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El llanto roto y desconsolado de una muchacha arrojada sobre la mesa de un escritorio. El llanto ininterrumpido, sollozante, de la triste ignorante que ha dejado de serlo, y derrama su impotencia contra la madera mal barnizada de una destartalada habitación de una posada hoy sin nombre. Pero no es lo peor del sonido su timbre de angustia, ni el agrio y penetrante mal sabor de boca que deja siempre la inocencia perdida, o robada a machetazos. Ni siquiera es lo peor el saber que es una mujer joven quien llora, lo peor es ver cómo lo hace sola. Caras largas en la habitación, rostros sombríos llenos de vergüenza, de cobarde pesar. Y ella sigue llorando sola sobre su vulgar trono, sola a pesar de haber dos personas con ella. Sola a pesar de la vida que gesta.
Se acerca al fin uno de ellos, posando una mano sobre su trémulo hombro, en vano intento de ser nimio apoyo, triste consuelo para la que necesita lo que ninguno está dispuesto a dar. Y alza la vista a la tercera figura, implorante, pidiendo con el corazón encogido que algo haga por calmar el torrente. Pero nada se puede hacer, ya no, es tarde… Un jarrón roto ya nunca vuelve a ser nuevo, por mucho que uno lo intente recomponer...
Y al fin, por inercia propia, como la de la lluvia que pierde fuerza, el llanto se va amortiguando, tornándose luengo y cesando sin más, culminándose en un temeroso susurro, alzado a los dos espectadores de esta función nunca pedida;
-Me los quitará… Me quitará a mis hijos…
-Todos… Todos lo sabíamos… Les prohibí decirte nada. -Acierta a decir el menos humano de los presentes, con una voz hueca que intenta sonar íntegra, firme y convencida. Y ante la confundida mirada de su interlocutora, no puede más que entreabrir los brazos, como si dejara ver ante sí el triste resultado del saber.
–Lloras… Lloras ahora que sabes… Y más has de llorar todavía. No quería que esto pasara.
-Me hubiera dado cuenta… -Responde con débil réplica ella, ante la triste mirada del semielfo que aún procura calmarla con el tacto de su mano.
–Es algo que no se puede ocultar mucho tiempo…
-Necesitaba menos de una dekhana. –Se alza la áspera voz, a pesar de que la mirada huye a un rincón de la habitación.
–Mil planes se han hecho… Mil formas de sacarte de dentro eso que no es tuyo… Pero al final sólo una sirve… Sólo una sustituta te librará de ello… - Y no pudiendo evitar captar el horror en la mirada de la muchacha ante la simple mención de extirparle sus engendros, se enciende con la sangre hirviendo en las venas, arrebatado por una ira que lleva tiempo devorándole y que no reconoce, un sentimiento egoísta y posesivo, por mucho que enmascare tras razones lógicas o válidas a los demás.
Ella abre los ojos aturdida, abrazándose el vientre en un protector gesto reflejo, preguntando con el temor pintado en la voz.
-¿Qué quieres… decir…?
Y la frustración se hace incontenible, avanzándose con un fuerte paso que resuena en las tablas del suelo, alzando la áspera y agria voz grave, acusador.
-¡No te atrevas a imaginarlo siquiera! ¡No oses tratar a esas cosas como si fueran tuyas! ¡Sólo eres la gallina que empolla los huevos de un lagarto que dejó los suyos en el nido, ¿Te enteras?! Sólo eres un contenedor… ¡Y no voy a ver como pares a dos engendros, ni cómo lloras cuando su padre te los quite! – Remata él con un violento zarpazo al aire, en furioso aspaviento, pues sabía ya que esto había de pasar.
Pero ella se recompone ya del choque inicial, espoleada su aturdida mente por las palabras de amenaza a lo que ahora ya es suyo, ganando ímpetu conforme habla.
-¡Claro que son míos, ahora sí! ¡Y es mi responsabilidad que no acaben siendo las marionetas de ése ser…! Si intenta quitármelos, tendré que marcharme… Lejos… Nos marcharemos lejos, donde nadie nos encuentre...
Pero un agudo rugido de puma parte de una vez la frase de la muchacha y la tensión en el aire, abriéndose paso por encima de las palabras. -¿Qué clase de monstruo crees que parirás de tragarte los rubíes de una sierpe vieja como el mundo, ilusa? Lo más probable es que ni siquiera sobrevivas al parto…
-Mekh... l..lo que llevas ahí... n..no son fruto del amor ni nada... son... de él...- Interviene apurado el semielfo, intentando calmar los ánimos, acentuado su tartamudeo por lo crítico del momento.
Ella parece a punto de desgarrar su falda de tanto apretar, las lágrimas amenazando con brotar de nuevo, impotentes, cuando razón y corazón no quieren ponerse de acuerdo, ni acordar unas tablas siquiera.
– Que no sean sólo de mi sangre no significa que sean monstruos… ¡Es mi deber hacer que no se conviertan en unos…!
