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Cuando anochece...

_NagaShadow_

Restos de un PJ de Aharadad
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Y entregándome ese rubí perfectamente tallado se cerró el pacto con el que condenaría para toda la vida a un par de almas inocentes que aún no existían. Caminaba por detrás de la elfa de las estrellas, Maiev, quien se encontraba inconsciente sobre el regazo del mestizo Aldarion. Deseaba gritar al cielo pero con ello habría traído más consternación a mis compañeros y las lágrimas, sencillamente rodaban por las mejillas sin poder pararlas. Y el tiempo ahora no era más que el reflejo de mi corazón, la tormenta cayó encima, llevándose las lágrimas consigo para que la pareja no sufriera con mi sufrimiento, para no dolerles mi dolor. El camino se hacía interminable en silencio, con el único sonido de la lluvia. Mi maestro se adelantaba y pude tener la sensación por primera vez en todo el tiempo que llevábamos viajando juntos la distancia real que había entre uno y otro.Sus sentimientos por Sulya, su venganza eterna, mi condición de humana y la suya de elfo...y esto lo terminaba de sentenciar. Jamás podríamos tener una vida juntos más allá de lo que teníamos hasta ese momento y cuanto más me acercara, más en peligro estaría su vida, más infeliz lo haría.

Y tal vez fuera ése uno de los motivos por los que acepté ante el dragón milenario llevar mi yugo y el de Maiev, porque en cambio ella, podía llegar a ser feliz, algún día, con ese drow impulsivo pero de gran corazón que era Nizz. La distancia iba creciendo a cada paso y seguía viendo más porqués...más peros...más razones. Razones como que había dedicado demasiado tiempo en mi y poco a las causas de Lazhánder, pero ya no habría un "mi". Llegamos al refugio y dejamos que la elfa reposara sobre uno de los camastros y por primera vez en aquel viaje la mirada de Alda y la mía se cruzaron. Sonreí cuando lo que deseaba era bien distinto y bromeé sobre aquella situación. ¿Ahora era una señora del dragón? ¡Podríamos derrotar a todo el mal! Le comentaba de forma jocosa y su respuesta fue un abrazo fuerte. Me conocía bien y era lo que más necesitaba en ese momento, pero eso minaba mis fuerzas y voluntad y pronto me escaparía de sus brazos. Cuando Maiev se recuperó, estaba realmente enfadada. Consigo, con nosotros, buscaba culparse aunque Alda ya se había anticipado haciéndolo. Sabía qué podía pasar por la cabeza de la elfa pues de haber sido al contrario, probablemente fuera yo quien tuviera esa actitud. Le pedí que tuviera cuidado y marchó a hacer o más bien, a deshacer este pacto o tal vez más adecuado sería llamarlo maldición.

Y volvió a irrumpir ese molesto silencio que me inducía a pensar y recordar en cómo le prometí a esa bestia poseer a mis descendientes o cómo pagarían todos mis seres queridos si no lo hacía. Y entonces fue cuando vi un poco de luz...en la soledad. Que ellos mismos me alejaran de sí poco a poco. Lo suficientemente sutil para que nunca lo descubriesen y tal vez yo con el tiempo les olvidara, les odiara...O cualquier sentimiento negativo que dejara de ponerles en peligro. Nunca querría a nadie más de los que los quería en ese momento, nunca amaría más de lo que amé hasta aquel instante. Así me desligaba de todos...así protegía a los que aún vivían y a los que estaban por venir. Sin duda, esto era un adiós.
 

Cloudalbert

Zapatillas de osito de Shama
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Vengaaa, menos lloros que la cosa saldrá palante de alguna forma! El escrito bonito, emotriste crepuscular de los tuyos, pero muy bonito :twisted: Mira que sus gusta llorar eh...
 

Cloudalbert

Zapatillas de osito de Shama
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El llanto roto y desconsolado de una muchacha arrojada sobre la mesa de un escritorio. El llanto ininterrumpido, sollozante, de la triste ignorante que ha dejado de serlo, y derrama su impotencia contra la madera mal barnizada de una destartalada habitación de una posada hoy sin nombre. Pero no es lo peor del sonido su timbre de angustia, ni el agrio y penetrante mal sabor de boca que deja siempre la inocencia perdida, o robada a machetazos. Ni siquiera es lo peor el saber que es una mujer joven quien llora, lo peor es ver cómo lo hace sola. Caras largas en la habitación, rostros sombríos llenos de vergüenza, de cobarde pesar. Y ella sigue llorando sola sobre su vulgar trono, sola a pesar de haber dos personas con ella. Sola a pesar de la vida que gesta.

