Kalganath
Vampiro que no usa azules
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Kael Ghar Khan voló a través del cielo nocturno tan rápido como le permitían su alas y las corrientes de aire, aterrizando solo para realizar pequeños descansos. En uno de ellos conjuró un desorientar sobre los tomos arcanos que tenía en su poder y desvió cualquier posible rastreo mágico hacía unas rocas que tenía cerca y lanzó una indetectabilidad sobre sí mismo. No sabía si Muriel o Lysebeth decidirían buscarlo para hacerse con las marcas. Había aprovechado la distracción proporcionada por esa vampira enloquecida que se había arrojado sobre Gauldor para salir de allí con las dos marcas de poder, Ofrenda y Presente, que habían encontrado en la colección del anticuario. Las notaba palpitar de magia, sincronizándose con la otra que ya se encontraba en su poder desde hacía meses, Sacrificio. Era tan consciente de su presencia que casi no podía pensar en otra cosa. A lo lejos comenzaba a despuntar el Sol y pudo ver por fin Esmeraltan, su destino.
El avariel vocalizó una invisibilidad mejorada y descendió sobre la ciudad sin pagar el impuesto de entrada. Se echó una capa sobre los hombros y replegó al máximo sus alas, tratando de pasar desapercibido una vez se disipó su conjuro y se perdió entre las callejuelas de la ciudad. Alquiló una habitación de noble y subió los escalones con ansiedad incontenible. Una vez dentro de la habitación se quitó la capa de encima y la dejó caer mientras caminaba hacia un escritorio de madera. Abrió la mochila de cuero y colocó los tres tomos uno junto a otro sobre la superficie de la mesa y miró hacía la puerta. La paranoia se había apoderado de él desde el mismo momento en el que la ambición le llevó a llevarse los grimorios. La biblioteca de Lysebeth podía esperar: primero él desentrañaría el ritual encerrado en las amarillentas paginas de esas reliquias, después la clérigo podría hacer lo que quisiera con ellos. Conjuró una Alarma sobre la puerta de la habitación y extrajo pluma, tintero y un fajo de pergaminos. Nunca manipulaba la marca de poder sin una protección contra el mal y contra el bien, aunque por lo que había podido leer en la primera marca, los libros nada sabían del Bien y del Mal. Cualquier precaución es poca cuando se bucea en conocimientos perdidos tiempo ha. Respiró profundamente y usó varios trucos de relajación que le había enseñado Diosfastos. Siempre decía que una mente alterada era como un cuchillo romo. Se sentó y comenzó a copiar palabra por palabra los tomos. De momento una copia sería el mejor modo de trabajar con su contenido. Pasó varios días renovando los conjuros de indetectabilidad y transcribiendo el texto, dibujos y diagramas arcanos.
Cuando más estudiaba el contenido de los libros más preocupado estaba. Según avanzaba en su conocimiento sobre el ritual que en ellos se describía más se ensombrecía su gesto. Una vez terminada su tarea comenzó a elucubrar sobre su contenido. Sacrificio, Ofrenda, Presente. Faltaba un fragmento entre Ofrenda y Presente… y comenzaba a dudar que fuera buena idea dar con él:
Las marcas hablaban de un poder más haya de la comprensión, por encima del bien y del mal. Hijo de dos de los más destacados filósofos avariel, expertos en materias de Ética y Moral, siempre se ponía a la defensiva cuando oía o leía algo que evocaba los difusos trazos del relativismo moral. La entidad con la que se pactaba en el ritual de las marcas de poder, una entidad que “ no sabía de bien o mal” era para el Ariltel-quessir una promesa de algo más terrible que el mal encarnado. Se levantó del escritorio y se masajeó las sienes. Mantenía los ojos cerrados mientras no dejaba de darle vueltas al contenido de los grimorios. Recordaba bien un dilema que sus padres le habían expuesto cuando era niño. Un dilema ontológico, el dilema de Eutifrón. Venía a preguntarse dos cosas: ¿Algo es bueno porque una deidad lo deseaba o lo deseaba porque era bueno? Recordaba haber entendido el problema y contestar a sus padres que, si se trataba del primer caso, la deidad se encontraba fuera del ámbito moral y su capricho y voluntad sería el único baremo sobre el que un mortal podría regir su vida. Si esa deidad decía que sacrificaras a un bebé, si deseaba que violaras a tu hermana, que torturases a tus padres, que arrancaras los ojos a tu hijo, se los colocaras en la mano y le dijeras que fuera a saludar a su madre… esos mandatos serían el tu nuevo norte ético. Y todo ello sería “bueno”. En el segundo caso incluso los dioses debían atenerse a un arquetipo eidético de Bien/Mal, al igual que los mortales. Kael pasó semanas sin poder dormir una vez pudo acercarse a entender todas las connotaciones que tenía la primera hipótesis, el horror escondido detrás del principio dicotómico que regía las decisiones de todo ser consciente de Toril. Nunca logró terminar de concebir algo así, pero ahora se encontraba con algo que bien podría hacerle entrar en contacto con algo que respondía a esas características.
