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Crónicas de la Frontera

Juan

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Crónicas de la Frontera

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La frontera no me da la bienvenida.
Nunca lo hace. Solo me reconoce.


Kalathtyr surge del barro y la piedra como un diente roto. Murallas negras, húmedas, marcadas por el viento que viene de Murann cargado de promesas viejas y amenazas nuevas. No es bonita. Es necesaria. Yo la hice así. Cada ángulo, cada torre, cada punto muerto que ya no lo es. Una ciudad que aprendió a apretar los dientes.

Paco resopla bajo mí. Siente lo mismo que yo. Aquí el aire pesa distinto. Aquí el suelo recuerda sangre. Le paso la mano por el cuello y me quedo quieto, alto en la silla, observando. Un jinete no mira el paisaje. Lo mide. Distancias. Pendientes. Sombras.
Podría cabalgar esta muralla con los ojos cerrados. Y aun así acertar.

El arco descansa a mi espalda. No es un símbolo. Es una extensión del cuerpo. Cuando otros rezan, yo calculo. Cuando otros gritan, yo suelto la cuerda. La flecha no duda. Yo tampoco.

Las puertas se abren con un gemido metálico. Buen sonido. Metal cansado, pero fiel. Los soldados me miran sin sorpresa. Aquí no hay vítores. Solo inclinaciones de cabeza. Respeto seco. El tipo que se gana cuando las órdenes no fallan y los muertos siempre son los del otro lado.

Imnescar no tuvo esta suerte.
Imnescar cayó gritando.

Allí aprendí a ser soldado. Allí aprendí que el mundo no perdona errores, solo los cobra con intereses. Ahora los humedales hierven. Los Dientecillos se mueven como ratas grandes y hambrientas, oliendo la ausencia. Donde no hay muralla, hay oportunidad. Donde no hay capitán, hay masacre.


Aquí sí hay muralla.
Aquí sí hay capitán.

Kalathtyr huele a brea, a hierro mojado y a miedo bien guardado. Me gusta. El miedo es útil cuando no manda. Subo por la rampa interior hasta el adarve. Desde arriba, la frontera se extiende como un juramento que nadie quiere firmar. Bosques cerrados. Colinas rotas. Caminos que ya no son caminos. Hostilidades que no anuncian su llegada, solo esperan.

Kitia está lejos. Amn queda atrás con sus leyes limpias y sus salas de mármol. La dejé otra vez y me maldigo por ello. No por falta de amor. Por exceso de deber. El amor no detiene hordas. Las murallas sí.

El viento me trae un sonido. Metal mal afinado. Cuernos toscos. Exploradores de Murann o bárbaros probando la cerca. Da igual. Todos sangran igual cuando se hace bien el trabajo.

Rompo la seriedad de mi rostro en una tensa sonrisa, no es alegría, es anticipación. Dicen que soy muy serio, y que la risa es el lenguaje del alma. La mía está sumida en tinieblas y sólo ella es capaz de hacerla cantar.

Siento como la frontera me observa y yo le devuelvo la mirada.
Soy Ewan. Capitán de la División Occidental de Amn.
Arquero, jinete y administrador de finales.

Y esta ciudad, esta bestia de piedra y disciplina que he levantado donde sólo había un puñado de pescadores, se mantendrá firme ante las embestidas enemigas, devolviéndolas con dureza.


La noche cae.
Las flechas esperan.
Y yo, también.
 
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