Se acerca al fin uno de ellos, posando una mano sobre su trémulo hombro, en vano intento de ser nimio apoyo, triste consuelo para la que necesita lo que ninguno está dispuesto a dar. Y alza la vista a la tercera figura, implorante, pidiendo con el corazón encogido que algo haga por calmar el torrente. Pero nada se puede hacer, ya no, es tarde… Un jarrón roto ya nunca vuelve a ser nuevo, por mucho que uno lo intente recomponer...

Y al fin, por inercia propia, como la de la lluvia que pierde fuerza, el llanto se va amortiguando, tornándose luengo y cesando sin más, culminándose en un temeroso susurro, alzado a los dos espectadores de esta función nunca pedida;
-Me los quitará… Me quitará a mis hijos…
-Todos… Todos lo sabíamos… Les prohibí decirte nada. -Acierta a decir el menos humano de los presentes, con una voz hueca que intenta sonar íntegra, firme y convencida. Y ante la confundida mirada de su interlocutora, no puede más que entreabrir los brazos, como si dejara ver ante sí el triste resultado del saber. –Lloras… Lloras ahora que sabes… Y más has de llorar todavía. No quería que esto pasara.
-Me hubiera dado cuenta… -Responde con débil réplica ella, ante la triste mirada del semielfo que aún procura calmarla con el tacto de su mano. –Es algo que no se puede ocultar mucho tiempo…
-Necesitaba menos de una dekhana. –Se alza la áspera voz, a pesar de que la mirada huye a un rincón de la habitación. –Mil planes se han hecho… Mil formas de sacarte de dentro eso que no es tuyo… Pero al final sólo una sirve… Sólo una sustituta te librará de ello… - Y no pudiendo evitar captar el horror en la mirada de la muchacha ante la simple mención de extirparle sus engendros, se enciende con la sangre hirviendo en las venas, arrebatado por una ira que lleva tiempo devorándole y que no reconoce, un sentimiento egoísta y posesivo, por mucho que enmascare tras razones lógicas o válidas a los demás.
Ella abre los ojos aturdida, abrazándose el vientre en un protector gesto reflejo, preguntando con el temor pintado en la voz. -¿Qué quieres… decir…?

