valientearpia
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Me aburro. Me aburro. ¿Por qué no vomitas encima de alguien? Eso hará que todo el mundo hable de ti. Princesa mía, háblame. ¿Quién te parece el hombre más guapo y la mujer más guapa? ¿Incluso más que los que ya tuviste y que te abandonaron? ¿Recuerdas cuando te rompieron el corazón en mil pedazos y yo te salvé de la muerte? Ahora voy a hacer de ti alguien mucho más interesante. Darás que hablar a todas estas personas… ¿No quieres? ¿Y por qué no quieres?
Has estado entrenando todo este tiempo. Has salido de Athkatla en barco hacia Murann y has explorado los Humedales de la mano de un grupo que te contrató para cargar con los suministros. Por si no te has dado cuenta, Kivan, no sirves para nada. ¡Eres tan patético! Ni para llevar las cosas servías, mi pequeño moscardón rojo y apestoso. Les diste pena a esas personas igual que le das pena a todo el mundo. Pero ocurrió algo que despertó su curiosidad e interés: yo. Cuando conjuraste con la magia de la que yo te doté, preguntaron sobre eso, ¿te has dado cuenta? Soy lo más bonito que tienes, Kivan querido, ¡soy lo mejor de tu vida entera! Y cuantas más copas bebes, y cuantas más pociones tomas, más te vacías por dentro y más te lleno yo. El líquido es mi sangre que te araña por dentro. ¡Por eso te gusta tanto!
Es verdad, no le importas a nadie porque eres un cobarde y solo quieres comer y dormir y vengarte y llorar y hacer lo que el cuerpo te dice. ¿Es ese tu propósito en la vida, querido mío, pedazo de guarro? ¿Estás escuchando los poemas para disimular un poco el hecho de que has venido a aprovecharte de la generosidad de gente a la que no conoces de nada? Sí, mírame, estoy en el vaso. Estoy en todas partes, pero no estoy en ninguna, porque si me ves es porque me quieres ver. Estás tan solo que me buscas en el vaso. ¿Qué pensará la gente cuando te vea hablando solo?
—Nada —me contestas cuando ya estamos en la calle y te has marchado hacia la posada—. La gente no está pendiente de mí ni piensa nada de mí, no me conocen. No seas dramas.
Tienes razón, ¡y cómo odio que la tengas! Si a la gente no le importas en absoluto, si no te conoce y eres completamente irrelevante, ¿cómo voy a humillarte? ¿Cómo voy a revolcarte por el suelo y hacer que la gente sienta asco y pena, justo como a mí me gusta? Por eso te dejo solo a veces, Kivan de mi corazón, para que puedas construir algo que yo pueda destruir después. ¡Pero ni siquiera tienes fuerzas para eso!
Mira lo solo que estás. Nadie está contigo.
—He conocido a un grupo de gente a la que le gustan las fiestas también.
¡Qué mono! Ahora tienes que ganarte un puesto en ese grupo, querido mío, pero no sé cuánto pretendes ocultar que soy tu dueña y señora. ¿Se lo contarás cuando te pida que te estrangules a ti mismo otra vez? ¿Y cómo van a confiar en alguien cuya voluntad no le pertenece? ¡Eso sí que será divertido!
—Habrán visto cosas peores —te mesas el pelo, cansado—. No creo que sea para tanto.
¡Me ofendes! ¿Estás retándome a retorcerte hasta un punto todavía más imposible? ¿Es que te gustó la asfixia? Qué sucia e inmunda es tu alma, Kivan. Los churretes de las pociones, del jamón y de la miel, y del vino que regurgitas. Todo eso en tu corazón podrido. Eso no hay quien lo limpie.
La ciudad es distinta de noche, te has dado cuenta. Te sientes todavía más pequeño y feliz porque nadie te mira. Eso me pone enferma. No me gusta que te guste pasar desapercibido, porque tú no eres así. Tú eres quien llegó a aquel islote, ¿te acuerdas? Todo esto que tú crees que es sadismo y gozo por ver tu sufrimiento, en realidad no es más que mi intento de conservar al hombre que fuiste antes de lo que pasó. Ya no ocupas espacio, Kivan… Ya no eres malo. ¿Qué te ha pasado?
—Eclipse —recuerdas su nombre—. Me llevó de viaje con dos personas más y me ayudaron. Y me dijeron que tendrían más trabajo para mí. Y ahora he conocido a… Kennan, doña Blackwood… Gabriel… y más gente. La mujer que me ayudó, Distral… El Pater… El hombre que me salvó en el Cementerio. He conocido a mucha gente, no está tan mal. Te pasas un poco.
¡Jaaaa! ¡El Pater Pepino! Eso sí que fue gracioso y fue gracias a mí. Me miras en el fondo del vaso. Has seguido bebiendo en tu habitación en la posada. ¡Qué bonito! Quieres seguir hablando conmigo porque quieres seguir convenciéndote a ti mismo de que estás haciéndolo bien. ¡Cuánta gente has conocido, cachorrito mío! ¡Qué buen chico eres! ¿Eso es lo que quieres que te diga? Mira dentro de ti y dime que este sitio no te ha masticado y escupido como si fueras una flema infecta.
Te encoges de hombros.
—A mí no me lo parece. Creo que estás celosa —¡celosa yo!— porque te has acostumbrado a que toda mi vida seas tú, y ahora estoy empezando a tener más vida. Yo no sé por qué estás tan empeñada con eso… Mis conjuros siempre van a ser cosa tuya. ¿Nunca tienes bastante?