“Entregaron su esencia a cambio de la Marca. Marca en el alma. Puerta abierta antes cerrada. El Bien y mal le son ajenos, pues son incapaces de entenderlo con su moralidad* Un estremecimiento recorrió la columna vertebral de Kael y su mirada se posó en el dibujo trazado sobre el pergamino que representaba al invocador que osaba entrar en contacto con el poder innominado que otorgaba la Marca aullando de dolor con algo quemándole el alma abriéndose camino dentro de sí “Dolor y poder unidos en el trazo. Una Marca eterna. Incurable”. ¿Qué harían Lysebeth o Muriel si les entregara esos tomos? El avariel había robado los dos tomos poseído por la sed de poder y conocimiento, ebrio de soberbia, pecado de la inmensa mayoría de los arcanos. Ahora se hallaba al borde del abismo, tentado por la promesa susurrada por el ritual de la marca. Quería saltar, entregarse en brazos de lo ignoto. Siempre estuvo preparado para pagar los precios que el Arte pudiera exigirle. Estaba convencido de que la naturaleza de las marcas de poder eran impías y blasfemas: todo apuntaba a ello. Había pasado mucho tiempo reflexionando sobre sus palabras, una y otra vez, interpretando y reinterpretando el significado de lo que ahí estaba escrito. Había reducido el contenido de los libros a lenguaje lógico para poder observar con mayor objetividad su conjunto, y había derivado todas y cada una de las posibilidades a través de tablas de verdad y tablas analíticas…y todas y cada una de sus conclusiones apuntaban a que ese era un conocimiento olvidado que nadie debía devolver al mundo. Debía tomar una decisión. ¿Devolvérselo a Lysebeth y a Muriel? No ¿Para qué? Si lograban resistir la tentación de usar el conocimiento que los tomos albergaban estos se limitarían a acumular polvo hasta que alguien, antes o después, los redescubriera. Toda criatura es corruptible, incluso había leído casos documentados de Devas caídas en desgracia. No se fiaba de esas humanas, por mucho que una de ellas fuera clérigo de su Diosa, Mystra. De la otra directamente no sabía nada. La arrogancia de la mente consiste en que todos creemos tener la mejor. Si ponía las marcas a su disposición ninguna de las dos podía asegurarle que nunca nadie accedería a dicho conocimiento. Nunca pondría la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por si mismo. La fé de Lysebeth no la dotaba de comprensión suficiente para tomar esa decisión. Era algo que solo él podía hacer… y no pensaba liberar un poder en el mundo que no creyese a ciencia cierta que pudiera ser manejado por nadie. Sus padres le habían inculcado que la responsabilidad debía preceder al uso de cualquier conocimiento y los magos encapuchados le habían mostradolo que las consecuencias de un uso irresponsable de la Magia podían hacer en el mundo y a la Urdimbre. Kael no se atrevía a ser un segundo Karsus.
- La historia nunca se repite…pero a veces rima.
Kael cogió aire y trató de serenarse. Estaba volviendo a acelerársele el pulso. Recogió los tomos y caminó hacia la chimenea. Cada paso que le acercó a las llamas iba precedido de una lucha titánica de voluntad, de un vuelco al corazón, de un malestar físico y mental. Le costaba respirar cuando por fin hizo acopio de valor y echó a Sacrificio, Ofrenda y Presente al fuego. Le costó menos arrojar el fajo de pergaminos que contenían la copia que había llevado a cabo días antes, quizá por no contener la palpitante energía de los tomos de conocimiento olvidado. Se derrumbó sobre un sillón tapizado mientras observaba exhausto cómo su promesa de poder se crepitaba y se reducía a cenizas. Entró en el ensueño en esa misma postura.
