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Crónicas de un Showfield

braian

El que aplaude en los discursos Zhent
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20/4/17
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CRÓNICAS DE UN SHOWFIELD

asddsa.jpgEl viento del Mar de las Espadas azotaba las murallas de Luskan con un frío que parecía arrancar la piel. En las tabernas, donde la cerveza era aguada y el hierro olía a sangre, Khaldur bebía en silencio. Sus kukris descansaban sobre la mesa, curvos y afilados como colmillos. Nadie sabía de dónde venía, ni qué apellido llevaba. Para la mayoría era simplemente Khaldur, un mercenario que vivía de contratos y que no se ataba a nada más.

A simple vista parecía relajado, un hombre que dejaba que el azar decidiera. Pero quienes lo habían visto en combate sabían que cada movimiento suyo estaba calculado, cada palabra medida. Khaldur no dejaba nada al azar, aunque se complacía en aparentar lo contrario. Esa máscara de calma era su mejor arma.
(No me juzguéis si le pongo ambientación a mi escritura, es que amo llamar al lector, así que querido lector, disfruta de mis letras, ¿Vale?)



Capitulo I : El contrato de Judas.

La hoja llegó a mí en silencio, deslizada bajo la mesa de la taberna donde bebía. El papel estaba manchado de grasa y vino, sin sello ni firma de noble alguno. Solo unas palabras escritas con mano apresurada:


"Un mercenario de discreción y filo. Pago en oro. Trabajo en los bosques de Illusk. Cazar lo que acecha entre las ruinas."

No pregunté quién la había escrito ni qué rostro se ocultaba detrás de esas letras. El mensajero no dijo nada, y yo tampoco lo obligué. El oro era suficiente razón.

Leí el contrato una vez, luego otra, y lo doblé con calma. Los comerciantes de Luskan estaban desesperados: caravanas atacadas, cuerpos desangrados en los caminos, mercancías perdidas. No eran lobos ni bandidos, eso lo dejaban claro los sobrevivientes. Hablaban de figuras que se movían como sombras, que aparecían y desaparecían con la rapidez de un parpadeo. Algunos juraban que las flechas atravesaban sus cuerpos sin herirlos, otros que las sombras mismas se alargaban para estrangular a los hombres.

Yo sabía que los contratos siempre escondían más de lo que decían. Este olía a peligro, pero también a oro. Así que acepté.

Esa noche, mientras afilaba mis kukris bajo la luz mortecina de una vela, pensé en lo que me esperaba en los bosques. No era la primera vez que me enfrentaba a lo desconocido, pero había algo en esas sombras que me inquietaba. No por miedo, sino por intriga. Por primera vez, el contrato no era solo un trabajo: era una puerta hacia un misterio que podía cambiarme para siempre.

El camino hacia los bosques era más largo de lo que esperaba. El aire se volvía más pesado a cada paso, como si la tierra misma quisiera advertirme que no debía avanzar. Los árboles crecían torcidos, sus ramas parecían garras que arañaban el cielo, y el suelo estaba cubierto de hojas muertas que crujían bajo mis botas como huesos quebrados.

No iba solo. El contrato me había dado un mapa rudimentario y algunas indicaciones, pero la verdadera guía era mi instinto. Cada sombra que se alargaba entre los troncos me parecía más viva que la anterior. El silencio era absoluto, roto apenas por el graznido lejano de un cuervo o el crujir de una rama.
(Esa analogía se me ocurrió apenas mientras escribía, ¿Podéis creerlo?)

A medida que me internaba, comencé a notar señales: restos de caravanas destrozadas, ruedas partidas, cofres abiertos y vacíos. Los cuerpos ya no estaban, pero las manchas de sangre seca en la tierra hablaban por ellos. No eran ataques de bandidos. La precisión, la limpieza de la violencia, me recordaba a un cazador que juega con su presa antes de matarla.

