Novedades

Crónicas del Norte

Estado
Cerrado para nuevas respuestas.

DM Faith

Llanero del brasero
Registrado
6/12/24
Mensajes
1,136
Separador superior.png
I.

Relato 1.png
El bosque ya no cantaba. Sus ramas se arqueaban hacia el suelo, soportando un peso invisible. Como si se postrasen ante un destino inevitable. Las raíces se entrelazaban en patrones imposibles, ajenos al orden natural.

Ellos avanzaban.

Todo iba según lo previsto. Los peones cumplían su función.

Sentía algo fascinante al observarlos. Los Bosquemaldito. Un nombre apropiado, sin duda. Se relamió los labios tras dar un sorbo a su copa, deleitándose con el sabor de la ironía de todo aquello. Un regusto metálico que jamás se iba del todo.

Pero ya no se inquietaba por placeres triviales. Sus aspiraciones trascendían ya los confines de lo mundano.

Las tribus orcas que antaño luchaban entre sí, inmersas en trifulcas tan cainitas como inútiles, se habían unido con un solo propósito. El adecuado.

Desde las sombras, él los observaba. Recibía los informes de sus avances con una extraña satisfacción. Hacía mucho tiempo, demasiado tiempo, que no sentía emociones como aquellas. Cómo describirlo... ¿Sería júbilo? ¿Expectación? Eran sentimientos inefables, que rompían una apatía de siglos.

Por fin, volvía a sentirse vivo.

Cada nueva noticia del frente era una nota desafinada en una canción difícil de comprender, pero que interpretaban con devoción. Habían sido elegidos, aunque no lo supieran.

Instrumentos imperfectos, pero útiles. Herramientas toscas, pero suficientes.

Cumplirían con el propósito otorgado. Sería el primero de muchos.

Se apartó de la ventana y caminó hacia una estantería. Su estancia estaba repleta de libros. De tomos tan viejos como muchos de los árboles de la floresta, que habrían sobrevivido a conflictos más antiguos que los cimientos de múltiples reinos de Faerún.

Se detuvo en un estante y eligió un libro. Lo abrió y hojeó unas páginas en particular. El texto parecía manuscrito; la portada, vieja y ajada.

Y entonces, cerró los ojos.

Un río dorado atravesaba sus sueños, un torrente que lo devoraba todo: las raíces del bosque, las piedras e incluso la luz de las estrellas. Esa misma corriente fluía ahora en sus ojos. Cuando cerraba los párpados, veía una dimensión llena de palacios de oropel que se alzaban más allá de los confines de su mente. Sus torres retorcidas se extendían hacia cielos tachonados de estrellas negras.

Las máscaras aparecerían, una por una. Primero, en sus pensamientos; luego, entre las sombras que se escondían entre los árboles. Pronto, también entre ellos.

Era inevitable.

A lo lejos, más allá de sus fronteras, los gruñidos de los orcos se entremezclarían con un ritmo de un compás ajeno, marcando el avance de algo que se movía a través de ellos. El bosque se doblegaba, poco a poco. Se resistía, pero no lo suficiente. Cada día, cada noche, se marchitaba, y estarían más cerca de cumplir con su objetivo.

Él sonrió. El momento se acercaba. Pronto sería inevitable.

Y su papel no había hecho más que comenzar.


Separador inferior.png
 
Última edición:

DM Faith

Llanero del brasero
Registrado
6/12/24
Mensajes
1,136
separador-superior-png.21523

II.

Su plan discurría conforme lo previsto. O casi.

En aquella bella sinfonía algunas notas insistían en no seguir la partitura. Pequeños detalles. Imperfecciones en su Gran Diseño. Molestias persistentes que se traducían en ruido.

No había previsto este súbito arranque de sentimentalismo. Había infectado incluso a los propios elfos.

¿Alianzas con orcos? ¿Con las propias huestes que impregnaban el bosque con su extraña mácula? Tuvo que oírlo; verlo, para creerlo.

Pero cosas más extrañas se han visto en Faerún. Y aún más extraños compañeros de lecho.

No dejaba, sin embargo, de ser una estrategia condenada al fracaso. Un eco molesto en su sinfonía.

Pues él no lo permitiría.

