Sam
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Cuando miro atrás
Epílogo de Enemiga Mía
La primavera se había afianzado sobre el paisaje rashemí. Los colores apagados del invierno iban cayendo bajo el empuje de un verde coral, Rashemen abandonaba el mundo de los espíritus y daba la bienvenida al de los vivos. Junto a un arroyo la anciana Esuada iba dando forma a un pedazo de arcilla. Fue una bandada de patos salvajes quienes advirtieron a la vieja bruja de que alguien la observaba a sus espaldas, no tuvo la necesidad de volverse.
—Has vuelto —dijo mientras se pringaba las manos. La figura no respondió lo que dio a Esuada el permiso para continuar—. Pero, ¿a qué se debe este regreso? ¿Venganza? ¿Redención? Aunque creo que estas palabras ya no nos afectan a nosotras, Ayrin. Vienes por algo mucho más importante que la venganza o el perdón, regresas por tu legado.
La anciana se volvió hacia la mujer. Los ropajes parduzcos de Ayrin la fundían en el naciente sotobosque, su mirada estaba clavada en la bruja.
—¿Ya no hablas o no quieres hacerlo conmigo? —preguntó con un tono agradable dirigido a romper el hielo. La respuesta de Ayrin fue muy seca, sin lugar para la reconciliación.
—¿Dónde está Zaida? ¿Dónde está mi hija?
La anciana no se sorprendió por la pregunta, volvió a trabajar la arcilla.
—Era cuestión de tiempo de que vinieras por ella. Las madres deben estar con sus hijas, así deben ser las cosas.
Ayrin maldijo asqueada por el comentario de la bruja con un siseo de serpiente.
—¿Cómo mi madre y yo? ¿Cómo la hija que tú mataste?
Esuada mantuvo la compostura, nada en ella mostró que el comentario de Ayrin le había dolido, pero lo asumió como algo que se merecía.
—Uno siempre tiene tiempo para perdonar y ser perdonado. Ser capaz de hacer algo decente antes de morir.
En el caso de Ayrin no se contuvo, estalló con violencia cortando a su abuela.
—¡No hables como Werz, bruja! Ni se te ocurra apropiarte de su recuerdo o te destriparé con mis propias manos —las manos de Ayrin temblaban inquietas. Esuada levantó las suyas alegando a la calma de la mujer de los ojos extraños.
—Es inútil discutir por cosas que ocurrieron, por losas que llevaremos encima hasta el día de nuestra muerte. Ninguna de las dos estamos libres de culpa. ¿Vienes por tú hija? No te detendré.
Con un reflejo de odio que se iba deshaciendo, Ayrin se acercó a Esuada.
—¿Dónde está?
—Cerca. Al cuidado de una de mis adeptas —la figurilla de arcilla iba tomando una forma ovalada. Ayrin aflojó la ira de su mirada.
—Quiero verla —declaró con decisión. La bruja asintió, miró a Ayrin.
—Lo harás, pero déjame pedirte algo. No como jazhrán o miembro de la wykhlarán. Solo como una anciana que no se atreve a llamarte nieta.
Ayrin afiló la mirada.
—Habla, bruja.
Esuada tomó el aire necesario para hablar, uso un tono tranquilo y solemne.
—No le digas a Zaida quien eres.
Ayrin contuvo una mueca muy desagradable.
—¿Cómo...?
—Tu hija cree que moriste hará ahora cinco años. Cree que tu espíritu se ha reunido con el de su padre, que ambos la cuidáis desde el Otro Mundo.
La mirada de Ayrin se volvió salvaje, irracional.
—¿¡Cómo te atreves a contarle esas mentiras a mi hija!? Pretendías alejarla de mi, me la quieres arrebatar, como todo en mi vida. ¡Como todo!
La bruja dio un golpe de autoridad.
