Sam
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Como cuesta escribir relatos de escenas pasadas, nunca se puede hacer justicia completamente con ellas -_-!
Espero que al menos sea lo suficiente para quien anda dedicado este relato, je
Un saludo,
Sam
Creer
Relatos de Ayrin de Rashemen
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Cuando era pequeña solía esperar a la llegada del amanecer despierta. Tenía un espíritu que me visitaba cada repunte del alba, se quedaba bajo el marco de la ventana y me hablaba. Su voz me era tan familiar como son capaces de engañar los espíritus a los mortales, pero nada de eso me importaba, yo me sentía bien con aquel ser visitándome cada amanecer. Me hablaba de no tener miedo a la muerte, que en la soledad del alma nacía el verdadero mal y que a pesar de que el mundo me diera la espalda jamás debía rendirme, que la muerte es a solución de los cobardes. Aprendí a ver el mundo a través de sus ojos, fue entonces cuando comprendí, a los cinco años, que siempre merecerá la pena ir más allá, que aunque todo en lo que creemos se desmorona, siempre quedará lo que nosotros mismos construimos con nuestras propias manos. A los diez años dejé de escuchar la voz del espíritu, ya no me visitaba, y poco a poco fui olvidándome de sus palabras. Descubrí demasiado tarde que el espíritu nunca me abandono, fui la que le abandoné a él. Los dioses lo saben, crecí demasiado deprisa.
La noche ya era cerrada, pero se reflejaba dichosa en la luz estelar. Esa noche hasta las Lágrimas de Selune se veían con especial claridad, la misma diosa se había puesto su mejor muda. No soy una Bruja, pero sé que en noches así, los espíritus encuentran los senderos a nuestro mundo con mayor facilidad. Para ser tópica, pienso que era una noche perfecta. Así fue.
―¿Dónde vamos? ―pregunta Niennor dudosa, con esa carita tan inocente que adoro. Tiro de ella suavemente.
―Conoces el lugar.
La druida asiente, dejándose llevar. Nos adentramos en los bosques, hacia mi lugar, hacia mi refugio. Allí estará bien, allí nos escucharán. Escucharán a Niennor, la miro y le sonrío con todo mi cariño. No espero más respuesta que la de sus labios en mi mejilla. Me siento a gusto, doy tiempo al viaje, perdemos el ímpetu y paseamos. Nos abrazamos, andamos de la mano perdidas en los sonidos del bosque mientras ella me cuenta el nombre de cada uno los pajarillos que compiten por tener el canto más hermoso.
La verdad es que mi refugio nunca ha estado demasiado escondido. Cualquiera que sepa observar el bosque con atención encontrará señales que conducen a él, pero supongo que es demasiado insignificante para que nadie le preste atención. No me importa mucho, lo importante es el claro, es especial, desde él puedo escucharlos, un poco, y me recuerda a casa. Me vuelvo hacia Niennor, que mira alrededor reconociendo el sitio.
―Ya me parecía a mi que veníamos aquí ―apunta con una sonrisa, me besa y cierro los ojos, casi me pierdo entre sus labios, pero a mi pesar, no es ahora el momento, ya habrá tiempo.
―Quiero enseñarte algo.
―¿Uh..?
Nos sentamos en el mismo centro del claro, busco la cajita de mimbre, enterrada en él. Niennor me ayuda, desenterrando juntas el mismo tesoro. Saco la cajita, totalmente parduzca y devorada por las raíces del suelo, está bastante sucia, pero su interior no precisa de limpieza, sino de pasión.
―Sé que haber perdido la voz del bosque de tu interior te ha deprimido, te ha afectado mucho. Quiero enseñarte algo, a ver el mundo como yo lo veo. Sin magias, sin dones, sin poderes. La mirada de una humana corriente que trata de ver un mundo lleno de poderes inalcanzables para ella.