Me detuve junto a un tronco caído y afilé mis kukris. El metal reflejaba la poca luz que se filtraba entre las copas, y por un instante me pareció que la oscuridad misma se inclinaba hacia mí, curiosa.

Fue entonces cuando lo sentí. No lo vi, pero lo sentí. Una presencia que se movía entre las sombras, ligera, como un bailarín invisible. El aire se volvió más frío, y mi respiración se hizo más pesada. No era un espectro ni un demonio pactado. Era algo distinto, algo que se fundía con la penumbra como si fuese parte de ella.

No ataqué. No aún. Me limité a observar, a escuchar, a dejar que la intriga creciera en mí. El contrato me había traído hasta aquí, pero ya no era el oro lo que me mantenía en pie. Era el misterio. El deseo de comprender qué era esa criatura y cómo podía dominar las sombras sin plegarse a ningún pacto.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí el entusiasmo que creí haber perdido, tras tanto tiempo algo mas que el oro llamaba mi atención, pero ¿Qué era eso?

Me interné más en el bosque, siguiendo las huellas invisibles que solo mi instinto podía leer. El aire estaba helado, y cada rama que crujía bajo mis botas parecía anunciar mi presencia. Aferré mis kukris, los sentí como una extensión de mis manos, listos para cortar la oscuridad si se atrevía a cerrarse sobre mí.

De pronto, lo vi. Una silueta se deslizó entre los árboles, más sombra que carne, más silencio que movimiento. No caminaba: danzaba. Su cuerpo parecía fundirse con la penumbra, como si la negrura fuese su hogar.

Me detuve.

—Muéstrate —dije, mi voz firme, aunque mi corazón latía con fuerza.

La figura se detuvo también, a unos pasos de mí. No respondía. Solo me observaba desde la oscuridad, con ojos que no eran ojos, sino dos brasas apagadas.

—Si eres hombre, habla. Si eres bestia, ataca. Pero no me sigas como un fantasma —añadí, alzando una de mis hojas.

Entonces, un susurro emergió, no de su boca, sino del aire mismo:


"No soy hombre. No soy bestia. Soy la sombra que danza donde la luz muere."

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No era un pacto, no era magia de clérigos ni hechiceros. Era algo distinto, algo que no necesitaba explicación.

—He venido por un contrato —respondí, apretando los dientes—. Oro por tu cabeza, sombra.

La criatura se movió, rápida, como un relámpago oscuro. En un instante estuvo a mi lado, y mis kukris apenas alcanzaron a detener el golpe de su brazo envuelto en penumbra. El choque no fue de carne contra acero, sino de sombra contra filo. El metal vibró, como si hubiera cortado humo sólido.

—Tu oro no compra lo que soy —susurró, cerca de mi oído.

Me lancé hacia atrás, rodando sobre la tierra húmeda, y levanté ambas hojas en guardia. Mi respiración era pesada, pero mi mente estaba clara. Cada movimiento suyo era un enigma, cada ataque una danza imposible de predecir.

—Entonces te ganaré con astucia —dije, más para mí que para él—. Y cuando caigas, sabré qué secreto guardan tus sombras.

La criatura se detuvo, como si mis palabras hubieran despertado algo en ella. No atacó de inmediato. Solo me observó, y en ese silencio entendí que no era un simple enemigo, sino mas bien era una prueba. Una prueba que decidiría si yo seguía siendo solo Khaldur, el mercenario sin nombre, o si me convertiría en algo más... Pero no termina ahí, no tengo tanta suerte.

El bosque se cerraba sobre mí como una prisión. Los árboles eran columnas negras, y el aire estaba tan espeso que cada respiración me quemaba los pulmones. El suelo estaba húmedo, cubierto de raíces que parecían querer atraparme. Sentía que cada paso me hundía más en un lugar donde la luz no tenía derecho a existir.

