarto. “Llévame” fue todo cuanto atiné a decir. Salí del camastro casi a rastras y me agarré de los bajos de la túnica que llevaba, con el rostro en el suelo. Sollozaba como un niño recién nacido y seguía balbuceando… “llévame”.
Y así fue como empezó mi vida de aventurero con tan solo diecisiete años. Digo “aventurero”, pero eso solo era en teoría, pues en la práctica no hacía nada. Quien hablaba, quien emprendía búsquedas, quien decidía qué hacer, cómo o cuando, era siempre Lucius. Yo lo acompañaba en la mayoría de casos, pero en otros me dejaba en algún lugar seguro esperando a que él regresara. No me importaba. Era lógico.
A lo largo del tiempo que pasamos juntos, visitamos cantidad de lugares. Para mí el mundo siempre había sido minúsculo: mi pueblo y como mucho la ciudad cercana, cuando llevábamos algunos productos a la feria. Ahora se extendía ante mí un vasto mundo. Por desgracia no puedo decir que me fuera muy productivo. Casi siempre íbamos en barco y luego nos quedábamos en alguna ciudad… a la larga todas me parecían iguales.
Echando la vista atrás, no sé cómo no pasé miedo. La mera presencia de Lucy (como lo llamaba cariñosamente) me reconfortaba, pero ahora veo que podrían haber salido mal multitud de cosas. En aquel entonces lo que más temía era mi propia inutilidad. Sentía que no podía proteger a Lucy del mismo modo en que él me protegía a mí. Además, ¿qué habría pasado si un día no hubiera vuelto? A raíz de mis miedos, o eso creí en su momento, fueron regresando mis pesadillas. Esta vez no se trataba de fantasías de poder respecto al ataque de mi aldea… eran escenarios de perdición en los que Lucius caía abatido por algún adversario desconocido. Lo veía morir en multitud de escenarios una y otra vez, y yo me quedaba ahí, impotente… débil… inútil. Una oscura figura tras de mí (o eso sentía, pues jamás vi a mi interlocutor) entonces me decía que podía hacer algo. Si lo deseaba de verdad, podría tener la misma fuerza que Lucius. Podría ser como él y ayudarlo a enfrentarse al mal de este mundo. Podríamos luchar juntos. Pero entonces me despertaba.
Yo no daba importancia a mis pesadillas hasta que un día Lucius me preguntó por ellas. La razón por la que él sabía de mis sueños es algo que solo puedo especular. Me tomó totalmente desprevenido esta pregunta, pero comencé a hablarle de mis miedos e inseguridades. Él me contó entonces parte de su historia. Me dijo cómo su familia había muerto en circunstancia terribles. Él lo presenció todo y esperaba ser el siguiente en morir cuando entonces alguien le propuso un trato y lo aceptó. Desde entonces comenzó a pulir sus habilidades mágicas. Era, ciertamente, un brujo. Yo no sabía mucho al respecto más que las típicas leyendas. Era gente que había forjado pactos con demonios, que les debían sus almas y que se dedicaban a hacer cosas terribles para satisfacer a sus amos. Pero Lucius no parecía así.
Tras esta confesión, Lucy comenzó a confiar más en mí. Me contaba a dónde iba o cuál era el trabajo que había aceptado. La mayoría de las veces buscaba a gente que había hecho algún mal por petición de los afectados. Quizá alguien había tomado a la hija de otra persona y ahora sus padres querían venganza. Puede que un prestamista avaro hubiera abusado y ahora sus deudores quisieran compensación por el dolor… Siempre eran esa clase de historias. Actualmente no sé si eran ciertas o no, pero prefiero pensar que sí. También comenzó a advertirme. Me dijo que era posible que yo, al viajar con él, estuviera teniendo estos sueños para instarme a formar un pacto similar, pero debía rechazarlo. Me dijo que el precio a pagar era demasiado grande y que, aunque ya era tarde para él, no lo era para mí. En esos momentos no podía evitar sentir una gran ira y frustración. ¿Qué podía hacer yo si no era rogar por la misma fuerza que él tenía? No podía luchar, no podía hacer magia del mismo modo que Lucius, los dioses jamás habrían oído mis plegarias… era completamente inútil. De hecho, no puedo encontrar un solo motivo lógico por el que me arrastraba con él. Yo no era más que una carga, un aldeano que solo lo retrasaba.