Y la frustración se hace incontenible, avanzándose con un fuerte paso que resuena en las tablas del suelo, alzando la áspera y agria voz grave, acusador. -¡No te atrevas a imaginarlo siquiera! ¡No oses tratar a esas cosas como si fueran tuyas! ¡Sólo eres la gallina que empolla los huevos de un lagarto que dejó los suyos en el nido, ¿Te enteras?! Sólo eres un contenedor… ¡Y no voy a ver como pares a dos engendros, ni cómo lloras cuando su padre te los quite! – Remata él con un violento zarpazo al aire, en furioso aspaviento, pues sabía ya que esto había de pasar.
Pero ella se recompone ya del choque inicial, espoleada su aturdida mente por las palabras de amenaza a lo que ahora ya es suyo, ganando ímpetu conforme habla. -¡Claro que son míos, ahora sí! ¡Y es mi responsabilidad que no acaben siendo las marionetas de ése ser…! Si intenta quitármelos, tendré que marcharme… Lejos… Nos marcharemos lejos, donde nadie nos encuentre...
Pero un agudo rugido de puma parte de una vez la frase de la muchacha y la tensión en el aire, abriéndose paso por encima de las palabras. -¿Qué clase de monstruo crees que parirás de tragarte los rubíes de una sierpe vieja como el mundo, ilusa? Lo más probable es que ni siquiera sobrevivas al parto…
-Mekh... l..lo que llevas ahí... n..no son fruto del amor ni nada... son... de él...- Interviene apurado el semielfo, intentando calmar los ánimos, acentuado su tartamudeo por lo crítico del momento.
Ella parece a punto de desgarrar su falda de tanto apretar, las lágrimas amenazando con brotar de nuevo, impotentes, cuando razón y corazón no quieren ponerse de acuerdo, ni acordar unas tablas siquiera. – Que no sean sólo de mi sangre no significa que sean monstruos… ¡Es mi deber hacer que no se conviertan en unos…!
-¡Son monstruos desde antes de que ninguno de los que estamos aquí naciera, estúpida! –Brama el felino al momento, apoyado por el leve cabeceo del indeciso arquero. E ignora las nuevas réplicas de la aludida, obligándose a calmarse un poco, a respirar hondo y enderezarse de nuevo, retrayendo unas garras que solas se habían disparado, para hablar ahora sin gritar, pero con una determinación inquebrantable. – Le daré a ése Rojo hijo de la grandísima puta lo que quiere, una zorra que esté dispuesta a entrar en su juego, y él levantará el pacto sobre ti.
-¿¡Y hacer que más gente sufra con esto!?
- Y si tengo que partirte las piernas y los brazos para que te dejes hacerlo, y abrirte a cuchilladas para sacarte las piedras, ten muy claro que lo haré. –Responde el de ojos ambarinos como si no hubiese oído su anterior respuesta, en una declaración que nada tiene de amenaza.
-¡Ya no son unas piedras! ¡Tienen vida y la tendrán! ¡Y no te comportes tú como el monstruo!
-Mekh... t..tienen vida pero no son buenos... – Interviene de nuevo el medioelfo, cabizbajo, en su tono sumiso, apaciguador.
-¡Alda, deberías saber mejor que nadie lo que es ser diferente y te traten mal! ¡Tú me contaste lo duro que fue! ¡¿Por qué ahora que tienes la oportunidad de darles la oportunidad que no te dieron a ti, se las quitarás?!
Y se acerca el mestizo sin responder, cruzando la cara de la muchacha en un rápido bofetón sin reprimir sus fuerzas, levantándole la mano por vez primera desde que la conociera, mandándola al suelo y haciendo su sombrero volar, ante el inmóvil rostro de Ender, que se ha quedado blanco por sorpresa, y que corre a ayudarla a levantarse en cuanto reacciona.
-¡Dragones! ¡No estamos hablando de alguien diferente, de niños con el pelo distinto, o con una jodida cola o cuernos! ¡Parirás dragones si no hacemos nada, estúpida!
-¡Aléjate de mí! –Grita ella revolviéndose cuando recupera las fuerzas, ya alzada por la ayuda del otro mestizo, llevándose luego una mano a la cara para tapar el torrente que de nuevo escapa a su dueña y su voluntad, corriendo río abajo, buscando el suicidio de su caída.
-Mekh... t..tiene razón... escúchale…- Musita quien la sostiene aún en un susurro lleno de súplica, tierno y desesperado. -L..lo hacemos por tí...
-¡Ése es el problema, que lo hacéis por mi! ¡Nadie mira por ellos!
Es entonces cuando al fin, el más viejo y cansado de los presentes da la batalla por perdida y, con un imperceptible suspiro, toma su determinación. Demuda su rostro en uno que hace mucho que no tomara, y una vez más, al fin, calza su máscara de Cazador. Los dos ojos ambarinos se clavan en Mekhare con una indiferencia absoluta y opaca, una mirada extraña y aguda que nada deja traslucir, y habla él con una terrible frialdad desconocida para la muchacha, pronunciando sus palabras sin inflexiones, dejando que los agudos cristales de escarcha se formen en cada recoveco.
-No tienes poder alguno sobre mí, criucha estúpida. –Musita girándose lentamente, con unos movimientos medidos, pausados, dedicándole una última y larga mirada por encima del hombro antes de girarse completamente, para seguir hablando de espaldas. – Ni sobre lo que voy a hacer. –Abre la puerta de la posada, y cruza el umbral sin dudar, dejando sólo tras de si un grave recado, en un tono que no necesita ser imperativo siquiera. – Ender, cuídala hasta mi vuelta.
Y a la orden, sólo le sigue el suave chasquido de la puerta al cerrarse.

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Y ahora, malditos sean los Dioses, está en este maldito infierno al que mil veces se juró no volver. Lleva casi una jornada entera pisando piedra negra y húmeda, siempre en bajada. Ha girado tantos recovecos que sabe que sólo el instinto le podrá hacer volver, si es que vuelve, y cada maldito eco lejano en las cavernas eriza hasta el último cabello o pelo de su cuerpo. No es ya el crío que entonces era… Pero esto sigue siendo desafío más que de sobra incluso para unos sentidos como los suyos… Sus ojos felinos apenas captan luz alguna, sólo la de los hongos luminiscentes que empiezan a salpicar ya algunos pasajes, y aunque debería ser una buena señal, sabe que no lo es. Su olfato está casi por completo embotado por culpa de los densos y hediondos vapores que parecen surgir intermitentemente de cualquier grieta en la roca, amenazando con quemar o envenenar al incauto, y su finísimo oído se pierde en los incontables ecos de cada sonido, que se repiten hasta el infinito haciendo imposible saber si una bestia solitaria vaga lejos, o si está uno rodeado por un ejército entero de ellas.

