DM Faith
Llanero del brasero
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I.
El bosque ya no cantaba. Sus ramas se arqueaban hacia el suelo, soportando un peso invisible. Como si se postrasen ante un destino inevitable. Las raíces se entrelazaban en patrones imposibles, ajenos al orden natural.
Ellos avanzaban.
Todo iba según lo previsto. Los peones cumplían su función.
Sentía algo fascinante al observarlos. Los Bosquemaldito. Un nombre apropiado, sin duda. Se relamió los labios tras dar un sorbo a su copa, deleitándose con el sabor de la ironía de todo aquello. Un regusto metálico que jamás se iba del todo.
Pero ya no se inquietaba por placeres triviales. Sus aspiraciones trascendían ya los confines de lo mundano.
Las tribus orcas que antaño luchaban entre sí, inmersas en trifulcas tan cainitas como inútiles, se habían unido con un solo propósito. El adecuado.
Desde las sombras, él los observaba. Recibía los informes de sus avances con una extraña satisfacción. Hacía mucho tiempo, demasiado tiempo, que no sentía emociones como aquellas. Cómo describirlo... ¿Sería júbilo? ¿Expectación? Eran sentimientos inefables, que rompían una apatía de siglos.
Por fin, volvía a sentirse vivo.
Cada nueva noticia del frente era una nota desafinada en una canción difícil de comprender, pero que interpretaban con devoción. Habían sido elegidos, aunque no lo supieran.
Instrumentos imperfectos, pero útiles. Herramientas toscas, pero suficientes.
Cumplirían con el propósito otorgado. Sería el primero de muchos.
Se apartó de la ventana y caminó hacia una estantería. Su estancia estaba repleta de libros. De tomos tan viejos como muchos de los árboles de la floresta, que habrían sobrevivido a conflictos más antiguos que los cimientos de múltiples reinos de Faerún.
Se detuvo en un estante y eligió un libro. Lo abrió y hojeó unas páginas en particular. El texto parecía manuscrito; la portada, vieja y ajada.
Y entonces, cerró los ojos.
Un río dorado atravesaba sus sueños, un torrente que lo devoraba todo: las raíces del bosque, las piedras e incluso la luz de las estrellas. Esa misma corriente fluía ahora en sus ojos. Cuando cerraba los párpados, veía una dimensión llena de palacios de oropel que se alzaban más allá de los confines de su mente. Sus torres retorcidas se extendían hacia cielos tachonados de estrellas negras.
Las máscaras aparecerían, una por una. Primero, en sus pensamientos; luego, entre las sombras que se escondían entre los árboles. Pronto, también entre ellos.
Era inevitable.
A lo lejos, más allá de sus fronteras, los gruñidos de los orcos se entremezclarían con un ritmo de un compás ajeno, marcando el avance de algo que se movía a través de ellos. El bosque se doblegaba, poco a poco. Se resistía, pero no lo suficiente. Cada día, cada noche, se marchitaba, y estarían más cerca de cumplir con su objetivo.
Él sonrió. El momento se acercaba. Pronto sería inevitable.
Y su papel no había hecho más que comenzar.
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