La Infancia Perdida
Estos viajes duraron varios años. Yo traté de hacer lo que pude para ser algo más que una carga. Practiqué tiro e intenté fortalecerme con la esperanza de poder ayudar a Lucius en su día a día a pesar de la carencia de ninguna clase de don o habilidad. Me familiaricé con el duro estilo de vida que llevábamos. A menudo teníamos que alejarnos de asentamientos, pues en multitud de lugares era demasiado peligroso arriesgarnos a que alguien sospechara de la naturaleza del poder de Lucius. Así aprendía a reunir comida de diferentes lugares cazando y forrajeando. Pensaba que al menos de este modo, cuando él regresaba a nuestro refugio de turno, podía tener algo de comida o que podría demostrarle que no era una carga. Siempre me lo agradecía.
El ritmo de vida de Lucy se había convertido en hábito para mí. Nos asentábamos en alguna zona rural y poco habitada de donde quiera que estuviésemos. Nos apropiábamos de alguna casa, refugio o cueva, o lo construíamos nosotros con nuestros pocos conocimientos. Normalmente mantenía totalmente en secreto dónde estábamos. Me decía que cuanta menos información tuviese al respecto, mejor. Pocas veces me relacionaba con otra gente de aldeas o ciudades, lo cual ayudaba a no darme pistas de la región en la que estábamos. En aquel entonces no me disgustaba esta forma de vivir y así prosiguió hasta que a la edad de 23 años mi vida volvió a cambiar.
Llevábamos desde Eleasías afincados en alguna región al sur de Puerta de Baldur (Algo que aprendería más tarde, cuando tuve que vérmelas con el mundo yo solo). Vivíamos en una cabaña abandonada que encontramos cerca de un bosque, cuando la vegetación ya comenzaba a espesar. Lucius había desaparecido al interior de la foresta para cumplir con un trabajo que tenía que hacer. Llevaba sin verlo tres días.
Era noche cerrada cuando oí los golpes en la puerta. Pensé que era Lucy, pero nada más lejos de la realidad. Al otro lado del umbral una criatura demoníaca me miraba con una cínica sonrisa. Era mitad hombre y mitad aberración, con la patas de un macho cabrío. Tenía grandes cuernos y dejaba entrever su malicia con todos sus actos. Me dijo que había pasado algo horrible con Lucius, pero que él era amigo suyo y venía a advertirme del peligro que corría. Al parecer se estaba enfrentando a un duro adversario y necesitaba mi ayuda. Sin pensarlo demasiado, tomé la ballesta y corrí siguiendo a la criatura.
Me condujo a través del bosque hasta el lugar dónde Lucy estaba batallando. Al parecer aún no era demasiado tarde. Una anciana decrépita se enfrentaba en un duelo de magia contra él, y quedaba claro quien saldría victorioso. Miré al demonio preocupado. Le rogué para que ayudase a Lucius, pero me dijo que no estaba en su mano. Solo yo podía hacerlo. Pero yo era, y sigo siendo, demasiado débil. Entonces me dijo que, si lo deseaba, él podía darme poder. No mentiré. Estuve muy tentado de aceptar su oferta. Quizá habría sido mejor. Pero no lo hice. No porque tuviera una gran fuerza de voluntad, sino porque en ese momento Lucius se percató de nuestra presencia. “¡No lo escuches!”, me gritó desesperado. La anciana miró también en nuestra dirección con una cruel sonrisa llena tan solo de dientes afilados y puntiagudos. Cargué mi ballesta ignorando a demonio y disparé. La anciana no dejó de sonreír en ningún momento. Con un gesto de desdén desvió el proyectil por arte de magia. Entonces sentí un tirón que me tiró al suelo. Las ramas y vegetación me habían rodeado a gran velocidad los pies y habían tirado de mí, dejándome colgado y a su merced. Sentí en mi mente la voz del demonio ofreciéndome aún la oportunidad de darme poder para salvarme a mí mismo y a Lucius.
