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Crónicas de un gran trasgo

Nesutoru

Lágrima de mago nerfeado
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PRIMERA PARTE: LA PURGA​
El acero de las hachas y la gran guadaña entrechocaban una y otra vez, hasta que comenzaron a verse miembros de los reptilianos salir despedidos por los bestiales cortes del semi ogro. Una y otra vez, el joven gran trasgo vitoreaba las muertes enemigas desde su negro huargo, y la anciana de la misma raza, permanecía seria, contemplando tal carnicería también desde su montura.

Se adentraron más y más en aquel paraje pantanoso, encontrando otro grupo de asaltantes que osaba traicionar al Murkul.
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- Atrás, novato. Si Olog muere en batalla saldremos corriendo – advirtió la anciana.

- Puedo ser útil, más de lo que creéis – Replicó el joven arcano.

- No si estás muerto. – Respondió la vieja con tono autoritario.

Tras esto, Melwick aceptó a regañadientes quedarse atrás, sin saber del todo aún por qué hacía caso a aquella anciana a la que prácticamente acababa de conocer. Terminada la matanza, la gran trasgo desmontó, acercándose a los cuerpos. Pronunció unas palabras ininteligibles para la mayoría, pero no para Melwick, y los cuerpos, claramente sin vida, se levantaron del suelo como si la tuvieran, estando a total merced de la vieja.

Los tres continuaron hasta llegar a una zona en el que el suelo ya no era pantanoso ni húmedo, si no de un negro azabache con apenas vegetación. Allí desmontaron y se adentraron en aquel paraje.

Encontraron orcos, pero no orcos fieles al Imperio de Murann, sino los que buscaban, traidores. El corpulento semi ogro, embutido en negra armadura y portando un gran escudo en una mano y una temible guadaña en otra superaba con creces en combate a aquellos que osaban traicionar al emperador.

Llegaron a la boca de una cueva, su cuartel. Antes de entrar, el soldado paró en seco y de su zurrón sacó un capacete rojo y blanco, cuidadosamente ornamentado y con unas pequeñas runas inscritas en la zona de la frente que brillaban con un rojo aún más intenso y se lo tendió al joven.

- La zona en la que entraremos es más peligrosa, no os prometo sobrevivir. Úsalo si te ves en peligro – Dijo el guerrero sin abandonar el tono militar.

El joven asintió y se puso el casco, con el que estaba algo ridículo, pero era el precio a pagar.
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Entraron en el lugar, donde se encontraron hordas de orcos, armados hasta los dientes, que atacaron sin dudar. El soldado desgarraba a sus enemigos, la vieja comandaba a sus secuaces carentes de vida y el aprendiz se limitaba a animar y de vez en cuando lanzar un conjuro que algo dañaba a los orcos.

Se adentraron más y más en la cueva, y llegaron a la zona que residía su líder, Arkhal.

- Bien, este es el plan – Comenzó diciendo el semi ogro – Estaré al frente luchando cuerpo a cuerpo, vieja, lanza tus mejores conjuros y novato… Limítate a no morir.

Melwick, gruñó levemente, sabía que lo subestimaban, pero debía hacerles caso si quería instalarse adecuadamente en la ciudad y en un futuro unirse a las filas del Murkul. Tras ello, se abalanzaron sobre los enemigos, quedándose los grandes trasgos en segunda línea, pero eran tantos que el gran soldado no pudo contenerlos, y una espada de tosca manufactura alcanzó a la anciana rasgándole el abdomen, dejándola en un muy mal estado, inconsciente.
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La cabeza del atacante fue cercenada al instante por Olog, mientras Melwick retrocedió hasta dejar de ver la batalla. Se giró para comprobar que no le siguieran y entonces encontró a un orco, un gran orco que lo seguía dispuesto a matarlo.

El joven dudó unos instantes, pero reaccionó e invocó un muro incandescente y abrasador de rojo fuego con la ayuda del casco mágico, frente al orco. Este lo traspasó, con quemaduras graves, pero sin dolor aparente mientras gritaba con una rabia descomunal abalanzándose sobre el gran trasgo. Habría acabado con su vida, pero Melwick era más rápido en cuanto a pensamiento, por lo que estando a escasos metros, hizo salir de su casco una bola de vivo rojo que explotó contra su atacante, dejando sus prendas ardiendo y su cabeza destrozada por la explosión.