-¡Son monstruos desde antes de que ninguno de los que estamos aquí naciera, estúpida! –Brama el felino al momento, apoyado por el leve cabeceo del indeciso arquero. E ignora las nuevas réplicas de la aludida, obligándose a calmarse un poco, a respirar hondo y enderezarse de nuevo, retrayendo unas garras que solas se habían disparado, para hablar ahora sin gritar, pero con una determinación inquebrantable.
– Le daré a ése Rojo hijo de la grandísima puta lo que quiere, una zorra que esté dispuesta a entrar en su juego, y él levantará el pacto sobre ti.
-¿¡Y hacer que más gente sufra con esto!?
- Y si tengo que partirte las piernas y los brazos para que te dejes hacerlo, y abrirte a cuchilladas para sacarte las piedras, ten muy claro que lo haré. –Responde el de ojos ambarinos como si no hubiese oído su anterior respuesta, en una declaración que nada tiene de amenaza.
-¡Ya no son unas piedras! ¡Tienen vida y la tendrán! ¡Y no te comportes tú como el monstruo!
-Mekh... t..tienen vida pero no son buenos... – Interviene de nuevo el medioelfo, cabizbajo, en su tono sumiso, apaciguador.
-¡Alda, deberías saber mejor que nadie lo que es ser diferente y te traten mal! ¡Tú me contaste lo duro que fue! ¡¿Por qué ahora que tienes la oportunidad de darles la oportunidad que no te dieron a ti, se las quitarás?!
Y se acerca el mestizo sin responder, cruzando la cara de la muchacha en un rápido bofetón sin reprimir sus fuerzas, levantándole la mano por vez primera desde que la conociera, mandándola al suelo y haciendo su sombrero volar, ante el inmóvil rostro de Ender, que se ha quedado blanco por sorpresa, y que corre a ayudarla a levantarse en cuanto reacciona.
-¡Dragones! ¡No estamos hablando de alguien diferente, de niños con el pelo distinto, o con una jodida cola o cuernos! ¡Parirás dragones si no hacemos nada, estúpida!
-¡Aléjate de mí! –Grita ella revolviéndose cuando recupera las fuerzas, ya alzada por la ayuda del otro mestizo, llevándose luego una mano a la cara para tapar el torrente que de nuevo escapa a su dueña y su voluntad, corriendo río abajo, buscando el suicidio de su caída.
-Mekh... t..tiene razón... escúchale…- Musita quien la sostiene aún en un susurro lleno de súplica, tierno y desesperado. -
L..lo hacemos por tí...
-¡Ése es el problema, que lo hacéis por mi! ¡Nadie mira por ellos!
Es entonces cuando al fin, el más viejo y cansado de los presentes da la batalla por perdida y, con un imperceptible suspiro, toma su determinación. Demuda su rostro en uno que hace mucho que no tomara, y una vez más, al fin, calza su máscara de Cazador. Los dos ojos ambarinos se clavan en Mekhare con una indiferencia absoluta y opaca, una mirada extraña y aguda que nada deja traslucir, y habla él con una terrible frialdad desconocida para la muchacha, pronunciando sus palabras sin inflexiones, dejando que los agudos cristales de escarcha se formen en cada recoveco.
-No tienes poder alguno sobre mí, criucha estúpida. –Musita girándose lentamente, con unos movimientos medidos, pausados, dedicándole una última y larga mirada por encima del hombro antes de girarse completamente, para seguir hablando de espaldas. –
Ni sobre lo que voy a hacer. –Abre la puerta de la posada, y cruza el umbral sin dudar, dejando sólo tras de si un grave recado, en un tono que no necesita ser imperativo siquiera.
– Ender, cuídala hasta mi vuelta.
Y a la orden, sólo le sigue el suave chasquido de la puerta al cerrarse.
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Y ahora, malditos sean los Dioses, está en este maldito infierno al que mil veces se juró no volver. Lleva casi una jornada entera pisando piedra negra y húmeda, siempre en bajada. Ha girado tantos recovecos que sabe que sólo el instinto le podrá hacer volver, si es que vuelve, y cada maldito eco lejano en las cavernas eriza hasta el último cabello o pelo de su cuerpo. No es ya el crío que entonces era… Pero esto sigue siendo desafío más que de sobra incluso para unos sentidos como los suyos… Sus ojos felinos apenas captan luz alguna, sólo la de los hongos luminiscentes que empiezan a salpicar ya algunos pasajes, y aunque debería ser una buena señal, sabe que no lo es. Su olfato está casi por completo embotado por culpa de los densos y hediondos vapores que parecen surgir intermitentemente de cualquier grieta en la roca, amenazando con quemar o envenenar al incauto, y su finísimo oído se pierde en los incontables ecos de cada sonido, que se repiten hasta el infinito haciendo imposible saber si una bestia solitaria vaga lejos, o si está uno rodeado por un ejército entero de ellas.