La bruja entonces volvió su atención hacia Lucy y… asestó su golpe de gracia. Levantó con saña el bastón que tenía y con una fuerza sobrehumana lo dejó caer sobre el pecho de mi amado, atravesándolo por completo. Mi mundo se había roto en mil pedazos. Sé que grité, lloré y me revolví en mis ataduras. Había fallado. Debí haber aceptado el poder que ese demonio me ofrecía. Pero ahora era tarde. Ya no podría salvar a Lucius…
Pero, para mi sorpresa, fue la anciana la que, viendo mi dolor, me ofreció ahora otro trato. “Deseas que viva, ¿no? Yo puedo hacerlo. Pero habrás de decidirte rápido. ¿Qué estarías dispuesto a darme a cambio?”. Por supuesto, si Lucy me había advertido contra el demonio, también debería haber entendido que su advertencia se extendería a mi interlocutora, pero estaba desesperado. Le respondí dispuesto a dar mi propia vida a cambio de la de Lucy. Y eso hice. La anciana se dirigió a mí y pasó uno de sus retorcidos dedos a lo largo de mi pecho. Sentí su uña afilada atravesar mi corazón y salir con una especia de orbe brillante. Me sentí más débil que nunca. Luego la dirigió hacia Lucius. Esperé que se obraría un milagro. Creí que sus heridas se cerrarían mientras yo terminaba de apagarme y moría. Pero tampoco fue así. La bruja sacó un par de frascos. En uno encerró el orbe de luz que acaba de extraer de mí y el otro lo destapó apuntando con él al cuerpo de Lucy. Vi una especie de bruma surgir de su cadáver y quedar atrapada en el interior de esa segunda botella.
“Su alma vivirá aquí, en el interior de esa botella, y tu vida me será muy útil, humano” dijo la bruja mientras se alejaba riendo. Las plantas fueron aflojando su presa y caí al suelo.
Lloré desconsoladamente durante un tiempo que no podía precisar. Lucius estaba ahí, muerto a mis pies. Mis manos ahora estaban arrugadas y agrietadas. Aún no había visto hasta dónde llegaba la extensión de lo que quiera que me había hecho esa bruja, pero tampoco me importaba. La muerte me habría parecido más clemente. Y entonces regresó ese demonio. Me dijo que había hecho mal al no aceptar su ayuda. Le grité, me enfadé con él, le dije que debería haber ayudado a Lucius… pero ya no había nada que hacer.
No obstante, el demonio me dijo también que no todo estaba perdido. Si quería tener una posibilidad de salvarlo, aún podía aceptar su propuesta y viajar a La Ciudad de la Moneda. Eso fue lo que dijo. Pero volví a rechazarlo. Sentí que hubiera traicionado la memoria de Lucy si sencillamente ahora que no podía arreglar la situación hubiera aceptado su trato. Decidí que, aún sin ninguna clase de poder o habilidad especial, viajaría a La Ciudad de la Moneda por mis propios medios y trataría de ayudarlo. No sabía cómo y el demonio se negó a darme más información si no aceptaba sus condiciones, pero ya se me ocurriría algo una vez que llegase allí.
Así fue como tomé todo lo que pude de nuestro refugio y del cuerpo de mi amor con la resolución de llegar a Athkatla. Hice una humilde tumba antes de partir y luego marché. Llegué a la carretera de la costa y de allí pude unirme a una caravana de mercaderes que precisamente se dirigían a Athkatla. Era la segunda decana de Uktar cuando comencé mi propia búsqueda en las tierras de Amn.
Crecí oyendo cuentos sobre caballeros, épicas hazañas, grandes gestas y luchas contra dragones. Siempre adoré esa clase de historias, dónde el amor triunfaba sobre cada adversidad y fortalecía a los protagonistas. Supongo que me sacaban de la rutina de mi vida. Pasé mis primeros dieciséis años en Cormyr, nacido en una familia humilde, de granjeros, y siempre dediqué mi vida al campo. Era ingenuo e impresionable. Lo sigo siendo en realidad.
Un día llegó a mi aldea un joven encantador. A pesar de describirlo como “joven” lo cierto es que aún a día de hoy no podría precisar su edad. Debía superar la veintena, eso seguro, pero no sé si llegaría a la treintena o la superaría con creces. En su rostro apenas se marcaba el paso del tiempo, pero a la vez trasmitía una cierta sabiduría que solo da la edad. Tenía también un aire magnético, atrayente y encantador.
El extranjero se presentó como Lucius. Decía venir del este. Sus rasgos exóticos parecían corroborar su testimonio. Su cabello era negro, aunque puedo jurar que desprendía ciertos brillos rojizos a la luz adecuada. Su apariencia en general era bastante delicada, lo que unido a esa especie de atemporalidad que lo rodeaba me llevaba a pensar que quizá era semielfo.