Olog volvió del combate con la cabeza del líder enemigo en una mano, y ayudando con la otra a caminar a la anciana, que aún se encontraba en estado grave. Observó el cuerpo chamuscado mientras el joven emitía una ligera risa cruel y con aires de superioridad por igual.

- Quizá eres útil después de todo – Dijo el soldado mirando la escena y riendo con profundidad – Espero verte dentro de poco en el frente, novato.

La anciana, ya dotada de consciencia y con algo de fuerzas, les indicó que se acercaran, conjurando después un conjuro de teletransporte que los llevó de vuelta a la gran ciudad de Murannheim con las pocas fuerzas que le quedaban.

Allí descansaron, pues el combate fue exhaustivo, pero sin duda, un éxito.
 

Nesutoru

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SEGUNDA PARTE: UNA NUEVA ADICCIÓN​

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Las numerosas bestias estaban esperando en el laboratorio de la Cofradía, aguardando a que el ejército trajera a aquel superviviente que debía de ser interrogado. Ya cansados de la espera, hablaban unos con otros, de temas tanto cotidianos como importantes, hasta que la vieja arcana Chara entró e interrumpió en la sala, observando a los presentes.

- Sangre y gloria, bestias. – Dijo a modo de saludo, mientras observaba a las numerosas figuras de la habitación. – Melwick, te necesito, acércate. – Proclamó en su habitual tono autoritario.

El gran trasgo, se encontraba hablando con la humana que se hacía llamar Nevermore, una aprendiz de cófrade, como él, y desvió su atención hacia la anciana, mirándola con gesto interrogativo.

- ¿Quieres aprender alquimia o no? – Preguntó algo molesta la vieja, esperándole en la mesa de mezclas.

Melwick se acercó hasta la mesa de mezclas, sin hacer pregunta alguna, bufando, por una parte, cansado de que le ordenaran, y por otra con curiosidad. No era muy ducho en alquimia y siempre estaba bien aprender algo nuevo. Ahora era así, debía obedecer si quería prosperar en la Cofradía y subir por su jerarquía, ganándose un nombre en el Imperio.

- Bien, toma los siguientes ingredientes, mézclalos en el mortero, y luego déjalos secar ¿Entendido?

- Sí, sí… - El arcano despejó la mesa, dejándola apta para trabajar en ella y sacó un mortero de madera de un cajón.

- Glándula de Kuo-Toa, un cristal de Nishruu, una gota de Fuego de Alquimista, uñas de kobold pulverizada y… Ah, un pétalo de Rojis Hierbae. – El trasgo, que hasta ahora estaba mezclándolo todo, sin hacer pregunta alguna, se detuvo al oír el nombre de la hierba.

- Pero… Eso es una droga ¿Cierto?

- Sí, y provoca sarpullidos al tacto, así que ten cuidado.

Durante el proceso, las demás bestias, cófrades y demás habían abandonado la sala al ver que el superviviente no iba a venir. Al parecer, el Alto consejo lo había proclamado. La anciana contempló la mezcla aún líquida, de un color rojizo.

- ¿Y qué es esto? – preguntó curioso el trasgo, examinando el líquido.

- ¿Esto? Es droga Fénix, ten cuidado, es altamente adictiva.

- Y… Además de la adicción... ¿Tiene otros efectos?
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- ¿Um? Bastantes, sí. Actúa de manera similar al conjuro Falsa Vida, te dará un subidón de energía descomunal. – El trasgo alzó una ceja, observando los polvos rojos, que se estaban secando – Es como estar como nuevo después de un combate – El Melwick quedó intrigado por sus propiedades, pues estaba exhausto de la espera y del día que había tenido.

- Hm… Entonces… ¡Pues para adentro! – Cogió una pizca y la inhaló por la nariz – Ha sido un día largo… ¿Sabes? Espero que esto ayude… – La anciana, que se encontraba recogiendo los frascos, se giró bruscamente hacia su aprendiz.

- ¿¡Pero tú eres imbécil?! – Gritó.

- Pero… Es un estimulante… ¿No? – De pronto, sus pupilas se dilataron y sus energías se multiplicaron – oh… oh… OH, ¡ESTO ES INCREIBLE!