Al cabo de cuatro horas recogió las cenizas y las fue esparciendo a puñados mientras volaba de vuelta a Misnor. Debía dar explicaciones de lo ocurrido y pagarle al anticuario por sus piezas de colección. Le pesaba el corazón y tenía un nudo en el estomago, pero su conciencia volaba ligera, honrando la memoria de sus padres.
El avariel vocalizó una invisibilidad mejorada y descendió sobre la ciudad sin pagar el impuesto de entrada. Se echó una capa sobre los hombros y replegó al máximo sus alas, tratando de pasar desapercibido una vez se disipó su conjuro y se perdió entre las callejuelas de la ciudad. Alquiló una habitación de noble y subió los escalones con ansiedad incontenible. Una vez dentro de la habitación se quitó la capa de encima y la dejó caer mientras caminaba hacia un escritorio de madera. Abrió la mochila de cuero y colocó los tres tomos uno junto a otro sobre la superficie de la mesa y miró hacía la puerta. La paranoia se había apoderado de él desde el mismo momento en el que la ambición le llevó a llevarse los grimorios. La biblioteca de Lysebeth podía esperar: primero él desentrañaría el ritual encerrado en las amarillentas paginas de esas reliquias, después la clérigo podría hacer lo que quisiera con ellos. Conjuró una Alarma sobre la puerta de la habitación y extrajo pluma, tintero y un fajo de pergaminos. Nunca manipulaba la marca de poder sin una protección contra el mal y contra el bien, aunque por lo que había podido leer en la primera marca, los libros nada sabían del Bien y del Mal. Cualquier precaución es poca cuando se bucea en conocimientos perdidos tiempo ha. Respiró profundamente y usó varios trucos de relajación que le había enseñado Diosfastos. Siempre decía que una mente alterada era como un cuchillo romo. Se sentó y comenzó a copiar palabra por palabra los tomos. De momento una copia sería el mejor modo de trabajar con su contenido. Pasó varios días renovando los conjuros de indetectabilidad y transcribiendo el texto, dibujos y diagramas arcanos.
Cuando más estudiaba el contenido de los libros más preocupado estaba. Según avanzaba en su conocimiento sobre el ritual que en ellos se describía más se ensombrecía su gesto. Una vez terminada su tarea comenzó a elucubrar sobre su contenido. Sacrificio, Ofrenda, Presente. Faltaba un fragmento entre Ofrenda y Presente… y comenzaba a dudar que fuera buena idea dar con él:
Las marcas hablaban de un poder más haya de la comprensión, por encima del bien y del mal. Hijo de dos de los más destacados filósofos avariel, expertos en materias de Ética y Moral, siempre se ponía a la defensiva cuando oía o leía algo que evocaba los difusos trazos del relativismo moral. La entidad con la que se pactaba en el ritual de las marcas de poder, una entidad que “ no sabía de bien o mal” era para el Ariltel-quessir una promesa de algo más terrible que el mal encarnado. Se levantó del escritorio y se masajeó las sienes. Mantenía los ojos cerrados mientras no dejaba de darle vueltas al contenido de los grimorios. Recordaba bien un dilema que sus padres le habían expuesto cuando era niño. Un dilema ontológico, el dilema de Eutifrón. Venía a preguntarse dos cosas: ¿Algo es bueno porque una deidad lo deseaba o lo deseaba porque era bueno? Recordaba haber entendido el problema y contestar a sus padres que, si se trataba del primer caso, la deidad se encontraba fuera del ámbito moral y su capricho y voluntad sería el único baremo sobre el que un mortal podría regir su vida. Si esa deidad decía que sacrificaras a un bebé, si deseaba que violaras a tu hermana, que torturases a tus padres, que arrancaras los ojos a tu hijo, se los colocaras en la mano y le dijeras que fuera a saludar a su madre… esos mandatos serían el tu nuevo norte ético. Y todo ello sería “bueno”. En el segundo caso incluso los dioses debían atenerse a un arquetipo eidético de Bien/Mal, al igual que los mortales. Kael pasó semanas sin poder dormir una vez pudo acercarse a entender todas las connotaciones que tenía la primera hipótesis, el horror escondido detrás del principio dicotómico que regía las decisiones de todo ser consciente de Toril. Nunca logró terminar de concebir algo así, pero ahora se encontraba con algo que bien podría hacerle entrar en contacto con algo que respondía a esas características.