Lucius se hospedó en nuestra granja. En la aldea en que vivía no había una posada, lo más parecido era la tasca de Ulrich, donde los jornaleros nos reuníamos para compartir momentos y para beber después del día de trabajo. Pero él no alquilaba habitaciones. Toda su casa ya estaba bastante abarrotada con los dos hijos de su primer matrimonio, su segunda esposa, Margort, y los tres hijos que tuvo posteriormente con ella.
Nosotros sí teníamos algo de espacio desde que Olgarth, mi hermano mayor, se mudara a la cabaña que dos años antes le construimos entre todos tras su boda con Ryndala. Por lo tanto, era natural que lo acogiésemos. En ese entonces, a pesar de las penurias propias de la vida humilde, éramos una comunidad fuerte y unida. Pero eso iría cambiando en los meses subsiguientes.
Al principio nadie lo relacionó con el extranjero. Algunas reses murieron, algunos cultivos empezaron a echarse a perder, las redes de pesca estaban cada vez menos llenas… quizá incluso la leche se cortaba más de lo esperado. Incluso en el presente dudo que la presencia de Lucius influyera en nada de eso, pero no negaré que, en su momento, llegué a pensarlo. La gente rápidamente buscó un culpable para la “desdicha” que nos asolaba, y por supuesto lo único que pudieron deducir fue que todo empezó a ir mal desde que el extranjero se alojó con nosotros.
Lo que la gente no había notado respecto a la llegada del extranjero era cómo sí que había ido ejerciendo algún efecto sobre mí. Desde que llegó cautivó por completo mi atención. Trataba de enseñarle todo mi pequeño mundo, pasaba cuanto tiempo podía a su lado y me esforzaba más que nadie cuando él observaba, todo por tratar de captar su atención del mismo modo en que él captaba la mía. He de decir que siempre fue encantador y amable. Ahora pienso en lo ridículo que debía resultarle que un joven imberbe y de campo actuase así, pero nunca lo demostró. Escuchaba todo cuanto le decía y nunca me hizo sentir inferior.
A lo largo de las decanas que pasó con nosotros, nuestros encuentros fueron tornando más íntimos. Nunca antes experimenté emociones como las que sentí cuando estaba a su lado. Anhelaba quedarnos a solas, que me mostrara su afecto, que acompañase mis intentos por resultarle interesante con su risa clara y cristalina… y debo decir que a día de hoy aún lo añoro.
Pero regresemos al punto de inflexión. A la par que yo me enamoraba perdidamente, el resto de aldeanos parecían reprimir cada vez más su odio hacia Lucius. Él empezó también a comentarme que no pasaría mucho tiempo antes de que partiese. Imagino que también se percataba del ánimo general. A pesar de todo no tuvo tiempo de llevar a cabo estos planes antes de la fatídica noche en que la aldea fue atacada. Una partida de orcos, solo los dioses saben de dónde, pareció haber decidido que almacenábamos suficiente comida como para que mereciera la pena calcinarnos a todos y llevarse lo poco que lograran rescatar de las cenizas.
Las casas más alejadas de la costa fueron las primeras en arder. La campana de la ermita tañó con fuerza y todos quedamos avisados de la calamidad que se cernía sobre nosotros. Mi padre nos conminó a Nathla, mi hermana menor, a Lucius y a mí a que nos ocultásemos en la bodega mientras él cogía una ballesta para ayudar a defender la aldea. No pasarían ni diez minutos antes de que no pudiera soportar mi encierro. No podía quedarme de brazos cruzados mientras mi padre daba su vida. Salí y me dirigí corriendo hacia las afueras. Lucius me dijo que no debía exponerme al peligro, pero no lo escuché. Si acaso, sus advertencias me llenaron de una especie de orgullo. Quizá pensé que era mi ocasión de demostrarle de qué estaba hecho. Al decir esto parece que yo era un joven aguerrido y fuerte, pero nada de eso. Tan solo me movían mi inconsciencia e ignorancia. Nunca fui fuerte, ni atlético, ni listo… siempre fui más bien una carga para los que me rodeaban.