Al final, se deja ver ante él. Una enorme criatura de al menos diez pies, bípeda, con un retorcido pico y unos brazos terminados en unas garras peligrosamente largas y curvas, todo él protegido por una gruesa y pesadísima coraza ósea, repleta de púas y nudos, que no parece dejar una pulgada de piel sin acorazar. Oseogarfios, los llaman, ya casi no los recordaba. Él los llama “Arietes andantes y armados”. Pero no conoce ya la piedra que pisa, y bajar mucho más podría ser demasiado peligroso. Sabía perfectamente a lo que se arriesgaba, como sabía también a qué mundo pertenecería una hembra lo suficientemente loca y retorcida como para tomar el lugar de Mekhare voluntariamente. Muy fácil fue poner su cara de tipo duro y soltar sus frases saliendo de la posada… Ahora había que hacer el resto, y encontrar una drow. Y como era improbable que él la encontrara en su territorio… Tendría que dejarse encontrar por ella. Dejarse encontrar, y respetar a la vez. La montaña con cuchillas ante él debería servir…

Así que con una maldición a su suerte, salta el mestizo de la estalactita tras la que se ocultaba, desenvainando mientras lo hace y clavando sus hojas entre las placas del cuello de la criatura, que aún no acierta a reaccionar. Y las finas cimitarras apenas si entran dos dedos, con un chasquido luego al encontrar inesperada resistencia. Error de principiantes… Placas bajo las placas. O al menos eso piensa mientras vuela contra la pared del corredor, llevándose por delante dos estalactitas, o estalagmitas, o lo que diablos sea que acaba de partirle dos costillas. Resuella alzándose tras rodar a un lado entre gruñidos, comprobando que al menos sus brazos y piernas siguen respondiendo, intentando no vomitar ahora por el brutal impacto. Duro hijo de perra, se mueve rápido para ser tan enorme y pesar como un molino…

La mole grazna y se sacude enajenada, extasiada por la inesperada comida que acaba de saltarle encima, y corre hacia el diminuto mestizo en pesada carrera, salivando ya en anticipo de lo que ha de venir. Él se mantiene quieto esta vez, esperando, los dos focos de hielo ámbar brillando en la penumbra de la caverna que tiembla entera ante las pisadas de la máquina de guerra viva que corre hacia sí. El primer golpe llega de arriba, como predijo, y se cubre sobre la cabeza con ambas hojas en cruz, pero inclinadas hacia el interior. Un golpe así no puede pararlo sin desencajarse los hombros, pero sí desviarlo… Y así hace, la garra de hueso del monstruo acaricia las hojas en su bajada, corrigiendo sólo en parte su trayectoria, y el medio elfo sale girando a un lado sobre sí mismo, desplazándose con toda la inercia y fuerza del golpe recibido, descargando media docena de tajos sobre el costado del oseogarfio hasta llegar a su espalda, momento en que salta hacia atrás para volver a coger espacio, habiendo comprobado ya antes que no es lento girándose su oponente. Afila la mirada comprobando el resultado de su envite; muchas chispas, alguna mella en sus hojas, y poco más que arañazos en la coraza del ser.

Pero no puede evitar crisparse, irguiendo las felinas orejas alarmado cuando el graznido de su oponente al girarse encuentra respuesta tras de sí… Y ésta vez no ha sido un eco. Gruñe para sí maldiciendo su suerte, pero pese a todo, sonríe. Sonríe de medio lado, en una mueca feroz que hace escapar uno de sus marcados colmillos a sus labios. Al fin y al cabo, esto era lo que quería, armar jaleo… Y dos de ellos armarán más jaleo que uno. Además, al fin podrá jugar en serio con alguien, murmura interiormente, mientras el blanco de sus ojos se oscurece rápidamente, y la negrura parece extenderse de ahí al resto del cuerpo, con las negras cenefas del tigre bailando vivas por su piel, avanzando por el manto de cicatrices, culebreando en su abrazo como serpientes ávidas de furia y sangre, de miedo y guerra. El cabello se eriza, el morro se estira, y los puñales de marfil asoman libres a la boca, en un grave rugido de salvaje y lúgubre regocijo, en una promesa de necesaria Ira desatada. La piel de Guerra ha sido vestida.

Se gira en un rapidísimo gesto al recién llegado, aprovechando el momentáneo desconcierto de éste ante el cambio de tamaño de su comida, y lo mira ahora a los ojos sin necesidad de alzar la vista, con éstos brillando oscuros, con un brillo instintivo y animal, viejo como lo es la rabia en este mundo. Y las dos espadas cruzan el reforzado pecho de la criatura con una fuerza que no debiera ser de éste mundo. El chirrido resuena penetrante en las cavernas en probablemente media milla a la redonda, el reguero de vivas chispas ilumina el lugar cegando a las criaturas, y dos profundos surcos se marcan en el hueso, mandando luego al monstruo volando hacia atrás, alzado del suelo de forma imposible por la fuerza del impacto y del frenesí, estampándolo contra las frías rocas y amenazando con echar abajo el corredor, mientras la presa vuelta cazador encara a su otro juguete, jadeando ávida de liberar todo ese veneno mal contenido que le quema en el pecho. Va a ser mucho ruido.
 

asimil

Orco del Desolado
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Cloud... como siempre, estremecedor y magnifico relato, mi mas sincera enhorabuena.
 

mochilosc

Orco del Desolado
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muy buena tio! enserio!seguir escribiendo mamones! *les zurra con el latigo*
que yo me quede con Mekh en esa habitación XD
 

Sam

Liche táctico
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En menudo follón me habéis metido los tres -.- (Pero que follón más emocionante!)