Al final, se deja ver ante él. Una enorme criatura de al menos diez pies, bípeda, con un retorcido pico y unos brazos terminados en unas garras peligrosamente largas y curvas, todo él protegido por una gruesa y pesadísima coraza ósea, repleta de púas y nudos, que no parece dejar una pulgada de piel sin acorazar. Oseogarfios, los llaman, ya casi no los recordaba. Él los llama “Arietes andantes y armados”. Pero no conoce ya la piedra que pisa, y bajar mucho más podría ser demasiado peligroso. Sabía perfectamente a lo que se arriesgaba, como sabía también a qué mundo pertenecería una hembra lo suficientemente loca y retorcida como para tomar el lugar de Mekhare voluntariamente. Muy fácil fue poner su cara de tipo duro y soltar sus frases saliendo de la posada… Ahora había que hacer el resto, y encontrar una drow. Y como era improbable que él la encontrara en su territorio… Tendría que dejarse encontrar por ella. Dejarse encontrar, y respetar a la vez. La montaña con cuchillas ante él debería servir…
Así que con una maldición a su suerte, salta el mestizo de la estalactita tras la que se ocultaba, desenvainando mientras lo hace y clavando sus hojas entre las placas del cuello de la criatura, que aún no acierta a reaccionar. Y las finas cimitarras apenas si entran dos dedos, con un chasquido luego al encontrar inesperada resistencia. Error de principiantes… Placas bajo las placas. O al menos eso piensa mientras vuela contra la pared del corredor, llevándose por delante dos estalactitas, o estalagmitas, o lo que diablos sea que acaba de partirle dos costillas. Resuella alzándose tras rodar a un lado entre gruñidos, comprobando que al menos sus brazos y piernas siguen respondiendo, intentando no vomitar ahora por el brutal impacto. Duro hijo de perra, se mueve rápido para ser tan enorme y pesar como un molino…
La mole grazna y se sacude enajenada, extasiada por la inesperada comida que acaba de saltarle encima, y corre hacia el diminuto mestizo en pesada carrera, salivando ya en anticipo de lo que ha de venir. Él se mantiene quieto esta vez, esperando, los dos focos de hielo ámbar brillando en la penumbra de la caverna que tiembla entera ante las pisadas de la máquina de guerra viva que corre hacia sí. El primer golpe llega de arriba, como predijo, y se cubre sobre la cabeza con ambas hojas en cruz, pero inclinadas hacia el interior. Un golpe así no puede pararlo sin desencajarse los hombros, pero sí desviarlo… Y así hace, la garra de hueso del monstruo acaricia las hojas en su bajada, corrigiendo sólo en parte su trayectoria, y el medio elfo sale girando a un lado sobre sí mismo, desplazándose con toda la inercia y fuerza del golpe recibido, descargando media docena de tajos sobre el costado del oseogarfio hasta llegar a su espalda, momento en que salta hacia atrás para volver a coger espacio, habiendo comprobado ya antes que no es lento girándose su oponente. Afila la mirada comprobando el resultado de su envite; muchas chispas, alguna mella en sus hojas, y poco más que arañazos en la coraza del ser.
Pero no puede evitar crisparse, irguiendo las felinas orejas alarmado cuando el graznido de su oponente al girarse encuentra respuesta tras de sí… Y ésta vez no ha sido un eco. Gruñe para sí maldiciendo su suerte, pero pese a todo, sonríe. Sonríe de medio lado, en una mueca feroz que hace escapar uno de sus marcados colmillos a sus labios. Al fin y al cabo, esto era lo que quería, armar jaleo… Y dos de ellos armarán más jaleo que uno. Además, al fin podrá jugar en serio con alguien, murmura interiormente, mientras el blanco de sus ojos se oscurece rápidamente, y la negrura parece extenderse de ahí al resto del cuerpo, con las negras cenefas del tigre bailando vivas por su piel, avanzando por el manto de cicatrices, culebreando en su abrazo como serpientes ávidas de furia y sangre, de miedo y guerra. El cabello se eriza, el morro se estira, y los puñales de marfil asoman libres a la boca, en un grave rugido de salvaje y lúgubre regocijo, en una promesa de necesaria Ira desatada. La piel de Guerra ha sido vestida.
Se gira en un rapidísimo gesto al recién llegado, aprovechando el momentáneo desconcierto de éste ante el cambio de tamaño de su comida, y lo mira ahora a los ojos sin necesidad de alzar la vista, con éstos brillando oscuros, con un brillo instintivo y animal, viejo como lo es la rabia en este mundo. Y las dos espadas cruzan el reforzado pecho de la criatura con una fuerza que no debiera ser de éste mundo. El chirrido resuena penetrante en las cavernas en probablemente media milla a la redonda, el reguero de vivas chispas ilumina el lugar cegando a las criaturas, y dos profundos surcos se marcan en el hueso, mandando luego al monstruo volando hacia atrás, alzado del suelo de forma imposible por la fuerza del impacto y del frenesí, estampándolo contra las frías rocas y amenazando con echar abajo el corredor, mientras la presa vuelta cazador encara a su otro juguete, jadeando ávida de liberar todo ese veneno mal contenido que le quema en el pecho. Va a ser mucho ruido.