Se puso a correr, dar brincos, girar en círculos, a mover su bastón de un lado hacia otro mientras gritaba eufórico, poseído por la energía que desbordaba en él. La vieja le ordenaba sentarse y quedarse quieto, una y otra vez, sin éxito, la droga le había nublado por completo.

- Dame… Dame más ¿Si? Tú solo… Dame más…

El trasgo se precipitó hacia la mesa de mezclas, tirando en el proceso algunos frascos de los que había en ella, buscando. Al verlo, la anciana comenzó a conjurar, y de la nada salió una mano mágica, de enormes dimensiones, que arremetió contra el aprendiz, estampándolo contra uno de los estantes, que cayó al suelo y con él todos los libros que guardaba.

El silencio se hizo durante unos segundos, y entre los escombros no se veía nada más que libros y astillas de madera pertenecientes a lo que era la estantería. Pero en un arrebato de ira, Melwick saltó entre los escombros, inundando el laboratorio con el estruendo de un único grito de rabia.

- Melwick Bfenthe, quieto. – Ordenó la cófrade.

- Tú… Tú solo dame más. Dame y todos contentos ¿Si?

- No Mel - Dijo seca.

- No… No… ¿¡NOOO!? ¡Dame más vieja arpía! ¡NECESITO más! – Estaba sin razón de si, enloquecido y, claramente, adicto.

Chara, harta pero serena ante la situación, extendió su injerto, su brazo hasta él, apoyando su mano en el hombro del gran trasgo, y liberando un pulso de energía negativa que consumió gran parte de sus fuerzas. Melwick cayó al suelo, inconsciente.

Un fuerte golpe en el costado lo despertó de repente, sobresaltándose.

- Tienes acceso prohibido a la sección de drogas de la biblioteca. – Proclamó la anciana.

- Pero… Pero volveré a probar eso ¿No? - El arcano parecía ya más calmado, o al menos, no tenía tanta energía. La anciana suspiró.

- Obedece en condiciones y te haré mejores drogas, ahora vamos, imbécil, quiero descansar. – El mago asintió levemente, aún dolido por el golpe que le había propiciado y ambos salieron de la estancia.

Offtopic :
Escena jugada el 14/5/2021, ¡muy divertida!
 

Nesutoru

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TERCERA PARTE: LA ARENA​

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El pequeño torneo organizado por varias bestias ya había dado comienzo, celebrado en el coliseo de la metrópolis de Murann. Melwick se encontraba frente a Shagrat Olog, uno de los mejores guerreros que conocía y al que consideraba casi como su hermano.

- Ya conozco el resultado, pero será divertido… - Dijo el gran mestizo, agarrando con firmeza su guadaña con la diestra y su escudo con la siniestra.

- Claro, ambos sabemos que te ganaré – Respondió el mago, con su habitual sonrisa ladina. El gran guerrero soltó una leve risa, y ambos se prepararon para el combate.

- ¿Preparados? – Interrogó la anciana Chara, que arbitraba los duelos. Ambas bestias asintieron, y entonces la cuenta atrás comenzó – Tres… Dos… Uno… ¡Ya!

Con extraños gestos y sentenciando en un idioma desconocido, el arcano desapareció, poco antes de que el semiogro llegara hasta donde se encontraba. Durante unos largos segundos se hizo el silencio, hasta que, de la nada, comenzaron a surgir energías mágicas que impactaban constantemente al luchador, dañándolo y ralentizándolo, mientras este, en vano, se cubría con su gran escudo.

Shagrat logró acercarse lo suficiente al arcano llegando al cuerpo a cuerpo. Solo se veían destellos mágicos que surgían del arcano hasta que cesaron, y se vieron a ambos duelistas en el suelo, heridos. El gran mestizo, ayudado de su guadaña, logró ser el primero en recomponerse y alzarse.

- ¡Y el ganador del segundo duelo es Shagrat Olog! – Proclamó la anciana.

El mago se levantó poco después, con contusiones que le habían dejado inconsciente. El resultado no le parecía ni bueno, ni malo. Había visto de lo que su contrincante era capaz, y por poco le vence.