Niennor me mira con atención, quizá tratando de descifrar mis palabras, quizá no me sepa explicar. Nunca he sabido hacerlo, pero quiero que vea lo especial que puede ser el mundo sin necesidad de sus dones, que mire a través de los ojos que no ven, que recupere la sonrisa por descubrir cosas que no sabía. Volver a ser una niña que vuelve a descubrir el mundo.
―¿Qué es? ―pregunta Niennor mirando la cajita. La abro delante de ella, hay cuatro figuritas. Una pequeña, que parece un niño o una niña, tres algo mayores, dos mujeres y un hombre. Sus ojos brillan por la curiosidad, los míos lo hacen al mirarla.
―Son ofrendas para los espíritus. A ellas les pido mis deseos, y el viento lleva mi mensaje a quien deba escuchar. ¿Quieres hablar compartir conmigo esto?
Niennor me sonríe, me coge de la mano y aprieta suavemente. Aspiro sus labios con devoción, nada del mundo quisiera separarme de ella ahora. Nos miramos y sé que la respuesta me la dio antes que abriéramos la cajita.
Pongo en sus manos la primera figurita, la pequeña, en sus manos. Hago cerrar su mano sobre ella y la acerco a su pecho. Niennor deja guiar su mano por la mía, cierra los ojos. Yo hago lo mismo.
―Siente lo que transmite esta figurita, las emociones que la tiñen. Tú misma sabrás lo que significa, Niennor. Sabrás cual es tu petición.
La elfa duda un poco, aplaco su inseguridad con una caricia en su mejilla, suave como el susurro de sus labios cuando me dice que me quiere.
―¿Cómo hacerlo?
―Sabes como. Solo has de creer y será real.
Niennor asiente con decisión, agarra con la misma la pieza de madera. El claro se queda en silencio unos instantes, pero no tardan mucho en llegar. Los anuncia el viento, uno de suave, que nos envuelve como un remolino que va lamiendo la hierba a nuestro alrededor. Hace un poco de frío, eso quiere decir que ya llegan, me abrazo a ella y creemos que aquello que no se ve existe.
Las dos lo sentimos. Nos inunda una euforia familiar, esta se va diluyendo en nuestras almas como algo indisoluble, que muta en un coro de suspiros, de alegrías y lágrimas de emoción. La calidez del primer abrazo, la necesidad de proteger a los indefensos. Nuestra sangre. Nuestro legado. Aunque abriéramos los ojos veríamos que cada pedacito de nuestra alma, cada sonrisa regalada, cada esperanza depositada y cada sueño concebido tienen el rostro de un niño y dos niñas. Vemos a nuestros hijos nacer otra vez, esta vez sin dolor, esta vez reviviendo la emoción que se extinguió en el momento de abrazarlos y jurarnos que nunca nos separaríamos de ellos. Eso es lo que significa esta figurita, Niennor. Nacimiento, esperanza, sueños, todo debe empezar, todo tuvo un principio. Los sentimientos, las emociones, sus tesoros y sus pesares, abrimos los ojos en brumas, aun hechizadas por las voces de los espíritus haciéndonos recordar. Nos miramos y las dos sabemos que petición ha dado la otra al viento, ¿acaso una madre pediría algo distinto para sus hijos?
Guardo la diminuta imagen en la cajita, Niennor abre los ojos, solo un poco, pero me sonríe con dulzura. No decimos nada, a nosotras ya hace tiempo que las palabras se quedaron demasiado pequeñas. Ahora tomo las dos piezas femeninas, le pongo una en cada mano. No hace falta que le explique que significa, Niennor siempre fue perceptiva y las abraza con intensidad. Yo la abrazo, la protejo de algo invisible que no esta aquí, y el viento regresa.