“Entregaron su esencia a cambio de la Marca. Marca en el alma. Puerta abierta antes cerrada. El Bien y mal le son ajenos, pues son incapaces de entenderlo con su moralidad* Un estremecimiento recorrió la columna vertebral de Kael y su mirada se posó en el dibujo trazado sobre el pergamino que representaba al invocador que osaba entrar en contacto con el poder innominado que otorgaba la Marca aullando de dolor con algo quemándole el alma abriéndose camino dentro de sí “Dolor y poder unidos en el trazo. Una Marca eterna. Incurable”. ¿Qué harían Lysebeth o Muriel si les entregara esos tomos? El avariel había robado los dos tomos poseído por la sed de poder y conocimiento, ebrio de soberbia, pecado de la inmensa mayoría de los arcanos. Ahora se hallaba al borde del abismo, tentado por la promesa susurrada por el ritual de la marca. Quería saltar, entregarse en brazos de lo ignoto. Siempre estuvo preparado para pagar los precios que el Arte pudiera exigirle. Estaba convencido de que la naturaleza de las marcas de poder eran impías y blasfemas: todo apuntaba a ello. Había pasado mucho tiempo reflexionando sobre sus palabras, una y otra vez, interpretando y reinterpretando el significado de lo que ahí estaba escrito. Había reducido el contenido de los libros a lenguaje lógico para poder observar con mayor objetividad su conjunto, y había derivado todas y cada una de las posibilidades a través de tablas de verdad y tablas analíticas…y todas y cada una de sus conclusiones apuntaban a que ese era un conocimiento olvidado que nadie debía devolver al mundo. Debía tomar una decisión. ¿Devolvérselo a Lysebeth y a Muriel? No ¿Para qué? Si lograban resistir la tentación de usar el conocimiento que los tomos albergaban estos se limitarían a acumular polvo hasta que alguien, antes o después, los redescubriera. Toda criatura es corruptible, incluso había leído casos documentados de Devas caídas en desgracia. No se fiaba de esas humanas, por mucho que una de ellas fuera clérigo de su Diosa, Mystra. De la otra directamente no sabía nada. La arrogancia de la mente consiste en que todos creemos tener la mejor. Si ponía las marcas a su disposición ninguna de las dos podía asegurarle que nunca nadie accedería a dicho conocimiento. Nunca pondría la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por si mismo. La fé de Lysebeth no la dotaba de comprensión suficiente para tomar esa decisión. Era algo que solo él podía hacer… y no pensaba liberar un poder en el mundo que no creyese a ciencia cierta que pudiera ser manejado por nadie. Sus padres le habían inculcado que la responsabilidad debía preceder al uso de cualquier conocimiento y los magos encapuchados le habían mostradolo que las consecuencias de un uso irresponsable de la Magia podían hacer en el mundo y a la Urdimbre. Kael no se atrevía a ser un segundo Karsus.
- La historia nunca se repite…pero a veces rima.
Kael cogió aire y trató de serenarse. Estaba volviendo a acelerársele el pulso. Recogió los tomos y caminó hacia la chimenea. Cada paso que le acercó a las llamas iba precedido de una lucha titánica de voluntad, de un vuelco al corazón, de un malestar físico y mental. Le costaba respirar cuando por fin hizo acopio de valor y echó a Sacrificio, Ofrenda y Presente al fuego. Le costó menos arrojar el fajo de pergaminos que contenían la copia que había llevado a cabo días antes, quizá por no contener la palpitante energía de los tomos de conocimiento olvidado. Se derrumbó sobre un sillón tapizado mientras observaba exhausto cómo su promesa de poder se crepitaba y se reducía a cenizas. Entró en el ensueño en esa misma postura.
Al cabo de cuatro horas recogió las cenizas y las fue esparciendo a puñados mientras volaba de vuelta a Misnor. Debía dar explicaciones de lo ocurrido y pagarle al anticuario por sus piezas de colección. Le pesaba el corazón y tenía un nudo en el estomago, pero su conciencia volaba ligera, honrando la memoria de sus padres.