Los combates prosiguieron, y una nueva oportunidad llegó a Melwick, luchar por el tercer puesto contra el tifling Amon. El brujo de sangre infernal estaba aburrido de los combates, y solo esperaba terminar cuanto antes. Ambos se prepararon y la anciana dio la salida. Fuerzas mágicas surgieron de ambos: rayos que golpeaban al oponente, manos gigantes que arremetían al enemigo, y tandas de proyectiles azulados estuvieron presentes en la batalla. Lo acontecido en la anterior batalla se repitió, después de un intenso combate ambos cayeron víctimas de las desbordantes fuerzas mágicas manifestadas.

- ¡Cae de una vez! – Gritó el brujo, dolorido, que , por segundos, se levantó del suelo antes que Melwick.

El arcano, ayudado de su bastón, se levantó, mirando fijamente a su oponente, sin escuchar la victoria que proclamaba la anciana. De pronto, la ira se apoderó del mago, que comenzó a gritar y a conjurar contra su adversario.

- ¡MUERE, MUERE, MUERE, MUERE! – Gritó, fuera de si. La anciana reaccionó rápidamente, estampando al arcano contra uno de los muros de la arena gracias a un potente sortilegio.

Melwick quedó tendido en el suelo, boca arriba, claramente consciente y observando el cielo azul con contadas nubes de aquel día de invierno.

- Por fin… Algo de paz - pensó.

- Si reincides en este comportamiento, te arrancaré la lengua ¿Entendido? – Sentenció la anciana, furiosa a la vez que serena. El gran trasgo se levantó lentamente del suelo, mientras la vieja se acercaba a él. – Si vuelvo a ver a alguien que ose romper la gloria del ganador, sufrirá el castigo por mis mismas manos. – Dijo hacia el público.

- Esto es culpa tuya… Lo sabes… - Dijo el mago en un susurro impotente, pero conteniéndose.

- No es culpa mía que seas débil – Susurró a su vez la anciana.

- Sabes que no lo soy… - Apretó el puño - Sabes que soy capaz de mataros a cada uno de vosotros. Yo estoy a tu servicio y al de nadie más. Si me dices que los mate, los mataré, si me dices que lo destruya todo, lo destruiré. Tú y yo seremos uña y carne, y sabes que juntos somos capaces de mucho.

- Lo tendré en cuenta – Los susurros finalizaron – Gracias a todos por acudir, espero que hayáis disfrutado.

El arcano abandonó la arena, con el ceño fruncido, claramente furioso.
 

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CUARTA PARTE: HONOR​

El combate estaba a punto de comenzar. Los miembros de los zarparrojas formaron un círculo y comenzaron a dar golpes contra el suelo con sus armas, al unísono. Dentro del círculo se encontraban el arcano Melwick y el campeón zarparroja, Kramber. Todo había comenzado por discusiones políticas: Según el mago, el clan de la horda solo quería sangre, fuera de sus aliados o de sus enemigos. Ellos lo llamaron traidor y cobarde. La única solución podía ser resolverlo como antaño todas las bestias, en una lucha de honor, presidida además por la consejera Chara, quien había presenciado todos los hechos. Si el arcano vencía, restauraría su honor, si no, sería humillado de por vida, perdiendo uno de sus ojos.

La frecuencia de los rítmicos golpes contra el suelo fue a más. Se detuvieron, dando comienzo al combate. El arcano, lo más rápidamente que pudo, bajó su siniestra hasta su cinto, para coger una varita que, acto seguido, usó consigo mismo. Pero ya era tarde. Justo antes de desaparecer, un virote del pequeño trasgo montado en su huargo le impactó de lleno en el costado, y, ya habiendo desaparecido, otro virote le perforó un brazo, viéndose solo como el virote se suspendía en el aire y como de la aparente nada goteaba sangre.

Inconsciente, malherido y en el suelo, el arcano se hizo visible de nuevo. Kramber desmontó de su huargo, apresurado, con una sádica sonrisa de oreja a oreja. Se agachó hasta el mago, y con sus propias garras, arrancó de golpe el ojo izquierdo del mago, dejando un reguero de sangre.

- ¡Jefe, jefe! ¿Puedo arrancarle el otro? ¡Zi, zi! – Preguntó el trasgo hacia Gruntz, el líder de los Zarparrojas.

- Cualquiera que se exceda estará incumpliendo con las sagradas normas del combate de honor. – Interrumpió la consejera. – Ahora mantenedlo vivo, a pesar de ser un maldito suicida imprudente, es útil.