Nos vuelve a rodear la brisa, la espiral de sensaciones de sensaciones con la que los espíritus nos hablan. El viento se torna algo más intenso, se cuela a través de las hojas, filtrándose por los recovecos más insospechados. Como chispas los recuerdos van mordiendo nuestra mente, espolean nuestros recuerdos y aquellas emociones dejadas atrás regresan como si nunca se hubieran hecho. De hecho, nunca se fueron. Las miradas cómplices, la confusión de un deseo incomprensible, la necesidad de sentirnos cerca, la vez en que vimos que quizá hubiera algo más de lo que nunca creímos. Recordamos el momento cuando sus besos se volvieron más importantes que el aire que respiramos, cuando sus caricias se convirtieron en la mejor de las medicinas a la que pudieramos aspirar, cuando sus sonrisas se transformaron en el sentido de toda una existencia.
Esto es lo que significan esas dos figuritas, Niennor, separadas son un sinsentido y solo juntas adquieren su verdadero sentido de existencia. Amor, crecimiento, madurez, con ellas tocamos sobre el armónico piano de nuestra existencia, cada tecla nos abraza y nos mima, cada tecla realza una canción nacida de los ojos de la otra. Sabemos cual es nuestro deseo para los espíritus, cual es nuestra petición, sabemos lo que la otra pide con el cruce de nuestros ojos. No en vano, nos amamos.
La última pieza es especial, porque nos habla del pasado, de los que se fueron. La verdad es que trata de describir lo que ocurre mientras el viento nos vuelve a rodear es tarea inútil. Podría dar tantas hipótesis, tantas ideas sobre lo que le pasa por la mente a Niennor. Solo puedo especular, pero no quiero. Seria traicionar a sus sentimientos querer dar forma a algo tan especial, dejo que fluya y vibre. Confío en que Niennor sepa ver a los espíritus, oírlos por si misma y creer que con ellos lo que desea es posible. ¿Qué queda entonces? Ella abre los ojos y entonces lo sé, queda nuestro futuro juntas, porque las dos nos hemos despedido... no, despedido no, nos hemos reconciliado con ellos y hemos sentido su abrazo. No somos menos, nos abrazamos, nos besamos y todo parece eterno.
―¿Sabes, Niennor?
―Dime, Ayrin.
―No dejes que te mientan con aquello de que lo que no te mata te hace más fuerte.
―¿Uh? ¿Por qué?
―Lo que no nos mata, nos hace más frágiles, más vulnerables. Solo aprendemos a prevenir mejor, a encerrarnos mejor y evitar que nos vuelvan a hacer daño. Porque si volviéramos a sufrir lo mismo quizá no podríamos aguantarlo.
―La gente cambia, cariño. Puede hacerse más fuerte.
―La gente nunca cambia, mi vida. Siempre es igual. Solo puede vivir engañada, en mayor o menor medida. Traicionar a lo que es uno, pero al final, volvemos a ser quien éramos. No se trata de bondad o maldad, sino de actitud vital hacia la existencia.
―No creo, la gente cambia. Es como el curso de un río, tiene partes que son más rápidas, otras con cascadas, con estanques, con zonas pantanosas. Así es el río, siempre cambiante.
―Pero el agua que lleva siempre será la misma. El río sufre altibajos, cae por cascadas, serpentea por los rápidos, pero el agua que lleva siempre será la misma, que se adapta a las circunstancias de su existencia. Las personas no cambian, la vida lo hace.
―Entonces... ¿estoy en una cascada?
―O en un estanque, en unos rápidos, ¿qué prefieres?
―Una cascada. Son bonitas, y es como me siento ahora. Un salto al vacío.
―Yo te esperaré abajo, te recogeré en brazos.
―¿Lo harás?
―Siempre lo haré.
―No sé cuanto llegaré al final.
―Esperaré.
―Ayrin...
―Dime, mi vida.
―Te quiero.
―Yo también a ti.
―Pero yo más...
―Eh.. eso es trampa...
El viento aun sopla entre los árboles, vigila nuestros deseos que lleva a un lugar donde los ojos no pueden ver, solo se puede creer que existe. ¿Existirá? Yo nunca lo he visto, Niennor tampoco, pero sabemos que existe... Porque si no existieran.. ¿adónde irían a parar los sueños?