—¡No seas niña, Ayrin! Sé a quien serviste tras asesinar a Werz. Sé en que te convertiste, loca de odio e ira, un peón del Guantelete Negro. ¿Qué querías que le contara a tu hija, Ayrin? ¿Qué su madre mató a su padre? ¿Qué su madre era una guardiana de las tinieblas, suplicante de Bane? Incluso en todo tu odio y maldad creí que aun tendrías esa decencia de regalarle la infancia más feliz posible a tu hija. ¿Me equivoqué, Ayrin? ¿Me equivoqué al mentir a la hija de mi nieta para ahorrarle un dolor innecesario? ¿Que reviviera todo tu odio? ¿Qué todo volviera a empezar?
Ayrin se quedó sin muchos argumentos, pero la sinrazón la impulsó a buscar a su hija sin dirigir la palabra a Esuada. Fue lo suficientemente rápida como para que la bruja no advirtiera unas solitarias lágrimas que se arrastraban por su piel cortantes como cuchillas.
—La maldición permanece en ella, ¿verdad? Sus ojos, como los míos, como los de mi madre, como los tuyos.
Esuada asintió con gravedad. Ayrin le dio la espalda, se secó las lágrimas.
—Así es, pero esta maldición no es irreversible, Ayrin —aseveró—. Se puede combatir, se puede resistir. Mírate a ti misma, has cambiado. No eres la misma que dejó Rashemen hace quince años, pero tú sigues convencida en la monstruosidad durmiente en ti, que llegará el día en que no puedas resistirla y sucumbirás. Werz supo ver la lucha interna dentro de ti, supo oír los gritos desesperados de tu espíritu por liberarse de todo el sufrimiento que lo ahogaba e incluso te entregó su vida para que encontraras tu redención. Ya no eres aquella persona malvada Ayrin, y tu hija tiene la oportunidad de no ser jamás lo que llegaste a ser tú. Piensa en esto. Encuentra tu lugar en este mundo, aprende a perdonarte, a ser libre de espíritu, entonces no me opondré a que vengas a por tu hija. Sólo eso te pido.
Ayrin tartamudeó. Suspiró largamente sin saber que hacer.
—Quiero verla... sólo quiero verla.
—Piensa en esto que te digo.
La mujer de los ojos extraños se volvió hacia su abuela, las miradas sustituyeron a las palabras.
Ayrin esperaba. Había dado la espalda al grueso tronco de un álamo junto a un sendero. La mujer esperaba a quien tenía que pasar por ahí tarde o temprano. Al cantar ocioso de los ruiseñores se le unió uno de nuevo dulce e infantil. Una vocecilla celestial y pura que estremeció a las sombras de Ayrin. La mujer arrastró la espalda sobre la corteza hasta sentarse. Ayrin no tuvo que mirar, sabía de quien era aquella voz. La hubiera reconocido hasta en lo más profundo de los Nueve Infiernos, tuvo un primer impulso de aparecer al encuentro de Zaida. Una nueva voz femenina interrumpió la iniciativa.
—No te alejes tanto, Zaida —dijo la mujer, el tono sonaba al de una joven adulta.
—No. Solo estoy buscando espíritus —declaró la niña con una risilla mientras jugueteaba con una flores al borde del sendero.
—Los espíritus no aparecen siempre, Zaida. ¡Son caprichosos y a veces les gusta engañar a las niñas para comérselas! —el evidente tono burlón de la joven bruja hizo reír a la niña. Aquella risa sanó tanto como hirió el alma de Ayrin.
—Sé que aquí hay un espíritu. Lo noto. Aquí, aquí. Muy cerquita —insistió Zaida, que buscaba diligente por los alrededores.
—Está bien, pero no te alejes mucho. El bosque no es seguro.
—Sí, aya —respondió con obediencia fingida.
