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Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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Sueños
Tras su marcha de la Catedral de Espíritu Elevado, una joven Aredhel se une a la campaña de captación promocionada por la Orden del Radiante Corazón, en Amn. No carente de complicaciones y dificultades en su camino, y pese a pertenecer a una fe ajena, la mestiza logra su objetivo al poco tiempo de llegar al ingresar como Escudera.

Sueños.

Nadie sabe con certeza por qué llegan y qué significan, pero están ahí. Desde la más tierna infancia, las personas sueñan, crecen, y con ello surgen las ambiciones y los anhelos.

Todos tienen sueños. Algunos llegan a cumplirlos y muchos otros no. Los sueños vienen en diferentes tamaños y naturalezas: rutilantes de megalomanía, pequeños, humildes, extravagantes, evasivos. Sea como sean, es innegable que formen parte de la propia esencia humana.

¿O quizás no? Se preguntó la joven escudera. Ella tiene sangre de elfos, de hadas, criaturas que surgieron según los relatos de los mundos del Ensueño. Ella leyó la historia, los ha visto. Quizás por ello sienta los sueños de otra manera: los vive, los saborea en el paladar como un buen vino añejo, como la brisa tórrida del mar de verano.

Siempre había atesorado sus sueños. Uno de ellos era tornarse caballero, como aquellos de los que se había inspirado, nacidos en los relatos de caballería. En ellos, la fantasía se entremezcla con la leyenda, con el recuerdo del pasado. Las hazañas se llenan de sustento barroco, pomposo quizás, con cabellos sacudidos por el viento y dulces notas de cantos de ninfa. Sin embargo, la realidad se ha mostrado más dura, con incesantes entrenamientos y una rigidez moral que se le antoja obtusa; edictos, virtudes, restricciones, tareas, obligaciones. Limpiar los establos, orar, barrer las hojas, ensillar los caballos, montar, entrenar, escribir, escuchar. El día al completo, sin descanso, siempre diligente y sacrificada. Sí, supuso que las historias no hablaban de las labores del escudero, de sus deberes mundanos y de las pruebas que deben de pasar hasta ser nombrados y poder cabalgar hacia el horizonte.

Por eso le gustan los sueños. En ellos nunca encontró restricciones, ni obligaciones, si no el más puro goce viviendo sus aventuras. En algunos cabalga velozmente con su corcel, segura y sin temor a caerse, sin que la armadura le pese, con la espada en alto, cargando contra el malvado dragón. En otros, desafiando al vil tirano que mantiene preso a un hermoso doncel, en un combate singular donde los hierros chocan, chispean y las palabras se intercambian con ingenio y donaire. Y luego otros, donde el viento cala sus huesos, aprieta unas vestimentas raídas contra su cuerpo, las dunas de nieve, olas de hielo hasta donde le dejan llegar sus ojos. Ese frío es miedo, ella lo sabe, quiere abrir los ojos y no puede, pero…

Suspirando, echada sobre la hierba, observa el cielo anaranjado. Ahora sueña con lugares distantes lejos de la monotonía de la escoba, de sus deberes, de la espada y los estafermos. Es un momento de soledad, que sin embargo, disfruta con agrado. Piensa en hadas, en unicornios, en lagos envueltos en niebla, en damas desnudas, cantando mientras se bañan en las riberas, en viejos dragones, durmiendo en sus montañas de oro…


“¿En qué piensas?”, preguntó Célade tras bostezar, observando a su ama desde lo alto de una rama.

“En nada”, respondió sonriente, con una sonrisa bobalicona adornando sus labios.
 

Skotos

El cansino de los Siervos de Hueso
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Armas

El tiempo pasa y el adiestramiento de Aredhel continúa. Además de comprender los deberes del Caballero, se entrena en las armas, con el objetivo de dominarlas y poder defenderse con pericia.



El cielo, manchado por goterones de blanco entremezclado por un azur pálido, recuerda a un lienzo de colores desparramados. Aún no hay voces ni piares, tan sólo un despertar somnoliento; suenan las campanas, se llena la iglesia, salen los mozos a los establos. Poco a poco el paisaje regresa a la plácida monotonía a la que se halla acostumbrado. Estafermos aquí, un molino allá, caballeros rondando de un lado al otro de los patios. La diligencia con la cual retoman sus tareas sería admirable, si no fuera porque parte de una fuerza mucho más humilde, la que da el hábito.