Tampoco esperaba que entre los defensores del bosque emergiese una resistencia organizada. Contaba con que el miedo los asolase, y que la discordia reinase en sus corazones. Había subestimado su determinación; su flexibilidad a la hora de tejer alianzas. Y su tenacidad frente a los horrores que empezaban a anidar entre los árboles.

Era un contratiempo, sí, pero reconducible. No había sufrido pérdidas importantes.

Observó desde lo alto, pensativo, el paisaje frondoso que se extendía hasta el horizonte. Aquello, al principio una conjura, ahora se había convertido en un juego fascinante. Dedicó horas a cavilar; a analizar cuidadosamente cada anuncio, cada movimiento. Repasó la posición de cada uno de sus peones. Cada papel asumido en esta función.

La oposición era un paso necesario. El miedo sería el hilo conductor que finalmente llevaría todo a su debido cauce.

Se apartó de la ventana, su silueta recortándose contra el resplandor mortecino de una luna que apenas iluminaba el bosque. En su mente, cada revés se transformaba en una nueva jugada. La resistencia había ganado terreno en ciertos frentes, pero cada victoria los impregnaba de la mácula. Ellos no lo sabían, pero sus triunfos no eran más que preludios de su inevitable caída.

Tomó una pluma y escribió rápidamente en un pergamino. Tenía mucho trabajo por delante.

Se relamió al pensar en lo que estaría por venir.

El bosque se había marchitado más de lo que los defensores querían admitir. Cada rincón del bosque estaba impregnado de una penumbra que robaba la esperanza. Donde una vez los ríos murmuraban canciones cristalinas, ahora corría agua oscura y amarillenta, impregnada de un hedor acre. Y donde los árboles alzaban sus ramas en un saludo eterno al cielo, ahora se retorcían hasta el suelo, encorvados por un peso invisible.

Pero ellos no lo entenderían. El Gran Propósito. La Obra. Quedaría muy poco para su alumbramiento.

El bosque no era un campo de batalla, sino un escenario. Y él no era un comandante; era el director. Los defensores y los orcos, simples actores en su narrativa. Cada paso que daban, cada decisión que tomaban, no hacía más que avanzar la trama que él había confeccionado.

Pues en su mente, él era el Soberano.

Guardó el pergamino en un tubo de cuero ennegrecido, listo para ser enviado. Luego, se giró hacia el libro que reposaba en su escritorio. Sus páginas estaban llenas de caracteres extraños, repleto de dibujos de patrones dorados que parecían alterarse con cada parpadeo. Al pasar sus dedos por el texto, sintió la energía pulsante que emanaba de cada signo.

Y con un movimiento decidido, cerró el libro. Aún quedaba mucho por hacer.

separador-inferior-png.21527
 

DM Faith

Llanero del brasero
Registrado
6/12/24
Mensajes
1,136
III.

¿Qué es una persona?

¿Es su cuerpo?

¿Es su mente?

Arranca la piel, desgarra el músculo, rompe los tendones. Tritura la carne; pulveriza los huesos, quema los restos. Esparce las cenizas, y entonces, ¿qué queda?

¿Queda acaso algo más que la nada?

Una persona no es un cuerpo. La muerte no es más que una transformación. Y tan sólo los cuerpos la temen.

La carne es un vehículo. Destruir la carne implica anclar el espíritu. Elegir autonomía frente a la claudicación, la acción sobre el fin, comprender que el cuerpo no es el ser.

El miedo nos protege de la pérdida.

Temer a la muerte nos protege de perder un cuerpo. Temer la ruina nos protege de perder una reputación. Temer el rechazo nos protege de ser comprendidos.

Pero perder un cuerpo se limita a tener un cuerpo. Perder reputación se limita a tener reputación. Ser comprendido se limita a ser consciente.

Está en la naturaleza de todas las cosas cambiar, transformarse. De pasar a lo conocido a lo desconocido, a lo comprensible otra vez.

¿Pero qué ocurre cuando la mutabilidad incesante del todo destruye el significado del final?

¿Qué queda del miedo?

¿Es un refugio que nos protege de nosotros mismos?
 
Estado
Cerrado para nuevas respuestas.
Arriba