Cuando estuve lo suficientemente cerca pude ver la carnicería. Mi padre, como tantos otros, estaba en el suelo, más allá de toda salvación. Los orcos ya ni luchaban, tan solo agarraban al campesino que tuvieran más a mano y comenzaban a divertirse con su sufrimiento. No llegaban a la decena, pero eran suficientes para matarnos a todos si no confiábamos en nuestra superioridad numérica. Tomé la ballesta del cuerpo de mi padre sin poder mirar su rostro, reducido a un amasijo de sangre. Apunté al orco que alzaba a Ivarn, uno de los hijos de Ulrich, y lo amenacé con disparar. La criatura se giró hacia mí con una mueca de arrogancia. Arrojó a Ivarn con desdén y comenzó a hablar con los suyos en una lengua que no entendí. Comenzó a avanzar lentamente hacia mí. Apresté la ballesta, preparándome a disparar. Las lágrimas en mis ojos me impedían ver con claridad, pero aun así debía hacer algo… era injusto que todo acabara así. Nadie de mi aldea merecía este final…
Finalmente, la ballesta resbaló de mis manos. La fuerza de las piernas me falló. La cabeza me daba vueltas, incapaz de asimilar el destino que me esperaba. El orco rio… y luego fue alcanzado por un haz de luz escarlata y negro que venía de detrás de mí. Su mueca de incredulidad y horror se entremezcló con una de dolor y cayó al suelo, prácticamente fulminado. Miré hacia atrás y vi a Lucius.
La situación fue bastante caótica y no puedo recordarla con claridad. Sé que los orcos dejaron sus juegos macabros viéndose ante un verdadero adversario. Pronunciando extrañas palabras Lucius hizo que los orcos sintieran el mismo miedo que ellos habían provocado en nosotros. Se movía con elegancia y resultaba mortal para nuestros asaltantes. Para cuando se congregaron los aldeanos que estaban dispuestos a luchar ya no había orcos a los que abatir.
A mis ojos, Lucius había sido nuestro salvador, pero los demás no lo miraban así. Estaban horrorizados. “¡Brujo!” gritó Jalessa, la anciana sacerdotisa que había dado la alarma desde la ermita. Él los ignoró y se dirigió hacia mí, ayudándome a ponerme en pie. No me cabía duda de que la gente lo incriminaba con razón, pero nos había salvado… ¿o me había salvado solo a mí?
Entonces alguien arrojó una piedra hacia él. Sin prestarle atención, la roca pareció rebotar con una especie de oscuridad que parecía envolverlo. Si hubieran sabido nuestra historia no se habrían sorprendido tanto cuando me puse delante de él, tratando de evitar a la turba. Les grité con toda la fuerza que pude. Estaban equivocados. Entonces comenzaron las acusaciones. Para el resto del mundo, Lucius no era nuestro salvador. Era la causa del infortunio que nos asolaba. Era la causa de cualquier contratiempo que nos atormentase… Y era la causa del reciente ataque a la aldea. Me miró antes de decirles al resto que se marcharía. No deseaba problemas. Y así lo hizo. Por arte de magia pareció desvanecerse… Y yo sentí mi corazón quebrarse.
El Comienzo del Viaje
Mi mundo estaba destrozado. Hacía unos 5 años que sólo éramos mi padre, Nathla y yo en la casa. Ahora padre había muerto, así como muchos otros durante el ataque orco. Pero lo peor era que, aún así, lo que más me partía el corazón era la desaparición de Lucius. Tampoco me ayudaba la suspicacia con la que nos miraban los supervivientes a mi familia y a mí. Éramos sus vecinos desde hacía mucho, pero no podían más que culpar a mi padre por haber “traído la desgracia” al alojar al extranjero. Supongo que al desaparecer él, todo el dolor debía descargarse en otra persona.
Durante el siguiente año la vida pareció acelerarse para mí. Sentía que cualquier cosa era un muro infranqueable. Cada día luchaba para despertar y ayudar a mis hermanos en las labores. Cada día luchaba para enfrentar las miradas de miedo y rencor del resto de vecinos… cada maldito día. Tanto Nathla como yo nos alojamos en casa de Olgarth y su esposa. Por fortuna ambos habían sobrevivido. Me sentía terrible por no estar agradecido de ello.