Espero que al menos sea lo suficiente para quien anda dedicado este relato, je
Un saludo,
Sam
Creer
Relatos de Ayrin de Rashemen
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Cuando era pequeña solía esperar a la llegada del amanecer despierta. Tenía un espíritu que me visitaba cada repunte del alba, se quedaba bajo el marco de la ventana y me hablaba. Su voz me era tan familiar como son capaces de engañar los espíritus a los mortales, pero nada de eso me importaba, yo me sentía bien con aquel ser visitándome cada amanecer. Me hablaba de no tener miedo a la muerte, que en la soledad del alma nacía el verdadero mal y que a pesar de que el mundo me diera la espalda jamás debía rendirme, que la muerte es a solución de los cobardes. Aprendí a ver el mundo a través de sus ojos, fue entonces cuando comprendí, a los cinco años, que siempre merecerá la pena ir más allá, que aunque todo en lo que creemos se desmorona, siempre quedará lo que nosotros mismos construimos con nuestras propias manos. A los diez años dejé de escuchar la voz del espíritu, ya no me visitaba, y poco a poco fui olvidándome de sus palabras. Descubrí demasiado tarde que el espíritu nunca me abandono, fui la que le abandoné a él. Los dioses lo saben, crecí demasiado deprisa.
La noche ya era cerrada, pero se reflejaba dichosa en la luz estelar. Esa noche hasta las Lágrimas de Selune se veían con especial claridad, la misma diosa se había puesto su mejor muda. No soy una Bruja, pero sé que en noches así, los espíritus encuentran los senderos a nuestro mundo con mayor facilidad. Para ser tópica, pienso que era una noche perfecta. Así fue.
―¿Dónde vamos? ―pregunta Niennor dudosa, con esa carita tan inocente que adoro. Tiro de ella suavemente.
―Conoces el lugar.
La druida asiente, dejándose llevar. Nos adentramos en los bosques, hacia mi lugar, hacia mi refugio. Allí estará bien, allí nos escucharán. Escucharán a Niennor, la miro y le sonrío con todo mi cariño. No espero más respuesta que la de sus labios en mi mejilla. Me siento a gusto, doy tiempo al viaje, perdemos el ímpetu y paseamos. Nos abrazamos, andamos de la mano perdidas en los sonidos del bosque mientras ella me cuenta el nombre de cada uno los pajarillos que compiten por tener el canto más hermoso.
La verdad es que mi refugio nunca ha estado demasiado escondido. Cualquiera que sepa observar el bosque con atención encontrará señales que conducen a él, pero supongo que es demasiado insignificante para que nadie le preste atención. No me importa mucho, lo importante es el claro, es especial, desde él puedo escucharlos, un poco, y me recuerda a casa. Me vuelvo hacia Niennor, que mira alrededor reconociendo el sitio.
―Ya me parecía a mi que veníamos aquí ―apunta con una sonrisa, me besa y cierro los ojos, casi me pierdo entre sus labios, pero a mi pesar, no es ahora el momento, ya habrá tiempo.
―Quiero enseñarte algo.
―¿Uh..?
Nos sentamos en el mismo centro del claro, busco la cajita de mimbre, enterrada en él. Niennor me ayuda, desenterrando juntas el mismo tesoro. Saco la cajita, totalmente parduzca y devorada por las raíces del suelo, está bastante sucia, pero su interior no precisa de limpieza, sino de pasión.
―Sé que haber perdido la voz del bosque de tu interior te ha deprimido, te ha afectado mucho. Quiero enseñarte algo, a ver el mundo como yo lo veo. Sin magias, sin dones, sin poderes. La mirada de una humana corriente que trata de ver un mundo lleno de poderes inalcanzables para ella.