Buenas historias, me ha gustado el rol de Ender, Mekhare y Aldarion en la posada, así como las mismas historias ^^

Sam,
 

_NagaShadow_

Restos de un PJ de Aharadad
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Tengo a un pequeño artista por explotar :eek:
 

Sam

Liche táctico
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Lo correcto
Relatos de Ayrin de Rashemen

La siguiente historia tiene lugar entre las 17:00h y las 18:00h.

La cueva se muestra fría e insensible. Sus estalactitas cierran la caverna y gotean como si estuviéramos dentro de una mandíbula de una criatura hambrienta. Mekhare está desolada en un rincón, percibo su confusión. Le acaricio la mejilla, le doy calor humano. Lo necesita.
—No quería decirle eso a Ender, yo.. lo siento.
No respondo. Dejo que asuma las consecuencias de sus palabras, que se oiga a si misma. Cuando juzgo oportuno suavizo mi voz.
—¿Por qué no me dijiste que eran dragones rojos? —ella baja la cabeza, avergonzada. No, no es eso, veo miedo.
—No quería ponerte en peligro, a nadie. Creí que si sabias la verdad no me ayudarías.
Guardo silencio, dejo que se explique. El lugar es frío, froto mis manos para calentarme.
—Yo siempre intento saber todo lo necesario antes de ponerme en peligro, Mekh. Si no lo hice en esta ocasión fue por quien eres, por quien representas, por a quien le importas. Quiero la verdad, Mekhare.
Ella se hunde más en la tristeza, de su agónico silencio surgen sus palabras temblorosas, débiles. He de afinar el oído para escucharla con claridad. Escucho.
—Un dragón rojo apareció frente a mi y Maiev. Nos obligó a comer dos diamantes a cambió de sobrevivir. Maiev se negó y la sierpe amenazó con matarla. Yo... me comí las dos gemas, para salvarle la vida.
Mekhare es dura, tiene carácter, pero no inmune. Veo el convencimiento de que hizo lo correcto, no lo discutiré. A veces lo correcto no resulta lo más inteligente en términos de supervivencia. Es por eso que la gente buena es tan poca y la villana tan abundante. La pregunta de Mekhare me saca de mis pensamientos.
—¿Qué harás ahora?
Nada. Seguiré aquí, a tu lado. Pero antes quiero preguntarte algo.
—Me quedaré contigo. Pero para ello quiero que pienses. Quiero que reflexiones. Comprende que hay fuerzas muy superiores a nosotros, fuerzas primigenias de las que somos incapaces de torcer su voluntad. Aquello que estás gestando son criaturas el caos, no existe más que un camino para ellos. ¿Eres consciente de ello?
Mekhare se lleva la mano al viente, me da la sensación que siente los pensamientos, los deseos de las criaturas. Duda, la veo dudar, pero luego me mira con determinación que asusta.
—Lo soy. Aun así quiero.
—Si aceptas este camino deberás vivir con sus consecuencias. Sufrirás por ellas. No solo la muerte, también hechos peores que la muerte. ¿Lo aceptas?
Es entonces cuando veo algo raro. Veo una mezcla de voluntades. Ya he visto como algo la poseía desde dentro, las criaturas de su vientre son bien conscientes de quienes son. Habla Mekhare con conocimiento, voluntad, pero en esta decisión no hay libre albedrío. Esta influenciada por ellos, lo sé, pero ella asiente convencida y yo respeto su decisión.
—Sea entonces, Mekhare. Te protegeré. Hasta el final.