En esa época comencé también a soñar. Soñaba con poder. La mayoría de veces estaba en el ataque a la aldea y era yo quién lo repelía, como si fuera Lucius. Sentía una extraña fuerza recorrer mi interior y la proyectaba como haces de energía que atravesaban a mis enemigos. Podía manipular sus mentes e infundir miedo en sus corazones. Lo disfrutaba. Disfrutaba al torturar a nuestros atacantes. Disfrutaba viendo sus rostros retorcerse de dolor. Al principio sentí que esos sueños eran normales. Estaba dolido por la pérdida. Luego los sueños tornaron más oscuros. No solo eran orcos a los que atacaba, sino también la gente del pueblo, todos aquellos que por el día cuchicheaban a mis espaldas, que lanzaban miradas de odio o que peleaban entre ellos por razones absurdas… todos ellos morían una y otra vez en mis sueños. Entonces fue cuando comencé a asustarme por estos pensamientos.
Fue durante uno de estos sueños, mientras Jalessa se retorcía de dolor quedando doblada en posturas imposibles, cuando una voz conocida me despertó. Era Lucius. Al comienzo no supe si seguía soñando. Desee que fuera realidad, pero también desee que, en caso de ser un sueño, no despertase nunca más. Me secó las lágrimas que había comenzado a derramar inconscientemente y me dijo que iba a irse muy lejos. Quería despedirse apropiadamente de mí antes de eso, pues seguramente no volveríamos a vernos. Tras susurrarme estas noticias se acercó a la ventana de mi pequeño cuarto. “Llévame” fue todo cuanto atiné a decir. Salí del camastro casi a rastras y me agarré de los bajos de la túnica que llevaba, con el rostro en el suelo. Sollozaba como un niño recién nacido y seguía balbuceando… “llévame”.
Y así fue como empezó mi vida de aventurero con tan solo diecisiete años. Digo “aventurero”, pero eso solo era en teoría, pues en la práctica no hacía nada. Quien hablaba, quien emprendía búsquedas, quien decidía qué hacer, cómo o cuando, era siempre Lucius. Yo lo acompañaba en la mayoría de casos, pero en otros me dejaba en algún lugar seguro esperando a que él regresara. No me importaba. Era lógico.
A lo largo del tiempo que pasamos juntos, visitamos cantidad de lugares. Para mí el mundo siempre había sido minúsculo: mi pueblo y como mucho la ciudad cercana, cuando llevábamos algunos productos a la feria. Ahora se extendía ante mí un vasto mundo. Por desgracia no puedo decir que me fuera muy productivo. Casi siempre íbamos en barco y luego nos quedábamos en alguna ciudad… a la larga todas me parecían iguales.
Echando la vista atrás, no sé cómo no pasé miedo. La mera presencia de Lucy (como lo llamaba cariñosamente) me reconfortaba, pero ahora veo que podrían haber salido mal multitud de cosas. En aquel entonces lo que más temía era mi propia inutilidad. Sentía que no podía proteger a Lucy del mismo modo en que él me protegía a mí. Además, ¿qué habría pasado si un día no hubiera vuelto? A raíz de mis miedos, o eso creí en su momento, fueron regresando mis pesadillas. Esta vez no se trataba de fantasías de poder respecto al ataque de mi aldea… eran escenarios de perdición en los que Lucius caía abatido por algún adversario desconocido. Lo veía morir en multitud de escenarios una y otra vez, y yo me quedaba ahí, impotente… débil… inútil. Una oscura figura tras de mí (o eso sentía, pues jamás vi a mi interlocutor) entonces me decía que podía hacer algo. Si lo deseaba de verdad, podría tener la misma fuerza que Lucius. Podría ser como él y ayudarlo a enfrentarse al mal de este mundo. Podríamos luchar juntos. Pero entonces me despertaba.
Yo no daba importancia a mis pesadillas hasta que un día Lucius me preguntó por ellas. La razón por la que él sabía de mis sueños es algo que solo puedo especular. Me tomó totalmente desprevenido esta pregunta, pero comencé a hablarle de mis miedos e inseguridades. Él me contó entonces parte de su historia. Me dijo cómo su familia había muerto en circunstancia terribles. Él lo presenció todo y esperaba ser el siguiente en morir cuando entonces alguien le propuso un trato y lo aceptó. Desde entonces comenzó a pulir sus habilidades mágicas. Era, ciertamente, un brujo. Yo no sabía mucho al respecto más que las típicas leyendas. Era gente que había forjado pactos con demonios, que les debían sus almas y que se dedicaban a hacer cosas terribles para satisfacer a sus amos. Pero Lucius no parecía así.