No. En eso soy como tú. Bostezas y dejas caer la botella vacía al suelo, pero por suerte el relieve del vidrio hace que el cristal sea resistente y no se hace añicos, sino que rueda tristemente hacia la pared. Estás aquí por venganza y por rencor, Kivan. No estás en posición alguna de hablar de celos como si estuvieras por encima de esos impulsos irracionales del ser. Solo tienes impulsos, no piensas nada. ¡Por favor! Por favor. ¡Ten un poco de vergüenza!
Has estado entrenando todo este tiempo. Has salido de Athkatla en barco hacia Murann y has explorado los Humedales de la mano de un grupo que te contrató para cargar con los suministros. Por si no te has dado cuenta, Kivan, no sirves para nada. ¡Eres tan patético! Ni para llevar las cosas servías, mi pequeño moscardón rojo y apestoso. Les diste pena a esas personas igual que le das pena a todo el mundo. Pero ocurrió algo que despertó su curiosidad e interés: yo. Cuando conjuraste con la magia de la que yo te doté, preguntaron sobre eso, ¿te has dado cuenta? Soy lo más bonito que tienes, Kivan querido, ¡soy lo mejor de tu vida entera! Y cuantas más copas bebes, y cuantas más pociones tomas, más te vacías por dentro y más te lleno yo. El líquido es mi sangre que te araña por dentro. ¡Por eso te gusta tanto!
Es verdad, no le importas a nadie porque eres un cobarde y solo quieres comer y dormir y vengarte y llorar y hacer lo que el cuerpo te dice. ¿Es ese tu propósito en la vida, querido mío, pedazo de guarro? ¿Estás escuchando los poemas para disimular un poco el hecho de que has venido a aprovecharte de la generosidad de gente a la que no conoces de nada? Sí, mírame, estoy en el vaso. Estoy en todas partes, pero no estoy en ninguna, porque si me ves es porque me quieres ver. Estás tan solo que me buscas en el vaso. ¿Qué pensará la gente cuando te vea hablando solo?
—Nada —me contestas cuando ya estamos en la calle y te has marchado hacia la posada—. La gente no está pendiente de mí ni piensa nada de mí, no me conocen. No seas dramas.
Tienes razón, ¡y cómo odio que la tengas! Si a la gente no le importas en absoluto, si no te conoce y eres completamente irrelevante, ¿cómo voy a humillarte? ¿Cómo voy a revolcarte por el suelo y hacer que la gente sienta asco y pena, justo como a mí me gusta? Por eso te dejo solo a veces, Kivan de mi corazón, para que puedas construir algo que yo pueda destruir después. ¡Pero ni siquiera tienes fuerzas para eso!
Mira lo solo que estás. Nadie está contigo.
—He conocido a un grupo de gente a la que le gustan las fiestas también.
¡Qué mono! Ahora tienes que ganarte un puesto en ese grupo, querido mío, pero no sé cuánto pretendes ocultar que soy tu dueña y señora. ¿Se lo contarás cuando te pida que te estrangules a ti mismo otra vez? ¿Y cómo van a confiar en alguien cuya voluntad no le pertenece? ¡Eso sí que será divertido!
—Habrán visto cosas peores —te mesas el pelo, cansado—. No creo que sea para tanto.
¡Me ofendes! ¿Estás retándome a retorcerte hasta un punto todavía más imposible? ¿Es que te gustó la asfixia? Qué sucia e inmunda es tu alma, Kivan. Los churretes de las pociones, del jamón y de la miel, y del vino que regurgitas. Todo eso en tu corazón podrido. Eso no hay quien lo limpie.
La ciudad es distinta de noche, te has dado cuenta. Te sientes todavía más pequeño y feliz porque nadie te mira. Eso me pone enferma. No me gusta que te guste pasar desapercibido, porque tú no eres así. Tú eres quien llegó a aquel islote, ¿te acuerdas? Todo esto que tú crees que es sadismo y gozo por ver tu sufrimiento, en realidad no es más que mi intento de conservar al hombre que fuiste antes de lo que pasó. Ya no ocupas espacio, Kivan… Ya no eres malo. ¿Qué te ha pasado?
—Eclipse —recuerdas su nombre—. Me llevó de viaje con dos personas más y me ayudaron. Y me dijeron que tendrían más trabajo para mí. Y ahora he conocido a… Kennan, doña Blackwood… Gabriel… y más gente. La mujer que me ayudó, Distral… El Pater… El hombre que me salvó en el Cementerio. He conocido a mucha gente, no está tan mal. Te pasas un poco.
¡Jaaaa! ¡El Pater Pepino! Eso sí que fue gracioso y fue gracias a mí. Me miras en el fondo del vaso. Has seguido bebiendo en tu habitación en la posada. ¡Qué bonito! Quieres seguir hablando conmigo porque quieres seguir convenciéndote a ti mismo de que estás haciéndolo bien. ¡Cuánta gente has conocido, cachorrito mío! ¡Qué buen chico eres! ¿Eso es lo que quieres que te diga? Mira dentro de ti y dime que este sitio no te ha masticado y escupido como si fueras una flema infecta.
Te encoges de hombros.
—A mí no me lo parece. Creo que estás celosa —¡celosa yo!— porque te has acostumbrado a que toda mi vida seas tú, y ahora estoy empezando a tener más vida. Yo no sé por qué estás tan empeñada con eso… Mis conjuros siempre van a ser cosa tuya. ¿Nunca tienes bastante?
No. En eso soy como tú. Bostezas y dejas caer la botella vacía al suelo, pero por suerte el relieve del vidrio hace que el cristal sea resistente y no se hace añicos, sino que rueda tristemente hacia la pared. Estás aquí por venganza y por rencor, Kivan. No estás en posición alguna de hablar de celos como si estuvieras por encima de esos impulsos irracionales del ser. Solo tienes impulsos, no piensas nada. ¡Por favor! Por favor. ¡Ten un poco de vergüenza!
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