A Ayrin le entró pánico. Toda la claridad y seguridad con la que iba a tratar con Zaida se había desvanecido. Le entraron dudas. ¿Me reconocerá? ¿Me aceptará? ¿Qué he de decirle? Enfrentarse a la muerte podía resultar mucho más sencillo que a una hija que no había visto en cinco años, y Ayrin se descubrió como una pobre ciega que no sabía nada del amor, de la amistad o de la familia. Una mujer que había vivido demasiado tiempo encerrada dentro de un espiral de odio infinito que le había erosionado cualquier rastro de empatía. Se horrorizó al mirar de refilón a Zaida y ser incapaz de reconocerla como su hija, de no reconocerla como tal porque los monstruos no deben tener hijos.
Con el sigilo de una pantera, Ayrin se deslizó entre los arbustos alejándose de Zaida. Pero la niña era una digna hija de sus padres, advirtió a Ayrin.
—Te veo —dijo triunfal, Ayrin se quedó congelada. La cuidadora alzó al voz.
—¿Dices algo, Zaida?
La niña se llevó el índice a los labios pidiendo silencio a Ayrin que la miraba aterrorizada.
—Nada, aya. Sigo buscaaaaando.
Ayrin se arrodilló frente a su hija sin que ninguna palabra lograra escapar de sus labios, por una vez quería hablar y no hacerlo con silencios. Pero sencillamente no podía. Zaida se puso frente a Ayrin, la pequeña tenía unos profundos ojos verdes iguales que los de su madre. Un inevitable escalofrío azotó la espalda de Ayrin.
—¿Quién eres? —preguntó la chiquilla sin perder detalle.
Ayrin no respondió, ladeó la cabeza haciéndose la loca. Zaida frunció el ceño, como un destello alumbrara su mente.
—Sé quien eres. Te pareces mucho.
Ayrin retrocedió un poco, asustada. Zaida sonrió con dulzura, su mirada brillaba con inteligencia, la misma de Werz.
—Eres un espíritu del bosque, ¿verdad? —Zaida soltó una risilla infantil, deliciosa como un caramelo a los oídos de la madre. Ayrin se sorprendió asintiendo sin decir nada. La niña dio un saltito de alegría.
—¡Lo sabía! Había espíritus. Aquí, aquí. Os puedo ver. Abuela Esuada dice que aun no, también aya. ¡Pero te he visto! Un espíritu. Dime, ¿cuál es tu cometido? Estás demasiado sucia para ser un espíritu del viento, no brillas como uno del fuego. ¿Eres una náyade? ¿Una dríada? Sí, pareces una dríada tan marrón y llena de tierra.
La intensa mirada de Zaida la obligaba a responder.
—Soy saejra. Un espíritu guía. Un espíritu vigilante.
Zaida la miró con extrañeza.
—¿Llevas las almas de la mano para que no se pierdan y se conviertan en banshees?
Ayrin asintió, respiraba más tranquila. Aprovechó para mirar con mayor atención a su hija. Se parecía mucho a ella, había heredado casi todos sus rasgos como el pelo y los ojos, aquellos ojos innaturales y malditos. De Werz probablemente había heredado la claridad de la piel y sus labios. Zaida también era menuda como ella, pero resultaba un poco más robusta. La mujer de los ojos extraños asintió.
—Sí, eso hago.
Una nueva sonrisa, más brillante que las anteriores por la melancolía que la embargó se dibujó en el rostro de Zaida.
—¿Puedo hacerte una pregunta, espíritu? —preguntó con un poco de timidez. Ayrin, que iba perdiendo poco a poco el miedo, acarició la mejilla de Zaida con dulzura. Levantó la mirada de la niña para que se encontrara con la suya.
—Pregunta.
—¿Puedes llevar mensajes a las personas muertas?
Ayrin ensombreció la mirada.
—Puedo hacerlo si el mensaje es importante para el que lo envía.
Zaida abrió mucho los ojos.