Tras esta confesión, Lucy comenzó a confiar más en mí. Me contaba a dónde iba o cuál era el trabajo que había aceptado. La mayoría de las veces buscaba a gente que había hecho algún mal por petición de los afectados. Quizá alguien había tomado a la hija de otra persona y ahora sus padres querían venganza. Puede que un prestamista avaro hubiera abusado y ahora sus deudores quisieran compensación por el dolor… Siempre eran esa clase de historias. Actualmente no sé si eran ciertas o no, pero prefiero pensar que sí. También comenzó a advertirme. Me dijo que era posible que yo, al viajar con él, estuviera teniendo estos sueños para instarme a formar un pacto similar, pero debía rechazarlo. Me dijo que el precio a pagar era demasiado grande y que, aunque ya era tarde para él, no lo era para mí. En esos momentos no podía evitar sentir una gran ira y frustración. ¿Qué podía hacer yo si no era rogar por la misma fuerza que él tenía? No podía luchar, no podía hacer magia del mismo modo que Lucius, los dioses jamás habrían oído mis plegarias… era completamente inútil. De hecho, no puedo encontrar un solo motivo lógico por el que me arrastraba con él. Yo no era más que una carga, un aldeano que solo lo retrasaba.
La Infancia Perdida
Estos viajes duraron varios años. Yo traté de hacer lo que pude para ser algo más que una carga. Practiqué tiro e intenté fortalecerme con la esperanza de poder ayudar a Lucius en su día a día a pesar de la carencia de ninguna clase de don o habilidad. Me familiaricé con el duro estilo de vida que llevábamos. A menudo teníamos que alejarnos de asentamientos, pues en multitud de lugares era demasiado peligroso arriesgarnos a que alguien sospechara de la naturaleza del poder de Lucius. Así aprendía a reunir comida de diferentes lugares cazando y forrajeando. Pensaba que al menos de este modo, cuando él regresaba a nuestro refugio de turno, podía tener algo de comida o que podría demostrarle que no era una carga. Siempre me lo agradecía.
El ritmo de vida de Lucy se había convertido en hábito para mí. Nos asentábamos en alguna zona rural y poco habitada de donde quiera que estuviésemos. Nos apropiábamos de alguna casa, refugio o cueva, o lo construíamos nosotros con nuestros pocos conocimientos. Normalmente mantenía totalmente en secreto dónde estábamos. Me decía que cuanta menos información tuviese al respecto, mejor. Pocas veces me relacionaba con otra gente de aldeas o ciudades, lo cual ayudaba a no darme pistas de la región en la que estábamos. En aquel entonces no me disgustaba esta forma de vivir y así prosiguió hasta que a la edad de 23 años mi vida volvió a cambiar.
Llevábamos desde Eleasías afincados en alguna región al sur de Puerta de Baldur (Algo que aprendería más tarde, cuando tuve que vérmelas con el mundo yo solo). Vivíamos en una cabaña abandonada que encontramos cerca de un bosque, cuando la vegetación ya comenzaba a espesar. Lucius había desaparecido al interior de la foresta para cumplir con un trabajo que tenía que hacer. Llevaba sin verlo tres días.
Era noche cerrada cuando oí los golpes en la puerta. Pensé que era Lucy, pero nada más lejos de la realidad. Al otro lado del umbral una criatura demoníaca me miraba con una cínica sonrisa. Era mitad hombre y mitad aberración, con la patas de un macho cabrío. Tenía grandes cuernos y dejaba entrever su malicia con todos sus actos. Me dijo que había pasado algo horrible con Lucius, pero que él era amigo suyo y venía a advertirme del peligro que corría. Al parecer se estaba enfrentando a un duro adversario y necesitaba mi ayuda. Sin pensarlo demasiado, tomé la ballesta y corrí siguiendo a la criatura.