La criatura apareció de nuevo, deslizándose entre los troncos como humo vivo. Su silueta era apenas un contorno, pero sus movimientos eran precisos, elegantes, letales. No caminaba: danzaba.

¿Qué eres? —pregunté, mi voz resonando más fuerte de lo que esperaba en aquel silencio.


"Soy lo que queda cuando la luz muere."

Su respuesta me heló la sangre. No era un grito ni un susurro, era como si el bosque mismo hablara.

Me lancé hacia adelante, mis kukris brillando con la poca claridad que se filtraba entre las ramas. El metal cortó el aire, pero la sombra se deshizo y reapareció a mi espalda. Sentí el roce de algo frío en mi cuello, como dedos invisibles.

—No eres carne, no eres espíritu —dije, girando con rapidez y trazando un arco con mis hojas—. Pero sangrarás igual.

La criatura se rió, un sonido hueco, sin garganta.


"El oro no compra mi muerte, mercenario."

El choque fue brutal. Mis kukris golpearon contra su forma, y aunque parecía humo, el impacto vibró en mis brazos como si hubiera chocado contra hierro. Cada ataque suyo era un movimiento imposible de anticipar: aparecía a mi lado, luego frente a mí, luego arriba, como si la sombra misma lo transportara.

Me obligué a mantener la calma. Cada paso que daba, cada giro de mis hojas, estaba calculado. Fingía improvisar, pero en realidad trazaba un mapa invisible de movimientos, esperando el instante en que la criatura cometiera un error.

—No soy un hombre que deja nada al azar —le dije, jadeando—. Y tú no eres invencible.

La sombra se detuvo. Por un instante, sus ojos —si es que eran ojos— brillaron como brasas apaga
das.

"Entonces demuéstralo."

El bosque entero pareció contener la respiración. Yo levanté mis kukris, el sudor resbalando por mi frente, y avancé. No por el oro, no por el contrato. Avancé porque necesitaba saber. Necesitaba arrancar el secreto de las sombras, aunque me costara la vida. (¿Se imaginan por un momento estar tranquilos en una caravana y que esta cosa les reviente el techo? Joooder el miedo que han tenido aquellos que no pudieron contar la historia.)

El aire estaba tan espeso que cada respiración me dolía en el pecho. La criatura se movía alrededor mío, veloz, imposible, apareciendo y desapareciendo como un espectro burlón.

Mis kukris cortaban la penumbra una y otra vez, pero el acero encontraba humo, vacío, sombras que se recomponían al instante. El sudor me cegaba, la sangre corría por mi brazo izquierdo donde un golpe me había abierto la carne. Sentía el ardor en las costillas, un dolor punzante que me recordaba que estaba vivo, pero al borde de romperme.

—¡Basta de juegos! —grité, mi voz quebrando el silencio.

La sombra se lanzó contra mí, un torbellino oscuro que me golpeó en el costado. El impacto me dobló, me arrancó el aire, y caí de rodillas sobre la tierra húmeda. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca.

Me obligué a levantarme. Cada músculo ardía, cada herida me pesaba, pero mi mente seguía calculando. Fingí un paso en falso, fingí debilidad, y cuando la criatura se abalanzó de nuevo, giré con precisión. Mis kukris trazaron un arco perfecto, y esta vez el filo encontró carne.

El grito que emergió no fue humano ni animal. Fue un sonido desgarrador, como hierro quebrándose. La criatura retrocedió, tambaleante, y por primera vez vi algo más que sombras. Su rostro emergió de la penumbra: humano, deformado por la ira. Sus ojos me atravesaron con furia, y por un instante pensé que me devoraría con la mirada.

Pero entonces, ese rostro cambió. La ira se deshizo en una sonrisa lenta, torcida, como si supiera algo que yo aún no comprendía. Una sonrisa que me heló más que cualquier herida.

Se inclinó hacia mí, su voz quebrada, y pronunció una sola palabra:


“Showfield.”