—¡Oh sí! Es un mensaje muy importante. Bueno, son dos. Uno es para mi madre y el otro es para mi padre. ¿Pueden ser dos? ¡Por favor! —la niña la miró con ojillos suplicantes. Ayrin no pudo contener una débil sonrisa, de las más bonitas que jamás pudo hacer nunca a nadie.
—Lo intentaré. ¿Qué mensajes?
La niña se quedó pensativa un rato, luego la miró con determinación.
—Para mi padre, que se llama Werz, quiero que le digas que ya no mojo la cama por la noche. ¡Ya soy una niña mayor! —Ayrin rió un poco, pudo recordar como Werz la consolaba cuando se orinaba la cama. Como Zaida prometía no volverlo a hacer, tantas veces que no podía contarlas y como Werz le ponía la mano en la cabeza diciendo que no se preocupara, que cuando fuera mayor ya no volvería a pasarle. Ayrin sonrió con tristeza.
—¿Cuál es el otro mensaje?
Zaida asintió sin perder energía.
—¡Claro! El otro. El otro es para mi madre Ayrin.
La mujer se removió un poco, excitada sin perder detalle de su hija.
—Quiero que le digas que ya no tengo miedo por las noches. Que cierro los ojos muy fuerte y les ordeno a los fantasmas que se vayan muy lejos, así —cerró los ojos apretando los párpados—, y todos se van lejos. No tengo miedo. Ya no. Sé que ella cuida de mi, allí arriba.
Ayrin contuvo la emoción, la frenó en seco.
—Se lo haré saber —tartamudeó las palabras lentamente—. ¿Necesitas algo más?
Zaida bajó la mirada, Ayrin pudo percibir la tristeza en su hija.
—Una cosa más... Sólo una cosita más. Diles que les echo de menos. Todas las noches. Que cuando sea una poderosa jazhrán hablaré con ellos de nuevo. Que los quiero mucho.
Ayrin fue vencida, abrazó con intensidad a su hija. Forjó un vínculo irrompible de madre con su hija, nada ni nadie en el mundo interferiría en él. Nunca. Aquel instante en el devenir de las cosas le pertenecía a ella, a su hija, a Werz, y por un momento las esferas se conjuraron para unirlos una vez más.
—Ellos lo saben, Zaida. Siempre lo han sabido, siempre lo sabrán. Nunca estarás sola.
Zaida se aferró a su madre aunque no sabía que lo era. Quizá sí, porque todas aquellas lágrimas contenidas todas las noches de hace cinco años estallaron entre los brazos de Ayrin. Y la mujer ciega que era Ayrin pudo vislumbrar parte de lo que era amar, parte de lo que era ser madre, parte de los que nos hace, al final, humanos.
¿Quién soy? ¿Un monstruo? ¿Una mujer? ¿Un monstruo con piel de mujer? ¿O lo contrario? Cuando miro atrás veo tinieblas, pero tambien esperanza. Veo los muertos que provoqué, pero también a los que perdoné. Veo a Werz queriendo salvarme con su último aliento, veo a mi hija abrazarme sin saber quien soy.
A veces me despierto por la noche sudada por las pesadillas recurrentes. El reflejo ambarino de la mirada de mis tinieblas, su sonrisa maligna que retuerce todo lo bueno que pudo haber en mi. En esas noches me aferro al recuerdo de Werz y su férrea creencia en mi, de Zaida que nació para que pudiera comprender lo que es amar, de la humanidad que quiero recuperar. Entonces me pregunto si existe una maldición en mi familia. ¿Es real o es una ilusión? Sea lo que sea, sé que si uno tiene la voluntad de cambiar, si uno cree que el destino lo crea uno mismo, podrá cambiar su mundo interior y ser la persona que merece ser, ni más ni menos.
¿Quién soy realmente? ¿Un monstruo o una mujer? No lo sé, pero cuando mire atrás espero ver únicamente a Ayrin y algún día, cuando esté en paz, volveré a por ti, Zaida, y ya no tendré miedo de perderte. Nunca más.