Nunca hubo posibilidades de huir. Quizá al principio, pero Ender siempre fue bueno rastreando. Sé que casi lo consigo, pero estamos atrapadas. Solo puedo prepararme para el enfrentamiento. Mekhare está callada en un rincón, no habla. Yo tampoco tengo ganas de hablar, prefiero concentrarme den la cueva. Me da la sensación que el ambiente se ha caldeado, me fijo que en el epicentro se encuentra Mekhare. Mi imaginación casi puede oler el azufre que mana de las criaturas, pero guardo silencio, mantengo la guardia.
Aldarion no me falla con su impaciencia, tampoco lo hace Ender que lo lleva al lugar correcto. Nos separa el agua gélida de la cueva, solo a nado o con una cuerda se puede llegar aquí. Sé que Ender no sabe nadar, pero de Aldarion no sé de este detalle. Pienso en los tópicos del agua y los felinos, los deshecho. La voluntad de Aldarion es superior a cualquier tópico. Los oigo en el borde del agua, al otro lado, me muestro con las armas sacadas.
—¿Qué pretendes, Ayrin? —el tono de mestizo es áspero, contenido. Intenta aparentar control, lo consigue. Intentaré enervar su ánimo.
—Estoy aquí para defender a Mekhare. Ella decide, no tú.
Aldarion gruñe, eleva unos grados el tono. Aun no es suficiente.
—¿Sabes lo que le pasará si lo permito? Esos engendros la rasgarán el vientre. Si quiere morir, que se muera, pero no lo permitiré de ese modo.
—Haz c-c-caso Ayrin. S-s-solo queremos ayu-yudar —la voz de Ender se une a la coral. Me fijo si lleva su arco en la mano, Ender no me decepciona y lo lleva listo.
—Sé que pasará. Mekhare lo sabe y asume sus consecuencias. No hay más que hablar.
Aldarion llega casi al límite, solo he de perseverar. Quizá esta sea la única forma.
—¡Bien! Pues yo no acepto esas consecuencias.
Veo como Aldarion busca un punto de agarre, un punto de balanceo y sé que lo localizará. He de pensar cuidadosamente, se me acaba el tiempo. Ender prepara lo inevitable, veo el brillo mágico de sus flechas, pero aun no apunta.
—Mekhare. Ven.
Ella se asoma, veo reflejada la preocupación en su mirada, su tristeza y su dolor. Pero no reacciona, cada vez me convenzo que las criaturas de su vientre han retorcido su fe, han convertido el dogma de Lazhánder en una devastadora trampa mortal para Mekhare y los demás. Se pone junto a mi, sin exponerse.
—Mira lo que está a punto de pasar, Mekhare. Las criaturas del caos que llevas dentro, los verdaderos objetivos de ese dragón rojo se ven cumplidos. Vamos a pelear entre nosotros, a causa de tu decisión. Esa será la primera consecuencia. ¿La aceptas? ¿Estás dispuesta a pagar ese precio?
Siento como se le revuelve el alma a Mekhare, no hace falta ser vidente. Sus ojos desorbitados por la congoja, el arrepentimiento, pero también bañados en una obstinada fe en que hace lo que es correcto. Y, aunque de forma envenenada, no hay mayor fe que la que uno tiene cuando cree hacer lo que es correcto.
—Lo haré, Aldarion. Lo haré, no me vais a convencer de lo contrario. ¡Es lo que debo hacer!
Oigo rugir al mestizo en su fuero interno, oigo el garfio penetrar en la piedra y una cuerda balancearse. Se acaba el tiempo, las posibilidades, la oportunidades. Empujo a Mekhare hacia atrás, fuera del blanco de las flechas de Ender. No debo esperar mucho, ya los tengo enfrente. Me pongo entre ellos y Mekhare, flexiono las piernas. Será un combate duro.