Niennor me mira con atención, quizá tratando de descifrar mis palabras, quizá no me sepa explicar. Nunca he sabido hacerlo, pero quiero que vea lo especial que puede ser el mundo sin necesidad de sus dones, que mire a través de los ojos que no ven, que recupere la sonrisa por descubrir cosas que no sabía. Volver a ser una niña que vuelve a descubrir el mundo.
―¿Qué es? ―pregunta Niennor mirando la cajita. La abro delante de ella, hay cuatro figuritas. Una pequeña, que parece un niño o una niña, tres algo mayores, dos mujeres y un hombre. Sus ojos brillan por la curiosidad, los míos lo hacen al mirarla.
―Son ofrendas para los espíritus. A ellas les pido mis deseos, y el viento lleva mi mensaje a quien deba escuchar. ¿Quieres hablar compartir conmigo esto?
Niennor me sonríe, me coge de la mano y aprieta suavemente. Aspiro sus labios con devoción, nada del mundo quisiera separarme de ella ahora. Nos miramos y sé que la respuesta me la dio antes que abriéramos la cajita.
Pongo en sus manos la primera figurita, la pequeña, en sus manos. Hago cerrar su mano sobre ella y la acerco a su pecho. Niennor deja guiar su mano por la mía, cierra los ojos. Yo hago lo mismo.
―Siente lo que transmite esta figurita, las emociones que la tiñen. Tú misma sabrás lo que significa, Niennor. Sabrás cual es tu petición.
La elfa duda un poco, aplaco su inseguridad con una caricia en su mejilla, suave como el susurro de sus labios cuando me dice que me quiere.
―¿Cómo hacerlo?
―Sabes como. Solo has de creer y será real.
Niennor asiente con decisión, agarra con la misma la pieza de madera. El claro se queda en silencio unos instantes, pero no tardan mucho en llegar. Los anuncia el viento, uno de suave, que nos envuelve como un remolino que va lamiendo la hierba a nuestro alrededor. Hace un poco de frío, eso quiere decir que ya llegan, me abrazo a ella y creemos que aquello que no se ve existe.
Las dos lo sentimos. Nos inunda una euforia familiar, esta se va diluyendo en nuestras almas como algo indisoluble, que muta en un coro de suspiros, de alegrías y lágrimas de emoción. La calidez del primer abrazo, la necesidad de proteger a los indefensos. Nuestra sangre. Nuestro legado. Aunque abriéramos los ojos veríamos que cada pedacito de nuestra alma, cada sonrisa regalada, cada esperanza depositada y cada sueño concebido tienen el rostro de un niño y dos niñas. Vemos a nuestros hijos nacer otra vez, esta vez sin dolor, esta vez reviviendo la emoción que se extinguió en el momento de abrazarlos y jurarnos que nunca nos separaríamos de ellos. Eso es lo que significa esta figurita, Niennor. Nacimiento, esperanza, sueños, todo debe empezar, todo tuvo un principio. Los sentimientos, las emociones, sus tesoros y sus pesares, abrimos los ojos en brumas, aun hechizadas por las voces de los espíritus haciéndonos recordar. Nos miramos y las dos sabemos que petición ha dado la otra al viento, ¿acaso una madre pediría algo distinto para sus hijos?
Guardo la diminuta imagen en la cajita, Niennor abre los ojos, solo un poco, pero me sonríe con dulzura. No decimos nada, a nosotras ya hace tiempo que las palabras se quedaron demasiado pequeñas. Ahora tomo las dos piezas femeninas, le pongo una en cada mano. No hace falta que le explique que significa, Niennor siempre fue perceptiva y las abraza con intensidad. Yo la abrazo, la protejo de algo invisible que no esta aquí, y el viento regresa.