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Epílogo de Enemiga Mía
La primavera se había afianzado sobre el paisaje rashemí. Los colores apagados del invierno iban cayendo bajo el empuje de un verde coral, Rashemen abandonaba el mundo de los espíritus y daba la bienvenida al de los vivos. Junto a un arroyo la anciana Esuada iba dando forma a un pedazo de arcilla. Fue una bandada de patos salvajes quienes advirtieron a la vieja bruja de que alguien la observaba a sus espaldas, no tuvo la necesidad de volverse.
—Has vuelto —dijo mientras se pringaba las manos. La figura no respondió lo que dio a Esuada el permiso para continuar—. Pero, ¿a qué se debe este regreso? ¿Venganza? ¿Redención? Aunque creo que estas palabras ya no nos afectan a nosotras, Ayrin. Vienes por algo mucho más importante que la venganza o el perdón, regresas por tu legado.
La anciana se volvió hacia la mujer. Los ropajes parduzcos de Ayrin la fundían en el naciente sotobosque, su mirada estaba clavada en la bruja.
—¿Ya no hablas o no quieres hacerlo conmigo? —preguntó con un tono agradable dirigido a romper el hielo. La respuesta de Ayrin fue muy seca, sin lugar para la reconciliación.
—¿Dónde está Zaida? ¿Dónde está mi hija?
La anciana no se sorprendió por la pregunta, volvió a trabajar la arcilla.
—Era cuestión de tiempo de que vinieras por ella. Las madres deben estar con sus hijas, así deben ser las cosas.
Ayrin maldijo asqueada por el comentario de la bruja con un siseo de serpiente.
—¿Cómo mi madre y yo? ¿Cómo la hija que tú mataste?
Esuada mantuvo la compostura, nada en ella mostró que el comentario de Ayrin le había dolido, pero lo asumió como algo que se merecía.
—Uno siempre tiene tiempo para perdonar y ser perdonado. Ser capaz de hacer algo decente antes de morir.
En el caso de Ayrin no se contuvo, estalló con violencia cortando a su abuela.
—¡No hables como Werz, bruja! Ni se te ocurra apropiarte de su recuerdo o te destriparé con mis propias manos —las manos de Ayrin temblaban inquietas. Esuada levantó las suyas alegando a la calma de la mujer de los ojos extraños.
—Es inútil discutir por cosas que ocurrieron, por losas que llevaremos encima hasta el día de nuestra muerte. Ninguna de las dos estamos libres de culpa. ¿Vienes por tú hija? No te detendré.
Con un reflejo de odio que se iba deshaciendo, Ayrin se acercó a Esuada.
—¿Dónde está?
—Cerca. Al cuidado de una de mis adeptas —la figurilla de arcilla iba tomando una forma ovalada. Ayrin aflojó la ira de su mirada.
—Quiero verla —declaró con decisión. La bruja asintió, miró a Ayrin.
—Lo harás, pero déjame pedirte algo. No como jazhrán o miembro de la wykhlarán. Solo como una anciana que no se atreve a llamarte nieta.
Ayrin afiló la mirada.
—Habla, bruja.
Esuada tomó el aire necesario para hablar, uso un tono tranquilo y solemne.
—No le digas a Zaida quien eres.
Ayrin contuvo una mueca muy desagradable.
—¿Cómo...?
—Tu hija cree que moriste hará ahora cinco años. Cree que tu espíritu se ha reunido con el de su padre, que ambos la cuidáis desde el Otro Mundo.
La mirada de Ayrin se volvió salvaje, irracional.
—¿¡Cómo te atreves a contarle esas mentiras a mi hija!? Pretendías alejarla de mi, me la quieres arrebatar, como todo en mi vida. ¡Como todo!
La bruja dio un golpe de autoridad.