El eco de ese nombre se clavó en mí más profundo que cualquier corte. Yo, jadeando, sangrando, con las rodillas hundidas en la tierra, lo escuché como si fuese una sentencia. La criatura retrocedió, deshaciéndose en sombras, y en su sonrisa final comprendí que había cumplido su objetivo... Pero ¿Showfield? La intriga invadía mi ser completo, sin embargo estaba demasiado adolorido como para pensarlo, necesitaba curaciones, pociones, algo...

Cada paso de vuelta hacia Luskan fue un tormento. El bosque me había marcado con más que sombras: mis costillas ardían, mi brazo sangraba sin cesar, y cada respiración era un recordatorio de que había estado demasiado cerca de la muerte. El aire frío del Mar de las Espadas me golpeaba el rostro, pero no lograba apagar el fuego de mis heridas.

Me arrastré hasta las murallas, tambaleante, con la ropa empapada de sangre y sudor. Los guardias me miraron con recelo, como si fuese un espectro que volvía de entre los muertos. No dije nada. Apenas levanté la mano, mostrando mis kukris manchados de aquella sustancia oscura que no era sangre, y ellos entendieron que había cumplido… o sobrevivido.

En la taberna, busqué ayuda. El tabernero me llevó a una habitación trasera, donde una mujer de manos firmes me cosió las heridas con hilo áspero y me obligó a beber un brebaje amargo. Cada puntada era un dolor que me arrancaba gruñidos, pero también me devolvía la vida.

—Has peleado con algo que no es de este mundo —murmuró ella, sin mirarme a los ojos.

Las vendas ardían sobre mi piel, cada puntada era un recordatorio de que había estado demasiado cerca de la muerte. La mujer que me atendía no era una simple sanadora: sus ojos cansados, su voz quebrada, hablaban de alguien que había visto más sombras que luz en su vida.
(A que soy "El dramas" ¿Verdad?)

Mientras cosía mis heridas, sus manos temblaban. No por falta de destreza, sino por el peso de lo que guardaba en silencio.

—Ese nombre… —murmuró, apenas audible—. Showfield.

Me incorporé con dificultad, el dolor atravesando mis costillas.

—Lo dijo la criatura —respondí, con la voz áspera—. ¿Qué significa?

Ella se detuvo, el hilo aún tensado entre mis heridas. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían.

—En el idioma del Plano de las Sombras… Showfield significa “Sombra hiriente”. Es un nombre que no se entrega, se impone. Una maldición Khaldur...

Su voz se quebró, y por primera vez me miró directamente.

—Yo amé a un hombre que lo portaba. Él también fue marcado por las sombras. Creyó que podía dominarlas, que podía usarlas como arma. Pero el nombre lo consumió. Cada batalla lo alejaba más de mí, hasta que un día desapareció en la penumbra, y nunca volvió.

El silencio pesó entre nosotros. Sentí que sus palabras eran más dolorosas que mis heridas.

—¿Por qué yo? —pregunté, apretando los dientes mientras el hilo cerraba otra cicatriz.

Ella bajó la mirada, y su voz fue apenas un suspiro:

—Porque las sombras siempre buscan al que las desafía. Y tú, Khaldur… las has herido...

Me quedé inmóvil, con el pecho ardiendo no solo por las heridas, sino por el peso de ese nombre.
Showfield. No era un título de gloria, ni un legado noble. Era una carga, un destino que ya había destruido a otros antes que yo.

La bruja terminó de coserme, sus manos firmes a pesar del temblor en su voz. Al levantarse, me dejó con una última frase que me atravesó como una daga:

—El nombre no es tuyo aún… pero ya te pertenece....



Querido lector, si llegaste hasta aquí felicitaciones, ya sabes un poco mas de mi que mucha gente, espero poder escribir mas capítulos pronto para ti.
Ah y si os preguntáis si cobre el contrato, pues claro que si, del aire no vivo y la cerveza esta cada vez mas cara...
 
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