—Apártate Ayrin —la voz insensible de Aldarion surge de su garganta.
Me preparo. Ender aun busca soluciones diplomáticas, ojalá las hubiera, pero no las hay. Quizá nunca las hubieron, la mente de Mekhare esta turbia, envenenada, pero aun así es su voluntad. No me moveré, Aldarion, no me voy a mover. Esa es mi respuesta. Juego mi última carta. Los espíritus escuchen.
—Nadie te culpará, Mekhare. ¿Qué valoras más? ¿Dos criaturas del caos que ya te poseen o aquellos que aprecias y amas?
Mekhare solo alcanza a balbucear que no debo combatir por ella. No era la respuesta que quería, la decisión que quería oír. Fijo mi atención en Aldarion y Ender. Oigo hablar a Mekhare, no la escucho. Antes del combate solo recuerdo haberle dicho que nunca tuvimos oportunidad de ganar, sino de dar una oportunidad de cambiar. Quizá no sea capaz de vencer a Aldarion cuerpo a cuerpo, veo que no va a usar todo su potencial, se va a contener. No necesita más. Ender lo va a apoyar y sé que es lo suficientemente bueno como para acertarme en pleno forcejeo con Aldarion. Esto no será agradable.
—Ayrin, p-p-por favor.. no..
No le doy respuesta a Ender, me lanzo a la yugular de Aldarion. Sé que me frenará. Es rápido, es endiabladamente rápido, y lucha sin armas. No logro penetrar sus defensas y solo recibo golpes. A la defensiva, rodearlo me expone a Ender. Aldarion me encaja un puñetazo en la quijada que me hace temblar todo el cuerpo, controlo el dolor y me devuelvo con un corte en el pecho. No sangra, su piel de cambiaformas es resistente. Intento otro movimiento, pero se me avanza, va siempre dos pasos por delante de mi. Puedo aguantar sus golpes, oigo como Mekhare cura mis heridas con su magia, pero no podré aguantar eternamente. Aldarion me finta, supera mi defensa y siento como algo estalla en mi pecho. Son mis costillas.
Me tambaleo, pero intento mantenerme firme. Aldarion aprovecha la defensa baja, me encaja otro puñetazo que acaba por destrozar lo poco entero que tenia en la caja torácica. He de focalizar, superar su defensa, puntos vulnerables. Lo consigo. Engaño a Aldarion con un quiebro, me arrodillo golpeando los tobillos con todas mis fuerzas. Cae derribado y aprovecho para golpear puntos sensibles, sé que he de haberle hecho daño, por los espíritus que lo he hecho, pero se levanta de nuevo. Es Ender quien marca los compases finales, una de sus flechas me acierta en el hombro y grito de dolor. Mi espada corta cae al suelo, inútil. No presto atención a Aldarion, es un error, puedo oír como conjura algo.
Una fuerza irreal conduce el brazo de Aldarion. Noto como el esternón se me astilla, mi respiración se interrumpe. Es el final del combate, no puedo seguir, caigo de rodillas. La sangre empaña el suelo, las paredes, mi sangre. Tengo espasmos en el suelo, tiemblo como una niña, pero vomito sangre como un moribundo. Aldarion me mira, no logro discernir que clase de mirada es ni tampoco quiero saberla. Me aguanto con una mano en el suelo, intento mantener el estoque firme, soy patética. No tengo fuerzas, resbalo con mi propia sangre al suelo. Mi cuerpo se desconecta de mi mente, no me responde y la sangre se me acumula en los pulmones. Tengo la sensación de que voy a morir.
—Ender, cuida de Ayrin.
El arquero se acerca a mi raudo, se arrodilla a mi lado usando de sus magias curativas. Mi cuerpo responde agradecido, pero sigue ausente. Antes de perder el conocimiento puedo oír a Ender, el bueno de Ender, como me pide disculpas. Sé que no debe pedirlas, él ha hecho lo que debía hacer, lo correcto y yo también, pero a veces lo correcto no es lo agradable.

//Aunque no comprende la totalidad de la escena, y es el punto de vista de Ayrin, ni tampoco todo lo que se habló, espero haber reflejado lo mejor posible el espíritu de la situación y que sean otros quienes reflejen, o bien, el mismo hecho, o bien, otra parte del rol. Gracias a Nevan por el rol posterior, fue una guinda genial a todo lo roleado.
 

Cloudalbert

Zapatillas de osito de Shama
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Wao, qué velocidad! Y aún habiéndolo hecho tan rápido, sigues manteniendo ese estilo tuyo, me encanta, por no hablar de las narices que le echó Ayrin en la escena, la jodida siempre sorprende. Por supuesto, has sabido captar sin problemas el espíritu de la escena, sin necesidad de poner todas las frases palabra por palabra, que a la hora de narrarlo como un relato muchas veces sólo espesa y entorpece, mejor así.

¿Sabes lo que pagaría por verte escribir? Una novela negra. Algo en plan detectivesco, o rollo Sin City, con tu estilo seria espectacular, de hecho ya consigues darle a Faerun esos tintes sólo por el enfoque de Ayrin... :eek:
 

mochilosc

Orco del Desolado
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*Aplaude, silba y se quita el sombrero* Ole! es como si el jodido Tarantino metido en el cuerpo de Logan, narrara un combate
 

_NagaShadow_

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Pasando página






El combate había acabado, yacía en el suelo con la vista cada vez más nublada por las lágrimas y por la parálisis que me había provocado temporalmente el mestizo. Él había vencido y ya poco podía hacer...no había deseado alzar los dones de mi dios contra aquellos que siempre había llamado amigos pero sí me defendí utilizando a Amanecer, mi no-dachi, porque su dorado filo y el motivo por el que fue forjado representaban justamente lo que defendía ahora. La vida, la vida y la esperanza...


No sé cuanto tiempo permanecí dormida, pero el entumecimiento de mi cuerpo, la vista borrosa, la debilidad… Eran síntomas de que me habían estado drogando y aun en esos momentos, contenía restos aún de las sustancias que me hubieran dado. Aún en ese estado pude reconocer la voz del Milenario quien aceptaba el intercambio. ¿Quién iba a ser mi sustituta? Sentía curiosidad y aunque no podía ver con claridad su rostro, era negro como el ébano. Una drow, claro, pocas criaturas aceptarían llevar en su interior las crías de un dragón rojo, sólo aquellas que matarían incluso a los suyos por poder y en ello eran expertos los drow de la infraoscuridad. Le pedí que los cuidara, pero desconozco si pudo oírme, sólo obtuve insultos como respuesta.