Es hora de los entrenamientos. Los aprendices asignados son llevados a los campos de entrenamiento. Entre ellos, Aredhel Silvermoon, creyente de hadas y de enigmas, sostiene la espada con reparo. La vigila una hastiada mirada, perteneciente a una mediana non grata ya en la Santa Sede. Aún así, decidió hacerse cargo de la muchacha, en un arrebato de generosidad, o quién sabe, pensamientos de medianos.


“Más alto. No, así no. Dale con saña.”

Un golpe. Pausa. Alza el arma. Golpe. Otra pausa. Golpe. Una pausa aún más larga.

“Así no llegarás a ninguna parte.”

Aiala se acercó a Aredhel con un ceño ya fruncido hace rato. La tomó de la muñeca con rudeza, una fuerza que muchos dirían imposible para semejante cuerpecillo. Aredhel la miró incómoda y nerviosa.

“Lo siento. Nunca se me ha dado bien.”

“Pues tienes que mejorar. Ahí afuera no vas a encontrarte a bellacos apuestos, si no a gente dispuesta a meterte un cuchillo por las enaguas.”

Bajó la mirada y se esforzó en lanzarla hacia el estafermo. Su mano guiada rozó lo que sería el cuello y el pecho, formando una cruz.

“Aquí, y aquí. Inténtalo.”

Aredhel asintió. Alzó la espada. Golpe. Pausa. Otro golpe. Otra pausa. Golpe, golpe. Y una pausa más larga, entrecortada por un jadeo.

Aiala torció sus labios en una mueca soez.


“Algo mejor. Pero sigues pegando como una mujer.”

La redundancia se le hizo dolorosamente sincera.

“¿Podemos parar? Yo… Creo que es mejor que sigamos después”, comentó la semielfa, siguiendo su frase a un suspiro.

“No te gusta esto, ¿no?” La mirada de la mediana escrutó a la escudera con lo que se diría que sería desdén, o detenimiento. No estaba muy segura de qué pensar de ella.

“Mira, sé que esto no es agradable ni bonito. La guerra no suele retratarse según las historias; es sucia, maloliente, asquerosa. La gente muere y pierde brazos. Sin embargo, yo te entiendo y en algo somos parecidas: a ninguna nos gusta todo este teatro. Yo lo odio porque es lo único que conocí.”

“¿Y entonces por qué quieres enseñarme?” Enterró la punta de la hoja en el suelo y se detuvo para observarla mientras se cruzaba de brazos.

“Porque tu caso es diferente. Tienes miedo de la violencia, pero porque vives en una burbuja. Eso te hace especial. Sí, tienes algo raro, y creo que merece la pena explotarlo.” Carraspeó por un instante como un carretero haría y escupió al suelo. “Eso sí, procura despertar ya. La gente que sueña demasiado persigue fantasmas. Cuando salgas allí encontrarás a gente dispuesta a matar, como a ti, o a mí. A esa gente no le importa tu moral ni tus sueños. Sólo quieren quitarte de en medio. Así que sigue, hasta que te canses, y si me acabas odiando por ello, usa ese odio para pegar con más fuerza. No te moverás hasta que termine.”

Continuaron el entrenamiento hasta bien entrada la tarde. No descansaron siquiera ni para comer. Los progresos de la escudera fueron escasos, aunque eso no fue un percance que impidiera que siguieran encontrándose sobre la misma hora, las mañanas siguientes.

Había algo que Aredhel reconocía en aquel pequeño duende. No sabía muy bien lo que era, le tenía miedo. Pero al mismo tiempo, sabía que necesitaba comprenderlo.
 

SWOTL

Doble de Ilmater en las palizas
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xDD , me ha hecho mucha gracia como has interpretado a Aiala, es como una parodia :p . Sera mejor que el bardo que escribe los relatos de Aredhel se cuide de que esto no llegue a oidos de Aiala , porque no le gustaría, xD.
 

Jotunhëim

Niño sin padres ni hospicio
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