Gregokor, el sacerdote de Varpak que se encontraba presente, se acercó hasta el arcano, que se encontraba moribundo en el suelo, sin mucho ánimo de ayudarle. Tras un pequeño rito al dios de los gigantes, un muy intenso grito de dolor se comenzó a oírse. El mago, ya consciente, se llevó ambas manos a la cuenca izquierda, retorciéndose en el suelo, sin poder hacer otra cosa.

Las bestias se replegaron, algunas escupiendo contra el arcano, otros burlándose. La única que se quedó con él, impasible, fue la anciana. No estaba apenada, ni mucho menos, su rostro denotaba más algo de incredulidad y de desaprobación al mismo tiempo. La vieja suspiró pesadamente y negó para sí.

- Hemos de hablar. – Dijo fría, seria, inmutable.
 

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QUINTA PARTE: AUTORIDAD

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Ya había sido suficiente.

Las ofensas, las faltas de respeto, las burlas, las risas, los secretos... Era más de lo que Melwick estaba dispuesto a aguantar en aquella sala reservada para los mandatarios de la Cámara Baja de Murann.

- ¡A la puta arena! - Había proclamado Malvrax, y a la puta arena se dirigían.

El cuello, tenso, los dedos, rígidos, agarrando con fuerza el cayado mágico. No podía aguantar más la insolencia del humano, y la única solución apropiada era la sagrada arena imperial.

El humano clavó el mandoble en el suelo, casi amenazante. Sin duda, era un humano corpulento... Si llegara a alcanzarle con el espadón, sería fatal para el gran trasgo.

- No tengo miedo, aprendí a morir hace años. - proclamó firmemente el amniano.

- Descuida... No vas a morir, vas a sentir algo mucho peor... - Respondió el arcano, preparándose para el duelo.

- ¡Amniano, prepárate! - Rugió Gorodaimon, árbitro del duelo.

- Mi nombre es Evrek - Desclavó la gran espada del suelo, dándole un par de vueltas en el aire y adoptando una posición marcial, preparado para el combate.

La cuenta atrás tuvo lugar, y al terminar, todo sucedió muy rápido. El arcano desapareció por instantes, mientras el guerrero observaba a ambos lados, con el mandoble alzado, vigilante. Una mano de proporciones gigantescas apareció, y detrás de ella el arcano. El puño se lanzó contra el guerrero, estampándolo contra la pared de la arena. Una sonrisa ladina, de placer y satisfacción, se esbozó en el rostro del archimago.

Pero el humano, pese al gran golpe, se levantó, y cargó contra el arcano.

"Es más duro de lo que pensaba, mierda" pensó el archimago.

Un golpe consiguió esquivarlo, el otro, lo paró a duras penas con el escudo rúnico. No podría aguantar así mucho tiempo, pues el físico del hombre era claramente superior. El mandoble rozó el brazo izquierdo del trasgoide, rebanando parte de la gruesa gabardina. El golpe fue con tanta fuerza que fue a clavarse en el suelo de la arena, dejando tras de sí un ligero hilillo de sangre procedente del brazo de Melwick.

El arcano no desaprovechó la oportunidad. Recitó una oración infernal y apuntó con la rojiza gema del extremo del báculo al mercenario, y de él se empezó a descargar una andanada de proyectiles mágicos que se lanzaban raudos hacia el guerrero.

Este reaccionó, cruzó los antebrazos frente a si, resistiendo dos, cuatro, seis impactos mágicos. Pero fueron demasiados para el humano, y al fin terminó cayendo al suelo, con los brazales destrozados y la armadura chamuscada por el conjuro.

- ¡CAE, INSENSATO! - Gritó fuera de si el arcano mientras lanzaba el conjuro. - ¡Cae y arrodillate ante el poder de Murann, ante la gloria del Imperio, ante la perdición de todos los tuyos! - Se acercó a zancadas al cuerpo inconsciente y puso su bota encima del pecho del combatiente, presionando a conciencia.

Una patada y un escupitajo se sucedieron, y el trasgoide se alejó. Los presentes hablaban, pero él no escuchaba, no oía. Estaba ciego de victoria, ciego de gloria, ciego de poder.
 

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