—¡No seas niña, Ayrin! Sé a quien serviste tras asesinar a Werz. Sé en que te convertiste, loca de odio e ira, un peón del Guantelete Negro. ¿Qué querías que le contara a tu hija, Ayrin? ¿Qué su madre mató a su padre? ¿Qué su madre era una guardiana de las tinieblas, suplicante de Bane? Incluso en todo tu odio y maldad creí que aun tendrías esa decencia de regalarle la infancia más feliz posible a tu hija. ¿Me equivoqué, Ayrin? ¿Me equivoqué al mentir a la hija de mi nieta para ahorrarle un dolor innecesario? ¿Que reviviera todo tu odio? ¿Qué todo volviera a empezar?
Ayrin se quedó sin muchos argumentos, pero la sinrazón la impulsó a buscar a su hija sin dirigir la palabra a Esuada. Fue lo suficientemente rápida como para que la bruja no advirtiera unas solitarias lágrimas que se arrastraban por su piel cortantes como cuchillas.
—La maldición permanece en ella, ¿verdad? Sus ojos, como los míos, como los de mi madre, como los tuyos.
Esuada asintió con gravedad. Ayrin le dio la espalda, se secó las lágrimas.
—Así es, pero esta maldición no es irreversible, Ayrin —aseveró—. Se puede combatir, se puede resistir. Mírate a ti misma, has cambiado. No eres la misma que dejó Rashemen hace quince años, pero tú sigues convencida en la monstruosidad durmiente en ti, que llegará el día en que no puedas resistirla y sucumbirás. Werz supo ver la lucha interna dentro de ti, supo oír los gritos desesperados de tu espíritu por liberarse de todo el sufrimiento que lo ahogaba e incluso te entregó su vida para que encontraras tu redención. Ya no eres aquella persona malvada Ayrin, y tu hija tiene la oportunidad de no ser jamás lo que llegaste a ser tú. Piensa en esto. Encuentra tu lugar en este mundo, aprende a perdonarte, a ser libre de espíritu, entonces no me opondré a que vengas a por tu hija. Sólo eso te pido.
Ayrin tartamudeó. Suspiró largamente sin saber que hacer.
—Quiero verla... sólo quiero verla.
—Piensa en esto que te digo.
La mujer de los ojos extraños se volvió hacia su abuela, las miradas sustituyeron a las palabras.
Ayrin esperaba. Había dado la espalda al grueso tronco de un álamo junto a un sendero. La mujer esperaba a quien tenía que pasar por ahí tarde o temprano. Al cantar ocioso de los ruiseñores se le unió uno de nuevo dulce e infantil. Una vocecilla celestial y pura que estremeció a las sombras de Ayrin. La mujer arrastró la espalda sobre la corteza hasta sentarse. Ayrin no tuvo que mirar, sabía de quien era aquella voz. La hubiera reconocido hasta en lo más profundo de los Nueve Infiernos, tuvo un primer impulso de aparecer al encuentro de Zaida. Una nueva voz femenina interrumpió la iniciativa.
—No te alejes tanto, Zaida —dijo la mujer, el tono sonaba al de una joven adulta.
—No. Solo estoy buscando espíritus —declaró la niña con una risilla mientras jugueteaba con una flores al borde del sendero.
—Los espíritus no aparecen siempre, Zaida. ¡Son caprichosos y a veces les gusta engañar a las niñas para comérselas! —el evidente tono burlón de la joven bruja hizo reír a la niña. Aquella risa sanó tanto como hirió el alma de Ayrin.
—Sé que aquí hay un espíritu. Lo noto. Aquí, aquí. Muy cerquita —insistió Zaida, que buscaba diligente por los alrededores.
—Está bien, pero no te alejes mucho. El bosque no es seguro.
—Sí, aya —respondió con obediencia fingida.