Nos vuelve a rodear la brisa, la espiral de sensaciones de sensaciones con la que los espíritus nos hablan. El viento se torna algo más intenso, se cuela a través de las hojas, filtrándose por los recovecos más insospechados. Como chispas los recuerdos van mordiendo nuestra mente, espolean nuestros recuerdos y aquellas emociones dejadas atrás regresan como si nunca se hubieran hecho. De hecho, nunca se fueron. Las miradas cómplices, la confusión de un deseo incomprensible, la necesidad de sentirnos cerca, la vez en que vimos que quizá hubiera algo más de lo que nunca creímos. Recordamos el momento cuando sus besos se volvieron más importantes que el aire que respiramos, cuando sus caricias se convirtieron en la mejor de las medicinas a la que pudieramos aspirar, cuando sus sonrisas se transformaron en el sentido de toda una existencia.
Esto es lo que significan esas dos figuritas, Niennor, separadas son un sinsentido y solo juntas adquieren su verdadero sentido de existencia. Amor, crecimiento, madurez, con ellas tocamos sobre el armónico piano de nuestra existencia, cada tecla nos abraza y nos mima, cada tecla realza una canción nacida de los ojos de la otra. Sabemos cual es nuestro deseo para los espíritus, cual es nuestra petición, sabemos lo que la otra pide con el cruce de nuestros ojos. No en vano, nos amamos.
La última pieza es especial, porque nos habla del pasado, de los que se fueron. La verdad es que trata de describir lo que ocurre mientras el viento nos vuelve a rodear es tarea inútil. Podría dar tantas hipótesis, tantas ideas sobre lo que le pasa por la mente a Niennor. Solo puedo especular, pero no quiero. Seria traicionar a sus sentimientos querer dar forma a algo tan especial, dejo que fluya y vibre. Confío en que Niennor sepa ver a los espíritus, oírlos por si misma y creer que con ellos lo que desea es posible. ¿Qué queda entonces? Ella abre los ojos y entonces lo sé, queda nuestro futuro juntas, porque las dos nos hemos despedido... no, despedido no, nos hemos reconciliado con ellos y hemos sentido su abrazo. No somos menos, nos abrazamos, nos besamos y todo parece eterno.
―¿Sabes, Niennor?
―Dime, Ayrin.
―No dejes que te mientan con aquello de que lo que no te mata te hace más fuerte.
―¿Uh? ¿Por qué?
―Lo que no nos mata, nos hace más frágiles, más vulnerables. Solo aprendemos a prevenir mejor, a encerrarnos mejor y evitar que nos vuelvan a hacer daño. Porque si volviéramos a sufrir lo mismo quizá no podríamos aguantarlo.
―La gente cambia, cariño. Puede hacerse más fuerte.
―La gente nunca cambia, mi vida. Siempre es igual. Solo puede vivir engañada, en mayor o menor medida. Traicionar a lo que es uno, pero al final, volvemos a ser quien éramos. No se trata de bondad o maldad, sino de actitud vital hacia la existencia.
―No creo, la gente cambia. Es como el curso de un río, tiene partes que son más rápidas, otras con cascadas, con estanques, con zonas pantanosas. Así es el río, siempre cambiante.
―Pero el agua que lleva siempre será la misma. El río sufre altibajos, cae por cascadas, serpentea por los rápidos, pero el agua que lleva siempre será la misma, que se adapta a las circunstancias de su existencia. Las personas no cambian, la vida lo hace.
―Entonces... ¿estoy en una cascada?
―O en un estanque, en unos rápidos, ¿qué prefieres?
―Una cascada. Son bonitas, y es como me siento ahora. Un salto al vacío.
―Yo te esperaré abajo, te recogeré en brazos.
―¿Lo harás?
―Siempre lo haré.
―No sé cuanto llegaré al final.
―Esperaré.
―Ayrin...
―Dime, mi vida.
―Te quiero.
―Yo también a ti.
―Pero yo más...
―Eh.. eso es trampa...
El viento aun sopla entre los árboles, vigila nuestros deseos que lleva a un lugar donde los ojos no pueden ver, solo se puede creer que existe. ¿Existirá? Yo nunca lo he visto, Niennor tampoco, pero sabemos que existe... Porque si no existieran.. ¿adónde irían a parar los sueños?