Llegó el momento del intercambio, mi cuerpo comenzó a flotar, era la magia del dragón. A mi lado y de la misma forma se encontraba la ansiosa drow. Por unos instantes sentí la paz de que todo acabaría allí hasta que el fuego abrasador en las entrañas volvería a arrebatarme esos momentos. Al cesar el dolor, mi cuerpo que se encontraba suspendido en el aire por la magia dejó de estarlo, cayendo al vacio. Antes de impactar contra el suelo, el mestizo me agarró y me sacó de allí. Apenas podía verle pero sabía que era él, tantas veces me había encontrado en su regazo que no necesitaba mucho para distinguirlo.


En el camino de vuelta a casa hicimos una parada en una pequeña caseta perteneciente a un alquimista, allí por los Dientecillos. Ender y Ayrin no tardaron en alcanzarnos hasta ese lugar. Pero aquella parada tenía un motivo concreto y para nuestra sorpresa, descubrió el cadáver de aquel alquimista oculto en uno de los recodos de su hogar. Había sido la drow, explicó Aldarion con brevedad y pidió ayuda a Ender para darle un entierro. Ambos varones evitaron mirarme tal vez por la culpabilidad, tal vez por no creer en las advertencias de que implicar a más solo traería más desgracias. En cualquier caso, un inocente más había perecido por el capricho de una sanguinaria que jamás debió salir de su agujero en el subsuelo. Durante el viaje de regreso, no abrí la boca, únicamente cuando deseaba indicarle a Ayrin que me acompañara hasta el final del camino.


Al llegar a los llanos, solo me despedí de ella, en mudo agradecimiento, coloqué mi mejilla contra la suya y le entregué una sortija protectora entre sus manos. Ella colocó sobre las mías una figurita animal realizada con madera. Y nos separamos... Fui al hospicio y allí pedí cobijo. No fue algo que me negaran y durante dekhanas apenas salía de aquellas estancias, sin ganas de hacer nada, sin ganas de ver a nadie, esperando que menguara el dolor. Y durante aquel tiempo me di cuenta que ese dolor siempre iba a permanecer conmigo de igual forma como siempre lo haría la incertidumbre por aquellos críos que jamás vería crecer. Cuando comencé a aceptarlo, volvería a intentar continuar con la vida que había dejado. Tenía entre manos el festival de Lazhander, acontecimiento en el que había invertido mucho tiempo e ilusiones y al que muchos alegraría si todo salía como esperaba.


Al término de la festividad, regresaron las horas ociosas que en un pasado habría invertido para irme de aventuras con mis amigos y que en la actualidad solo transcurrían con la única consecuencia de hacerme divagar sucesos aún demasiado recientes. Tymora me sonrió y ante mis ojos puso en el tablón un anuncio donde se requería a una camarera en la posada "Las cinco jarras". Aún deseaba ser dueña de mi propia posada, pero era algo que quedaba tan lejos aún que no podía desechar ese trabajo.

Samuel Eructrueno nos probó a las dos candidatas al puesto. Ambas con experiencia en la hostelería poníamos al hombre en un verdadero compromiso al no tener por quién decantarse. Atendiendo ya a los últimos clientes antes de cerrar la parte de la taberna, uno de ellos me pidió una copa de un raro licor calishita conocido como "Aborto de Dragón", llamado así por lo fuerte que era. Al escuchar el curioso título de la bebida, tiré la bandeja al suelo, alarmada y las bebidas fueron a parar encima de quienes estaban en la mesa. Y ahí acabó la prueba. Cuando cerramos el local, el señor Eructrueno dió el puesto a mi compañera por un día.


Sin levantar cabeza, caminé sin rumbo alguno hasta llegar a una explanada en la Costa Sur. El paisaje era idóneo para lo que había estado pensando durante días así que allí, apartada de camino alguno, me puse de rodillas y clavé en el suelo dos pequeños palos de madera. Dos tumbas sin nombre para dos no natos. En silencio las observaba y floreció en mí una sonrisa pura y limpia mostrando el deseo del mejor de los futuros que pudieran tener. Coloqué el juguete de Ayrin entre ambas, probablemente el único que recibirían dos niños que jamás llegarían a conocer una infancia. Y con la aurora marcharía nuevamente, pasando página y cerrando un capítulo con el que dejaba atrás muchas cosas, tal vez no las suficientes o tal vez demasiadas.



 

Sam

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Y el ¿cierre? de esta historia. Mágica, bonita, emotiva.

Un final agridulce, pero con un horizonte aun más rico de lo que deja atrás.

Buen relato :D

Sam,
 
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