A Ayrin le entró pánico. Toda la claridad y seguridad con la que iba a tratar con Zaida se había desvanecido. Le entraron dudas. ¿Me reconocerá? ¿Me aceptará? ¿Qué he de decirle? Enfrentarse a la muerte podía resultar mucho más sencillo que a una hija que no había visto en cinco años, y Ayrin se descubrió como una pobre ciega que no sabía nada del amor, de la amistad o de la familia. Una mujer que había vivido demasiado tiempo encerrada dentro de un espiral de odio infinito que le había erosionado cualquier rastro de empatía. Se horrorizó al mirar de refilón a Zaida y ser incapaz de reconocerla como su hija, de no reconocerla como tal porque los monstruos no deben tener hijos.
Con el sigilo de una pantera, Ayrin se deslizó entre los arbustos alejándose de Zaida. Pero la niña era una digna hija de sus padres, advirtió a Ayrin.
—Te veo —dijo triunfal, Ayrin se quedó congelada. La cuidadora alzó al voz.
—¿Dices algo, Zaida?
La niña se llevó el índice a los labios pidiendo silencio a Ayrin que la miraba aterrorizada.
—Nada, aya. Sigo buscaaaaando.
Ayrin se arrodilló frente a su hija sin que ninguna palabra lograra escapar de sus labios, por una vez quería hablar y no hacerlo con silencios. Pero sencillamente no podía. Zaida se puso frente a Ayrin, la pequeña tenía unos profundos ojos verdes iguales que los de su madre. Un inevitable escalofrío azotó la espalda de Ayrin.
—¿Quién eres? —preguntó la chiquilla sin perder detalle.
Ayrin no respondió, ladeó la cabeza haciéndose la loca. Zaida frunció el ceño, como un destello alumbrara su mente.
—Sé quien eres. Te pareces mucho.
Ayrin retrocedió un poco, asustada. Zaida sonrió con dulzura, su mirada brillaba con inteligencia, la misma de Werz.
—Eres un espíritu del bosque, ¿verdad? —Zaida soltó una risilla infantil, deliciosa como un caramelo a los oídos de la madre. Ayrin se sorprendió asintiendo sin decir nada. La niña dio un saltito de alegría.
—¡Lo sabía! Había espíritus. Aquí, aquí. Os puedo ver. Abuela Esuada dice que aun no, también aya. ¡Pero te he visto! Un espíritu. Dime, ¿cuál es tu cometido? Estás demasiado sucia para ser un espíritu del viento, no brillas como uno del fuego. ¿Eres una náyade? ¿Una dríada? Sí, pareces una dríada tan marrón y llena de tierra.
La intensa mirada de Zaida la obligaba a responder.
—Soy saejra. Un espíritu guía. Un espíritu vigilante.
Zaida la miró con extrañeza.
—¿Llevas las almas de la mano para que no se pierdan y se conviertan en banshees?
Ayrin asintió, respiraba más tranquila. Aprovechó para mirar con mayor atención a su hija. Se parecía mucho a ella, había heredado casi todos sus rasgos como el pelo y los ojos, aquellos ojos innaturales y malditos. De Werz probablemente había heredado la claridad de la piel y sus labios. Zaida también era menuda como ella, pero resultaba un poco más robusta. La mujer de los ojos extraños asintió.
—Sí, eso hago.
Una nueva sonrisa, más brillante que las anteriores por la melancolía que la embargó se dibujó en el rostro de Zaida.
—¿Puedo hacerte una pregunta, espíritu? —preguntó con un poco de timidez. Ayrin, que iba perdiendo poco a poco el miedo, acarició la mejilla de Zaida con dulzura. Levantó la mirada de la niña para que se encontrara con la suya.
—Pregunta.
—¿Puedes llevar mensajes a las personas muertas?
Ayrin ensombreció la mirada.
—Puedo hacerlo si el mensaje es importante para el que lo envía.
Zaida abrió mucho los ojos.