Me condujo a través del bosque hasta el lugar dónde Lucy estaba batallando. Al parecer aún no era demasiado tarde. Una anciana decrépita se enfrentaba en un duelo de magia contra él, y quedaba claro quien saldría victorioso. Miré al demonio preocupado. Le rogué para que ayudase a Lucius, pero me dijo que no estaba en su mano. Solo yo podía hacerlo. Pero yo era, y sigo siendo, demasiado débil. Entonces me dijo que, si lo deseaba, él podía darme poder. No mentiré. Estuve muy tentado de aceptar su oferta. Quizá habría sido mejor. Pero no lo hice. No porque tuviera una gran fuerza de voluntad, sino porque en ese momento Lucius se percató de nuestra presencia. “¡No lo escuches!”, me gritó desesperado. La anciana miró también en nuestra dirección con una cruel sonrisa llena tan solo de dientes afilados y puntiagudos. Cargué mi ballesta ignorando a demonio y disparé. La anciana no dejó de sonreír en ningún momento. Con un gesto de desdén desvió el proyectil por arte de magia. Entonces sentí un tirón que me tiró al suelo. Las ramas y vegetación me habían rodeado a gran velocidad los pies y habían tirado de mí, dejándome colgado y a su merced. Sentí en mi mente la voz del demonio ofreciéndome aún la oportunidad de darme poder para salvarme a mí mismo y a Lucius.
La bruja entonces volvió su atención hacia Lucy y… asestó su golpe de gracia. Levantó con saña el bastón que tenía y con una fuerza sobrehumana lo dejó caer sobre el pecho de mi amado, atravesándolo por completo. Mi mundo se había roto en mil pedazos. Sé que grité, lloré y me revolví en mis ataduras. Había fallado. Debí haber aceptado el poder que ese demonio me ofrecía. Pero ahora era tarde. Ya no podría salvar a Lucius…
Pero, para mi sorpresa, fue la anciana la que, viendo mi dolor, me ofreció ahora otro trato. “Deseas que viva, ¿no? Yo puedo hacerlo. Pero habrás de decidirte rápido. ¿Qué estarías dispuesto a darme a cambio?”. Por supuesto, si Lucy me había advertido contra el demonio, también debería haber entendido que su advertencia se extendería a mi interlocutora, pero estaba desesperado. Le respondí dispuesto a dar mi propia vida a cambio de la de Lucy. Y eso hice. La anciana se dirigió a mí y pasó uno de sus retorcidos dedos a lo largo de mi pecho. Sentí su uña afilada atravesar mi corazón y salir con una especia de orbe brillante. Me sentí más débil que nunca. Luego la dirigió hacia Lucius. Esperé que se obraría un milagro. Creí que sus heridas se cerrarían mientras yo terminaba de apagarme y moría. Pero tampoco fue así. La bruja sacó un par de frascos. En uno encerró el orbe de luz que acaba de extraer de mí y el otro lo destapó apuntando con él al cuerpo de Lucy. Vi una especie de bruma surgir de su cadáver y quedar atrapada en el interior de esa segunda botella.
“Su alma vivirá aquí, en el interior de esa botella, y tu vida me será muy útil, humano” dijo la bruja mientras se alejaba riendo. Las plantas fueron aflojando su presa y caí al suelo.
Lloré desconsoladamente durante un tiempo que no podía precisar. Lucius estaba ahí, muerto a mis pies. Mis manos ahora estaban arrugadas y agrietadas. Aún no había visto hasta dónde llegaba la extensión de lo que quiera que me había hecho esa bruja, pero tampoco me importaba. La muerte me habría parecido más clemente. Y entonces regresó ese demonio. Me dijo que había hecho mal al no aceptar su ayuda. Le grité, me enfadé con él, le dije que debería haber ayudado a Lucius… pero ya no había nada que hacer.
No obstante, el demonio me dijo también que no todo estaba perdido. Si quería tener una posibilidad de salvarlo, aún podía aceptar su propuesta y viajar a La Ciudad de la Moneda. Eso fue lo que dijo. Pero volví a rechazarlo. Sentí que hubiera traicionado la memoria de Lucy si sencillamente ahora que no podía arreglar la situación hubiera aceptado su trato. Decidí que, aún sin ninguna clase de poder o habilidad especial, viajaría a La Ciudad de la Moneda por mis propios medios y trataría de ayudarlo. No sabía cómo y el demonio se negó a darme más información si no aceptaba sus condiciones, pero ya se me ocurriría algo una vez que llegase allí.
Así fue como tomé todo lo que pude de nuestro refugio y del cuerpo de mi amor con la resolución de llegar a Athkatla. Hice una humilde tumba antes de partir y luego marché. Llegué a la carretera de la costa y de allí pude unirme a una caravana de mercaderes que precisamente se dirigían a Athkatla. Era la segunda decana de Uktar cuando comencé mi propia búsqueda en las tierras de Amn.
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