—¡Oh sí! Es un mensaje muy importante. Bueno, son dos. Uno es para mi madre y el otro es para mi padre. ¿Pueden ser dos? ¡Por favor! —la niña la miró con ojillos suplicantes. Ayrin no pudo contener una débil sonrisa, de las más bonitas que jamás pudo hacer nunca a nadie.
—Lo intentaré. ¿Qué mensajes?
La niña se quedó pensativa un rato, luego la miró con determinación.
—Para mi padre, que se llama Werz, quiero que le digas que ya no mojo la cama por la noche. ¡Ya soy una niña mayor! —Ayrin rió un poco, pudo recordar como Werz la consolaba cuando se orinaba la cama. Como Zaida prometía no volverlo a hacer, tantas veces que no podía contarlas y como Werz le ponía la mano en la cabeza diciendo que no se preocupara, que cuando fuera mayor ya no volvería a pasarle. Ayrin sonrió con tristeza.
—¿Cuál es el otro mensaje?
Zaida asintió sin perder energía.
—¡Claro! El otro. El otro es para mi madre Ayrin.
La mujer se removió un poco, excitada sin perder detalle de su hija.
—Quiero que le digas que ya no tengo miedo por las noches. Que cierro los ojos muy fuerte y les ordeno a los fantasmas que se vayan muy lejos, así —cerró los ojos apretando los párpados—, y todos se van lejos. No tengo miedo. Ya no. Sé que ella cuida de mi, allí arriba.
Ayrin contuvo la emoción, la frenó en seco.
—Se lo haré saber —tartamudeó las palabras lentamente—. ¿Necesitas algo más?
Zaida bajó la mirada, Ayrin pudo percibir la tristeza en su hija.
—Una cosa más... Sólo una cosita más. Diles que les echo de menos. Todas las noches. Que cuando sea una poderosa jazhrán hablaré con ellos de nuevo. Que los quiero mucho.
Ayrin fue vencida, abrazó con intensidad a su hija. Forjó un vínculo irrompible de madre con su hija, nada ni nadie en el mundo interferiría en él. Nunca. Aquel instante en el devenir de las cosas le pertenecía a ella, a su hija, a Werz, y por un momento las esferas se conjuraron para unirlos una vez más.
—Ellos lo saben, Zaida. Siempre lo han sabido, siempre lo sabrán. Nunca estarás sola.
Zaida se aferró a su madre aunque no sabía que lo era. Quizá sí, porque todas aquellas lágrimas contenidas todas las noches de hace cinco años estallaron entre los brazos de Ayrin. Y la mujer ciega que era Ayrin pudo vislumbrar parte de lo que era amar, parte de lo que era ser madre, parte de los que nos hace, al final, humanos.
¿Quién soy? ¿Un monstruo? ¿Una mujer? ¿Un monstruo con piel de mujer? ¿O lo contrario? Cuando miro atrás veo tinieblas, pero tambien esperanza. Veo los muertos que provoqué, pero también a los que perdoné. Veo a Werz queriendo salvarme con su último aliento, veo a mi hija abrazarme sin saber quien soy.
A veces me despierto por la noche sudada por las pesadillas recurrentes. El reflejo ambarino de la mirada de mis tinieblas, su sonrisa maligna que retuerce todo lo bueno que pudo haber en mi. En esas noches me aferro al recuerdo de Werz y su férrea creencia en mi, de Zaida que nació para que pudiera comprender lo que es amar, de la humanidad que quiero recuperar. Entonces me pregunto si existe una maldición en mi familia. ¿Es real o es una ilusión? Sea lo que sea, sé que si uno tiene la voluntad de cambiar, si uno cree que el destino lo crea uno mismo, podrá cambiar su mundo interior y ser la persona que merece ser, ni más ni menos.
¿Quién soy realmente? ¿Un monstruo o una mujer? No lo sé, pero cuando mire atrás espero ver únicamente a Ayrin y algún día, cuando esté en paz, volveré a por ti, Zaida, y ya no tendré miedo de perderte. Nunca más.
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